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El Evangelio de Judas Destapa la Verdad que Roma Enterró

Hay un documento que no debería existir, no según Roma, no según 16 siglos de teología construida sobre su ausencia, no según los concilios que decidieron con la precisión quirúrgica del poder, qué palabras de Dios merecían ser leídas y cuáles merecían pudrirse en el olvido. Y sin embargo, existe.

Lo han tocado con sus manos investigadores del siglo XXI. Lo han fotografiado, analizado, datado con carbono 14. Existe con la terquedad silenciosa de las cosas que sobreviven a quienes intentan destruirlas. Se llama el evangelio de Judas. Y lo que dice sobre el hombre más odiado de la historia, sobre la traición más famosa de todos los tiempos, sobre Jesús de Nazaret y sobre la naturaleza del cosmos, no se parece en nada a lo que te han contado, nada, ni siquiera remotamente.

Permíteme que empiece por el principio, no por el principio teológico ni por el principio histórico, por el principio físico, por el momento en que este texto volvió a ver la luz después de haber estado enterrado en las entrañas de Egipto durante algo así como 1700 años. Porque hay algo en ese regreso que ya de por sí resulta perturbador.

Las cosas que sobreviven tanto tiempo no lo hacen por accidente. O alguien las protege deliberadamente o el universo tiene sus propios criterios sobre qué verdades merecen sobrevivir. En algún momento de los años 70 del siglo pasado, en una región desértica del Alto Egipto, conocida como Almiña, cerca de una localidad llamada Benimasá, unos campesinos que excavaban en busca de antigüedades para vender en el mercado negro descubrieron una cueva.

Dentro de esa cueva encontraron un sarcófago de piedra caliza y dentro de ese sarcófago una caja de piedra blanca. Y dentro de esa caja, una serie de manuscritos de papiro escritos en copto, el idioma de los cristianos del antiguo Egipto, el último descendiente directo del idioma de los faraones. Los campesinos no sabían lo que tenían entre las manos.

O quizás lo sabían demasiado bien. Sabían que valía dinero. Lo que no sabían era cuánto. Lo que no podían saber entonces era que aquellos papiros amarillentos y quebradizos, que ya empezaban a desintegrarse con el simple contacto del aire húmedo, contenían palabras que habían sido suprimidas deliberadamente del registro histórico cristiano en algún momento del siglo segundo o tercero de nuestra era.

Palabras que describían a Judas Iscariote no como el traidor infame que vendió a su maestro por 30 monedas de plata, sino como el discípulo más avanzado de todos, el único que realmente entendió lo que Jesús vino a enseñar, el único al que Jesús confió el secreto más profundo del universo. Antes de que siga, necesito pedirte algo.

Si este tipo de investigación te lleva al mismo lugar a donde me llevó a mí. Si sientes que hay algo detrás de la historia oficial que vale la pena rastrear hasta el final, suscríbete a este canal y activa la campana. No te pido que creas, te pido que escuches. Hay una diferencia enorme entre las dos cosas y creo que la mayoría de las personas que han llegado hasta aquí la conocen perfectamente.

Volvamos a Egipto a los años 70, a esos papiros que empezaban a romperse en manos de personas que no tenían ni idea de cómo manejarlos. Lo que sucedió a continuación es una historia de negligencia, codicia, burocracia académica y mercado negro. que casi destruye para siempre uno de los documentos más importantes de la historia del pensamiento religioso.

Los manuscritos pasaron de mano en mano a lo largo de la década de los 80. Estuvieron a la venta en Ginebra. estuvieron en una caja de seguridad en un banco de Nueva York durante casi 16 años, deteriorándose lentamente, fragmentándose, perdiéndose. Un anticuario de nombre Stephen Hemel, que los examinó brevemente en 1983, reconoció inmediatamente su importancia y alertó a sus colegas.

Nadie reunió el dinero suficiente para comprarlo o nadie quiso. Las dos cosas son posibles cuando se trata de documentos que contradicen siglos de doctrina institucional. Finalmente, en el año 2000, los manuscritos llegaron a manos de una marchante de antigüedades de origen suizo llamada Frieda Nusberger Chacos. Y fue ella quien después de un primer intento fallido de venta, los entregó al Maecenas Foundation Forcient Art en Basilea, que inició el proceso de restauración, traducción y publicación.

En 2006, el National Geographic publicó la primera traducción al inglés. El mundo académico quedó dividido en dos. El mundo religioso silenciosamente perturbado. Y yo, que llevaba décadas investigando los márgenes de la historia oficial, sentí algo que no es fácil de describir con palabras. La sensación de que algo muy antiguo y muy incómodo había decidido salir a la superficie.

No por casualidad. Nunca por casualidad. Para entender lo que dice el evangelio de Judas y por qué resulta tan radicalmente perturbador para la narrativa cristiana oficial, necesito explicarte primero el mundo en que nació. El cristianismo primitivo no era lo que hoy conocemos. No era una iglesia, no era una institución, era un herbidero de ideas, de interpretaciones, de grupos que diferían entre sí de formas a veces radicales sobre quién era Jesús, qué había venido a hacer, qué significaba su muerte y su supuesta

resurrección y cuál era la naturaleza del cosmos en que todo esto había ocurrido. Había grupos que creían que Jesús era completamente divino y nunca había tenido un cuerpo físico real. Había grupos que creían que era completamente humano y que su divinidad era una metáfora espiritual. Había grupos que creían que el mundo material era la creación de un Dios menor, ignorante o directamente malévolo, y que el verdadero Dios, el Dios supremo, era radicalmente diferente del Dios del Antiguo Testamento. Estos últimos son

los que la historia ha llamado gnósticos, del griego nosis, conocimiento. No eran una secta marginal y excéntrica, eran una corriente de pensamiento sofisticada. filosóficamente elaborada, contextos propios, rituales propios, cosmologías propias, de una complejidad asombrosa. Y uno de sus evangelios, el que habla de Judas, sobrevivió enterrado en el desierto de Egipto mientras Roma decidía qué versión del cristianismo merecía llamarse verdadera.

Todo lo que hemos rastreado hasta aquí, el hallazgo físico de los manuscritos en el Alto Egipto, los 16 años de deterioro en una caja de seguridad neoyorquina, el mundo pluralístico del cristianismo primitivo que Roma sistemáticamente fue clausurando, y la figura de los gnósticos con su cosmología radicalmente diferente del Dios creador es apenas la superficie de un cuadro mucho más amplio.

reuní ese cuadro completo con su contexto histórico y sus fuentes documentadas en un archivo que llamé los evangelios perdidos, donde todo esto y muchas cosas más que no cabrán en este vídeo, se explica con rigor y con la profundidad que el tema merece. El enlace está en la descripción, pero quédate porque lo que viene ahora es donde el texto empieza a decir cosas que ninguna institución religiosa ha podido explicar satisfactoriamente en los últimos 18 siglos.

Repasemos lo que sabemos de Judas antes del Evangelio de Judas. Sabemos, según los evangelios canónicos, que era uno de los 12 discípulos, que se acercó a los sacerdotes del templo y les ofreció entregar a Jesús a cambio de 30 monedas de plata, que identificó a Jesús con un beso en el huerto de Getsemaní  para que los soldados pudieran arrestarlo, que luego, presa del remordimiento, devolvió el dinero y se suicidó. Eso es lo que dice Mateo.

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