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“EMPLEADA DOMÉSTICA JUSTICIERA” DE MEDELLÍN: MARLENY ÚSUGA ENV3N3NÓ MÁS DE 15 SICARIOS DE LA OFICINA

PARTE I

Medellín. Junio de 2023. En una mansión del poblado, cinco hombres colapsan durante una fiesta privada. Cuatro mueren en minutos. Las cámaras de seguridad graban todo. La empleada doméstica que sirvió los tragos, una mujer de 52  años con delantal blanco y manos arrugadas, lava platos en la cocina mientras afuera estallan los gritos.

No corre, no se esconde. Cuando la Policía Nacional llega,  solo pide una cosa, que revisen bien quiénes eran esos hombres. La fiscalía descubre que  no fue la primera vez. Marleni Usuga llevaba 2 años envenenando sicarios de  la oficina de Envigado. Más de 15 muertos, todos con el mismo patrón.

Y todo empezó con una madre que perdió  a su hija y nunca obtuvo justicia. Marleni del Socorro Usuga Genao, nació en El Salado, un barrio popular de Envigado en 1971. Creció entre  calles empinadas y casas de Baareque, en una familia que apenas completaba para el arroz de cada día. A los 16  años dejó el colegio y empezó a trabajar como empleada doméstica.

36 años  después seguía limpiando casas ajenas. Vivía en un apartamento pequeño de la comuna  13, sector las independencias, en un edificio de tres pisos con ropa colgada en los balcones y rejas oxidadas. Los vecinos la  conocían como doña Marley, callada, respetuosa, siempre con el pelo recogido y una bolsa del mercado en la mano.

Nunca faltaba al trabajo, nunca alzaba la voz, nadie imaginaba lo que vendría  después. Marleni trabajaba en casas de estrato cinco y se en el poblado y laureles. Ganaba 1,200,000  pesos al mes. Limpiaba baños, cocinaba almuerzos, planchaba camisas, cuidaba niños. Madrugaba a las 4:30 de la mañana para tomar dos buses y llegar antes de las 7.

Conocía las rutinas de las familias  para las que trabajaba, a qué hora se levantaban, qué desayunaban, cuándo salían de viaje, qué conversaciones tenían en la terraza mientras  ella limpiaba los vidrios. Durante más de 30 años fue invisible. Las empleadas domésticas siempre  lo son.

Nadie sospecha de la señora que lava los platos. Marleni entraba a mansiones  con jardines podados, piscinas con agua cristalina. Garajes con camionetas, último modelo. Limpiaba las oficinas donde los dueños dejaban documentos  abiertos sobre los escritorios. Escuchaba conversaciones telefónicas mientras pasaba el trapo  por los muebles de la sala.

Aprendió nombres, apellidos, negocios. Aprendió quiénes eran los que mandaban en Medellín  y quiénes eran los que cobraban en las calles. En 2023, los noticieros de Medellín empezaron a hablar de una serie de muertes extrañas. sicarios de la oficina de Envigado que  caían muertos en sus casas, en fiestas, en bares.

Siempre los mismos síntomas, convulsiones, vómito, paro cardíaco. La prensa especulaba sobre guerras internas entre bandas, ajustes de cuentas, venganzas entre estructuras criminales. Nadie pensó  en una empleada doméstica de 52 años. Nadie buscó en las cocinas. Y mientras las autoridades rastreaban sicarios y jefes de banda, Marleni Usuga seguía subiendo a los buses,  llegando puntual a las casas, sirviendo jugos y lavando vasos, sin dejar huellas, sin levantar sospechas, sin firmas ni mensajes, solo muerte silenciosa.

Los vecinos  de las independencias comentaban en voz baja que algo raro pasaba en las comunas, que los duros de la oficina estaban cayendo como moscas, que alguien los estaba tumbando desde adentro, pero nadie miraba a doña Marley, la señora que subía las escaleras con las bolsas del éxito, la que saludaba con la cabeza y nunca se metía en problemas.

La Fiscalía General de la Nación tardaría 2 años en  conectar los puntos. Para entonces, Marleni ya había tachado 15 nombres de una lista escrita  en un cuaderno de pasta dura que guardaba bajo el colchón. Y todo había empezado con una hija que nunca volvió a casa. Antes de convertirse en  lo que los medios llamarían la envenenadora de la oficina, Marleni Usuga tenía una vida sencilla y una sola razón para levantarse  cada día.

Daniela, su hija, su única familia. Daniela Usuga  había nacido cuando Marleni tenía 33 años. El papá las abandonó cuando la niña tenía 2 años y nunca volvió. Marleni crió a Daniela sola con el sueldo de empleada doméstica y sin ayuda de nadie. Trabajaba seis días a la semana. Los domingos eran sagrados.

Iban juntas a misa en la parroquia de San Javier. Después cocinaban zancocho en la olla de Peltre que Marleni había heredado de su mamá. Y en las tardes veían novelas en el televisor viejo de la sala. Esos domingos eran todo lo que Marleni tenía. El resto de la semana se la pasaba en casas ajenas, fregando pisos, lavando ropa, preparando almuerzos para familias que apenas le dirigían la palabra.

Daniela era una muchacha tranquila, le gustaba  estudiar, soñaba con ser enfermera. En 2020 entró al Sena a estudiar auxiliar  de enfermería. Marlen estaba orgullosa. Pegó los certificados  escolares en la pared del apartamento con chinches doradas. En las noches, mientras Daniela estudiaba  en la mesa del comedor, Marleniformes y pensaba que todo el esfuerzo valía la pena. Su sueño no era grande.

Solo quería que Daniela terminara de estudiar, que consiguiera un trabajo estable, que saliera de la comuna, que tuviera una vida diferente,  que no tuviera que limpiar casas ajenas, que no tuviera que levantarse a las 4:30 de la mañana para tomar dos buses y llegar a las 7  a una casa donde la trataban como si fuera parte de los muebles.

Marleni quería que Daniela fuera alguien, que tuviera  un título, que usara uniforme de enfermera y trabajara en un hospital de verdad, que la gente la respetara. Los vecinos del  edificio recuerdan a Marleni como una mujer devota. Tenía un altar pequeño en la sala, una imagen de la Virgen del Carmen, estampitas de santos, un rosario de madera, tres velas blancas.

Rezaba todas las noches antes de dormir. Pedía protección para Daniela. Pedía que la violencia no tocara  su puerta. Pedía que Dios las cuidara. Durante años pareció que esas oraciones funcionaban. Daniela crecía sana, estudiosa, lejos de los problemas de la calle. No andaba con malas compañías, no se metía en problemas.

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