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El PRIMER CUBANO en el ESPACIO | La Triste HISTORIA de Arnaldo Tamayo

Parte 1

El día que Arnaldo Tamayo volvió de las estrellas, su propio hermano de crianza le susurró que lo estaban enterrando vivo con aplausos.

La Habana ardía de banderas, bocinas y consignas. En el aeropuerto José Martí, las cámaras buscaban su rostro como si no fuera un hombre, sino una prueba viviente. Arnaldo bajó del avión con el uniforme impecable, el pecho lleno de medallas y los ojos cansados de quien todavía sentía el cuerpo flotando, aunque ya tuviera los pies sobre la pista caliente de Cuba.

Fidel Castro lo esperaba con los brazos abiertos. El abrazo fue largo, demasiado largo, calculado para la televisión. La multitud lloraba. Los niños gritaban su nombre. Las mujeres agitaban pañuelos desde las rejas. Los viejos decían que aquel muchacho negro de Baracoa, huérfano desde bebé, había hecho justicia por todos los pobres que nunca pudieron mirar más allá del techo de zinc.

Arnaldo sonrió porque eso le habían enseñado: sonreír cuando la patria lo necesitaba.

Pero entre los rostros de la multitud estaba Néstor, el hijo de la mujer que lo había criado por temporadas cuando él era niño. No compartían sangre, pero sí hambre, golpes de vida y el mismo patio de tierra donde Arnaldo había aprendido a mirar el cielo para no mirar la miseria. Néstor no aplaudía. Tenía los brazos cruzados y una tristeza dura, casi rabiosa.

Cuando el desfile terminó y los generales lo rodearon como una muralla de uniformes, Néstor logró acercarse apenas unos segundos.

—Te están usando, Arnaldo.

Arnaldo apretó los labios.

—Hoy no, Néstor. Hoy no digas eso.

—Hoy más que nunca. Te subieron porque tu historia les servía. Mañana te van a guardar donde no hagas sombra.

Arnaldo quiso responder, pero una mano del protocolo lo jaló hacia Fidel, hacia las cámaras, hacia el destino que ya otros habían escrito por él.

Nadie debía hablar de José Armando López Falcón esa tarde. Nadie debía mencionar al piloto que había entendido mejor los manuales rusos, que respondía con precisión en los entrenamientos, que corregía incluso a los intérpretes soviéticos cuando una palabra técnica se escapaba mal traducida. López Falcón había sido el otro finalista, el hombre silencioso que también merecía el cielo. Pero no tenía la biografía perfecta para el cartel: no era el niño huérfano de Baracoa convertido en símbolo, no cargaba en la piel el mensaje que Moscú y La Habana querían lanzar antes que Estados Unidos.

Arnaldo lo sabía.

Lo supo desde Star City, cuando un instructor soviético bajó la voz después de una prueba y le dijo que debía esforzarse más con el ruso. Lo supo cuando López Falcón, sin envidia visible, le explicó durante la noche una maniobra orbital que él aún no dominaba por completo. Lo supo cuando, el 1 de marzo de 1978, anunciaron su nombre y López Falcón se quedó de pie, pálido, aplaudiendo como si le hubieran arrancado algo por dentro.

—Vuela bien —le dijo López Falcón aquella noche, sin mirarlo a los ojos—. Ya que te escogieron, no les des el gusto de verte fallar.

Desde entonces, Arnaldo cargó con 2 pesos: el orgullo de haber llegado y la culpa de saber que la decisión no había sido limpia.

El 18 de septiembre de 1980, cuando el cohete Soyuz rugió en Baikonur, Arnaldo sintió que el pecho se le abría. Durante 7 días, 20 horas y 43 minutos, orbitó la Tierra 124 veces. Vio Cuba desde arriba, pequeña, azul, imposible. Pensó en su madre muerta, en el padre que nunca apareció en los papeles, en los niños negros que quizá lo mirarían por televisión y creerían, por 1 vez, que el cielo también les pertenecía.

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