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El director ordenó retirar la imagen de Carlo del colegio — lo que ocurrió después sacudió la ciudad

Hay decisiones que tomamos convencidos de nuestra autoridad, seguros de que el mundo funciona exactamente como nosotros creemos. Yo tomé una de esas decisiones hace 18 meses. Una decisión administrativa, pensé a rutinaria, Ancimayo importancia. Ordenar que retiraran una imagen del pasillo principal de mi colegio. Eso fue todo.

Una orden simple que cualquier director daría sin pensarlo dos veces. Pero lo que sucedió después, lo que sucedió después me obligó a cuestionar todo lo que creía saber sobre la realidad, sobre la fe, sobre mi propia vida. Lo que ocurrió después sacudió no solo mi institución, sino toda la ciudad de Guadalajara. Y hoy por primera vez voy a contar la historia completa.

Porque el mundo necesita saber lo que puede pasar cuando un hombre soberbio se atreve a desafiar algo que no comprende. Porque hay verdades que no pueden permanecer ocultas. Porque lo que vi, lo que viví, lo que presencié cambió para siempre mi manera de entender la existencia. Me llamo Aurelio Mendoza Vegan, tengo 54 años.

Y durante los últimos 12 fui director del colegio San Ignacio de Loyola, una institución educativa católica con más de 80 años de tradición en la zona de Providencia en Guadalajara, Jalisco. Nací en esta misma ciudad, en el barrio de Santa Tere, hijo de un contador público  y una maestra de primaria. Mi infancia fue la de cualquier niño.

Tapatío de clase media, escuela católica. Misas dominicales. Primera comunión a los 7 años. Confirmación a los 12. Todo muy normal, muy ordenado, muy previsible. Estudié la licenciatura en pedagogía en la Universidad de Guadalajara, donde conocí a mi esposa Graciela durante un seminario sobre metodologías educativas. Ella estudiaba trabajo social y tenía una sonrisa que iluminaba cualquier salón.

Nos casamos 3 años después de graduarnos en la parroquia del Sagrado Corazón, donde ella había sido bautizada. Tuvimos tres hijos, Aurelio Junior, que ahora es médico en Monterrey, Fernanda, que trabaja como arquitecta aquí en Guadalajara, y el pequeño Santiago, que de pequeño no tiene nada porque ya cumplió 25 años y está haciendo su doctorado en Barcelona.

Mi carrera profesional siempre fue ascendente,  impecable, construida sobre la base de resultados medibles y decisiones racionales. Comencé como maestro de secundaria, luego fui coordinador académico, después subdirector y finalmente director. Obtuve una maestría en administración educativa mientras trabajaba, sacrificando fines de semana y vacaciones.

Todo ese esfuerzo valió la pena cuando hace 12 años el patronato del colegio San Ignacio me ofreció el puesto de director general. Fue el momento culminante de mi vida profesional. Me consideraba católico, sí, pero de una manera que hoy reconozco como superficial, tremendamente superficial. Asistí a misa los domingos por costumbre familiar, porque así me habían educado, porque era lo esperado de un director de escuela católica.

Celebraba las fiestas religiosas porque era parte del calendario institucional. Conocía las oraciones, los rituales, las fórmulas, pero en el fondo, muy en el fondo, siempre mantuve una distancia cómoda con todo lo que no pudiera explicarse mediante la lógica y la razón. Los milagros eran metáforas, los santos eran ejemplos morales, no intercesores, reales.

La presencia de Cristo en la Eucaristía era un símbolo hermoso, no una realidad literal. Eso pensaba yo. Eso creía con toda la certeza de mi mente académica. Mi esposa Graciela siempre fue diferente. Ella sí rezaba el rosario todas las noches arrodillada frente a su altar, improvisado en nuestra recámara. Ella sí tenía una colección de estampitas de santos que guardaba en su cartera.

Ella sí creía en los milagros y en la intercesión de los santos, especialmente de la Virgen de Guadalupe, a quien le tenía una devoción profundísima. Cada 12 de diciembre, sin falta, hacíamos el viaje a la basílica en Ciudad de México. Aunque a mí me pareciera una pérdida de tiempo y dinero, yo la respetaba.

Claro, nunca me burlé abiertamente de su fe, pero internamente consideraba que su religiosidad era algo pintoresco, casi ingenuo, un remanente de la educación que recibió de su abuela en Zapopan, una viejecita que veía vírgenes aparecidas en las manchas de humedad y rezaba novenas. para todo. Nunca le dije a Graciela lo que pensaba.

No directamente, pero estoy seguro de que ella percibía mi condescendencia. Los esposos perciben esas cosas, aunque no se digan con palabras. Hay silencios que hablan más fuerte que cualquier discurso. El colegio San Ignacio era mi orgullo,  mi obra maestra, la manifestación tangible de todo lo que yo creía importante en la vida.

Bajo mi dirección habíamos alcanzado los mejores índices académicos de la zona metropolitana de Guadalajara. Nuestros alumnos obtenían las puntuaciones más altas en los exámenes de admisión a preparatoria y universidad. Nuestros egresados ingresaban al Tecnológico de Monterrey, a la Universidad de Guadalajara, a la Iberoamericana.

Incluso algunos conseguían becas para universidades en Estados Unidos. teníamos laboratorios de última generación con equipos importados de Alemania, un programa bilingüe certificado por Cambridge, instalaciones deportivas que eran la envidia de otras instituciones, alberca olímpica,  canchas de tenis, campo de fútbol con pasto sintético profesional.

Yo había transformado el colegio en una máquina perfectamente aceitada de producir excelencia académica. Cada proceso estaba documentado, cada resultado era medido, cada decisión se basaba en datos concretos. Los padres de familia pagaban colegiaturas elevadas porque sabían que sus hijos recibirían la mejor educación posible.

Y si bien manteníamos nuestra identidad católica, porque así lo exigía nuestra tradición fundacional y nuestro vínculo con la compañía de Jesús, yo siempre busqué que esa identidad fuera discreta, moderna, adaptada a los tiempos. Nada de excesos devocionales que pudieran incomodar a las familias más progresistas que cada vez, eran más numerosas entre nuestra población estudiantil. Nada.

de procesiones, novenas o prácticas que parecieran sacadas de otro siglo. Religión, sí, pero una religión ilustrada, racional, compatible con la mentalidad contemporánea. Fue precisamente por esa filosofía que en agosto del año pasado, cuando comenzó el ciclo escolar 20242 1025, decidí revisar los elementos religiosos que adornaban nuestras instalaciones.

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