En sus mejores años, entre 1970 y 1990, Rafael Buenía era uno de los compositores más solicitados de México. Las regalías de sus 500 canciones generaban ingresos que sus asesores de la época estimaban en cifras que con los valores actuales superarían los 4 millones de pesos anuales solo por concepto de derechos de autor, 4 millones de pesos al año, solo por escribir, sin contar los ingresos de sus giras, sin contar las presentaciones en el Auditorio Nacional, en el Zócalo, en el Rouse Bull de California, en el
Astrodom de Houston, sin contar las películas que produjo, dirigió y protagonizó. Las actuaciones en vivo de Rafael Buen Día, durante los años de mayor demanda, eran eventos que llenaban los recintos más grandes del circuito de la música regional mexicana. En las ferias de los estados del norte de México, el nombre de Rafael Buen día Día en el cartel garantizaba filas desde antes del amanecer.
En las comunidades mexicanas de California, Texas e Illinois, donde la diáspora migrante construía sus propias celebraciones con los artistas que les recordaban de dónde venían, el compositor de los pobres era recibido con la devoción que se reserva para los que hablan el idioma emocional de uno sin necesidad de traducción. El cachet de una presentación de Rafael Buen Día en los años 80 en los eventos de mayor tamaño y mayor pago, se estimaba en el sector en cifras que rondaban los 120,000 pesos de la época por noche. Calculados a valores
actuales, eso equivale a más de 600,000 pesos por presentación. Con 80 o más presentaciones anuales en sus temporadas más activas, sus ingresos por conciertos superaban los 48 millones de pesos anuales a valores actuales, solo de escenario. Pero antes de hablar del rancho y de la vida que Rafael Buen día Día construyó con ese dinero, hay que hablar del conflicto que define la historia más amarga de su carrera, el conflicto con las disqueras.
Porque Rafael Buen día fue uno de los compositores más robados de su generación, no con violencia, no con escándalos en los periódicos, con letra pequeña en contratos que nadie le explicó completamente y que las disqueras sabían exactamente cómo redactar para quedarse con lo que en justicia le pertenecía al artista.
Los contratos que firmó durante los años 70 y 80 cedían a las disqueras los derechos de reproducción, a cambio de anticipos que parecían generosos en el momento, pero que frente al volumen de ventas que sus canciones generaron resultaron ridículos. Grabaciones que él mismo había financiado desaparecían en los archivos de las grandes empresas, se publicaban bajo otros nombres, se revendían sin que él viera un centavo adicional.
Algunas de sus composiciones más populares fueron grabadas por otros artistas sin que su nombre apareciera en los créditos. “El peor robo no es el del dinero”, decía Rafael con esa claridad serena, “de quien ha procesado la rabia y la ha convertido en diagnóstico. Es el del nombre.
Ver tus palabras en la voz de otro sin que nadie sepa que son tuyas es una muerte lenta. Y cuando llegó la era digital, el daño se multiplicó de una manera que ni él ni los abogados de sus contratos podían haber anticipado. Las cláusulas que cedían derechos de reproducción no contemplaban el streaming, no contemplaban las descargas digitales, no contemplaban las plataformas que en el siglo XXI generarían millones de reproducciones de sus canciones sin que Rafael Buen Día recibiera la fracción de centavo que en justicia le correspondía.
Hoy sus canciones tienen millones de reproducciones en plataformas digitales y él ve llegar un porcentaje que sus asesores describen con la misma combinación de indignación y resignación, suficiente para no pasar hambre, insuficiente para reflejar lo que esa música vale. La respuesta de Rafael Buen Día ante ese despojo no fue rendirse, fue hacer exactamente lo que su padre hacía en Rancho Nuevo de Morelos cuando el mundo era injusto.
seguir creando. A finales de los años 90, cuando las grandes disqueras ya habían dejado de llamar y las estaciones de radio comercial habían abandonado la ranchera tradicional por los géneros que el mercado joven reclamaba, Rafael Buen día empezó a producir y distribuir su música de manera independiente.
Grababa con mariachis locales y con jóvenes músicos que lo admiraban y que a cambio de la experiencia de trabajar con él aceptaban condiciones que las grandes productoras nunca aceptarían. vendía los discos él mismo junto a la salida de sus presentaciones. Se quedaba horas después de cada concierto estrechando manos y firmando copias para los fans que habían esperado pacientemente.
Era un contraste total con los días de los contratos millonarios y los especiales de televisión, pero lo hacía con una dignidad que sus cercanos describen como la misma dignidad con que cargaba la guitarra en los autobuses de segunda clase de los años 50, cuando iba de pueblo en pueblo construyendo su nombre.
“Sigo cantándole al pueblo”, decía, “solo que ahora lo hago sin intermediarios.” Y entonces llegó el cine, porque Rafael Buen día no era solo músico, era narrador. Y cuando las disqueras cerraron sus puertas, encontró otra manera de contar las historias que tenía adentro. Escribió, dirigió y protagonizó decenas de películas de bajo presupuesto en los años 80 y 90.
La pistolera, Los Maestros, El Tuerto de la Sierra, El Valle de la Muerte. Películas que la crítica mexicana ignoró completamente, pero que en los cines de las comunidades migrantes de California, Texas e Illinois llenaban salas con el mismo público que iba a sus conciertos. Ese público entendía esas películas de la misma manera en que entendía sus canciones, porque hablaban de ellos, de sus vidas, de sus luchas, de ese México que habían dejado atrás y que extrañaban con una intensidad que ninguna película de Hollywood sabía capturar. Las
ganancias del cine, sin embargo, terminaron siendo tan esquivas como las de la música. La piratería destruyó los ingresos de sus películas antes de que pudieran recuperar lo que había invertido en producirlas. Los vendedores de cassetes pirata en los tianguis copiaban y vendían sus películas por unas monedas mientras él financiaba la siguiente producción con el dinero de los conciertos.
Rafael Buen día financió parte de su carrera cinematográfica con dinero que venía de las giras y de las regalías que lograba recuperar. dinero que en otras circunstancias hubiera engordado el patrimonio que estaba construyendo, pero que él eligió invertir en seguir creando. Y ahora hablemos de lo que más importa en este video.
Hablemos de la tierra. Porque Rafael Buen Día, el hombre que nació en Rancho Nuevo de Morelos y que pasó décadas construyendo su carrera en la Ciudad de México, en los estudios de grabación de Los Ángeles y en los escenarios de Houston y Chicago, nunca olvidó que su origen era la Tierra y cuando tuvo suficiente dinero para comprarlo, volvió a la Tierra.
La finca de Rafael Buen día Día en Zacatecas, ubicada en los alrededores de la región donde nació, es una propiedad de aproximadamente 80 haáreas de terreno con vocación mixta, ganadería extensiva en la zona de Pastizales, cultivo de maíz y frijol en las parcelas de riego y la casa principal donde Rafael pasa los meses, que el clima de Zacatecas permite antes de volver al apartamento de Orlando.
Casa es de adobe y piedra, construida con los materiales que la región produce desde siempre, con el estilo de las casonas antiguas del norte de México, que combinan la austeridad de quien no necesita presumir con la solidez de quien construye para durar. No es una mansión con piscina infinita y jacuzzi de mármol.
Es una casa de campo real del tipo que huele a leña en invierno y a tierra mojada después de la lluvia. con portón de madera oscura, corredor frontal con sillas de piel donde se toma el café por las mañanas y un jardín donde crecen los rosales y las hierbas aromáticas que Rafael cuida con la misma atención que le da a las canciones que todavía escribe.
El valor de esa propiedad en el mercado inmobiliario de Zacatecas, considerando la extensión del terreno y el valor de la casa principal, supera los 12 millones de pesos mexicanos. Solo la finca. Los caballos. Porque Rafael Buenía que escribió canciones sobre caballos durante toda su carrera, que cantó sus bondades y su libertad y la soledad que comparte con el jinete que los monta en los caminos del norte, tiene en su finca de Zacatecas una caballada que sus vecinos de la región describen con una mezcla de admiración y

respeto. caballos cuarto de milla de línea directa, los preferidos en el norte de México por su versatilidad para el trabajo de campo y para las competencias de jaripeo, que son el corazón del entretenimiento de la región, el ejemplar de mayor valor en su caballada, un semental de color alán que los cuidadores del rancho conocen simplemente como el compositor.
fue adquirido hace varios años por una suma que sus allegados sitúan entre los 600,000 y los 800,000 pesos. Un solo caballo 800,000 pesos. En la misma tierra donde de niño su familia vendió una cabra para pagarle el pasaje al primer concurso de canto. Los demás ejemplares de la caballada, de los que hay entre 10 y 12 en el rancho según la temporada, tienen valores individuales que el mercado del norte de México estima entre los 250,000 y los 480,000 pesos por cabeza.
El valor total de la caballada de Rafael Buen día supera los 4 millones de pesos. solo en caballos y el ganado. Porque el rancho de Rafael Buen día no es solo para los caballos que él ama. Es también una operación ganadera en escala pequeña pero real, con un jato de ganado criollo del norte, la raza que en Zacatecas y Durango lleva siglos adaptada al clima duro y a los pastizales escasos de la región.
El ATO de aproximadamente 60 cabezas genera ciclos de venta bimensuales que sus administradores calculan producen entre 700,000 y 1 millón de pesos anuales en ingresos brutos. Ingresos que llegan aunque Rafael esté en Orlando, regando los rosales del jardín trasero. Ingresos que llegan aunque esté en una conferencia con jóvenes músicos, advirtiéndoles sobre la vanidad y la traición.
Ingresos de la tierra que nunca se van a ninguna disquera. Sumemos el patrimonio de Rafael Buen día Día a valores actuales. Finca en Zacatecas con 80 haáreas de terreno y casa principal 12 millones de pesos. Caballada de 10 a 12 ejemplares. Cuarto de milla con semental valuado en 800,000 4 millones de pesos. Ato ganadero de 60 cabezas con ingresos anuales de 1 millón.
Valor de ato aproximado de 1,800,000. Apartamento en Orlando, Florida. Zona residencial de clase media alta, equivalente estimado en el mercado inmobiliario de Florida Central, de $800,000, aproximadamente 14 millones de pesos. Derechos de regalías de 500 canciones registradas con reproducciones activas en plataformas digitales y en radio en México y Estados Unidos.
Ingresos pasivos estimados en entre 300 y 500,000 pesos anuales, con un valor de capitalización del catálogo que los expertos del sector estiman en más de 15 millones de pesos. Colección de discos de oro y platino, premios, reconocimientos y archivos de sus películas. Valor de colección estimado en 3 millones de pesos.
Patrimonio total estimado de Rafael Buenía. entre 50 y 55 millones de pesos mexicanos. El muchacho que llegó a la Ciudad de México con una maleta de letras escritas a mano y sin dinero para el segundo día de pensión. La vida cotidiana de Rafael Buen Día en la actualidad divide su tiempo entre Orlando y Zacatecas con la misma naturalidad con que siempre dividió su tiempo entre el estudio de grabación y el escenario.
En Orlando, la rutina es la de un hombre que encontró en la tranquilidad el tipo de lujo que los escenarios no dan. Las mañanas regando el jardín junto a María Elena, su esposa y compañera de décadas, la misma voz del dueto frontera, que sigue siendo a sus años la persona que conoce mejor que nadie cada canción que él escribió, porque estuvo presente en el momento exacto en que cada una nació.
Los cuadernos viejos abiertos sobre el escritorio con versos inconclusos sobre la memoria, la distancia y la fe. La guitarra acústica que saca cada atardecer cuando el sol de Florida empieza a bajar y los acordes se disuelven en el aire húmedo. Mientras pueda sostener una guitarra, dijo una vez, estoy vivo.
En Zacatecas la rutina es diferente. El rancho tiene sus propios horarios que no esperan a ningún artista. Los caballos hay que verlos en la mañana. El ganado tiene sus propios ritmos. La tierra tiene sus necesidades que no negocian con la agenda de nadie. Y Rafael Buenía, el hombre que pasó décadas en ciudades y en estudios y en escenarios, camina por esa finca con los pies que recuerdan la tierra desde la infancia, sin el peso de la fama, sin los compromisos de la agenda de un artista en activo.
Solo él, la tierra y los caballos que lo reconocen cuando entra al corral. Esa es la riqueza que ninguna disquera le pudo robar. No todo en la vida actual de Rafael Buen día es tranquilidad. Hay una herida que el tiempo no terminó de cerrar y que sus cercanos mencionan con el cuidado de quien sabe que es un tema que duele cuando se toca, la herida de los compositores olvidados.
Rafael Buen Día habló de esto durante toda su carrera con una honestidad que lo aisló de una industria que prefiere que sus figuras sean agradecidas y calladas. En México hemos dejado morir pobres a grandes compositores”, decía Jaime Lozano, Víctor Cordero, todos ellos dieron todo por la música y terminaron pidiendo monedas.
Ese es el camino que todos corremos el riesgo de andar. Él mismo corrió parte de ese riesgo. Las injusticias de los contratos que cedían derechos por décadas, las canciones que generaron fortunas para las disqueras mientras él recibía una fracción. los años en que prefirió no escribir narcocorridos, aunque eso le costara contratos millonarios, porque creía que la música tiene una responsabilidad moral, que no se puede negociar con un anticipo.
“Pude haber hecho una fortuna escribiendo esas canciones,”, confesó en una entrevista de los años 90. “¿Pero a qué precio? Prefiero ser pobre antes que promover algo que dañe a mi gente. Esa decisión le costó dinero que no llegó, pero también le dio algo que los que sí escribieron esas canciones nunca tuvieron.
La posibilidad de volver a Zacatecas y caminar por su finca, sin que ninguna letra suya lo persiga como una vergüenza. De vez en cuando, los Centros Culturales Latinos de Orlando lo invitan a hablar con jóvenes músicos. No les habla de contratos ni de plataformas digitales ni de algoritmos de las redes sociales.
Les habla de lo que aprendió de su padre en Rancho Nuevo de Morelos cuando tenía 6 años, que la música debe levantar al pueblo, que si lo envenena, ya no es arte, que el talento puede hacer famoso a alguien, pero que la humildad es lo único que lo mantiene humano. Y que nunca, nunca confundan el aplauso con el amor. Los estudiantes lo escuchan en silencio, sin saber completamente quién es el anciano que tienen enfrente, sin saber que ese hombre escribió canciones que sus propios abuelos cantaban en bodas y en funerales, sin saber que ese hombre
llenó el astrodom de Houston y que sus canciones tienen hoy millones de reproducciones en plataformas que él no termina de entender del todo, pero que siguen pagando. Rafael, buen día los mira y sonríe, y cuando termina la charla vuelve a su jardín de Orlando o al rancho de Zacatecas, a los Rosales, a los caballos, a los cuadernos conversos inconclusos, al único lugar donde el compositor de los pobres siempre fue rico de verdad.
¿Cuál fue el detalle de la vida de Rafael Buen día que más te sorprendió hoy? La finca en Zacatecas con sus caballos valuados en más de 800,000 pesos cada uno. Las 500 canciones que siguen generando regalías décadas después de haber sido escritas. La decisión de rechazar los narcocorridos, aunque le costara millones, o ese semental al que sus cuidadores llaman el compositor en honor al hombre que lo compró con dinero que ganó a puro verso.
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