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Así fue la lujosa vida de Blue Demon – la gloria de la lucha libre, su legado y su vida privada

Hay una pregunta que la historia oficial de la lucha libre mexicana nunca respondió con la honestidad que merece. Si Blue Demon fue durante cuatro décadas uno de los dos hombres más famosos del ring mexicano, si sus películas se proyectaron en toda América Latina, si su máscara azul era tan reconocible como la plata del Santo, si los promotores llenaban la arena México con su solo nombre en el cartel, ¿por qué cuando murió en los brazos de su hijo en la estación de metro el 16 de diciembre del año 2000, dejó a su familia en una

situación económica que no correspondía a cuatro décadas? de leyenda viva. ¿Cómo construyó Alejandro Muñoz Moreno, que llegó a Monterrey desde el Rancho de Rinconada siendo adolescente, y que trabajó en el ferrocarril ganando un salario modesto del que enviaba la mitad a sus padres, el patrimonio que le permitió llegar a ser Blue Demon, protagonizar más de 30 películas y ser el único luchador que en las décadas de los 50, 60 y 70 podía compartir cartel con el santo sin quedar reducido a figura secundaria.

¿Por qué la rivalidad con el santo, que sobre el papel generaba las boletas más caras y los llenos más completos de la lucha libre mexicana, nunca se resolvió en una lucha de máscaras que habría sido el evento más rentable en la historia del deporte en México. ¿Y qué hay detrás de las versiones contradictorias sobre quién se echó para atrás, quién se negó y por qué? ¿Y qué conflictos carga un hombre que sobrevivió fracturas cervicales, una hemorragia cerebral, una caída que le arrancó parte de la nariz, que fue prohibido médicamente de luchar y que siguió luchando de todas formas porque el ring era la única manera que conocía de mantener a su familia?

Hoy vamos a recorrer la vida y la economía real de Blue Demon, no la versión del icono que aparece en las películas con los monstruos y las momias. Al hombre que detrás de la máscara azul fue siempre Alejandro Muñoz Moreno, hijo de una familia de 12 hermanos de Rinconada, Nuevo León, que aprendió a luchar en un gimnasio de Monterrey y que construyó uno de los legados más grandes de la cultura popular mexicana, sin que nadie le

enseñara cómo negociar un contrato ni cómo convertir la fama en patrimonio que sobreviviera más allá de él. Vamos a hablar del dinero, de los golpes, de la mujer que realmente manejó su carrera, de la rivalidad que nunca se resolvió y de lo que significa llegar a los 78 años siendo una leyenda sin haber podido construir la seguridad económica que esa leyenda habría merecido.

Quédate hasta el final porque esta historia tiene capas que ningún cartel de arena pudo mostrar. Para entender a Blue Demon, hay que entender primero de dónde vino. Y el origen es tan alejado del mundo del espectáculo que la distancia entre ese punto de partida y el punto al que llegó es en sí misma la historia más impresionante.

Alejandro Muñoz Moreno nació el 24 de abril de 1922 en Rinconada, un pequeño pueblo enclavado en el corazón de Nuevo León. Fue el quinto de 12 hijos en una familia humilde y trabajadora. La educación terminó en cuarto grado. La vida en el campo era dura y las opciones para un muchacho de esa región en esa época eran limitadas.

La mudanza a Monterrey llegó en la adolescencia, como llegó para muchos jóvenes del norte rural de México en los años 40, buscando trabajo, buscando oportunidades, buscando algo que el campo no podía dar. A los 17 años ya trabajaba en el ferrocarril, ganando un salario modesto y enviando la mitad a sus padres enrinconada. Esa práctica, el envío de remesas familiares, era la realidad cotidiana de millones de jóvenes mexicanos que migraban del campo a las ciudades en el periodo de industrialización del país y que en lugar de guardarse lo que

ganaban, lo redistributribuían hacia las familias que habían dejado atrás. Fue en esos días de obrero ferroviario en Monterrey, donde conoció a Goyita, una chica de 16 años que trabajaba en una dulcería cerca del cine América. Alejandro, entonces de 21 años, pasaba por ahí todos los días. El romance comenzó discreto y llevó al matrimonio en febrero de 1947.

Ese mismo año, el destino intervino de la manera que solo puede intervenir el destino cuando uno está en el lugar correcto con el físico correcto y la determinación correcta. Rolando Vera, un luchador profesional respetado, lo vio en un gimnasio local y vio potencial. El 31 de marzo de 1948 en Laredo, Texas, Alejandro Muñoz Moreno subió por primera vez al ring con un nuevo nombre, Blue Demon.

El nombre fue idea de Vera, tenía estilo, tenía misterio y sonaba bien en inglés para el mercado fronterizo de Texas. La primera máscara era rudimentaria, de cuero, con mallas disparejas y un atuendo muy distinto a la imagen pulida que más tarde lo haría famoso. Pero la identidad estaba establecida. A partir de ese momento y hasta el día de su muerte, más de cinco décadas después, Alejandro Muñoz Moreno solo existiría en público como Blue Demon.

ingresó como rudo el villano. Por su carácter serio y por la dificultad natural de abrirse camino en una industria con sus propias jerarquías, ese papel le salía natural. En septiembre de ese mismo año debutó en la Arena México. A los 28 años dejó el ferrocarril para siempre. Ese momento, dejar el trabajo seguro con ingreso fijo para dedicarse completamente a un deporte de espectáculo donde los ingresos dependen de los carteles que te asignen y de la audiencia que pague boleto, es la apuesta más grande que un

hombre de origen humilde puede hacer. Y Blue Demon la hizo sin red de seguridad. Ahora hablemos del dinero con la precisión que esta historia merece, porque la economía de la lucha libre mexicana de los años 50, 60 y 70 es fundamentalmente diferente a la de los deportes espectáculo de hoy y esa diferencia explica muchas cosas sobre la situación económica en que Blue Demon llegó al final de su vida.

La lucha libre en esa época era un negocio controlado por los promotores. Los luchadores no tenían sindicato efectivo, no tenían representación jurídica especializada y sus contratos reflejaban esa desigualdad de poder. El promotor ponía el cartel, vendía los boletos y pagaba a los luchadores una cantidad acordada que rara vez tenía una relación directa con la recaudación real de la noche.

Los luchadores estrella como Blue Demon y el Santo tenían mayor poder de negociación que los de línea, pero tampoco tenían acceso a los números reales de taquilla y dependían de lo que el promotor decidía pagarles. En la Arena México de los años 50 y 60, el aforo era de varios miles de personas y las noches de cartel estelar con Blue Demon o El Santo podían recaudar entre 150,000 y 300,000 pesos de la época en boletos vendidos.

Esos ingresos en valores actuales equivalen a recaudaciones de entre 1,500,000 y 3 millones de pesos. El luchador estrella recibía entre el 5 y el 15% de la recaudación total, dependiendo de su posición en el cartel y de la fuerza de su negociación, lo que en las noches más exitosas podía significar entre 75,000 y 450,000 pesos actuales por función, multiplicado por las funciones mensuales que Blue Demon hacía durante sus años de mayor actividad, entre cuatro y ocho presentaciones al mes en diferentes arenas y ciudades. El ingreso anual de

Blue Demon como luchador profesional en sus mejores años podía llegar a entre 3 y 8 millones de pesos actuales. Era un ingreso que lo ubicaba entre el 10% de mayores ingresos en México en esa época. Pero era un ingreso que dependía completamente de seguir siendo Blue Demon en el ring, de mantenerse físicamente apto, de no lesionarse gravemente, de no ser prohibido médicamente.

Y Blue Demon fue lesionado gravemente más de una vez en julio de 1957, la primera crisis grave. Un mal ejecutado Martinete le fracturó dos vértebras cervicales durante una lucha en Tampico contra el espectro. quedó inconsciente y pasó 7 meses con Collarín en el hospital. 7 meses sin luchar significaban 7 meses sin ingresos en un modelo económico donde el dinero solo entraba cuando uno subía al ring.

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