El panorama político mexicano acaba de sufrir una de las sacudidas más intensas y reveladoras de los últimos tiempos. Lo que debía ser una jornada electoral de trámite y medición de fuerzas en el estado de Coahuila, se transformó en un escenario de aniquilación partidista y traiciones que han dejado a analistas, militantes y ciudadanos completamente boquiabiertos. No estamos hablando de simples fluctuaciones en las preferencias electorales, sino de la desaparición virtual de una de las fuerzas políticas más tradicionales del país en una región que alguna vez fue clave para la oposición. Al mismo tiempo, en medio del humo de esta contienda, un drama personal y político se desenvolvía en las más altas esferas del Partido Revolucionario Institucional (PRI), demostrando que las victorias externas a veces ocultan profundas e irreparables fracturas internas. La política, con su naturaleza impredecible y a menudo despiadada, nos acaba de regalar un episodio digno de la mejor serie de suspenso, donde los aliados se burlan sin piedad de los caídos, los líderes históricos aplauden su propia destrucción y los guerreros más leales abandonan el barco entre lágrimas.
Para entender la magnitud de la tragedia que acaba de vivir el Partido Acción Nacional (PAN) en Coahuila, es estrictamente necesario mirar los números fríos, esos que no mienten y que hoy representan el acta de defunción de este instituto político a nivel estatal. Hace apenas un ciclo, el panismo ostentaba una fuerza nada despreciable que rondaba por encima del cuarenta por ciento de la simpatía del electorado, posicionándose como un contrapeso real, un rival a vencer y un aliado indispensable. Contaban con cinco diputados locales que aseguraban su voz y voto en las decisiones más trascendentales del estado. Hoy, esa realidad parece un cuento de ficción de una época que jamás volverá.
En un desplome vertiginoso que quedará marcado para siempre en los libros de la historia política de México, el PAN se precipitó al vacío, logrando captar un ínfimo y ridículo 2.6 por ciento de los votos válidos. Este porcentaje no es solo un número bajo en una tabla estadística; es una sentencia de muerte institucional y legal. Al no alcanzar el umbral mínimo del tres por ciento que exige la estricta ley electoral, el PAN ha perdido oficialmente su registro en Coahuila. Han caído a un vergonzoso séptimo lugar, siendo superados de manera aplastante no solo por los partidos hegemónicos, sino por agrupaciones de menor calado histórico como el Partido del Trabajo (PT), el Partido Verde Ecologista de México (PVEM) y Movimiento Ciudadano (MC). El resultado es absolutamente devastador: ce
ro diputados locales de representación proporcional, cero capacidad de influencia legislativa y, lo que más duele y sangra en las estructuras de los comités partidistas, la pérdida absoluta del codiciado financiamiento público estatal. El panismo coahuilense ha quedado en la ruina financiera y política, pulverizado hasta sus cimientos en una jornada que terminó en un masivo funeral de Estado para todas sus aspiraciones presentes y futuras.
¿Cómo es posible que un partido con tanta estructura e historia pase de ser un contendiente principal a no existir en el mapa electoral de un día para otro? La respuesta se encuentra en una mezcla letal de malas decisiones estratégicas, soberbia de las cúpulas dirigenciales y el encuentro frontal contra una de las maquinarias electorales más implacables y mejor engrasadas de toda la República: el PRI de Coahuila. La dirigencia nacional del PAN, en un ataque de orgullo y exceso de confianza que hoy se demuestra como un acto suicida, decidió de último momento romper cualquier posibilidad de alianza con el partido tricolor para estas diputaciones, apostando por caminar en solitario y medir fuerzas. Creyeron ingenuamente que el peso de su marca por sí sola bastaba para mantenerse a flote, ignorando las constantes advertencias de que el terreno coahuilense es, desde hace más de quince años, un feudo controlado al milímetro por la maquinaria estatal.
El PRI no perdonó el desplante ni la arrogancia. Bajo el mando estratégico de figuras como Manolo Jiménez y respaldados por una estructura gubernamental que opera con una frialdad y eficacia que asusta, decidieron dar una lección de poder brutal e inolvidable. Los reportes y análisis exhaustivos posteriores a la elección señalan el uso de tácticas cuestionables pero inmensamente efectivas, bautizadas por algunos observadores y críticos como el “QRGate”. Se habla de un sistema de control de votantes tecnológicamente avanzado, apoyado en la escisión de códigos QR, que garantizaba la movilización territorial y presuntamente aseguraba el voto con una precisión matemática asombrosa. Se inyectaron cantidades exorbitantes de recursos públicos, logística y fuerza humana en una elección que solo definía diputados locales. Y esto no se hizo con el objetivo de vencer al partido en el poder federal, Morena —que curiosamente mantuvo sus posiciones casi intactas—, sino con la clara, gélida y despiadada intención de aplastar al PAN y a MC. Fue un castigo ejemplar para demostrarles de una vez por todas que, fuera de la sombrilla protectora de la alianza, la oposición tradicional no es absolutamente nada.
La crueldad de la política mexicana alcanzó niveles insospechados cuando la tinta de los resultados apenas se estaba secando. Lejos de mostrar un mínimo gramo de solidaridad, empatía o al menos un silencio respetuoso y estratégico hacia sus antiguos aliados ahora caídos en desgracia, la cúpula priista nacional, encabezada por Alejandro “Alito” Moreno, no dudó ni un segundo en mofarse públicamente de la catástrofe blanquiazul. Para Moreno, la estrepitosa derrota del PAN es su mayor victoria argumentativa en la mesa de negociaciones nacionales. Con una sonrisa de satisfacción política que no se molestó en disimular frente a los medios, envió un mensaje duro, directo y sin concesiones: el bloque opositor solo tiene posibilidades matemáticas y reales de ganar si todos van juntos bajo el liderazgo y las reglas del PRI. Si intentan volar solos jugando al partido independiente, terminan estrellados contra el duro pavimento, perdiendo dinero, curules y dignidad, tal como le acaba de suceder al panismo.
Pero si la burla de los rivales externos duele, la humillación proveniente del fuego amigo es sencillamente insoportable. En uno de los episodios más bizarros, incomprensibles y surrealistas de esta trágica saga, el expresidente de México emanado de las mismísimas filas de Acción Nacional, Vicente Fox Quesada, decidió utilizar el poder de sus redes sociales para emitir un mensaje que dejó a millones de mexicanos rascándose la cabeza en total incredulidad. En lugar de lamentar con tristeza o indignación la pérdida histórica del registro de su partido, Fox felicitó de manera sumamente efusiva y casi festiva al PRI. En su mensaje, los comparó románticamente con el místico “Ave Fénix” y celebró abiertamente verlos “con tanta fuerza como en los viejos tiempos”. Que un exmandatario de la nación celebre públicamente la fuerza bruta del verdugo que acaba de decapitar a su propia institución es un síntoma alarmante. Refleja a la perfección el caos ideológico, la desconexión total con la dolorosa realidad de las bases y la absoluta ausencia de un liderazgo coherente que impera hoy en el partido blanquiazul. Las redes sociales no tardaron en arder en reacciones, cuestionando severamente la lucidez y las verdaderas lealtades de un hombre que parece disfrutar tomando un café mientras observa cómo se incendia su propia casa.
Sin embargo, el destino y la arena política siempre tienen un sentido del humor muy particular y equilibran las balanzas del drama. Justo cuando la dirigencia nacional del PRI celebraba con bombos y platillos su implacable demostración de fuerza y aplastamiento total en Coahuila, una auténtica bomba de tiempo detonaba en el corazón de su propia estructura interna. En un movimiento audaz que nadie vio venir y que cortó en seco los festejos, Erubiel Alonso, actual diputado federal por el estado de Tabasco y líder nacional del Movimiento Territorial —una de las organizaciones sectoriales históricas y de mayor músculo operativo dentro del partido— anunció su renuncia irrevocable, poniendo fin a treinta largos años de militancia ininterrumpida.
Este suceso no es un evento burocrático menor ni la simple salida de un político promedio buscando reflectores. Erubiel Alonso era ampliamente conocido y respetado en los pasillos más oscuros del poder como uno de los hombres más cercanos, leales y de choque de Alejandro Moreno. Era un pilar fundamental de su círculo íntimo, una especie de escudo humano político que no dudaba jamás en ir al enfrentamiento directo, incluso físico, por defender a su líder. La memoria colectiva legislativa aún recuerda con nitidez aquel altercado en el pleno de la Cámara de Diputados, donde Alonso se enfrascó en un violento pleito a golpes protegiendo los intereses de su bancada frente a los allegados del polémico diputado petista Gerardo Fernández Noroña. Ver a este operador rudo, a este guerrero de mil batallas formadas en el viejo molde priista, quebrarse emocionalmente y estallar en llanto frente a las cámaras al momento de leer su carta de renuncia, generó un impacto psicológico profundo en el ambiente político nacional. La cruda imagen de un hombre fuerte conmovido hasta las lágrimas, articulando palabras sobre la dignidad y un proceso de reflexión personal profunda, contrasta violenta y poéticamente con el ambiente de celebración cínica y festiva que rodeaba a la cúpula de su ahora expartido ese mismo día.
¿Qué oscuros motivos pueden llevar a un político de este enorme calibre, nivel de influencia y arraigo a abandonar un barco aparentemente blindado justo en un momento de sonada victoria electoral? En las grandes ligas de la política, los vacíos de poder no existen y las lágrimas de la nostalgia suelen secarse muy rápido cuando hay intereses y proyectos electorales millonarios sobre la mesa. La información confidencial que ya circula a gran velocidad en los círculos políticos más exclusivos de la capital apunta a que Erubiel Alonso no está saltando al vacío, sino que ya tiene un jugoso y estratégico destino asegurado: las filas naranjas de Movimiento Ciudadano (MC). Todo indica con claridad meridiana que su dramática salida obedece a una jugada ajedrecística fríamente calculada de cara a las próximas elecciones intermedias y municipales en su natal estado de Tabasco. Allí, según las fuentes, buscaría desesperadamente cobijarse bajo una nueva bandera para asegurar la candidatura a una alcaldía de alto peso económico y demográfico.
Esta sorpresiva y abrupta transición arroja muchísima luz sobre el surrealista, tenso y hasta cierto punto cómico escenario electoral que se está cocinando a fuego lento en Tabasco. La contienda por el poder en ese emblemático estado sureño se perfila para convertirse en una extraña, incómoda y gigantesca reunión de exalumnos de una misma escuela formativa. Las boletas electorales del próximo proceso estarán tapizadas de rostros que nacieron, crecieron, se enriquecieron y aprendieron las mañas bajo las mismas históricas siglas del PRI, pero que hoy, en un acto de supervivencia darwiniana, visten colores radicalmente diferentes en un juego de reciclaje político que no tiene precedentes recientes.
Haciendo un repaso de lo que viene: por el Partido Verde es casi un hecho que veremos operar a Evaristo Hernández Cruz; el PRI, en un intento de revivir la nostalgia, apostaría sus pocas fichas por el exgobernador Andrés Granier; en la moderna plataforma que impulsa Claudio X. González, “Somos México”, podría perfilarse sin pena alguna el ex priista Jesús Alí de la Torre; Erubiel Alonso llegará a pelear su trozo del pastel abanderando a Movimiento Ciudadano; e increíblemente, hasta el imbatible Morena, en caso de terminar postulando a figuras de la vieja guardia como Emilio Contreras Martínez de Escobar o al propio presidente actual del Congreso local, estaría llevando a la batalla a un ex militante tricolor formado en sus mismas filas. En este vasto y predecible mar de viejos y colmilludos conocidos portando nuevos y relucientes disfraces, la única figura que representaría sangre verdaderamente nueva, una genuina renovación generacional y una ruptura total con el denso pasado priista de Tabasco sería Daniel Casassús, eso siempre y cuando logre sortear las trampas internas y obtenga la anhelada candidatura por el partido guinda.
Los eventos trepidantes que acaban de sacudir a Coahuila y Tabasco no son de ninguna manera anécdotas aisladas para el análisis superficial. Son, por el contrario, los síntomas más claros, dolorosos y ruidosos de una transformación tectónica y profunda en el ADN político de la República Mexicana. Por una trinchera, somos testigos de primera fila de la muerte lenta, dolorosa y autoinfligida del Partido Acción Nacional, una institución que está pagando un precio impagable por la ceguera de sus élites, su falta de visión territorial y su absoluta incapacidad para entender y adaptarse a un entorno donde las marcas históricas ya no ganan elecciones por arte de magia. La aniquilación estadística en Coahuila debería funcionar como una sirena de alarma ensordecedora para que sus líderes a nivel nacional despierten de su letargo, aunque las delirantes y tragicómicas reacciones de figuras tutelares como Vicente Fox sugieren con fuerza que la cúpula prefiere habitar cómodamente en el reino de la negación y el absurdo.

Por la otra trinchera, el invencible PRI coahuilense demuestra que, aunque es innegablemente capaz de usar su maquinaria, sus mañas históricas y sus arcas para sobrevivir y humillar públicamente a sus rivales menores, sufre a nivel nacional de una severa hemorragia interna que ningún triunfo regional logra cauterizar. La dolorosa e inesperada partida de operadores duros e incondicionales como Erubiel Alonso pone en evidencia una verdad ineludible: en la política moderna, la lealtad tiene una fecha de caducidad y un límite muy claro, y los proyectos personales de supervivencia están empezando a pesar muchísimo más que las siglas de un partido que alguna vez se creyó eterno. En este salvaje, fascinante y despiadado juego por el poder absoluto, los ciudadanos de a pie nos mantenemos como expectantes testigos de cómo las viejas alianzas de saliva se hacen pedazos al primer choque, y cómo los mismos rostros de siempre se aferran a las nóminas saltando de un barco a otro sin el menor asomo de pudor. La política mexicana sigue demostrando ser un espectáculo inigualable, implacable y, sobre todo, un severo maestro que enseña todos los días que la soberbia es, indudablemente, el primer paso en el oscuro camino hacia el olvido definitivo.