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ADVERTENCIA DE MIRJANA: LO IMPENSABLE OCURRIÓ HOY – RECEMOS POR LAS VÍCTIMAS l VIRGEN MARÍA

Lo impensable ocurrió hoy, mis queridas amigas y familias que nos acompañan, no estamos aquí para hacer un espectáculo de esto ni para alimentar el morvo. Recibimos esta noticia como un llamado urgente a rezar y a volver el corazón a Dios. Hay familias llorando en este momento. Hay nombres y rostros que quizás nunca salgan en las noticias, pero a cada uno queremos abrazarlo desde aquí con el mayor de los respetos y el cariño más profundo.

Hoy, antes que nada, oramos por las víctimas. Oramos por sus seres queridos, por quienes están ahí ensuciándose las manos en el rescate, por los médicos, por los voluntarios y por esos sacerdotes y ministras extraordinarias que llevan consuelo en el silencio de la tragedia. Sabemos que la ciencia puede medir lo que acaba de suceder.

Nos dan los números, las gráficas, las causas probables y esa [música] tarea es buena y necesaria. Pero para levantar el espíritu en momentos así, nos hace falta una palabra que le dé sentido a todo esto. La Sagrada Escritura nos pone una promesa hermosa y firme entre las manos. Les devolveré los años que la langosta devoró.

Esta [música] no es una frase vacía para maquillar la tragedia o borrar el dolor de un plumazo. Es una declaración directa de la fidelidad de Dios. El sufrimiento no tendrá la última palabra. En Cristo, la restauración no niega nuestras heridas, sino que las transforma por completo. Por eso hoy elegimos no caer en el pánico.

Evitemos ese hábito tan de estos tiempos de estar deslizando la pantalla del celular sin parar, consumiendo malas noticias que solo nos aumentan la ansiedad y nos van secando el corazón. En su lugar abracemos tres movimientos sencillos, pero sumamente poderosos. Primero, discernir. Hay que bajarle al volumen del ruido, evitar los chismes y los rumores y preguntarnos desde el fondo del alma.

Señor, ¿qué quieres de mí hoy? Segundo, orar. Volvamos a abrir el evangelio en la mesa de la casa. Tomemos el rosario en familia. Encendamos una velita ante nuestra Virgencita o la imagen del Señor y ofrezcamos una comunión espiritual por quienes están sufriendo. Y tercero, interceder. Que nuestras queridas mamás y abuelitas, que siempre han sido las primeras y más grandes catequistas de nuestros hogares, nos vuelvan a enseñar cómo se reza con fuerza por los [música] que están en peligro.

Que nuestras comunidades se conviertan en verdaderos hospitales de campaña para el alma. A partir de este momento, les propongo una ruta clara para proteger nuestra fe. Escuchemos a Dios tanto en medio de la tormenta como en el silencio más absoluto. Hay que probar los espíritus, amigas, porque no todo lo que brilla o es espectacular viene del cielo.

Vamos a anclarnos en la palabra con un salmo al amanecer, un misterio del rosario al mediodía y un buen examen de conciencia antes de irnos a dormir y luego actuemos. una llamada de consuelo a quien está solo, una donación para quienes perdieron sus cosas o simplemente otorgar ese perdón que llevábamos guardando.

La caridad concreta es el único idioma que el sufrimiento sí entiende. Antes de continuar, les quiero pedir un favor muy especial. Regalemos juntos 30 segundos de silencio por las víctimas y por [música] sus familias. Si puedes, ahí donde estás, cierra tus ojos un momento, respira profundo y susurra conmigo. Jesús, ten misericordia.

Gracias de corazón por unirse en este clamor. Ahora, con el alma un poco más serena y la mirada puesta en lo alto, demos el siguiente paso en este camino espiritual. Vamos a adentrarnos en la primera estación para aprender a leer las señales que se han manifestado sobre nuestra tierra y descubrir qué nos exige el cielo en esta hora crucial.

Con el corazón aún caliente, por la oración que acabamos de ofrecer al Altísimo, levantamos la vista con reverencia y dejamos que el continente entero nos hable. Porque cuando el Señor decide despertar a sus hijos, no manda correos ni envía mensajeros ordinarios. Él hace que la misma creación levante la voz con una majestad que estremece el alma.

En las inmensas llanuras de Oklahoma, mis queridas hermanas, el polvo no solo se levantó con el viento, sino que se alzó formando columnas inmensas, imponentes, que parecían respirar con vida propia. Los ancianos del lugar, hombres curtidos por el sol y la tierra, miraban el horizonte y susurraban con un profundo respeto que la tierra estaba viva.

Esto que presenciamos no es un teatro preparado para ganar vistas en las redes sociales. Es una campanada solemne, un llamado de atención directo a nuestra conciencia. Cuando la creación entera se agita de esta manera, el alma que sabe rezar entiende de inmediato que el juicio de Dios no es un acto de desprecio o de ira descontrolada, sino un acto de memoria.

Es el Padre recordando a sus hijos el camino de regreso a casa. Por eso, ante estos vientos, la respuesta de nuestro pueblo no es esconderse a temblar de miedo. La respuesta de una mujer de fe es abrir la Biblia sobre la mesa de la cocina, apagar unos minutos el ruido de las pantallas y hacer un examen sencillo pero valiente frente a Dios.

¿Qué palabra he mentido? ¿A quién le he negado el perdón en mi propia familia? ¿En qué rincón de mi casa me he acostumbrado a vivir sin el Señor? [música] Este llamado divino no nos aplasta, nos invita a levantarnos con dignidad. Y esa misma majestuosidad se manifestó cuando el mediodía quedó repentinamente herido por la sombra.

La luz del sol retiró de golpe, como si una mano invisible e inmensa hubiera soplado una vela en el firmamento. La temperatura se desplomó en cuestión de minutos. Los focos parpadearon confundidos, las máquinas callaron su ruido incesante y varios vuelos buscando seguridad tuvieron que ser desviados de urgencia hacia Texas y Luisiana.

El cielo viró de su azul cotidiano a un rojo encendido como una aurora que se extraviaba hacia el sur, tiñiendo las nubes con un color que quitaba el aliento. Muchos en la televisión se apresuraron a llamarlo un simple fenómeno natural y desde la ciencia lo era. Pero el alma tiembla con un santo temor cuando descubre el trazo perfecto del creador detrás del evento.

La faja de oscuridad absoluta cruzó con una precisión que hiela la sangre exactamente sobre siete pueblos llamados Salem. Siete pueblos que llevan por nombre la palabra paz. La enseñanza del cielo se clava en nuestro espíritu sin necesidad de gritar. La paz sin Dios es un crepúsculo extremadamente frágil. No basta la corrección política que nos quieren imponer, ni los pactos de superficie que firman los hombres de traje.

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