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JOHNNY TAPIA: LA ASQUEROSA VERDAD DETRAS DE LA MUERTE DE SU FAMILIA

Cinco veces campeón mundial, 59 victorias, Hall of Fame del boxeo internacional y ese mismo hombre apuñalándose a sí mismo sobre la tumba de su propia madre, inyectándose droga el día de su propia boda, caminando hacia el cuerpo destrozado de su madre con 26 puñaladas de tijeras y destornillador.

Hoy vas a saber quién mató a su madre y la más asquerosa razón por la que lo hizo, y cómo acabó así uno de los mejores boxeadores libra por libra del siglo XXI. Pero antes debe saber cómo llegó ahí Johnny Tapia. La noche del sábado 23 de mayo del 75, un niño de 7 años llamado John Lee Anthony Tapia le rogó a su madre con la voz quebrada que no saliera de la casa familiar del barrio bajo de Albuquerque.

Mamá, no vayas. Por favor, no vayas a bailar esta noche. Virginia María Tapia Gallegos, 32 años de edad, madre soltera, hija mayor de 12 hermanos de un matrimonio méxicoamericano católico del condado de Bernalillo. rió suavemente, le acarició el pelo al niño con la palma abierta, le besó la frente, le prometió que regresaría temprano para llevarlo a misa el domingo por la mañana y salió de la casa.

Cinco días después, un campesino del condado encontró el cuerpo de Virginia arrastrándose sobre la grava suelta de una mina abandonada del cerro Mesa del Sol con 26 puñaladas hechas con tijeras oxidadas y un destornillador Philips de mango rojo clavado en el pecho izquierdo justo encima del corazón. Esa madrugada del 28 de mayo, Johnny Tapia dejó de ser un niño para siempre.

Pero para entender por qué Virginia subió esa noche al coche de un hombre que la iba a matar, hay que retroceder 3 años y medio en la línea del tiempo personal de la madre soltera hasta el otoño del 71, cuando un mecánico de Sonora llamado Richard Espinoza entró por primera vez al bar del centro de Albuquerque, donde Virginia trabajaba como mesera por las noches.

Virginia tenía 29 años de edad cuando conoció a Espinoza. El padre biológico de Johnny había sido asesinado dos semanas antes del nacimiento del niño, en circunstancias que la madre nunca le contó al hijo, solo le dijo dos cosas, que su padre había muerto y que no había fotos de él en la casa. Espinoa llegó a esa casa como compañero de Virginia en el invierno del 71 y empezó a pegarle a la madre soltera durante el primer mes de convivencia.

Le pegaba con la palma abierta de la mano derecha en la cara, con los nudillos cerrados en las costillas, con el cinturón sobre la espalda, tres o cuatro veces por semana, por dinero, por celos, por la cuenta del bar, por las llamadas telefónicas del padre asesinado del niño que Virginia recibía escondidas. El pequeño Johnny, escondido detrás de las cortinas color crema de la sala, debajo de la mesa del comedor, en el armario del cuarto matrimonial, vio como Espinoza golpeaba sistemáticamente a Virginia durante 3 años y medio. Ningún vecino del barrio

intervino. Ningún policía atendió las llamadas de auxilio que la madre soltera hacía al teléfono local entre golpe y golpe. Y Johnny aprendió dos cosas durante esos 42 meses de violencia doméstica. Aprendió que los hombres pegan a las mujeres y aprendió que las mujeres se quedan. La noche del sábado 23 de mayo del 75, cuando Virginia se vistió con una blusa blanca de algodón y unos pantalones azules de mezclilla para salir al bar con Espinoza, el niño de 7 años intuyó algo dentro del pecho que las palabras no le alcanzaban a explicar.

Por eso le rogó a la madre que no fuera. Por eso lloró al escuchar el motor del Chevrolet Impala azul Oscuro del año 68 arrancando en la calle. Y por eso, durante los siguientes 5co días esperó sentado en el sillón principal de la sala con un sándwich de jamón en la mano derecha, mirando la puerta de entrada de la casa sin probar bocado, sin dormir, sin pestañar apenas, hasta que el miércoles 28 de mayo a las 7:17 minutos de la mañana, la abuela María Gallegos entró a la sala con la cara desencajada y le dijo al niño una frase que iba a

repetirse dentro de la cabeza. del boxeador durante las siguientes cuatro décadas. Mi hijo, tu mamá no va a volver. Tu mamá está con Dios. Johnny no lloró ese día. Tampoco lloró durante el funeral celebrado el viernes 30 de mayo en el cementerio Mount Calvary del barrio sur. Ni lloró durante los siguientes 9 años continuos.

Lloró por primera vez después de la muerte de Virginia el 14 de octubre del 92, 17 años más tarde. Y para ese momento, el muchacho ya cargaba sobre el cuerpo tres intentos previos de sobredosis por cocaína mezclada con heroína negra mexicana. Pero estamos adelantándonos. Después del entierro de Virginia, Johnny pasó a vivir con el abuelo materno Miguel Anthony Tapia, leyenda local del boxeo Amateur del estado de Nuevo México durante los años 30 familiar tenía tres habitaciones.

Adentro vivían 15 personas distintas entre primos, tías, tíos políticos, hermanas paternas. 15 personas durmiendo sobre colchones improvisados en el piso, en sillones rotos del comedor, en camas marineras compartidas. Johnny no tuvo una cama propia hasta los 17 años y todas las noches, antes de dormir sobre un colchón roto del piso del cuarto del abuelo, rezaba la misma oración improvisada de tres líneas que él mismo había inventado a los 8 años.

Mamá, ven por mí. Mamá, llévame contigo. Mamá, perdóname. Perdóname. Esa palabra cargaba dentro un secreto que el niño no podía explicar todavía a nadie, porque Johnny pensaba desde la mañana del 28 de mayo del 75 hasta el último día de su vida adulta, que la culpa del asesinato de Virginia había sido suya. Yo le pedí que no fuera.

Ella no me hizo caso. Pero si yo le hubiera rogado más, si yo me hubiera tirado al piso, si yo le hubiera agarrado las piernas, si yo hubiera llorado más fuerte, mi mamá no se va, mi mamá no se sube a ese coche, mi mamá no muere esa noche. frase que el cinco veces campeón mundial iba a repetir 30 años más tarde delante de las cámaras del documental autobiográfico financiado por el rapero Curtis 50 Centavos Jackson en el 2012 marcó el patrón emocional que iba a destruir al boxeador desde los 12 años hasta el último día. El abuelo Miguel le

enseñó al nieto los rudimentos del boxeo amateur en el patio trasero de la casa familiar. Cada mañana a las 5 de la madrugada, Miguel despertaba a Johnny con un golpe suave en el hombro. Le servía un vaso de leche fría con una tortilla de harina y lo sacaba a correr 5 km por las calles vacías del barrio antes del amanecer.

5 km diarios. 1800 al año, 18,000 sobre el cemento agrietado del barrio bajo durante los 10 años de entrenamiento a Mateur con el abuelo materno y Johnny corría con la cara llena de lágrimas todas las mañanas yo corría llorando porque cada paso era para mi mamá, cada respiración era para mi mamá, cada golpe en el saco era para encontrar al hijo de mala madre que me la había matado.

encontrar al hijo de mala madre que se la había matado. Esa fue la obsesión secreta del muchacho de Albuquerque durante los siguientes 23 años continuos. Porque la policía del condado de Bernalillo había cerrado el caso tres meses después del crimen, sin sospechosos, sin evidencia, sin testigos, sin nombre del asesino.

Y Johnny pensaba equivocadamente que algún día él mismo iban a encontrar al hombre y matarlo con sus propias manos en el cuadrilátero del boxeo profesional. El 1 de marzo del 88, 13 años después del asesinato de Virginia, el muchacho debutó como boxeador profesional en el gimnasio Wells Park del barrio sur de Albuquerque contra un boxeador local llamado Efrén Rivera.

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