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El GUARDIA Que Vigiló al Che Su ÚLTIMA NOCHE — Lo Que Hablaron NUNCA Se Supo

Parte 1

Mario Vargas Terrazas confesó frente a su nieta que había deseado morir antes de revelar la noche en que un prisionero herido lo trató con más ternura que sus propios comandantes.

Tenía 76 años, un cáncer avanzándole por los pulmones y una fotografía amarillenta entre los dedos. En la imagen aparecía él a los 19, flaco como una vara, con uniforme boliviano demasiado grande y una mirada que parecía pedir perdón desde 1967.

En la sala humilde de su casa en Vallegrande, sus hijos, sus nietos y Carmen, su esposa, lo observaban en silencio. Nadie entendía por qué había pedido una cámara, ni por qué había llamado a Julio Cortés, aquel maestro de historia que durante años lo visitaba con carpetas, grabadoras y preguntas que Mario siempre respondía a medias.

—Hoy lo digo todo —murmuró Mario.

Carmen se llevó una mano al pecho.

—¿Todo qué, Mario?

Él no la miró. Si la miraba, quizá volvía a callarse.

—La noche que vigilé al Che.

La frase cayó en la casa como una piedra sobre un plato de barro. Su hijo mayor, Ramiro, endureció la mandíbula.

—Otra vez con eso. Papá, esa historia te ha enfermado toda la vida.

—No —respondió Mario con voz baja—. Me enfermó haberla escondido.

El 8 de octubre de 1967, Mario no era un hombre de historia. Era un muchacho campesino que apenas sabía firmar con una cruz torcida. Había entrado al ejército porque en su casa faltaba maíz, porque su madre tosía sangre y porque 30 pesos al mes parecían una fortuna para un joven que nunca había tenido zapatos buenos.

Le habían dicho que Ernesto Che Guevara era un monstruo extranjero. Que venía a quemar iglesias, quitar tierras, robar niños y destruir Bolivia. Mario lo creyó porque era más fácil creer órdenes que hacerse preguntas.

Esa tarde, después de la captura en la quebrada del Yuro, el capitán Gary Prado lo llamó junto a la escuelita de La Higuera.

—Vargas, usted se queda de guardia.

Mario tragó saliva.

—¿Yo, mi capitán?

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