Parte 1
El mismo día en que Lina Rut González murió con el pecho apretado por un dolor que ningún médico pudo medir, la tierra que había defendido durante décadas dejó de pertenecerle a su familia.
En la casa de Juanita, en Miramar, La Habana, el calor de agosto entraba por las persianas como una lengua ardiente. Eran cerca de las 3 de la tarde del 6 de agosto de 1963 cuando Lina, de 59 años, respiró con dificultad y llevó una mano al pecho. No gritó. No pidió agua. No llamó a sus hijos. Solo abrió los ojos con esa misma dureza de campesina que había usado toda la vida para mirar de frente a los ciclones, a los soldados, a los rumores y a la vergüenza.
En otra habitación, Juanita escuchó el golpe seco del vaso cayendo al piso.
—¡Mamá!
Cuando entró, encontró a Lina doblada sobre la cama, con los labios pálidos y la mirada clavada en un punto que ya no estaba dentro de la casa. El médico diría después “infarto masivo”, como si esas 2 palabras pudieran explicar una vida entera partida en pedazos. Pero Juanita sabía que aquel corazón no se había detenido de repente. Lo habían ido cercando poco a poco: con decretos, con fusiles, con órdenes firmadas desde arriba y con silencios familiares que dolían más que los gritos.
Lina no había nacido para los salones de Miramar. Había nacido el 23 de septiembre de 1903 en Las Catalinas, Guane, Pinar del Río, entre tierra pobre, tabaco, carretas y hambre. Era la tercera de 9 hermanos, hija de Francisco Ruz Vázquez y Dominga González Ramos. Nunca tuvo escuela. Aprendió de memoria el sonido del río, el olor de la caña, el miedo de las familias que lo pierden todo cuando el cielo se rompe. En 1910 un ciclón arrasó con lo poco que tenían, y la familia comenzó a moverse como quien huye de una maldición: El Cayuco, Camagüey, y finalmente Virán, en Oriente.
Allí, siendo apenas una muchacha descalza, entró en la casa de Ángel Castro Argís. Entró como sirvienta, como cocinera, como la joven que bajaba la mirada cuando la esposa legítima, María Luisa Argota y Reyes, cruzaba el pasillo. Ángel era patrón, gallego, duro, propietario de tierras y de voluntades. Estaba casado, tenía hijos, tenía nombre. Lina no tenía casi nada, salvo una fuerza salvaje que nadie podía domesticar.
La relación empezó bajo el techo de aquella casa donde todos fingían no ver. En 1923 nació Ángela María. Luego vinieron Ramón, Fidel, Raúl, Juanita, Emma y Agustina. 7 hijos marcados por una palabra que en la Cuba católica de aquellos años pesaba como una piedra: bastardos. Durante más de 20 años, Lina fue madre sin altar, mujer sin reconocimiento completo, presencia necesaria y al mismo tiempo incómoda. Los niños crecieron oyendo murmullos. Fidel, sobre todo, aprendió temprano a morderse la humillación.
—Algún día nadie se va a atrever a mirarme por encima del hombro —dicen que murmuraba cuando era joven, con los puños cerrados.
Lina no respondía con discursos. Respondía trabajando. Se levantaba antes del sol, cocinaba, curaba fiebres, organizaba peones, vigilaba el ganado, administraba almacenes, escuchaba cuentas y corregía a gritos lo que otros hombres no se atrevían a tocar. Aprendió a leer sola, con una paciencia feroz. Llevaba revólver, guardaba rifle, disparaba al aire para llamar a la familia a comer. En Virán todos sabían que Ángel mandaba, pero también sabían que cuando Lina hablaba, hasta los perros bajaban la cabeza.
Cuando Ángel murió el 21 de octubre de 1956, Lina no se vistió de fragilidad. Se quedó al frente de Las Manacas como si la finca fuera otro hijo. Virán no era solo tierra: era escuela, farmacia, gallera, telégrafo, naranjales, caminos, ganado, jornaleros y una casa donde había parido dolor y orgullo. Todo eso tenía su sudor pegado en las paredes.
Y sin embargo, mientras ella defendía aquel mundo, sus hijos abrían otro. Fidel estaba en México preparando el Granma. Raúl subía a la sierra. Ramón movía camiones y recursos. Juanita recaudaba, ayudaba, creía. Lina también creyó. Entregó dinero, rezó por sus hijos, desafió soldados de Batista y viajó armada a ver a Raúl en la Sierra Cristal. Para ella, aquello era libertad. No ateísmo. No confiscación. No odio entre hermanos. Libertad.
En 1959, cuando Fidel firmó la reforma agraria, Lina escuchó la noticia con una quietud que asustó a todos. El límite de tierra caía como una cuchilla sobre Virán. Las propiedades de la familia excedían por mucho lo permitido. Los funcionarios empezaron a llegar en jeeps, con papeles, sellos y hombres barbudos.
Una mañana, Lina los vio pisar sus naranjales.
Salió con el fusil en las manos.
—Esta tierra no la sembraron ustedes.
Uno de los soldados tragó saliva.
—Compañera Lina, tenemos órdenes.