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La GRABACIÓN PROHIBIDA de “CONSUELITO” | El SECRETO de la DIVA de la TELEVISIÓN CUBANA

Parte 1

La noche en que Consuelo Vidal sonrió frente a las cámaras, acababa de confesar detrás del set que sus padres habían muerto lejos, en Miami, y que sus nietos también estaban allá, mientras ella seguía en La Habana fingiendo que no se le había partido la vida.

Era 1994 y el estudio de la televisión cubana olía a cables calientes, maquillaje viejo y café recalentado. Afuera, La Habana sobrevivía al periodo especial con apagones, colas interminables y refrigeradores casi vacíos. Adentro, Consuelo esperaba la señal como si nada. Tenía el rostro preparado, la espalda recta, la sonrisa de siempre. Esa sonrisa que durante décadas había hecho creer a millones que todo podía resistirse con gracia.

Un técnico joven, quizá sin imaginar la herida que tocaba, le preguntó:

—Consulito, ¿cómo estás?

Ella miró hacia el suelo, apretó los dedos sobre el pañuelo que llevaba en la mano y respondió en voz baja:

—Bien, chico… pero mis viejos se murieron en Miami y mis nietos están allá también. Yo aquí, dando la cara.

Nadie dijo nada. Las luces se encendieron 3 segundos después. La cámara marcó rojo. Consuelo levantó la cabeza y volvió a ser Consuelito, la mujer que Cuba entera conocía, la voz amable, la actriz luminosa, la presentadora que parecía haber nacido para calmar tristezas ajenas mientras escondía la suya.

Pero Consuelo Vidal Regal no había nacido estrella. Había nacido en el Cerro, La Habana, hija única de Gonzalo Vidal y Consuelo Regal. Desde niña aprendió a llenar los silencios de una casa sin hermanos. Tal vez por eso, cuando se casó con Mauri Pérez García, aquel camarógrafo talentoso que después se convertiría en director, quiso una familia grande. Tuvieron 4 hijos: Amauri, Aimé, Aram y Ariana. Para ella, cada cuna era una victoria contra la soledad de su infancia.

Lo que no sabía era que esa misma familia, levantada con tanta ilusión, terminaría partida por un mar de apenas 90 millas.

En enero de 1959, el aeropuerto de Rancho Boyeros parecía una herida abierta. El calor se pegaba a la piel y la gente hacía filas con maletas pequeñas, papeles doblados y miedo escondido en los ojos. Gonzalo y Consuelo Regal se iban a Miami. No cargaban fortuna, solo ropa, documentos y una intuición amarga: Cuba ya no sería la misma.

Consuelo, con 29 años, madre de 4 niños pequeños y rostro conocido de la televisión que apenas empezaba a convertirse en poder, los acompañó hasta donde pudo. Su madre la abrazó como si quisiera metérsela en el pecho.

—Ven con nosotros, hija.

Consuelo miró a sus hijos, miró a Mauri, miró los uniformes, los funcionarios, las listas, los sellos.

—No puedo, mamá.

—¿No puedes o no te dejan?

Esa pregunta quedó flotando como una maldición.

Consuelo nunca respondió. Tal vez creyó que quedarse era lo correcto. Tal vez pensó que aquello pasaría, que pronto habría permisos, visitas, cartas libres, aviones de ida y vuelta. Tal vez entendió desde el primer día que ella ya no era solo una mujer, sino una cara útil, una voz demasiado conocida para dejarla escapar.

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