Posted in

La Caída de los Policías que Trabajaban para el “Negro Tulio” Cabecilla de los Chone Killers

Una ambulancia cruza las calles de Durán a toda velocidad. Las sirenas ahullan, los autos se abren. Nadie detiene una ambulancia. Adentro no hay heridos, hay fusiles y el hombre que lo ordenó estaba preso. Durán no es una ciudad que aparezca en los folletos turísticos del Ecuador. No tiene playas, ni volcanes, ni mercados de artesanías que atraigan visitantes.

Es una franja densa, caliente y ruidosa al otro lado del río Guayas, pegada al costado de Guayaquil, como una sombra que la ciudad grande preferiría no mirar. Tiene mercados populares, tiene vendedores ambulantes,  tiene gente que madruga para trabajar en condiciones que pocas estadísticas logran capturar.

Tiene también una de las tasas de homicidio más altas del Ecuador y tiene puertos, acceso directo al agua, a los contenedores y a las rutas marítimas que salen del continente hacia el mundo. para el narcotráfico. Durán no era una ciudad, era una puerta, una puerta estratégica en el corazón del sistema logístico del Guayas, a pocos kilómetros del puerto de Guayaquil, que maneja la mayor parte del comercio exterior del Ecuador.

Quien controla Durán controla el acceso a esas rutas. Quien controla Durán puede mezclar lo ilegal con lo legal. Puede esconder cargamentos en contenedores de exportación. Puede garantizar que los camiones pasen sin ser revisados y que los barcos zarpen sin ser inspeccionados. No es geografía accidental, es geografía criminal. En 2024 esa puerta la controlaba una organización llamada Los Chillers.

Y a los Chillers  los controlaba un hombre al que casi nadie había visto en persona en años. El negro Tulio. La contradicción que define esta historia es simple, pero devastadora.  En Durán había policías con uniformes, con armas, con patrulleras. Había agentes de tránsito que regulaban la circulación y aplicaban multas.

Había bomberos con camiones rojos y equipos de rescate. Había funcionarios municipales que procesaban trámites y firmaban contratos. El estado estaba presente en Durán con todas sus instituciones  y aún así, o quizás precisamente por eso, la banda operaba con una impunidad  que rozaba lo quirúrgica.

Las drogas se movían sin obstáculos. Las armas circulaban sin ser detectadas. Los crímenes quedaban sin resolver. Los testigos  enmudecían y los sueldos del Estado seguían llegando puntualmente a las cuentas bancarias de quienes hacían posible todo aquello. ¿Cómo puede un estado combatir a un enemigo que ya está adentro? ¿Cómo pueden los ciudadanos confiar en una ambulancia cuando esa ambulancia puede estar transportando fusiles? ¿Cómo pueden confiar en un agente de tránsito cuando ese agente puede estar protegiendo los vehículos de la banda?

¿Cómo pueden confiar en un policía cuando ese policía puede estar vendiendo las armas que  el Estado le entregó para defender la ley? Esa es la pregunta que el  operativo Fénix 38 obligó a responder, no con discursos, no con declaraciones de prensa, con detenidos, con allanamientos, con expedientes  judiciales que documentaron, acto por acto, la profundidad de la traición.

Lo que se descubrió no fue una infiltración menor, fue una captura  institucional en regla, una toma silenciosa del aparato del estado desde adentro, ejecutada con paciencia, Moa con dinero y con una comprensión muy precisa de cómo funcionan las burocracias, cuáles son sus debilidades y dónde están los hombres que tienen precio.

Y en el centro de todo, invisible, pero omnipresente, estaba él, un hombre preso que dirigía un gobierno, un hombre condenado que seguía siendo más poderoso que muchos de los que tenían la llave de su celda. Los shown killers no nacieron como una corporación criminal con estrategia de negocios  y visión de largo plazo.

Nacieron como nacen todas las bandas  en los márgenes de las ciudades latinoamericanas, con jóvenes sin opciones, con territorios disputados  a golpes, con una lógica de supervivencia que rápidamente se convierte en lógica de dominio. El nombre mismo delata el origen Chone, una ciudad de la provincia de Manabí en el litoral ecuatoriano.

Es el litoral caliente donde el estado llega tarde, donde las instituciones son frágiles y donde la ausencia de oportunidades convierte a los chicos en reclutas fáciles para quien tenga dinero y necesite brazos. En sus primeros años, los Chillers fueron un brazo ejecutor, sicarios al servicio de organizaciones más grandes, engranajes reemplazables en una maquinaria que no los valoraba más que por su disposición a matar y morir.

Lo que los transformó no fue un golpe de fortuna ni una oportunidad geopolítica, fue el liderazgo. Y el liderazgo lo puso Julio Alberto Martínez. El negro Tulio era diferente a la mayoría de los líderes criminales de su generación en el Ecuador. No porque fuera más violento o más audaz, sino porque pensaba de forma distinta.

Shao entendió algo que pocos comprendieron con la misma claridad. El dinero fácil es el que viene del Estado. No el dinero del robo callejero. No el del asalto a mano armada. No el del simple narcomenudeo en las esquinas. Esos son negocios de alta exposición y baja sostenibilidad. El dinero verdaderamente seguro, el que no requiere que alguien  corra riesgos en la calle, es el que sale de los contratos públicos, de las nóminas municipales, de los presupuestos que nadie audita con suficiente cuidado.

El crimen organizado que se contenta  con controlar esquinas es vulnerable. El que aprende a controlar firmas y sellos es casi indestructible. Esta visión transformó la naturaleza de los Chillers. Bajo la conducción de Martínez, dejaron de ser una pandilla  y se convirtieron en una organización con brazo armado y brazo institucional.

Chent en donde el segundo era tan importante como el primero y a la larga mucho más lucrativo. Tenían  operaciones militares. Sí. sicariato selectivo, extorsión sistemática, control de territorios para el tráfico de drogas  que salían hacia los puertos del Guayas, pero también tenían contratos de infraestructura  firmados con el municipio, funcionarios en la nómina pública que cobraban salarios del  Estado sin ir a trabajar y empresas constituidas legalmente que recibían dinero de las

arcas municipales y lo devolvían lavado, limpio, investido de la legitimidad de un contrato público. Durán era el territorio ideal para este modelo, una ciudad con instituciones débiles, con una administración local históricamente porosa, con una necesidad  crónica de servicios que el Estado genuino nunca proveyó bien.

Allí donde el estado real no llega, el estado falso  encuentra espacio para instalarse. Y cuando el Estado falso llega con empleos, con contratos, con la promesa de protección, la distinción entre ambos empieza a volverse irrelevante  para muchos de los que viven bajo sus reglas. Alexandra  Estrada fue la arquitecta financiera de ese estado falso.

Read More