No procede. Riesgo experimental alto. Esas tres palabras decidieron cuánto le quedaba de vida a Edit González. Las escribió a mano una sola persona en un papel que ella nunca llegó a ver. Quien las escribió no era médico, tampoco era oncólogo ni familiar de la paciente. Era el hombre con el que ella se había casado 6 años antes en una playa de Cartagena.
Ese papel llevaba 6 años guardado en un cajón cerrado con llave dentro de un camerino que la productora selló el día que ella murió. Junto al papel había otros 245 documentos y junto a los documentos había un sobresellado con cinta blanca y un nombre escrito en tinta azul oscura. Hace 40 horas, alguien que había guardado la llave de ese cajón durante 6 años llamó a la oficina del secretario Omar García Harfch.
La llamada se hizo a las 11:16 de la noche, duró 2 minutos y 28 segundos y disparó la orden de cateo que va a saber ejecutarse en los próximos minutos. Son las 4:20 de la madrugada del primer martes de junio en la ciudad de México. La temperatura bajó hasta los 9 ºC durante la noche y el frío todavía no se levanta.
La avenida Chapultepec Angelín está vacía a esa hora. Los puestos cerrados, los semáforos parpadeando en amarillo. No hay tránsito, no hay nadie. Sobre la acera de Televisa San Ángel se detienen tres camionetas negras. De la del medio baja el secretario de seguridad pública Omar García Harf. Atrás de él ocho personas con maletas plateadas, cámaras y un serrajero.
Una notaria carga un folder grueso bajo el brazo. Tres elementos de la Guardia Federal cierran la fila. Nadie habla, nadie revisa el teléfono, nadie fuma. Arfuch le entrega a la notaria la orden judicial firmada hace 72 horas. La fila empieza a caminar hacia la entrada del edificio de producción.
El velador del turno de noche los está esperando con el casco en la mano. Lleva trabajando ahí 28 años. Conoció a la mujer cuyo camerino vienen a abrir. La saludaba todos los miércoles cuando ella llegaba a grabar, le decía señora. Ella siempre le devolvía el saludo por su nombre. El velador no pregunta nada, solamente abre la puerta de servicio y los guía por un pasillo donde las luces se prenden con sensor de movimiento.
El pasillo huele a polvo viejo y a cera de piso barata. Las paredes son de un color crema que se volvió amarillento con los años. Cada 20 m hay puertas de camerinos numeradas 11, 12, 13. El velador se detiene frente al camerino número ocho. La puerta tiene tres sellos pegados con cinta canela, tres papeles con un logotipo de Televisa y una fecha.
13 de junio de 2019, 2657 días sin abrirse. Harf mira los sellos, los toca con un dedo enguantado, le hace una seña al serrajero. El serrajero introduce una llave maestra. La cerradura no estaba forzada. Se abre con un click seco que rompe el silencio del pasillo. La fotógrafa toma la primera fotografía antes de que nadie entre. Después, Harf empuja la puerta con el guante puesto.
Lo primero que sale del camerino es el olor. No huele a humedad. No huele a moo como uno esperaría de un cuarto cerrado durante 6 años. Huele a otra cosa. Huele a perfume. Un perfume dulce, cítrico, con base de almendra. El olor que una mujer dejó pegado a las paredes después de pasar 20 años entrando y saliendo de ese mismo cuarto cada semana.
Es el olor que la última persona que estuvo ahí dejó cuando se fue. Harf se queda 2 segundos en el marco de la puerta sin entrar. Mira hacia adentro. La luz del pasillo entra en triángulo sobre el piso de duela. La fotógrafa enciende su linterna y la pasa lentamente sobre la pared del fondo. Hay un espejo redondo rodeado de 12 focos blancos.
Frente al espejo, una silla giratoria forrada en tercio pelo verde oscuro. Sobre el tocador, lápices labiales rojos a medio usar, un par de aretes de oro con perla y un vaso de cristal con tres rosas blancas que en algún momento alguien dejó en el agua hasta que el agua se evaporó y los tallos quedaron resecos contra el cristal.
A la izquierda del espejo, una vara de madera con 14 ganchos. En siete de los ganchos todavía hay ropa, vestidos largos, sacos oscuros y al fondo una bata blanca con un bordado en el bolsillo derecho. Las iniciales EGF. A la derecha del espejo hay una pared completa cubierta de fotografías sujetas con tachuelas.

Fotografías que no son de revista. Son fotografías personales reveladas en papel mate. Una niña de 6 años en uniforme escolar. El primer día de clases, la misma niña a los 9 años pintando un caballete en un jardín. A los 12 con un violín entre las manos. A los 14 ya casi adolescente con el cabello largo, sonriendo con frenos en los dientes.
La última fotografía es de la niña con 15 años. Está abrazada a su madre. La madre lleva una pañoleta en la cabeza porque ya no tenía pelo. Esa última fotografía se tomó dos meses antes de que cerraran el camerino. Harfook da el primer paso hacia adentro. El piso de Duela crue. Los peritos lo siguen. La notaria saca su tableta. La fotógrafa empieza a documentar cada esquina del cuarto con tomas de tres ángulos distintos.
A la altura de la rodilla, debajo del tocador, hay un cajón cerrado con una pequeña cerradura redonda. Encima del cajón hay un papel doblado a la mitad. El papel se ve recién doblado, como si alguien lo hubiera puesto ahí hace una semana, no hace 6 años. Harf se aclilla. Lee el papel sin levantarlo. Las primeras palabras están escritas con una caligrafía firme y femenina en tinta azul oscura.
Dice, “No la abran hasta que cumpla 18.” Y abajo una sola línea de instrucciones para alguien que iba a entrar a ese cuarto y necesitaba saber qué hacer. Arfuch se levanta, mira a la notaria, la notaria entiende y empieza a abrir el cajón. Dentro del cajón hay dos cosas. La primera es un sobre, un sobre grande, color crema, sellado por los cuatro lados con cinta de tela blanca y un nudo doble por encima.
En el frente, escrito con la misma tinta azul oscura, dice, “Para Constanza, el día que cumpla 18. La fecha está calculada, 29 de junio de 2022. Faltaban 3 años y 16 días desde el momento en que esa carta se selló. Pero hoy es 2026. La fecha ya pasó. Pasó hace casi 4 años y el sobre nunca se entregó.
La segunda cosa que hay en el cajón es un folder negro de plástico duro con un broche metálico. Adentro del folder, hojas. Muchas hojas, estados de cuenta bancarios, contratos, recibos, listas escritas a mano con números al lado. La notaria saca el folder con guantes y lo coloca sobre el tocador para que los peritos lo fotografien antes de tocar nada.
La primera hoja es un estado de cuenta de Banx conrete del año 2018. Cuenta personal a nombre de Edit González Fuentes. Saldo a corte del mes de noviembre. 317,000. 317,000es. Ese era el saldo personal de la mujer que durante los últimos 15 años había sido una de las cinco actrices mejor pagadas de la televisión mexicana.
La mujer que protagonizó Salomé, doña Bárbara, Eva Luna, vivir a destiempo y las amazonas. La mujer que cobraba 1,500,000 pesos por capítulo en el pico de su carrera. La mujer que tenía contratos vigentes con tres marcas de cosméticos, una empresa de telefonía y una cadena de supermercados, 317,000es. Con eso no se compra un coche nuevo.
Con eso no se paga un semestre en una universidad privada. Con eso se sobrevive 6 meses y tienes cuidado. Y este folder tiene 18 años de estados de cuenta. La cifra más alta que aparece en cualquier de ellos es de 1,400,000 pes. Apareció en marzo de 2015 y desapareció antes del siguiente corte. Algo no cuadra.
Algo no cuadra desde hace mucho tiempo. ¿Tú crees que la actriz que vendía cada vestido que usaba en pantalla, que firmaba contratos millonarios, que tenía dos casas, que viajaba a Nueva York para tratarse del cáncer en una de las clínicas más caras del mundo, terminó su vida con 300,000 pesos en el banco. ¿Tú crees que ese folder está completo o que faltan cosas? ¿Tú crees que ella sabía lo que tenía? En este video te voy a contar cuatro cosas que casi nadie sabe sobre Edit González y te voy a avisar cuando llegue cada una para que no te las pierdas. La
primera, como una niña de 6 años que su mamá llevaba a hacer comerciales para pagar la renta se convirtió en una de las actrices con más telenovelas protagónicas en la historia de Televisa. 40 años de carrera ininterrumpida, 27 telenovelas, una cifra de ingresos totales documentados que ningún medio publicó completa en su momento y que en este folder está sumada al peso.
La segunda, la verdad de sus dos relaciones más importantes. el abogado que la dejó sola con una hija recién nacida y subió al gabinete del precedente y el hombre con el que se casó después en una playa de Cartagena, en una boda donde no quiso invitar a su mamá. Las cartas, los acuerdos prenupsiales y los documentos que estaban en este cuarto cuentan una historia distinta a la que se contó en las revistas.
La tercera, ¿a dónde se fue el dinero? Porque la cuenta no cuadra. Edith González debió haber muerto siendo una mujer rica. Estos papeles dicen que murió siendo una mujer apenas cómoda y los nombres que aparecen en las hojas que vas a escuchar dentro de un rato explican por qué. Y la cuarta, lo que dice ese sobresellado. Bueno, eso no te lo voy a poder decir hoy porque esa carta no nos pertenece.
Esa carta es para una sola persona en el mundo entero, pero te voy a contar cómo llegó hasta aquí, quién la escondió durante 6 años y por qué la persona a la que va dirigida tardó 4 años en saber siquiera que existía. No la abran hasta que cumpla 18. Esas son las palabras que están escritas con tinta azul en el sobre que está sobre el tocador.
Edith González dejó esas instrucciones porque sabía algo. Sabía que ella ya no iba a estar para entregarla y sabía que la persona que se quedó con la carta no iba a hacer lo que tenía que hacer. Edith González Fuentes nació el 10 de septiembre de 1964 en la colonia Doctores de la Ciudad de México, una colonia que en esa década era de clase media trabajadora, llena de talleres mecánicos, vecindades de tres pisos y mercados sobre ruedas los miércoles. Su papá se llamaba Efraín.
Era empleado administrativo de la Comisión Federal de Electricidad. Salía de la casa a las 7 de la mañana en autobús y volvía a las 9 de la noche. Ganaba lo justo para pagar la renta de un departamento de 50 m², los uniformes de la escuela y la despensa de la semana. No alcanzaba para más. Su mamá se llamaba Ofelia.
Cosía vestidos de fiesta para las vecinas en una máquina singer pedaleable que había heredado de su propia mamá. le pagaban 80 pesos por vestido en los buenos meses. En los meses malos, la gente pagaba con 1 kg de carne o un costal de frijol. Edit era la segunda de cuatro hermanos. Una hermana mayor llamada Magdalena, que se iba a quedar en la sombra el resto de la vida, y dos hermanos menores que vinieron después.
A los 4 años, Edith ya se sabía las letras del abecedario completo, porque su mamá las había recortado de revistas y se las había pegado en la pared del cuarto. A los seis, una vecina que trabajaba en una agencia de publicidad pequeña se la llevó a un casting de un comercial de jabón. No le avisó a la mamá. La mamá se enteró cuando regresaron con el contrato firmado.
La niña iba a ganar 2,500 pesos por aparecer 30 segundos en una pantalla diciendo una sola frase: “2500 pesos en 1970 era lo que su papá ganaba en 4 meses de turnos en la comisión. Ofelia firmó el contrato. Esa misma semana llevó a Edit a otra agencia. La niña empezó a hacer comerciales cada tres semanas. La cara redonda de Edit aparecía en las pantallas a la hora de la comida, diciendo frases cortas que se aprendía la noche anterior, mientras su mamá le ponía rizos en el pelo con una tenaza calentada en la estufa de la cocina.
A los 8 años, Edith González era la única persona en su casa que entraba a un foro de televisión sabiéndose el guion completo de memoria. A los 8 años hizo su primer papel en una telenovela. Se llamaba Mundo de Juguete. Era un papel chico casi de relleno, pero la productora vio cómo trabajaba la niña en cámara y a los 9 años le ofrecieron Los ricos también lloran.
Otro papel chico, otro escalón. A los 10 años, Edith González llevaba más dinero a su casa que su papá. La familia se mudó de la colonia doctores a un departamento más grande en la Narbarte. La cambiaron a una escuela privada donde llegaba siempre tarde porque salía de grabar a las 11 de la noche. Las compañeras de salón la invitaban a fiestas de cumpleaños los sábados.
Edit nunca pudo ir a una. Los sábados grababa. Su mamá le decía, según contaría ella, en una entrevista breve, que el archivo de Televisa nunca volvió a publicar, que las amistades de la escuela eran pasajeras y el dinero era para siempre. Edit fue una niña que nunca tuvo tiempo de ser niña. A los 14 ya cobraba más que la mayoría de los adultos del elenco.
A los 15 los productores ya no la mandaban a la escuela. La maestra particular venía al camerino entre escena y escena con los libros bajo el brazo. A los 16 empezó a tener problemas que las niñas de su edad no tenían. empezó a tener jefes y los jefes en Televisa de los años 80 tenían un modo particular de tratar a sus actrices jóvenes.
Las hacían firmar. En 1980, con 15 años cumplidos, Edith firmó su primer contrato como adulta con Televisa San Ángel, un contrato de 5 años por exclusividad. Le pagaban 28,000 pes al mes en una época donde un licenciado titulado ganaba 8,000. Pero el contrato tenía cláusulas que ella no entendió cuando firmó.
Cláusulas que decían que la empresa podía decidir en qué proyecto trabajaba, que no podía dar entrevistas sin autorización, que si rechazaba un papel le descontaban 3 meses de sueldo, que ella no era dueña de su propia imagen. 40 años después, ese tipo de cláusulas siguen siendo el modelo bajo el que firman las actrices jóvenes en Televisa.
Pero en 1980, Edith fue una de las primeras niñas actrices de su generación a las que se las pusieron por escrito. Su mamá firmó por ella como tutora. Su mamá tampoco las entendió. Ofelia y Edit llegaron al edificio de Televisa una tarde de marzo. Las recibió un abogado de la empresa que ya tenía el contrato impreso en triplicado.
El abogado les leyó las primeras tres páginas y se saltó las últimas cuatro. les dijo que eran formalidades, que todas las niñas firmaban lo mismo, que esto les iba a permitir trabajar con tranquilidad y enfocarse en su carrera. Ofelia firmó porque pensó que estaba protegiendo a su hija. Edit firmó porque su mamá le dijo que firmara.
Y de esa tarde de marzo de 1980 salió Edit con un contrato que iba a definir cómo iba a ganar dinero el resto de su vida y cómo iba a perderlo. Entre 1980 y 1990, Edit hizo 12 telenovelas. Bianca Vidal, Principesa, Cuna de Lobos. Mundo de fieras. Cada papel le pagaba un sueldo creciente y le restaba una decisión. Televisa la estaba formando para protagonizar los años 90.
Le pusieron un apodo dentro de la empresa. La pantera no se lo pusieron sus colegas, se lo pusieron los productores en una reunión privada en la oficina del director de telenovelas porque alguien dijo que se movía en cámara con la elegancia de un animal de cacería. El apodo se filtró, las revistas lo adoptaron y Edith González se convirtió para el público mexicano de los años 90 en la pantera.
Pero la pantera tenía una jaula. La jaula era ese contrato firmado en 1980 y todos los contratos que se le pusieron encima después. Cada renovación tenía las mismas cláusulas. Cada renovación le aumentaba el sueldo y le restaba decisiones. Y cuando Edit tenía 25 años y empezó a entender lo que había firmado, ya era tarde.
La primera vez que un abogado externo contratado por ella revisó sus contratos. Le dijo dos cosas. La primera que estaba ganando menos del 40% de lo que valía en el mercado. La segunda, que si rompía el contrato y se iba a TV Azteca, le iban a poner una demanda por incumplimiento que la podía dejar arruinada durante 10 años.
Edit no se fue, se quedó y durante los siguientes 28 años repitió ese ciclo. Cada vez que un papel grande llegaba, lo aceptaba. Cada vez que renovaba contrato firmaba con cláusulas peores. Cada vez que tenía que decidir entre una oferta externa y la seguridad de Televisa, escogía la seguridad de Televisa, porque le habían enseñado desde los 6 años que el dinero rápido es lo que paga las cuentas y que las decisiones grandes las toma alguien más.
Le habían enseñado a obedecer. Le habían enseñado también que cuando se enamoró por primera vez en serio, a los 38 años, escogió a un hombre que era exactamente como sus jefes. Un hombre acostumbrado a tomar decisiones por otros, un hombre con poder, un hombre que le iba a explicar a Edit lo que tenía que firmar, lo que tenía que invertir y con quién tenía que hablar.
Ese hombre se llamaba Santiago Crel Miranda. era abogado. Era 10 años mayor que ella. Había sido consejero electoral del Instituto Federal Electoral, había sido senador y en el año 2002, cuando él y Edit empezaron a salir, era el secretario de Gobernación del presidente Vicente Fox, el segundo hombre más poderoso del gobierno federal mexicano.
Edit tenía 38 años, Santiago Creel tenía 48. Él estaba casado, tenía hijos de un matrimonio anterior. Era una de las figuras políticas más visibles del país y se enamoraron en una cena en Polanco a la que Edit llegó porque la había invitado un productor de Televisa que era amigo de Santiago. La relación se mantuvo escondida durante casi un año.
En 2003, cuando se hizo pública, las revistas se volvieron locas. Era el primer secretario de Gobernación en la historia moderna de México que aparecía públicamente con una actriz de telenovelas. Era escándalo de portada cada semana. Y en 2004 Edit González quedó embarazada. La hija se llamó Constanza. Nació el 29 de junio de 2004 en un hospital privado de la Ciudad de México.
Santiago Creel asistió al parto, firmó como padre en el acta. reconoció a la niña, pero no se casó con Edit. 3 años después, en 2007, la relación terminó sin explicación pública, sin escándalo. Simplemente dejaron de aparecer juntos. Constanza tenía 3 años, Edit tenía 42. Santiago Crel siguió su carrera política. Se postuló a la candidatura presidencial en 2006 y no la consiguió.
Siguió siendo senador y a Edit le dejó una pensión alimenticia para Constanza y la responsabilidad completa de criarla. En las revistas se contaba la historia como un cuento de hadas que terminó bien. La actriz y el político se separaron en buenos términos. Cada quien siguió su camino. Constanza tenía a sus dos papás. Todo era perfecto.
Pero en este camerino hay un acuerdo prenopsial. No es un acuerdo de matrimonio porque no hubo matrimonio. Es un acuerdo de convivencia firmado en 2003 antes de que naciera Constanza, donde se establecen los términos económicos de la relación y los términos son brutales. Edit renunciaba en ese documento a cualquier reclamo patrimonial sobre los bienes de Santiago Crel.
Renunciaba a cualquier pensión personal en caso de separación. aceptaba que las propiedades adquiridas durante la relación quedaban a nombre de él y aceptaba que en caso de que tuvieran hijos, la custodia se decidiría con asesoría legal de un despacho específico contratado por la familia Creel. El documento tiene la firma de edit en cada página.
La firma se ve dudosa en las primeras hojas, en las últimas se ve firme, como si alguien le hubiera dicho algo entre la página 3 y la página 7. Y la fecha de firma es interesante. 2 de septiembre de 2003. 10 días antes de que Edit cumpliera 39 años. 3 meses antes de que se confirmara su embarazo. ¿Quién hace que una mujer firme eso 3 meses antes de saber que está embarazada? ¿O alguien ya lo sabía? Esa pregunta no la podemos contestar todavía, pero las hojas que vienen después en este folder dan pistas. Edith pasó los siguientes 3
años criando a Constanza sola. Filmó Mujer de Madera en 2004, todavía embarazada. Filmó Apuesta por un amor en 2004 y 2005. Filmó a martes mi pecado en 2004 y 2006. La pantalla mexicana nunca dejó de ver a Edit González, pero Edit dejó de estar disponible para fiestas, para eventos, para entrevistas largas.
se concentró en su hija. A los 4 años, Constanza era una niña que sabía leer, que pintaba retratos a lápiz, que hablaba español, inglés y empezaba a aprender italiano, porque Edit había contratado a una nana que se lo enseñaba en las tardes. Dit se gastaba en constanza lo que sus contratos le dejaban después de impuestos y comisiones.
Y los contratos cada vez le dejaban menos, porque en este folder, debajo de los estados de cuenta personales, hay un grupo de hojas que se llaman en la portada sociedades patrimoniales y son tres páginas que cambian completamente la historia. Edit González entre 1999 y 2015 constituyó cuatro sociedades anónimas de las que ella aparecía como accionista mayoritaria: una promotora de talento joven, una inmobiliaria, una boutique de ropa de diseñado en Polanco y una productora de contenido digital fundada en 2015. Las cuatro sociedades tenían
algo en común. En las 4, el cargo de administrador único con poder de firma sobre las cuentas lo tenía la misma persona. Un hombre que Edith conoció en 2008. Un hombre con el que se casó en 2010 en una playa de Cartagena sin invitar a su propia madre, sin invitar a Magdalena, su hermana mayor, y sin que la familia González de la colonia doctores supiera nada hasta que vieron las fotos en una revista.
Ese hombre se llama Lorenzo Lazo Margainin. Era abogado. Era 10 años mayor que Edit. tenía un despacho de consultoría política y un currículum que mezclaba el sector financiero con proyectos de gobierno. Cuando Edit lo conoció, le dijo a una amiga cercana que después contaría esta frase en una entrevista que nunca llegó a publicarse.
Lo siguiente, por fin encontré a alguien que sabe manejar las cosas que yo no quiero pensar. Esa frase la repitió Edit varias veces durante los siguientes años. Cuando le preguntaban si se había casado por amor, ella contestaba sí y claro. Pero cuando le preguntaban qué le gustaba de Lorenzo, ella contestaba que era el hombre más inteligente que había conocido para administrar dinero.
En 2010, Edit González dejó de revisar sus contratos personalmente. Lorenzo Lazo empezó a revisarlos por ella. Al año siguiente, Lorenzo firmaba las declaraciones fiscales con poder notarial. En 2012, Edit ya no tenía acceso directo a las cuentas de las cuatro sociedades. Las cuatro operaban a través de él.
Y en 2016, cuando Edit fue diagnosticada con cáncer en una revisión médica de rutina, las cuatro sociedades dejaron de hacer movimientos durante 8 meses. Después reanudaron operaciones, pero los nombres en los registros públicos cambiaron y Edit ya no aparecía como accionista mayoritaria de tres de las cuatro. Esto está documentado en hojas que cualquiera puede consultar en el Registro Público de Comercio, pero nadie lo había puesto junto.
Hasta hoy, ¿tú crees que una mujer recién diagnosticada con cáncer tiene la cabeza para revisar transferencias accionarias entre sus propias empresas? ¿Tú crees que alguien le explicó lo que estaba firmando? o le pusieron papeles enfrente cuando estaba conectada a una vía de quimioterapia y le dijeron, “Firma aquí para que podamos seguir operando mientras te recuperas.
” El cáncer de Edit González fue público desde el primer momento. Ella misma lo anunció en un programa de Televisa en diciembre de 2016. llegó al foro maquillada con un vestido azul marino, con el cabello todavía intacto, y miró a la cámara y dijo que tenía un tumor, que iba a operarse, que iba a empezar quimioterapia y que no iba a dejar de trabajar. No dejó de trabajar.
Entre 2017 y 2019, Edithil filmó tres telenovelas mientras recibía tratamiento. La primera fue Eternamente Amándonos, que se grabó en 2017. La segunda fue una participación especial en una serie. La tercera fue una telenovela que nunca se terminó porque ella se murió antes del último capítulo. Filmaba con peluca, filmaba con dolor de huesos, filmaba con vómitos entre toma y toma.
su asistente personal, una mujer que la acompañó los últimos 5 años de su vida y que después dejó de hablar en público sobre ese periodo. Contó en una entrevista breve en 2021 que Edith a las 6 de la mañana, se sentaba en este mismo camerino y se metía a la regadera del baño anexo a vomitar antes de que la maquillaran.
Después salía sonriendo, se ponía la peluca y se iba a grabar 12 horas. Volvamos al camerino. Son las 5:16 de la madrugada. Harf y los peritos llevan casi una hora dentro del cuarto. La fotógrafa ya documentó las 127 fotografías de Constanza pegadas a la pared del espejo. La notaria tiene en su tableta el inventario completo del tocador, del ropero y de los cajones que ya se abrieron.
Sobre el tocador, en una bolsa transparente de evidencia está el folder negro con los estados de cuenta. En otra bolsa separada está el sobresellado, la carta para Constanza. Arf se acerca al ropero. Está mirando la bata blanca con las iniciales bordadas. EGF Edith González Fuentes. Las iniciales están en hilo dorado cosidas a mano. La bata huele todavía a perfume.
La toca 2 segundos. La suelta. En el bolsillo de la bata hay algo. Es un papel doblado en cuatro partes. Está amarillento. La tinta ya no es azul oscura como las hojas del folder. Es tinta negra marca Big escrita con prisa. Harf lo desdobla. Es una nota personal sin fecha, escrita con letra apurada. Dice así: “Querida Constanza, hoy es martes y no quería que llegaras al camerino sin que estuviera yo aquí, pero el doctor me dijo que tengo que ir hoy a quimio en lugar de mañana.
Te dejé tu sándwich en la nevera del piso dos. No te tardes en la escuela. Te quiero, hija. Tu mamá Harf dobla el papel otra vez. lo guarda en una bolsa de evidencia separada. La fotógrafa lo documenta. Esa nota no estaba dirigida a la posteridad, no estaba escrita para que un secretario de seguridad la leyera 6 años después.
Era una nota que una mamá enferma le dejó a su hija en el bolsillo de una bata en un día normal con prisa, sabiendo que se iba a meter a una sesión de quimioterapia. Esa nota es lo que Edith González era cuando nadie la estaba viendo. Una mamá apurada con una hija de 14 años a la que no quería dejar sin sándwich.
En la rutina de los últimos 2 años de vida de Edit, hubo 237 notas escritas para Constanza. Lo sabemos porque la maquillista las encontró todas dobladas en cuatro partes en distintos bolsillos de la ropa que está colgada en este vestuario. Algunas son notas como estas sobre sándwiches y horarios de escuela. Otras son más cortas.
Dicen solo tres palabras: “Te quiero, hija.” Otras son recordatorios prácticos. Cierra la puerta con doble llave. Dale de comer al perro antes de las 9. Las llaves del coche están en la jarra azul de la cocina. Edit escribía esas notas porque sabía que su hija iba a pasar muchas tardes sola en el departamento de Tecamachalco, mientras ella estaba conectada a una vía intravenosa en una clínica privada de Polanco y porque había decidido en algún momento de 2017 que su hija no iba a estar sin instrucciones, que aunque ella no estuviera presente, su voz iba a
seguir hablando desde un papel doblado. 237 notas, una por cada día que Edit pasó en quimioterapia entre 2017 y 2019. La maquillista las dejó exactamente donde las encontró, no las movió, no las leyó completas, solo las contó. Y aquí llega la primera cosa que te prometí. Como una niña de 6 años que su mamá llevaba a hacer comerciales para pagar la renta se convirtió en una de las actrices más facturadas de la televisión mexicana.
Los números completos están sumados en una hoja al final del folder negro escritos a mano con la misma tinta azul oscura del sobre. probablemente los escribió la propia edit en algún momento de 2018 cuando tuvo el primer indicio de que algo no estaba bien con su patrimonio. Ingresos totales documentados por trabajo actoral, 1970 hasta 201900es de pesos.
Ingresos por contratos publicitarios y de imagen. 1985 hasta 2019 219 millones de pesos. Ingresos por participación en sociedades anónimas 1999 hasta 201900 de pesos. Total bruto antes de impuestos 821 millones de pesos. 821 millones. Y la herencia documentada que recibió Constanza el día que se leyó el testamento en marzo de 2020 fue de 6,400,000 en bienes inmuebles, más 12 millones en cuentas bancarias compartidas con su padrastro más el departamento donde vivían valuado en ese momento en 22,000on 40,400,000 de 821.
¿Tú crees que un 5% es lo que queda después de impuestos y gastos personales de una mujer que se vestía con ropa prestada de la producción y que vivía en el mismo departamento desde 2006? ¿Tú crees que 780 millones de pesos se gastaron en vacaciones? Y aquí llega la segunda cosa que te prometí, las dos relaciones más importantes de su vida.
Santiago Crell firmó el acta de Constanza. Pagó la pensión alimenticia mensual hasta que la niña cumplió 18 años y desapareció de cualquier conversación pública sobre edit. Cuando Edit murió en 2019, Santiago Crell publicó un mensaje breve en redes sociales, lamentando la pérdida. Asistió al funeral, se fue antes del entierro.
sigue siendo hoy una figura política activa con aspiraciones electorales. Lorenzo Lazo es otra historia. Se quedó con el control de las cuatro sociedades anónimas. apareció como cobeneficiario de tres cuentas bancarias internacionales y según una demanda civil presentada en 2023 y desechada por cuestiones procesales era el único firmante autorizado de la cuenta de Miami a la que se transfirieron durante los últimos dos años de vida de Edit varios millones de dólares.
Lorenzo Lazo asistió al funeral, habló con la prensa, lloró y a los 14 meses se mudó de la casa donde habían vivido con Edit. Le dejó a Constanza el departamento y se llevó casi todo lo demás. Vamos a hablar de los últimos 3 años de la vida de Edit González, porque esos 3 años son los que explican por qué este camerino llevaba 6 años sin abrirse.
¿Por qué hay un sobre sellado guardado en un cajón con cerradura? ¿Y por qué la persona a la que va dirigida la carta nunca supo que existía hasta hace 40 horas cuando Harf giró la orden de catear este cuarto? En octubre de 2016, Edith González entró a una revisión ginecológica de rutina con su doctora de cabecera.
Salió con una resonancia ordenada de urgencia. Tres días después le confirmaron un tumor operable, tratable, con un pronóstico de sobrevida a 5 años del 72% si el tratamiento empezaba antes de 6 semanas. El tratamiento empezó a las 8as. ¿Por qué ocho y no seis? Porque entre la confirmación del diagnóstico y la primera sesión de quimioterapia, hubo un mes en el que Edith González fue evaluada por cinco oncólogos distintos, tres en México y dos en Estados Unidos, y cada uno propuso un protocolo distinto. La decisión final de qué
protocolo seguir no la tomó Edit, la tomó un comité familiar. Ese comité familiar lo lideraba Lorenzo Lazo. El protocolo que se escogió fue uno de quimioterapia convencional en una clínica privada de la Ciudad de México con visitas mensuales a una clínica complementaria cubierto en parte por la aseguradora privada de Edit.
El resto se pagó de las cuentas conjuntas, pero existía otra opción. Existía en 2016 un ensayo clínico fase 3 para ese tipo de cáncer en una institución de Nueva York. Era un protocolo experimental con inmunoterapia combinada que mostraba en los pacientes en estadio temprano como Edit una tasa de respuesta del 87%. El tratamiento era gratuito porque era ensayo clínico. Edit calificaba.
La doctora que la atendía en México le mandó la información. dos páginas con los criterios de inclusión, los datos de contacto, el protocolo. Edit le dio las dos páginas a Lorenzo, le pidió que llamara para inscribirla. Esas dos páginas están en este folder, tienen una anotación a mano.
La anotación dice en pluma negra, no procede. Riesgo experimental alto. Mejor seguir con protocolo conservador. No procede. Eso lo decidió alguien sin formación médica. No lo decidió la oncóloga, no lo decidió Edit. Lo decidió la persona que tenía poder de firma sobre las cuentas, que iba a las consultas en lugar de ella cuando ella estaba demasiado cansada para ir, que recibía los reportes médicos en su correo personal y los traducía después a Edit en versiones simplificadas que la doctora nunca aprobó.
Edit no entró al ensayo clínico de Nueva York, siguió con el protocolo conservador y en marzo de 2018 el tumor reapareció. esta vez con metástasis. A partir de ese momento, el pronóstico de sobrevida a 5 años bajó del 72% al 8%. Edit vivió 15 meses más después de esa recaída. En esos 15 meses filmó dos telenovelas, hizo 12 comerciales, apareció en cuatro programas de televisión y firmó, según los registros notariales públicos, 31 documentos, entre ellos cuatro modificaciones a las actas constitutivas de sus sociedades, dos poderes notariales amplios, una
modificación a su testamento y un acuerdo de sesión de derechos de imagen postmortem que daba el control total de su nombre, su imagen y su obra a una empresa fundada 3 meses antes en el extranjero. Esa empresa se llama en los registros EGE Heritage Trust. La administra hasta hoy la misma persona que administraba todas las sociedades de Edit en vida.
Constanza no aparece como beneficiaria principal. Magdalena González no aparece como beneficiaria. Ofelia, la mamá de Edit, que sigue viva y sigue viviendo en el mismo departamento de La Narbarte al que la familia se mudó cuando Edit tenía 10 años, no aparece como beneficiaria. Cada vez que alguien usa una foto de edit en una camiseta, en un libro, en un documental, en una publicación, hay una persona que cobra regalías.
Esa persona no es la hija. Magdalena González lo intentó denunciar en 2023. Magdalena González, una mujer que durante toda su vida vivió en la sombra de su hermana famosa y que después de la muerte de su hermana se convirtió en la única familia consanguínea que defendía a Constanza. Presentó la demanda civil que mencioné antes.
La demanda se desechó por falta de legitimación procesal. Lo que en términos jurídicos quiere decir que Magdalena no tenía derecho a demandar porque no era ni representante legal de Constanza ni heredera directa. Constanza, cuando se desechó la demanda en 2023 tenía 18 años recién cumplidos. Podía haber presentado ella la demanda como mayor de edad.
no la presentó porque no sabía que existía un cajón en este camerino con un folder negro lleno de papeles y un sobre sellado con su nombre. No lo sabía porque nadie se lo había contado. Constanza Creel González tiene hoy 21 años. Estudia historia del arte en una universidad privada en la Ciudad de México. Vive sola en un departamento que su papá, Santiago Crel ayuda a pagar.
No mantiene contacto público con su padrastro. Desde 2022, cuando ella cumplió 18 años y se mudó del departamento de Tecamachalco, donde había vivido con él desde la muerte de su madre. No le ha dado entrevistas a nadie sobre su mamá. Ha subido tres fotografías de edit a sus redes sociales en 6 años.
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En cada cumpleaños, el 10 de septiembre, publica una sola palabra: mamá. Sin texto adicional, sin emojis, sin etiquetas. Su tía Magdalena González ha intentado durante 6 años contarle a Constanza la versión que se construye al juntar todos estos papeles. Magdalena tiene copias parciales de varios de los documentos, pero le faltaba lo más importante.
Le faltaba este camerino, le faltaba el folder negro completo, le faltaba sobre todo ese sobresellado, porque el sobresellado es lo que cambia todo. Edith González. sabía. Edith González en algún momento entre 2018 y 2019 entendió lo que estaba pasando con sus empresas, con su dinero, con su tratamiento médico y con su hija y tomó una decisión.
tomó la decisión de escribir una carta, sellarla, esconderla en un cajón al que solamente ella tenía la llave y dejar instrucciones escritas para la única persona del mundo que ella podía confiar en que iba a encontrarla. cuando llegara el momento. Esa persona no fue su esposo, esa persona no fue Santiago Creel, esa persona no fue Magdalena, esa persona no fue Ofelia, esa persona era una mujer que llevaba 28 años trabajando como maquillista de edit en Televisa San Ángel, una mujer que en este momento tiene 61 años y que pidió que su nombre no apareciera en los
reportes oficiales del cateo. Esa maquillista fue quien guardó la llave del cajón durante 6 años. Esa maquillista fue quien hace 40 horas llamó a la oficina del secretario Harf y le dejó un mensaje a su jefe de gabinete que decía lo siguiente. Tengo información sobre la actriz Edit González González.
Tengo una llave que ella me dio antes de morir y tengo miedo de morirme yo sin que esto sepa. Esa llamada fue la que disparó la orden de Kateo. La maquillista contó en la declaración voluntaria que firmó esa misma noche cómo había recibido la llave. Fue el 7 de junio de 2019, 6 días antes de la muerte de Edit. La maquillista había ido a visitarla al departamento de Tecamachalco.
Edit estaba en su cama allá sin pelo, ya sin poder caminar con una vía intravenosa en la mano izquierda. Le pidió a la maquillista que cerrara la puerta del cuarto, le pidió que se acercara y le entregó una llave pequeña dorada atada con un hilo a un pedazo de papel doblado. En el papel decía dónde estaba el cajón, decía qué había dentro y decía qué hacer. Lo que decía era esto.
Esto se entrega solamente si pasan dos cosas. que mi hija cumpla 18 años y que ninguna otra persona en ese momento esté legalmente a cargo de protegerla. Esas dos condiciones se cumplieron en 2022. La maquillista no entregó la llave. Tuvo miedo del padrastro. Tuvo miedo de las consecuencias. Tuvo miedo de equivocarse en el momento.
Vio pasar 2022, 2023, 2024, 2025. Vio como Constanza dejó de ser una adolescente. Vio como se convirtió en una mujer joven. En esos 6 años, la maquillista tuvo siete momentos donde casi entregó la llave. El primero fue el día del cumpleaños de Constanza en 2022, cuando vio en sus redes sociales la palabra mamá escrita debajo de una fotografía de Edit con 2 años de edad cargándola.
La maquillista estaba sentada en su cocina cuando lo vio. Marcó el número que Edit le había dado, un número del jefe de gabinete de Harf, que todavía no era secretario, y colgó antes de que contestaran. El segundo fue cuando vio a Lorenzo Lazo en un programa de televisión hablando del legado de Edit.
La maquillista estaba en su cama con la televisión encendida. lo escuchó pronunciar las palabras el legado artístico de mi esposa. Le entró un nudo en el estómago. Esa noche no durmió. Sacó la llave del cajón donde la guardaba envuelta en un pañuelo de su propia madre. La puso encima de la mesa de la cocina. La miró hasta las 4 de la mañana. La volvió a guardar.
El tercero fue cuando se enteró por la asistente personal que ya no trabajaba en Televisa, de que la Fundación EGF estaba recaudando donaciones para niños con cáncer en nombre de su jefa. La maquillista lloró en silencio en una banca del Parque México. No llamó. Los otros cuatro momentos fueron en los cumpleaños siguientes de Constanza.
Cada 10 de septiembre, cada una palabra publicada sin texto, la maquillista buscaba el teléfono, lo soltaba. Buscaba el teléfono, lo soltaba. Tenía 61 años, vivía sola. Había sido amiga de Editt durante 28 años y nunca había roto una promesa. Pero no rompió esa promesa por miedo, la rompió por algo más complicado.
La rompió porque no sabía si Edit al pedírselo había sabido lo que estaba pidiendo. Porque pensó que tal vez Constanta no quería saber porque tuvo dudas. Y un día, hace tres semanas, la maquillista fue a una consulta médica de rutina. Le encontraron algo. Salió de la consulta sabiendo que tal vez no le quedaba mucho tiempo y entendió que si ella se moría sin entregar esa llave, la promesa que le había hecho a Edit González iba a morirse con ella.
Por eso llamó, “Antes de volver al camerino, te tengo que enseñar una cosa más que estaba dentro del folder negro. No es un estado de cuenta, no es un contrato, es una agenda personal de tapa de cuero negro comprada en una papelería de Polanco en enero de 2018. La agenda tiene anotaciones de edit hasta el 14 de mayo de 2019, 30 días antes de que se muriera.
La letra de las primeras páginas es la misma caligrafía firme que ya conoces, esa de la tinta azul oscura. Las anotaciones de las últimas semanas están escritas con pluma negra, mano temblorosa, letras inclinadas que apenas se sostienen sobre la línea del cuaderno. La agenda no tiene compromisos profesionales, no tiene horarios de grabación, no tiene citas médicas.
La agenda tiene una sola cosa repetida en distintas páginas. Tiene cosas que Edit González quería decirle a su hija. Algunas están escritas como frases completas. Otras como recordatorios cortos. Una página del 22 de abril dice así: Constanza, cuando alguien te pida que firmes algo, léelo entero. Aunque la persona que te lo pida sea alguien que tú quieras, aunque te digan que son formalidades, aunque sea tu mamá quien te lo pida.
Otra página del 6 de mayo dice así: “La fundación no es lo que parece. Si alguien te pide algún día que la dirijas o que firmes algo en su nombre, di que no. Otra del 10 de mayo escrita ya casi sin presión sobre el papel. Hija, tienes una tía que se llama Magdalena. Si alguien intenta separarte de ella es porque no quiere que sepas lo que ella sabe. Y la última anotación.
13 de mayo de 2019, 31 días antes de la muerte. dice solo cinco palabras, “Te quiero más que nada.” Esa fue la última frase coherente que Edith González escribió en su agenda personal. La carta sellada del sobre se escribió antes. La selló en alguna semana de abril, según el papel que la maquillista guardó con la llave, la agenda se siguió escribiendo después de la carta, como si Eddie hubiera querido dejar un manual de instrucciones para los problemas que la carta no cobría.
Esa agenta también se la entregaron a Constanza esta mañana junto con el folder negro y el sobre. Volvamos al camerino una última vez. Son las 5:42 de la madrugada. La luz del amanecer empieza a filtrarse por una clarabolla alta que tiene el edificio en el pasillo. Adentro del camerino, la temperatura subió 3 ºC con la presencia del equipo, pero el olor a perfume sigue intacto.
Harfus tiene en las manos enguantadas el sobre sellado. Lo está mirando desde dos ángulos. El sobre es de un papel grueso, color crema con un peso que se siente en la mano. Las orillas están dobladas hacia adentro y reforzadas con cinta blanca de tela. Sobre la cinta hay un nudo doble hecho a mano con un lazo pequeño que parece de costura.
En el frente, en tinta azul oscura, en una caligrafía firme que ya conocemos porque la vimos en las hojas del folder, dice así: “Para Constanza Creel González, abrir el día que cumpla 18 años, 29 de junio de 2022. Abajo de eso, en letra más pequeña, una segunda instrucción. Si llega antes el momento, también abrir. Te quiero, hija.
Arfuch se queda mirando el sobre durante un minuto entero sin moverse. La fotógrafa lo documenta. La notaria escribe en su tableta. Los peritos no respiran fuerte. Y aquí llega la tercera cosa que te prometí. ¿A dónde se fue el dinero? Las hojas finales del folder son una lista. Una lista hecha por Edit en su última semana de lucidez en mayo de 2019, con los nombres y los montos exactos que ella alcanzó a reconstruir antes de que la quimioterapia y los analgésicos le quitaran la capacidad de revisar papeles. La lista tiene 22 nombres. No
los voy a leer todos, pero voy a leer los primeros cinco, que son los que reciben los montos más altos. Una sociedad constituida en el extranjero con domicilio fiscal en una oficina de servicios corporativos recibió entre 2017 y 2019 varios millones de dólares. Un despacho de consultoría política y patrimonial con sede en la Ciudad de México.
Cobró honorarios consolidados entre 2010 y 2018 por 47 millones de pesos. Una inmobiliaria constituida en 2014 con un socio cuyo nombre aparece tachado en el documento. Compró el departamento donde Edith vivió los últimos 9 años de su vida con dinero proveniente de las cuentas conjuntas por 32 millones de pesos.
una empresa de sesión de derechos de imagen postmortem, constituida 3 meses antes de la muerte de Edit, con un valor estimado de derechos cedidos en el primer año posttem de 89 millones de pesos y una asociación civil constituida en 2017 como fundación filantrópica recibió donaciones por 63 millones de pesos entre 2017 y 2021 de los 6300 18 millones se gastaron en programas de apoyo a niños con cáncer.
Los otros 45 millones se gastaron en gastos administrativos, consultorías, viáticos y honorarios pagados a personas físicas vinculadas familiarmente a la administración de las otras sociedades. 492 millones de pesos rastreables a operaciones con personas físicas o morales vinculadas a una sola red familiar.
¿Tú crees que eso fue mala suerte? ¿Tú crees que eso fue desorganización? ¿Tú crees que eso es lo que pasa cuando una actriz famosa no se entera bien de su contabilidad? ¿O tú crees que eso es exactamente lo que pasa cuando una persona acostumbrada a manejar dinero de otros encuentra a una mujer que durante toda su vida le enseñaron a obedecer y a confiar? Y aquí llega la cuarta cosa que te prometí, el sobre.
Lo que dice ese sobre yo no te lo voy a contar porque ese sobre no me pertenece. Ese sobre no le pertenece a Harf. Ese sobre no le pertenece a la notaria, ni a los peritos, ni a Magdalena, ni a la maquillista que guardó la llave durante 6 años. Ese sobre tiene un solo nombre escrito en el frente, Constanza Crel González. Harfud loidencia con sello federal y firmó personalmente la cadena de custodia después de salir del camerino.
La primera diligencia que hizo el secretario de seguridad fue ordenar el traslado del sobre escoltado por dos elementos de la Guardia Federal hasta el domicilio actual de Constanza en la colonia Condesa. Las 7:48 de esta mañana, hace menos de 2 horas, dos elementos de la Guardia Federal tocaron la puerta del departamento donde vive Constanza.
Le explicaron por qué estaban ahí. Le entregaron el sobre. Le entregaron también una copia del folder negro con los 246 documentos que estaban guardados con la carta. Le dijeron que ella decide ahora qué hacer con todo lo que su mamá dejó escrito para ella. Constanza tenía puesta una sudadera vieja cuando abrió la puerta, una sudadera gris que había sido de su mamá, doblada en el cajón de abajo de su closet desde 2019, sin que ella la usara.
Esta mañana, por alguna razón, la sacó, se la puso. 20 minutos después tocaron la puerta. Los dos elementos de la Guardia Federal eran un hombre y una mujer. La mujer fue quien habló, le explicó a Constanza lo que tenía en las manos. Pronunció el nombre de Harfug. Le contó que el cateo del camerino había concluido a las 7 de la mañana y le dijo que ella era la propietaria legal de todo lo que estaba dentro del sobre desde hacía 3 años y 16 días. Constanza no dijo nada.
Tomó el sobre con las dos manos. lo miró, reconoció la letra de su mamá en el frente reconoció la cinta blanca, pasó el pulgar por encima del nudo doble y siguió sin decir nada. Los dos elementos se quedaron en la puerta un minuto más esperando alguna instrucción. Constanza no la dio, cerró la puerta despacio, se quedó sola con el sobre y el folder en las manos.
Lo que está pasando dentro de ese departamento en este momento, mientras tú estás escuchando esto, no lo sabe nadie. Constanza tiene 21 años. La fecha que su mamá calculó pasó hace casi 4 años, pero llegó al final. El sobre llegó a sus manos. No la abran hasta que cumpla 18. Eso fue lo último que escribió Edith González. Volvamos un segundo a una foto.
Es una foto del año 2005. Está pegada en la pared de fotografías del camerino. Está en la esquina inferior izquierda, casi escondida detrás de otras. Si no la buscas, no la ves. En la foto, Edit González está sentada en el sofá de un departamento que ya no existe porque lo demolieron en 2015. Lleva una sudadera gris vieja y pantalones de pijama.
Tiene el pelo recogido en una cola desordenada. No está maquillada, no se ve elegante, se ve cansada, pero tiene una sonrisa enorme. A su lado, sentada en el mismo sofá, hay una niña de un año. Constanza lleva un mameluco amarillo. Está dormida sobre el regazo de su mamá. La mano derecha de Constanza, esa mano gordita de bebé que apenas se está formando, está agarrando con fuerza el dedo índice de Edit como agarrándolo para no soltarlo.
Esa foto la tomó Magdalena, la hermana mayor, con una cámara digital barata en una visita que hizo el departamento un sábado en la noche. Edit le pidió a Magdalena que la imprimiera. Cuando Magdalena se la trajo, Edith la metió en su bolsa de trabajo, la llevó al camerino, la pegó en la pared y ahí se quedó durante 14 años.
Esa foto es lo que Edit González protegía. No las telenovelas, no las portadas de revistas, no los contratos, no los premios, la mano de su hija sobre su dedo en un sofá un sábado en la noche. Por eso escribió la carta, por eso la selló, por eso le entregó la llave a la única persona que ella sabía que iba a entender, que la carta era lo único de valor real que iba a dejar atrás.
Edith González fue una niña a la que le enseñaron a firmar lo que le ponían enfrente. Fue una adolescente a la que le enseñaron que las decisiones grandes las toma alguien más. Fue una mujer a la que le enseñaron que el amor se ve como un hombre que te quita los problemas de encima. Y cuando entendió todo, ya tenía cáncer en estadio 4 y a alguien que iba a las consultas en su lugar.
Lo único que pudo hacer fue una carta, una sola carta para la única persona a la que se la quería decir. Esa carta va a abrirse hoy o mañana o el día que Constanza decida y nadie más va a saber lo que dice. Eso está bien, así tiene que ser. Harf salió del edificio de Televisa San Ángel a las 6:52 de la mañana.
La fotógrafa selló otra vez la puerta del camerino con un sello federal nuevo encima de los sellos viejos de la empresa. La notaria firmó el acta. El velador les dijo gracias en voz baja antes de cerrar la puerta de servicio. La camioneta de Harfuch arrancó hacia el norte por avenida Chapultepec. En el reproductor de la camioneta, sin que él lo pidiera, sin que él lo eligiera, sonó la canción que estaba en la radio en ese momento.
La canción era el tema de Salomé, la telenovela del año 2001. Harf no apagó la radio. ¿Qué va a hacer Constanza con esa carta? ¿La va a abrir hoy? ¿La va a guardar? ¿Va a denunciar lo que ya tiene documentado? ¿Va a perdonar? ¿Va a callar? Va a hablar con su tía Magdalena, con su abuelo Ofelia, con su papá Santiago Crel.
Va a buscar a la maquillista que guardó la llave durante seis años para darle las gracias. Nadie lo sabe todavía. Nadie de afuera lo va a saber nunca, probablemente y así tiene que ser. Pero hay una cosa que sí sabemos, la cosa más importante, la cosa por la que Edit González escribió esa carta antes de morir, sabiendo que tal vez nunca iba a llegar a la persona correcta.
La cosa es esta. Edith González dejó este mundo sabiendo que la habían robado, sabiendo que la habían traicionado, sabiendo que su hija iba a crecer rodeada de gente que iba a contarle versiones falsas de lo que su mamá había sido. Y aún así, con cáncer en estadio 4, con los dedos temblando por la quimioterapia, con una pluma de tinta azul oscura, Edit González agarró un sobre y escribió ahí adentro la verdad.
No para vengarse, no para acusar, no para que la hija odiara a nadie. Escribió la verdad para que la hija supiera el día que tuviera la edad para entenderlo, quién había sido en realidad la mujer que la cargaba en el sofá un sábado en la noche. Las mamás escriben cartas que sus hijos no leen hasta que ya están listos.
Las mamás guardan cosas en cajones que nadie sabe dónde están. Las mamás dejan instrucciones que el mundo entero puede ignorar, pero que la persona correcta el día correcto va a encontrar. Esa carta ya llegó. Constanza la tiene en sus manos en este momento mientras tú estás escuchando esto. Y no nos toca a nosotros saber qué decide hacer con ella.
Nos toca solamente quedarnos con la imagen del sofá. Edit, en sudadera gris, una niña de un año agarrándole el dedo con fuerza. La sonrisa de una mujer que todavía no sabía que esa iba a ser la única foto de su vida que iba a importar al final. Eso es lo que valía. Lo demás fueron papeles. Mientras tú estás escuchando esto, en algún departamento de la colonia Condesa, una mujer joven de 21 años está sentada en su sala con un sobre sellado entre las manos.
Lleva puesta una sudadera gris que era de su mamá. El sobre tiene escrito en tinta azul un nombre, una fecha que ya pasó hace casi 4 años y una segunda instrucción más pequeña debajo, si llega antes el momento, también abrir. Esa mujer joven todavía no ha abierto el sobre. Lleva una hora y 39 minutos mirándolo. Lo deja sobre la mesa de centro.
Lo levanta otra vez. Lo vuelve a dejar. Toca el nudo doble con la punta del pulgar. No lo desata. Tal vez lo abra hoy, tal vez mañana, tal vez nunca. La carta llegó, eso es lo que importa. Lo demás depende solo de ella. En la próxima entrega del canal vamos a entrar a otra propiedad. Vamos a entrar a un rancho en las afueras de Culiacán, donde un cantante grabó su última canción tr días antes de que lo asesinaran en una carretera.
Un cantante que dejó 44 canciones, una bala que nadie reclama y una grabación en cassete que nunca se publicó. Se llamaba Rosalino. Sus amigos le decían Chalino. Hasta entonces, este contenido es una obra de ficción creada con fines de entretenimiento. Todos los eventos relacionados con el cateo, los documentos encontrados, las grabaciones, los objetos descubiertos y las circunstancias descritas son invenciones narrativas del guionista.
Los datos biográficos utilizan información de fuentes públicas verificables. Ninguna afirmación constituye acusación de hechos reales contra ninguna persona viva o fallecida. Las opiniones expresadas son del narrador ficticio. Para información verificada, consulte fuentes periodísticas.