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La BAILARINA CIEGA de FIDEL CASTRO | La Historia SECRETA de Alicia Alonso, “La Cobra Negra”

Parte 1

A las 3:18 de la tarde del 17 de octubre de 2019, cuando el monitor del Centro de Investigaciones Médico Quirúrgicas dejó de latir, muchos lloraron a Alicia Alonso… pero otros, lejos de La Habana, sintieron que por fin podían respirar.

La línea verde quedó plana, el pitido se alargó como una cuerda rota y la habitación se llenó de un silencio raro, no solo de hospital, no solo de muerte. Era el silencio de un teatro cuando cae el telón sobre una función que duró demasiado. Alicia Alonso, la mujer que había convertido su ceguera en leyenda y su voluntad en ley, acababa de morir a los 98 años.

En el Gran Teatro de La Habana, el mismo que llevaba su nombre, las flores blancas empezaron a cubrir las escalinatas. Ancianos, estudiantes, funcionarios y bailarinas con el cabello recogido pasaban frente a su ataúd como si desfilaran ante una reina. Cuba declaraba luto. La televisión repetía sus saltos, sus brazos, su rostro duro bajo las gafas oscuras.

Pero en Miami, en Madrid y en Nueva York, varios bailarines cubanos miraban esas imágenes con el pecho apretado. No celebraban. Tampoco lloraban como exigía la historia oficial. Sentían una vergüenza íntima, un alivio que parecía pecado.

—Se murió la maestra —dijo una exbailarina frente a la pantalla.

Su esposo la miró sin entender por qué sus manos temblaban.

—No —respondió ella, bajando la voz—. Se murió la dueña de nuestras vidas.

Durante décadas, Alicia había sido nombrada como la madre del ballet cubano. Pero entre pasillos, hoteles extranjeros y camerinos donde nadie se atrevía a hablar alto, otros la llamaban de otra manera: la cobra negra. No porque gritara siempre, sino porque parecía esperar inmóvil, ciega y silenciosa, hasta saber exactamente dónde morder.

Sus gafas oscuras eran parte del mito. Su turbante, su bastón, su voz lenta. No veía los rostros de los bailarines, pero sabía quién se quejaba, quién pensaba en irse, quién recibía cartas del extranjero, quién había bajado el rendimiento y quién brillaba demasiado. Esa contradicción la volvió más temida: una mujer ciega había levantado el sistema de vigilancia más preciso del arte cubano.

Todo había empezado muy lejos de aquel ataúd. En 1941, Alicia Ernestina de la Caridad del Cobre Martínez del Hoyo tenía 19 años y un futuro enorme cuando los médicos le dijeron que sus retinas se estaban desprendiendo. Para una bailarina, aquello equivalía a una condena.

Tres operaciones fallaron. Luego vino el castigo del reposo absoluto: un año boca arriba, sin mover la cabeza, sin masticar fuerte, sin llorar, sin jugar con Laura, su hija de 3 años. Mientras otras madres abrazaban a sus hijos, Alicia permanecía inmóvil, encerrada en su propio cuerpo, como si la hubieran enterrado viva.

Fernando Alonso, su esposo, se sentaba junto a la cama y le marcaba pasos sobre la palma de la mano. Giselle, El lago de los cisnes, las variaciones, los giros. Ella no podía bailar, pero memorizaba cada movimiento en la oscuridad. Allí nació su milagro. También nació su obsesión.

Cuando volvió al escenario, casi no veía. Aprendió a orientarse por luces, por calor, por susurros. Un foco le decía dónde estaba el borde. Un cable delgado la salvaba del foso. Sus parejas le hablaban al oído antes de cada salto.

—Aquí, Alicia. Aquí.

Y ella saltaba.

El mundo admiró su valentía, pero nadie preguntó qué le hizo a su alma depender de señales invisibles y de la obediencia absoluta de los demás. Alicia descubrió que podía dominar el vacío si todos se movían como ella ordenaba. Y cuando llegó 1959, esa necesidad de control encontró al hombre perfecto: Fidel Castro.

Fidel fue a verla después del triunfo revolucionario. Fernando pidió 100,000 pesos para levantar una compañía nacional. Fidel ofreció 200,000. No estaba pagando ballet. Estaba comprando un símbolo.

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