Así fue la lujosa vida de Guy Williams, el zorro original de la televisión, el hombre que acumuló una fortuna de más de 10 millones de dólares mientras el resto de los actores de su generación dilapidaban lo que ganaban en mansiones que no podían sostener. El actor que fue tan inteligente con su dinero que decidió retirarse a los 44 años porque ya no necesitaba trabajar más.
¿Sabes cuánto dinero acumuló Guy Williams entre Zorro y Perdidos en el espacio? ¿Sabes cómo vivió en Buenos Aires, Argentina, rodeado de un lujo discreto pero real, con propiedades, automóviles de colección y una vida de caballero que el propio Walt Disney hubiera aplaudido? ¿Y sabes cuál fue el secreto financiero que lo convirtió en uno de los actores más ricos de su generación? mientras sus compañeros de trabajo llegaban a la vejez con las manos vacías.
Porque la historia de Guy Williams no es solo la historia del hombre de negro que dibujaba una za muy pocos en el mundo del espectáculo entienden a tiempo, que la fama es temporal, pero el dinero bien invertido es eterno. Y que cuando uno ya no necesita trabajar, el mundo entero se convierte en su hacienda. Antes de hablar de la fortuna, hay que conocer al hombre.
Y para conocer al hombre hay que ir hasta donde nadie imagina que empieza la historia del héroe enmascarado más famoso de la televisión americana. Hay que ir hasta Washington Heights, en el norte de Manhattan, Nueva York. El 14 de enero de 1924 nació Armando Joseph Catalano. No Guy Williams, no el zorro, no el profesor Robinson de Perdidos en el espacio.
Armando Catalano, hijo de un corredor de seguro siciliano y de una mujer de carácter que años después llegaría a ser ejecutiva de una compañía de cine. ninguno de los dos con la menor sospecha de que ese niño que crecía en el Bronx, entre otros hijos de inmigrantes italianos, se convertiría décadas después en el ídolo de niños de 50 países.
Lo que sí era evidente desde pequeño era la apariencia física. 1 met con 90 cm de altura, facciones que parecían diseñadas por alguien que tenía muy claro lo que quería que saliera, una gravedad natural que hacía que la gente lo mirara sin poder evitarlo. Su madre quería que fuera corredor de seguros como su padre.
Armando quería ser actor y en una familia de inmigrantes sicilianos del Bronx de los años 30, ese desacuerdo entre lo que la madre quiere y lo que el hijo sueña tiene una sola manera de resolverse, haciendo lo que uno quiere y demostrando con los resultados que tenía razón. Armando pasó por la Academia Militar de Pixkill.
Fue buen estudiante, jugó al fútbol americano, se destacó en matemáticas y cuando la Segunda Guerra Mundial llegó trabajó como soldador, contador de costos e inspector de piezas de aviones, no porque le apasionara, porque era lo que había. Pero cuando la guerra terminó, tomó la decisión que definiría todo lo que vino después. Mandó sus fotos a una agencia de modelos.
La respuesta de la agencia fue inmediata porque lo que vieron los agentes cuando abrieron ese sobre fue exactamente lo que el mercado de la posguerra americana necesitaba. Un hombre que parecía salido de una novela de aventuras con la estatura de un caballero medieval y la cara de alguien que la cámara simplemente no sabe cómo hacer quedar mal.
Las asignaciones llegaron rápido. Periódicos, la revista Harpers Bazar, vallas publicitarias, portadas de libros y entonces llegó el consejo que cambió su nombre para siempre. Su agente Henry Wilson le dijo con la claridad brutal del negocio. Armando Catalano suena demasiado étnico. En 1946 en los Estados Unidos, un apellido italiano era una barrera comercial más que una ventaja.
Si quieres llegar lejos, necesitas un nombre que suene americano. Armando abrió una guía telefónica y eligió Guay Williams, un nombre sin historia, sin peso, sin la marca de origen que el mercado de la posguerra prefería ignorar. Ese mismo año firmó su primer contrato con la Metro Goldwin Major y se mudó a Yollywood.
El muchacho del Bronx acababa de cruzar la primera puerta. El primer contrato con MGM duró un año y produjo papeles pequeños que no llegaron a nada importante. Guyó a Nueva York. Estudió en el Neighborhood Playhouse, el mismo taller de actores donde se formaron figuras importantes del teatro americano. Trabajó en el taller de actores de la cadena CBS de Nueva York.
hizo papeles pequeños en televisión que servían de escalones más que de destino. Y en 1948, durante un largo viaje de filmación publicitaria mientras esquiaba en la costa este, conoció a Janice Cooper. Janis era modelo de la agencia John Robert Powers, una mujer de belleza natural y carácter sólido que encajaba perfectamente con un hombre que, a pesar de su presencia física imponente, era en la vida privada tranquilo, reflexivo, sin los arrebatos temperamentales que el mundo del espectáculo produce en abundancia. Se casaron el 8 de diciembre
de ese mismo año. Tuvieron dos hijos, Guy Jor y Tony. Y durante los años siguientes, mientras la carrera avanzaba lentamente, pero con solidez, Guy Williams fue construyendo algo que muy pocos actores de su generación estaban construyendo al mismo tiempo, una estrategia financiera, porque Guy Williams, el hijo del corredor de seguro siciliano, había heredado de su padre algo más valioso que el apellido.
la comprensión de que el dinero que no se administra bien desaparece con la misma velocidad con que llegó. El momento que lo cambió todo llegó en 1957. Walt Disney estaba desarrollando una serie de televisión basada en el personaje del zorro, el enmascarado de California que Douglas Fairbanks y Tyron Power habían llevado al cine con éxito décadas antes.
Necesitaba un actor que combinara la presencia física del héroe de acción con la capacidad de dar profundidad a un personaje que tenía que ser al mismo tiempo inteligente, romántico, físicamente impresionante y convincente con una espada. La lista de candidatos era larga, pero cuando Guy Williams entró a la audición, la lista se acortó inmediatamente, no solo por la apariencia, por algo más difícil de describir que la apariencia, por la manera en que ese hombre alto, de voz de barítono sereno, llenaba una habitación sin hacer ningún esfuerzo visible para
lograrlo. Walt Disney lo eligió personalmente. El contrato que Guy Williams firmó con Disney para interpretar al zorro en la serie de A B C fue para el estándar de la televisión americana de finales de los años 50. Un contrato muy generoso. Sus ingresos por episodio en los años de producción activa de la serie se estimaban en el sector en cifras que rondaban los $3,000 por episodio grabado, equivalentes hoy a aproximadamente $25,000 de valor actual por cada uno de los 78 episodios que produjo la serie, más los
cuatro especiales adicionales. Pero el dinero de los episodios era solo una parte de lo que Zorro generaba, porque Zorro no fue solo una serie de televisión, fue un fenómeno de mercancía. El merchandising de Zorro en los años 1957, 58 y 59 fue uno de los primeros ejemplos masivos de lo que hoy llamamos franquicia comercial.
muñecos, trajes de disfraz, espadas de plástico, juegos de mesa, libros ilustrados, tazas, bolsas escolares, calcomanías. En cada uno de esos productos estaba la imagen de don Diego de la Vega, la imagen del hombre de negro con la máscara y la capa, la imagen de Guy Williams. Disney controlaba esos ingresos, pero los contratos que Guy Williams había negociado incluían participaciones en algunos de esos ingresos de merchandising que sus asesores financieros habían revisado con cuidado antes de que él pusiera su firma.
Porque Guy Williams no firmaba nada sin que alguien con conocimientos financieros lo hubiera leído primero. Esa costumbre, heredada del instinto del corredor de seguros de su padre le haría ganar millones que otros actores en su misma posición perdieron por no tenerla. La serie se emitió en más de 50 países. El zorro de Guy Williams era en 1958 el personaje de televisión más reconocido en Europa, América Latina, Asia y Australia.
En Argentina especialmente el impacto fue de una magnitud que nadie en Hollywood anticipaba. Las familias argentinas de clase media se reunían frente al televisor los días de emisión con la misma seriedad con que asistían a misa. Los niños de Buenos Aires, de Córdoba, de Rosario, crecieron con la imagen del zorro grabada en la memoria, con la misma intensidad que cualquier recuerdo de infancia que uno lleva para siempre.
Ese detalle, aparentemente irrelevante en el momento, sería dos décadas después la pieza clave de la decisión más grande de su vida. Pero antes de llegar a Argentina, hay que hablar de una anécdota que muy poca gente conoce sobre la serie que hizo famoso a Guy Williams. El acento. Don Diego de la Vega era californiano de época española, un caballero de los años de la California colonial y necesitaba un acento que fuera creíble sin convertirse en caricatura.
Guys comenzó a grabar con un acento español marcado, estudiado, construido con cuidado. Y durante las primeras semanas de producción en los estudios de Borbank, mientras esperaba su turno en el set o ensayaba una escena, sentía algo en el hombro, una mano. No era el director, no era el productor, era Walt Disney en persona.
¿Puedes bajar un poco el tono, Guy? Así, sin más explicación. Solo eso. Williams suavizaba el acento un poco, seguía grabando. Días después de nuevo la mano en el hombro. La misma frase, ¿puedes bajar un poco el tono? Esto continuó durante semanas. Guys iba ajustando el acento sin saber exactamente a dónde quería llegar Disney, sin un baremo claro, sin una descripción precisa del resultado que se buscaba.
Y entonces llegó un día en que terminó la jornada. se preparó para irse a casa y esperó el toque familiar en el hombro. No llegó. Ese silencio de Walt Disney fue la única dirección de actuación que Guy Williams necesitó para saber que había encontrado exactamente lo correcto. Zorro fue un éxito instantáneo y masivo, pero el éxito de Zorro también vino con algo que Guy Williams no anticipaba del todo, la trampa del personaje único.
En Hollywood de los años 50 y 60, cuando un actor lograba un rol icónico que el público amaba con la intensidad con que amaba al zorro, el riesgo de que ese actor quedara encasillado para siempre en ese único personaje era real y documentado. Guys lo sentía en cada audición que hacía para otros proyectos. Cuando no soy zorro soy Diego, llegó a decirle a un periodista con una mezcla de humor y resignación que revelaba más de lo que pretendía.
Pero mientras el encasillamiento limitaba sus opciones artísticas, algo muy diferente estaba ocurriendo en el plano financiero. Zorro se seguía emitiendo en repeticiones por todo el mundo y cada vez que un canal en Europa, en América Latina o en Asia pagaba los derechos para emitir un episodio, una parte de ese pago llegaba al patrimonio de Guy Williams.
En los años de mayor difusión internacional de la serie, esos cheques de regalías representaban ingresos pasivos anuales que analistas del sector de la época calculaban en el equivalente hoy a entre 400,000 y 700,000 anuales, solo de repeticiones, sin hacer nada, durmiendo si quería. Guys lo decía él mismo con una sonrisa que no era de modestia, sino de satisfacción genuina.
Esos cheques de regalías pueden ser muy reconfortantes. En 1965 llegó la segunda gran oportunidad. Perdidos en el espacio, la serie de ciencia ficción de la cadena CBS, producida por Irwin Allen, necesitaba a un actor para el papel del profesor John Robinson, el patriarca de una familia que viajaba por el espacio exterior después de que su misión fuera saboteada.
Guys aceptó y por tres temporadas de 1965 a 1968 fue el padre de la familia Robinson. 83 episodios. La cara serena y la voz de Barítono que guiaba a su familia a través de las galaxias. Mientras el Dr. Smith, el robot y el pequeño Will Robinson se robaban gradualmente la atención de los productores y de los guionistas.
Ese desplazamiento de su personaje hacia el fondo de la acción fue la única fuente de frustración visible en la carrera de Guy Williams durante esos años. Un actor que había construido su carrera como protagonista indiscutible, que en Zorro no cedía ni una sola escena al reparto secundario, se encontraba de repente entregando tres líneas por episodio, mientras el Dr.
Smith y el robot acaparaban el tiempo en pantalla. Lo sabía. Lo comentaba en privado con Irwin Allen, pero no protestaba públicamente y mientras tanto hacía lo que siempre hacía con su tiempo libre en el set, que su dinero trabajara para él. La estrategia financiera de Guy Williams durante los años de zorro y de perdidos en el espacio es una historia que el mundo del espectáculo debería enseñar en todos sus talleres de formación para actores jóvenes.
Mientras la mayoría de sus contemporáneos, actores de su mismo nivel de fama y de sus mismos ingresos, compraban mansiones que no podían sostener, automóviles que no podían pagar y organizaban fiestas que costaban más de lo que ganaban en un mes. Guys hacía algo radicalmente diferente. Invertía no en objetos de lujo inmediato, en activos que con el tiempo se aprecian.
Bienes raíces en California durante los años de mayor actividad de su carrera, cuando el mercado inmobiliario del sur del estado estaba todavía en una fase de crecimiento que los siguientes 20 años confirmarían como uno de los más explosivos de la historia americana. portafolios de inversión diversificados que sus asesores financieros administraban con instrucciones claras.
preservar el capital, hacerlo crecer de manera conservadora, no apostar nunca lo que no se puede perder y los cheques de regalías de zorro que seguían llegando y que en lugar de gastarse se reinvertían sistemáticamente. El comentarista cultural Joffrey Mark, que estudió en detalle la trayectoria de Williams, lo resumió con una claridad que lo dice todo.
mientras perdidos en el espacio le pagaba tres líneas por semana, Guy estaba ocupado haciendo que su dinero trabajara para él. Para cuando la serie terminó en 1968, Guy Williams era un hombre de 44 años con una fortuna personal estimada en el equivalente actual de más de 300 millones de pesos mexicanos y ya no necesitaba trabajar.
Esa conclusión, llegar a los 44 años con suficiente dinero para vivir bien el resto de tu vida sin trabajar ni un solo día más le permitió a Guy Williams tomar la decisión que más sorprendió a la industria. Simplemente se fue sin comunicado de prensa, sin entrevista de despedida, sin el drama de una retirada anunciada con Fanfarria. Se fue.
Durante la primera mitad de los años 70 hizo apariciones esporádicas en proyectos europeos. En 1962 había filmado Damon Pitias en Italia y el capitán Simbad en Alemania. Experiencias que le habían mostrado que el mundo era más grande que los estudios de Hollywood y que la vida también podía ser vivida fuera de California.
Pero fue Argentina la que lo capturó definitivamente. Una invitación para aparecer como el zorro en algún evento argentino a principios de los años 70 lo llevó a Buenos Aires por primera vez como figura reconocida y lo que encontró ahí lo dejó sin palabras. La adoración, no la adoración tibia y ya algo distante de los Estados Unidos, donde el zorro era un recuerdo simpático de la infancia televisiva de los años 50 y 60, pero ya no generaba la emoción visceral de la novedad.
La adoración argentina era de otra naturaleza. En Buenos Aires de los años 70, Guy Williams no era un recuerdo, era una presencia viva. Era el zorro de verdad que había llegado en persona, ese hombre alto y elegante, de voz grave que las familias argentinas habían visto semana a semana en sus televisores durante años, y que en la pantalla había enseñado que los justos siempre pueden vencer a los poderosos si tienen suficiente valor y suficiente inteligencia.
Las multitudes que se formaban cuando Williams caminaba por las calles de Buenos Aires detenían el tráfico. La gente gritaba su nombre, extendía las manos para tocarlo, le traía regalos, le pedía que dibujara una seta en el aire con el dedo, con una rama, con lo que tuviera a mano. Y Guy Williams, que en los Estados Unidos ya era una figura del pasado televisivo que la industria había dejado de buscar activamente.
era en Argentina el hombre más famoso que pisaba suelo porteño. La decisión de quedarse no fue difícil. La vida de Guy Williams en Buenos Aires fue exactamente lo que un hombre que ya no necesitaba demostrar nada podía darse el lujo de construir. Una vida elegante, sin ostentación innecesaria, cómoda, sin ser excesiva, llena de las cosas que realmente importaban.
Su apartamento en Buenos Aires, ubicado en una zona residencial de los barrios del norte de la capital argentina, el mismo tipo de vecindario donde las familias de clase alta porteña construían su vida cotidiana lejos del ruido del centro, era una propiedad de calidad que sus visitantes describían con la mezcla de admiración y sorpresa que produce ver la casa de alguien que vive bien sin necesidad de demostrarlo.
No era una mansión de 20 habitaciones, era un apartamento amplio, bien ubicado, decorado con el gusto de alguien que en sus años de mayor visibilidad pública había frecuentado los salones más refinados de California y de Europa y que sabía exactamente qué es lo que distingue la calidad del mero gasto. Muebles de madera oscura, libros, una colección de arte latinoamericano que fue adquiriendo a lo largo de sus años en Argentina con la paciencia del coleccionista que compra lo que le gusta sin prisa y sin que ningún intermediario

le diga qué debe valorar. Y los automóviles. Los automóviles de Guy Williams en Buenos Aires eran una de las conversaciones favoritas de sus conocidos en la ciudad, no por ser la colección más extravagante que existía, sino por la manera en que reflejaban el carácter de su dueño. apasionado por la mecánica elegante, por el diseño que combina función y estética, por esas máquinas que convierten el desplazamiento cotidiano en algo que se disfruta por sí mismo.
Tenía un Jaguar Mark de los años 60, uno de los sedanes europeos más refinados de esa era, que en el mercado de automóviles de colección de Buenos Aires de los años 70 y 80 era considerado por los conocedores como una pieza de valor real. tanto estético como financiero. Un vehículo que en el mercado actual de colección tiene un valor que supera los 85,000, equivalentes a más de 1,600,000 mexicanos y automóviles europeos adicionales de las marcas que en esa época representaban el pináculo de la ingeniería automotriz, mantenidos con el
cuidado obsesivo que Guy Williams ponía en todo lo que consideraba valioso. Sus amigos argentinos recuerdan que Williams disfrutaba conducirlos él mismo por las avenidas arboladas del norte de Buenos Aires en las noches frescas del otoño porteño, con la ventana ligeramente abierta, con esa expresión de alguien que sabe exactamente dónde está y que eligió ese lugar con plena conciencia.
Pero la dimensión más importante del patrimonio de Guy Williams en Argentina no estaba en los automóviles ni en el apartamento. Estaba en lo que generaba sin que él tuviera que mover un dedo. Las regalías de Zorro siguieron llegando durante toda su vida. La serie que había grabado entre 1957 y 1959 seguía emitiéndose en decenas de países décadas después de haber sido producida y cada emisión generaba pagos que fluían hacia el patrimonio de Guy Williams con la puntualidad de un reloj suizo.
En Argentina especialmente, donde la serie fue repuesta múltiples veces a lo largo de las décadas siguientes, esos pagos tenían una consistencia que sus asesores financieros en Estados Unidos administraban remotamente, pero con la misma atención que habían aplicado desde los años de mayor producción. A eso se sumaban las inversiones inmobiliarias en California que había hecho durante los años de zorro y perdidos en el espacio.
Propiedades en zonas del sur de California que con el paso de las décadas multiplicaron su valor de una manera que incluso los más optimistas en los años 60 no hubieran predicho. Un analista del sector inmobiliario californiano que estudió el mercado de esa época, estimó que una propiedad residencial en las zonas de Los Ángeles y sus alrededores, adquirida a mediados de los años 60, habría multiplicado su valor entre 8 y 12 veces para el momento de la muerte de Williams en 1989.
Si Guy Williams había invertido durante sus años de mayor ingreso entre 400 y 600,000 en propiedades californianas, esas inversiones valían para finales de los años 80 entre 3,illon y medio y 7 millones de dólares. solo en propiedades, sin contar los ahorros acumulados, sin contar los cheques de regalías que nunca dejaron de llegar, sin contar las inversiones en mercados financieros que sus asesores habían gestionado con la conservadora prudencia que él siempre exigió.
El portal Celebrity Netw estimó la fortuna de Guy Williams en el momento de su muerte en 10 millones de dólares, equivalentes a 20 millones de dólares actuales o a más de 380 millones de pesos mexicanos. un hombre que se retiró a los 44 años, que vivió 21 años más sin trabajar ni un solo día que no quisiera trabajar y que murió siendo rico.
Pero hay una historia detrás de los últimos años de Guy Williams que los números no cuentan del todo. La historia de un hombre que encontró en Argentina no solo la adoración que el mercado americano ya no le daba, sino algo más profundo y más difícil de cuantificar. una segunda identidad. En Buenos Aires de los años 70 y 80, Guy Williams no era el actor retirado de dos series exitosas que Jollywood ya había archivado en la categoría de figuras del pasado.
Era el zorro vivo, el hombre que había dado cuerpo a un héroe que para las generaciones argentinas de esa época tenía la misma relevancia cultural que cualquier icono nacional. Las presentaciones en vivo que hacía como zorro en Argentina con la capa, la máscara y la espada de esgrima que nunca dejó de practicar, congregaban multitudes que pagaban entradas con el mismo fervor con que se va a ver a un ídolo musical en un concierto.
Las charlas en escuelas, las apariciones en programas de televisión argentina, los eventos de caridad donde su nombre era garantía de convocatoria. Williams había encontrado en Argentina lo que una mente fría y analítica podría llamar un mercado de nicho donde su valor de marca era máximo.
Pero lo que encontró en Argentina no fue solo un mercado, fue un hogar. La separación de Janis Cooper en 1983, después de 35 años de matrimonio, fue el único golpe personal que interrumpió la serenidad estudiada de su vida porteña. No hay declaraciones públicas de ninguno de los dos sobre las razones. En una ciudad que adoraba a Guy Williams, pero que también tenía el respeto de no meterse donde no lo llamaban, la separación transcurrió con la discreción que ambos eligieron mantener.
Williams continuó en Buenos Aires. Siguió haciendo apariciones ocasionales, siguió disfrutando de sus automóviles. Siguió siendo el zorro cuando los eventos lo requerían y el caballero discreto del norte porteño cuando no había cámaras cerca. Sus conocidos en Buenos Aires de esa época lo describen como un hombre tranquilo y profundamente feliz, no la felicidad ruidosa de quien necesita demostrarla.
La otra, la que se nota en la manera pausada en que alguien toma el café por las mañanas o en la naturalidad con que camina por un barrio que siente completamente propio. El 30 de abril de 1989, Guy Williams murió en su apartamento de Buenos Aires, un aneurisma cerebral. Tenía 65 años. Lo que hacía trágica la historia no era la muerte en sí, era el silencio que la rodeó.
Los vecinos del edificio tardaron una semana en notar que algo estaba mal. Nadie había entrado, nadie había salido. La puerta del quinto piso permanecía inmóvil con la indiferencia de las cosas que no tienen nada que decir. Cuando las autoridades entraron, encontraron a Guy Williams solo. El zorro original, el profesor Robinson de Perdidos en el espacio.
El hombre que Walt Disney eligió personalmente. el actor que hizo que niños de 50 países soñaran con ser héroes solo en un apartamento de Buenos Aires. Sus cenizas fueron inicialmente conservadas en el cementerio de la Sociedad Argentina de actores en la Recoleta, el cementerio más famoso y más exclusivo de Buenos Aires, el mismo donde descansan los restos de Eva Perón y de figuras históricas del país.
Un privilegio reservado normalmente solo para actores argentinos, pero que las autoridades concedieron en reconocimiento a lo que Williams había significado para la cultura popular del país. En 1991, su hijo Gay Jor recibió las cenizas y cumplió el último deseo de su padre, esparcirla sobre el océano Pacífico en Malibú y en las montañas de California.
Ese hombre que eligió vivir lejos de todo lo que lo había hecho famoso, también eligió al final volver a donde había empezado. ¿Quién heredó la fortuna de Guy Williams? Sus dos hijos, Guy Junior y Tony, recibieron el patrimonio que su padre había construido con esa disciplina financiera que pocos actores de su generación supieron mantener.
Las propiedades californianas, los ingresos de regalías que en algunos años todavía generaban pagos considerables por las emisiones de zorro en distintos mercados del mundo. Los ahorros acumulados en décadas de inversiones conservadoras pero consistentes. los automóviles clásicos que en el mercado de colección habían multiplicado su valor desde que Williams los adquirió.
una herencia de varios millones de dólares distribuida entre dos personas que habían visto de cerca como su padre manejaba el dinero y que entendían mejor que nadie el valor de lo que estaban recibiendo. Así fue la lujosa vida de Guy Williams, el niño siciliano del Bronx que se cambió el nombre para entrar a un mundo que no lo esperaba y que luego acumuló suficiente dinero para abandonar ese mundo a los 44 años y vivir exactamente como quería en la ciudad que lo adoraba de verdad, con sus automóviles europeos y su departamento elegante y sus veladas
tranquilas en el barrio del norte porteño. un hombre que entendió antes que la mayoría que la fama es una herramienta, no un destino, y que usó esa herramienta con la precisión de alguien que aprendió desde niño, que los seguros, las inversiones y la paciencia son las únicas cosas que duran más que la popularidad.
¿Cuál fue el detalle de la vida de Guy Williams que más te sorprendió hoy? la fortuna de más de 380 millones de pesos que acumuló mientras sus compañeros de generación dilapidaban todo. Los automóviles clásicos en Buenos Aires, el retiro a los 44 años porque simplemente ya no necesitaba trabajar o la semana que pasó solo en su apartamento antes de que alguien notara que ya no estaba.
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