Octubre de 2020 marcó un contraste doloroso y profundamente indignante para México. Mientras millones de ciudadanos comunes intentaban sobrevivir a las ruinas económicas y sociales de un sexenio marcado por el escándalo, la violencia desbordada y una desconfianza institucional absoluta, Enrique Peña Nieto observaba el mundo desde una perspectiva muy distinta. No estaba en su natal Atlacomulco, ni recorría los pasillos de Los Pinos, y mucho menos se encontraba sentado frente a un tribunal rindiendo cuentas. Su nuevo hogar era Valdelagua, una exclusiva y hermética urbanización en San Agustín de Guadalix, cerca de Madrid. Detrás de imponentes muros, jardines milimétricamente podados y vecinos de la élite europea, el expresidente encontró el refugio perfecto. Sin embargo, el olor a corrupción que dejó en México logró cruzar el Atlántico.

El hombre de la sonrisa impecable, aquel que fue empaquetado y vendido por las grandes televisoras como el galán político del nuevo milenio, terminó convirtiéndose en el rostro del saqueo más cínico de la historia moderna de México. Prometió “mover a México”, pero lo único que movió fueron miles de millones de pesos hacia paraísos fiscales, cuentas bancarias en el extranjero, empresas fantasma y los bolsillos de sus allegados. Esta es la crónica de una farsa monumental, un relato periodístico que no te contará la historia oficial, sino que te abrirá la puerta trasera del teatro político para mostrarte cómo una maquinaria de poder fabricó a un candidato, le construyó una vida de telenovela y dejó atrás un país devorado por la impunidad.
El Origen de la Máscara: El Mito de Atlacomulco
Para entender la magnitud del engaño, debemos viajar en el tiempo y el espacio. La historia no comienza en Madrid ni en las lujosas lomas de la capital mexicana; comienza en Atlacomulco, Estado de México. Este lugar no era solo un municipio, era una verdadera cantera de caciques, una escuela silenciosa donde el poder político no se ganaba en las urnas, sino que se heredaba por derecho de sangre y padrinazgo. Cuenta la leyenda que en 1940, la vidente Francisca Castro Montiel reunió a los hombres fuertes de la región para lanzar una profecía: de esa tierra surgirían seis gobernadores del Estado de México y uno de ellos se convertiría en presidente de la República.
Décadas antes de que Enrique Peña Nieto aprendiera a posar frente a las cámaras, su destino ya estaba escrito por los arquitectos del “Grupo Atlacomulco”. Hombres como Isidro Fabela, Carlos Hank González y Arturo Montiel moldearon el camino. Peña Nieto era el candidato soñado: poseía juventud, el apellido adecuado, respaldo absoluto y una imagen que la televisión transformó en oro. En 2005 conquistó el gobierno del Estado de México, presentándose como la renovación que el país necesitaba. Pero detrás del traje a la medida había un vacío aterrador.
Ese vacío quedó expuesto de forma humillante en diciembre de 2011, durante la Feria Internacional del Libro de Guadalajara. Al pedirle que nombrara tres libros que hubieran marcado su vida, el candidato más producido de México colapsó en vivo. Confundió autores, titubeó de forma lastimosa y no logró encontrar una salida elegante. En esos cuatro minutos de parálisis, no se cayó una campaña, se cayó la máscara de un hombre entrenado para verse seguro, pero intelectualmente hueco. A pesar de esto, la maquinaria no se detuvo; la imagen pública debía ser protegida a cualquier costo.
La Telenovela en el Poder y el Sacrificio de un Inocente
Tras la trágica y confusa muerte de su primera esposa, Mónica Pretelini, en 2007, Peña Nieto necesitaba urgentemente reconstruir su narrativa familiar de cara a las elecciones presidenciales de 2012. No bastaba con el respaldo político; necesitaba un romance de cuento de hadas. Así entró en escena Angélica Rivera, la actriz más querida de la televisión mexicana, conocida por todos como “La Gaviota”. Su unión era el cruce perfecto entre la política y el espectáculo. Un país desgarrado por la violencia observaba hipnotizado cómo el candidato abrazaba a la estrella de telenovelas.
El 27 de noviembre de 2010, la Catedral de Toluca fue el escenario de una boda de proporciones cinematográficas. Vestidos de diseñador, flores exóticas y una cobertura mediática asfixiante sellaron el compromiso. Pero detrás de la luz de los flashes se ocultaba una sombra perversa. Angélica Rivera ya había estado casada religiosamente con el productor José Alberto Castro. Para que el nuevo matrimonio eclesiástico fuera posible, alguien tenía que pagar el precio.
Ese alguien fue el sacerdote José Luis Salinas Aranda. La maquinaria de poder y la jerarquía eclesiástica movieron sus hilos para declarar irregular el matrimonio anterior de Rivera, utilizando al padre Salinas como chivo expiatorio. Fue acusado, apartado de sus funciones y humillado públicamente, perdiendo su sustento y reputación. Mientras el político y la actriz desfilaban por el Vaticano recibiendo la bendición papal, un hombre inocente era destruido en México. El sacerdote murió en 2015, víctima de cáncer, sumido en el olvido y sin recibir la disculpa nacional que merecía por haber sido aplastado por el peso de una ambición desmedida.
La Casa Blanca: El Derrumbe del Cemento y la Farsa
El verdadero rostro del sexenio comenzó a mostrarse cuando cruzaron las puertas de Los Pinos en diciembre de 2012. Tras los discursos de modernidad y reformas estructurales, se erigió un monumento a la impunidad en las Lomas de Chapultepec: La Casa Blanca de Sierra Gorda. Una mansión valorada en más de 7 millones de dólares, equipada con lujos dignos de la realeza y un sofisticado sistema de seguridad. Pero la bomba estalló al revelarse que la propiedad no estaba a nombre del presidente ni de su esposa, sino de una empresa vinculada al Grupo Higa, propiedad de Juan Armando Hinojosa Cantú, un contratista que llevaba años beneficiándose de la amistad con el mandatario.
El escándalo cobró dimensiones internacionales al descubrirse la conexión con el cancelado Tren México-Querétaro, un mega proyecto de más de 3,700 millones de dólares otorgado a un consorcio donde participaban empresas de Hinojosa Cantú. La Casa Blanca destruyó para siempre la fantasía del “Nuevo PRI”. Demostró de manera brutal que debajo de la retórica gubernamental latía un esquema de favores, licitaciones a modo y enriquecimiento ilícito. El dueño del poder se escondía detrás de prestanombres, pero la mentira era demasiado grande para seguir oculta.
La Estafa Maestra y los Billetes Extranjeros de Odebrecht
Si la Casa Blanca era indignante, lo que se gestaba en los sótanos institucionales era directamente criminal. La conocida “Estafa Maestra” representó un saqueo sistematizado que desfalcó al país con más de 400 millones de dólares (cerca de 7,000 millones de pesos). El mecanismo era perverso por su simplicidad: secretarías de Estado otorgaban contratos millonarios a universidades públicas sin licitación, y estas, a su vez, subcontrataban a 128 empresas fantasma que carecían de oficinas o empleados. El dinero público destinado a hospitales, campesinos y escuelas se evaporó en un entramado financiero diseñado para no dejar rastro. Secretarios, directores y decenas de funcionarios operaron esta red demostrando que el saqueo no era un error administrativo, sino una política de Estado.
Paralelamente, la sombra de la constructora brasileña Odebrecht oscureció aún más el panorama. Según las contundentes declaraciones del exdirector de Pemex, Emilio Lozoya, el equipo de Peña Nieto y Luis Videgaray gestionó sobornos por 10.5 millones de dólares. Aproximadamente 4 millones habrían financiado la campaña presidencial de 2012 de forma ilegal, mientras que el resto se utilizó presuntamente para comprar los votos de legisladores y aprobar la Reforma Energética. Era la máxima expresión de la corrupción: el futuro energético del país y las leyes nacionales estaban a la venta al mejor postor.
La Sangre y el Presupuesto: Dinastía de la Impunidad
La corrupción, sin embargo, no se detuvo en las altas esferas del gabinete; se coló en el ADN familiar. Cuando el poder se concibe como un patrimonio, la familia se convierte en una sociedad anónima. En esta trama resurgió el nombre de Plasti Stéril, una empresa fundada en 1991 por Enrique Peña Nieto, su padre, su tío y su hermano. Aunque la versión oficial asegura que se desvincularon financieramente a finales de los años noventa, investigaciones independientes y datos de la Unidad de Inteligencia Financiera (UIF) sugieren un ecosistema de intereses cruzados. Se reportaron contratos por más de 10,530 millones de pesos canalizados a corporaciones del sector médico históricamente vinculadas al entorno del clan.
