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ESCRIBIÓ su MUERTE y NADIE le CREYÓ | La Triste HISTORIA de Polo Montañez

El camión sin luces apareció demasiado tarde, como una sombra puesta a propósito en medio de la carretera, y el Hyundai azul de Polo Montañez se partió contra él antes de que alguien pudiera gritar.

Eran las 21:00 del 20 de noviembre de 2002. La autopista nacional, en el kilómetro 18 entre La Habana y Pinar del Río, estaba completamente oscura. No era una oscuridad común. Era una negrura cerrada, de campo abandonado, porque las farolas llevaban tiempo apagadas para ahorrar combustible. Cuba entera conocía esa austeridad, pero esa noche aquella falta de luz no fue una molestia: fue una sentencia.

Dentro del Hyundai viajaba Polo Montañez, 47 años, el guajiro que había bajado de la Sierra del Rosario con una guitarra humilde y había terminado cantándole al mundo. Atrás iban Adis, su esposa, Mirel, su hijastro de 25 años, y otros familiares que regresaban de una quinceañera. Venían cansados, con olor a comida de fiesta en la ropa y esa alegría tranquila que queda después de bailar, abrazar parientes y despedirse con promesas de verse pronto.

Polo manejaba con prudencia. No parecía nervioso. No parecía apurado. Un rato antes se había detenido en el parador de las Seis Vías para comprar cigarros Popular y una TuKola. Saludó a quien lo reconoció con la misma timidez campesina de siempre, como si todavía no entendiera por qué en Colombia, en La Habana y en cada radio cubana repetían sus canciones 50 veces al día.

—Mira que esta carretera está negra —murmuró Adis desde atrás.

Polo sostuvo el volante y entrecerró los ojos.

—Negra no, mi negra. Está ciega.

Nadie se rió demasiado. La frase quedó flotando dentro del carro como si hubiera sido dicha por alguien que ya sabía el final.

Más adelante, en plena vía, había un camión tractor con remolque detenido sin luces traseras, sin reflectores, sin triángulos de advertencia y sin ninguna señal a 50 m, como exigía la ley. Era un muro de metal quieto en una autopista sin iluminación. Quien viniera desde atrás no tenía forma humana de verlo a tiempo.

El impacto fue seco, brutal, casi sin aviso. No hubo frenado largo. No hubo chirrido desesperado. No quedaron marcas claras en el asfalto que dijeran que Polo había tenido segundos para reaccionar. El Hyundai se metió por debajo de la parte trasera izquierda del remolque. El vidrio estalló. La carrocería se hundió. La noche se llenó de gritos.

Mirel murió en el acto por el golpe en la cabeza. Adis despertó herida, aturdida, con sangre en la cara y el cuerpo atrapado entre restos de metal. Cuando pudo mirar hacia el asiento delantero, vio a Polo inconsciente, respirando con dificultad, el rostro deshecho por el accidente.

—¡Polo! ¡Polo, respóndeme! —gritó.

Pero Polo no respondió. El hombre que había llenado estadios con 150,000 personas no podía abrir los ojos ni mover los labios.

Adis miró hacia delante y entonces comprendió la monstruosidad de aquella escena. El camión estaba apagado. No había una luz. No había una señal. No había nada.

—¡Ese camión no se veía! —repitió, temblando—. ¡No se veía!

Cuando llegaron los primeros curiosos, algunos alumbraron con linternas. Otros llamaron desesperados. La ambulancia tardó demasiado. Los policías hicieron preguntas rápidas, pero nadie decía el nombre del chofer del camión. Nadie explicaba por qué estaba detenido ahí. Nadie miraba a Adis a los ojos cuando ella insistía en lo mismo.

A Polo lo trasladaron al hospital militar Carlos J. Finlay, en La Habana, con trauma craneal severo, fracturas múltiples y edema cerebral. Entró en coma profundo. Glasgow 3. El país empezó a seguir los boletines médicos como si cada palabra pudiera devolverlo a la vida.

Pero esa madrugada, mientras Adis esperaba con la ropa manchada y las manos temblorosas, una enfermera le entregó una bolsa con pertenencias de Polo. Dentro estaban su billetera, sus cigarros y una hoja doblada con su letra. Adis la abrió pensando que era cualquier apunte de canción, hasta que leyó el título: La última canción.

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