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Juana Barraza “La Mataviejitas”: La Verdad Sobre Su Vida en Prisión Después de 20 Años

Ruda de corazón. ¿Y dónde es más ruda? ¿Aquí o en casa? Ah, pues en los dos lados. Juana Barraza Samperio se hacía llamar la dama del silencio cuando subía a los cuadriláteros de lucha libre de la ciudad de México. Fuera del ring, llevaba una vida discreta, criando a sus hijos y sobreviviendo con trabajos ocasionales en el Estado de México.

 Hoy esa misma mujer tiene 68 años, cumple una condena de 759 años de prisión y vive encerrada en el penal femenil de Santa Marta a Catitla, convertida en una de las reclusas más conocidas del país. En este video vas a descubrir quién fue realmente Juana Barraza Samperio, cómo pasó de los cuadriláteros de lucha libre a convertirse en una de las criminales más conocidas de México, cómo fue capturada y qué ha sido de su vida durante casi 20 años dentro de prisión.

Pero sobre todo, vas a conocer cómo vive hoy en Santa Marta a Catitla y qué ocurrió en mayo de 2026 para que su nombre volviera a ocupar los titulares. Quédate hasta el final porque lo que reveló esa emergencia médica sobre el estado actual de Juana Barraza podría cambiar por completo lo que él espera dentro de la cárcel.

 Suscríbete al canal si quieres descubrir cómo viven realmente detrás de los muros de una prisión. Personas que alguna vez tuvieron fama, dinero, poder o estuvieron en el centro de la atención pública. Para entender cómo Juan Barraza llegó a donde está hoy, hay que ir al principio. Nació el 27 de diciembre de 1957 en el municipio de Pasoyucán en el estado de Hidalgo, una zona rural sin recursos, sin oportunidades.

 Su padre la abandonó desde que nació. Su madre, Justa Samperio, era alcohólica. Juana no pudo ir a la escuela con regularidad. No tenía amigos. no tenía una infancia normal. El poco dinero que entraba a esa casa se iba en alcohol. Y en algún punto de esa infancia, cuando Juana tenía alrededor de 12 años, su madre hizo algo que marcó el resto de su vida.

La mirada de un/a asesino/a serial

 La entregó a un hombre a cambio de tres cervezas. Ese hombre la golpeó, la ató y la agredió. Juana quedó embarazada. Tenía 12 o 13 años. Y ese momento, el de una niña de 12 años entregada por su propia madre a cambio de tres cervezas, es la pieza que los investigadores y los psicólogos que estudiaron el caso años después pusieron en el centro de todo, porque lo que vino después no fue un exaccidente, fue algo que se fue construyendo muy lentamente durante décadas.

 Después de ese primer embarazo, Juana tuvo más hijos. En total llegó a tener cuatro, aunque uno de ellos, el mayor, fue asesinado a los 24 años durante una riña callejera. Ella describió esa muerte como el momento más triste de su vida. Al mismo tiempo, su madre murió de cirrosis hepática cuando Juana tenía 18 años. No hubo reconciliación, no hubo perdón, no hubo cierre.

 Lo que quedó en Juana, según sus propias palabras que dijo décadas después fue rencor y odio. Creció sola con hijos a quienes mantener sin educación formal, trabajando en lo que podía. Lo que sí construyó en medio de todo eso fue una doble identidad. Por un lado, trabajaba vendiendo palomitas, lavando ropa, haciendo trabajos ocasionales.

 Por otro lado, adquirió conocimientos básicos de enfermería. No se tituló ni ejerció formalmente, pero aprendió lo suficiente para saber cómo hablar con autoridad médica frente a alguien que necesitar ayuda. Y alrededor de los 30 años descubrió la lucha libre. Se compró un traje rosa con un cinturón de cuero blanco, adoptó el nombre de la dama del silencio y empezó a participar en funciones semiprofesionales del bando de los rudos. Era su escapa.

 Era la única versión de sí misma en la que se sentía alguien. Según el documental de Netflix estrenado en 2023, exluchadoras que la conocieron dijeron que Juana nunca fue una luchadora profesional de carrera, sino una fanática que adoptó el personaje. Pero eso no importó. Lo que importó fue que ese personaje, la dama del silencio, se convirtió en parte de su identidad pública durante años y al mismo tiempo, en paralelo, estaba desarrollando algo que nadie veía.

 Sus vecinos la conocían como una mujer tranquila y trabajadora. Nadie hubiera imaginado lo que estaba ocurriendo del otro lado. Y lo que estaba ocurriendo del otro lado de esa vida aparentemente tranquila, es algo que la Ciudad de México tardó casi una década en descubrir, porque el caso que se construyó en esos años es uno de los más complejos de la historia, criminal mexicana.

 No te vayas porque lo que ocurrió después cambió por completo el rumbo de esta historia. Las autoridades de la Ciudad de México comenzaron a detectar un patrón alarmante a partir del año 2003, aunque los primeros crímenes se remontan a finales de los 90. Mujeres de la tercera edad que vivían solas eran encontradas sin vida en sus propios hogares con signos de estrangulamiento y con objetos de valor desaparecidos.

 Sot, siempre el mismo perfil de víctima, mayores de 60 años, solas, en condición económica modesta, con poca o ninguna red de protección cercana. Nadie que pudiera defenderlas en el momento en que alguien tocaba su puerta. El método que usaba Juana para entrar era siempre el mismo. Se presentaba ante sus víctimas haciéndose pasar por enfermera, trabajadora, social o empleada de programas gubernamentales de apoyo al adulto mayor.

 Llevaba un estetoscopio colgado al cuello, formularios falsos de solicitud de pensión y una identificación que la presentaba como asistente social. Con ese disfraz tocaba puertas y las señoras mayores que vivían solas que necesitaban ayuda, que veían a alguien con aspecto oficial ofreciéndoles algo, abrían. La confianza era la puerta de entrada.

 Una vez adentro, el desenlace era siempre violento. Las investigaciones establecieron que asfixiaba a sus víctimas usando lo que tuviera disponible: una pañoleta, un cordón de cortinero, el cinturón de una bata de baño, un cable, un estetoscopio. Después de cometer el crimen, tomaba los objetos de valor que encontraba y se marchaba.

La escena quedaba en silencio y así, casa por casa, colonia por colonia, durante años el caso fue acumulando víctimas sin que las autoridades pudieran identificar quién era la responsable. Lo que hizo que este caso fuera especialmente difícil de resolver es algo que todavía genera discusión entre los investigadores.

 Durante años, las autoridades siguieron una pista que parecía lógica, pero que terminó alejándolos de la verdad. No te vayas, porque lo que vas a descubrir ahora explica por qué este caso tardó tanto tiempo en resolverse. Los testigos que vieron a la persona salir de algunas escenas del crimen describían a alguien de complexión robusta, con hombros anchos, cabello corto teñido de rubio y facciones duras.

 Eso hizo que los investigadores asumieran que buscaban a un hombre posiblemente disfrazado de mujer. En julio de 2004, la Procuraduría presentó públicamente a un primer sospechoso. No era él. En septiembre del mismo año presentaron a un segundo sospechoso. Tampoco era. Mientras tanto, los crímenes continuaron. En 2005, las autoridades elaboraron un busto de arcilla con las características del sospechoso, basándose en los testimonios de quienes habían visto a la persona cerca de las escenas.

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