El 25 de noviembre de 2020 a las doce del mediodía, el silencio en una casa alquilada en Benavídez, a las afueras de Buenos Aires, se volvió ensordecedor. Diego Armando Maradona, el hombre que hizo rugir a estadios enteros y que paralizó corazones con una pelota atada a su botín izquierdo, llevaba doce horas apagándose. Al otro lado de la puerta, un equipo de enfermeros privados, contratados para velar por su vida, escuchaba ruidos extraños pero dudaba. Discutían entre ellos, evaluaban si debían entrar, si debían llamar a un médico o si era mejor esperar. Y esperaron. Cuando finalmente giraron el picaporte y entraron a la habitación, el pulso del mayor ídolo de la historia del deporte argentino se había desvanecido. Había muerto completamente solo.
La autopsia reveló una insuficiencia cardíaca aguda en el contexto de una miocardiopatía dilatada. Era el diagnóstico forense para un corazón que llevaba décadas de abusos, excesos y sufrimiento silencioso. Pero la verdadera causa de su muerte es mucho más profunda y escabrosa. Apenas unas semanas antes, Maradona había sobrevivido a una delicada cirugía por un hematoma subdural en el cerebro. En lugar de ser derivado a un centro de rehabilitación especializado, con el equipo necesario para una recuperación crítica, fue enviado a una internación domiciliaria improvisada. En esa casa no había tanque de oxígeno, no había desfibrilador, ni siquiera una cama con barandas de contención. No había absolutamente nada de lo que requiere un paciente que acaba de
salir de un quirófano neuroquirúrgico.
Hoy, a mediados de 2026, las paredes de los tribunales de San Isidro resuenan con los ecos de esa negligencia. Siete profesionales de la salud se sientan en el banquillo de los acusados, enfrentando penas de hasta 25 años de prisión por homicidio simple con dolo eventual. Entre ellos se encuentra Leopoldo Luque, el neurocirujano y médico de confianza de Diego, y la psiquiatra Agustina Cosachov. La fiscalía ha sido implacable en su acusación: afirman que abandonaron a Maradona a su suerte. Sin embargo, el juicio ha destapado una red de culpas cruzadas que revela el lado más oscuro del entorno del astro. Luque, en una estrategia defensiva feroz, ha llegado a reproducir audios íntimos para intentar demostrar que las propias hijas del jugador, Dalma y Gianinna, estuvieron de acuerdo con las decisiones médicas y la trágica internación domiciliaria.
Para comprender la magnitud de esta tragedia, hay que viajar en el tiempo y entender la construcción del mito que terminó devorando al hombre. Diego nació en 1960 en Villa Fiorito, una villa miseria de calles de tierra y casas de chapa en el sur del Gran Buenos Aires. Allí, siendo apenas un niño, forjó su talento en el barro. A los 15 años ya deslumbraba en la Primera División de Argentinos Juniors, iniciando una trayectoria estratosférica que lo llevaría a Boca Juniors, al Barcelona y, de manera épica, al Napoli de Italia. En Nápoles no solo fue un jugador; se convirtió en un santo laico. Tomó a un equipo históricamente pisoteado por la riqueza del norte italiano y lo coronó campeón, dándole a la ciudad del sur no solo trofeos, sino un sentido de identidad y orgullo inquebrantable.
Luego llegó el Mundial de México de 1986. En un partido cargado de tensión política contra Inglaterra, apenas cuatro años después de la Guerra de las Malvinas, Maradona firmó su inmortalidad en el Estadio Azteca. Marcó el primer gol con una trampa genial e indetectable, bautizada por él mismo como “la mano de Dios”, y apenas cuatro minutos después esculpió “el gol del siglo”, eludiendo a más de media docena de ingleses en una carrera prodigiosa desde el medio campo. El locutor Víctor Hugo Morales lloró frente al micrófono, incapaz de describir la belleza cruda de lo que estaba presenciando. En ese preciso instante, la leyenda superó definitivamente al hombre de carne y hueso.
Pero mientras su zurda tocaba el cielo, su alma comenzaba un lento y agónico descenso a los infiernos. Fue en Europa donde la cocaína se cruzó en su camino, aferrándose a él como una sombra de la que nunca podría escapar del todo. Las adicciones comenzaron a minar su cuerpo y su carrera. Fue suspendido en 1991 y posteriormente expulsado del Mundial de Estados Unidos en 1994 por dopaje, imágenes brutales de un ídolo derrumbándose ante los ojos del planeta entero. A lo largo de las décadas siguientes, su cuerpo sufrió infartos casi fatales, crisis hepáticas y cirugías drásticas. Y en cada recaída, el patrón se repetía: un entorno de personas que dependían económicamente de él miraba hacia otro lado. Confrontar a Maradona significaba arriesgarse a ser expulsado de su círculo de privilegios. Era más fácil dejarlo consumirse que decirle la verdad. Nadie le ponía límites, porque los límites no eran rentables.
El daño colateral más devastador de este caos no lo sufrió su corazón, sino su propia sangre. La historia familiar de Diego Maradona es un rompecabezas marcado por el dolor, el abandono y las batallas legales. Tuvo cinco hijos reconocidos con cuatro mujeres distintas. Dalma y Gianinna, hijas de Claudia Villafañe, crecieron frente a las cámaras de televisión, acompañándolo a los mundiales y habitando su cotidianidad. Sin embargo, su primer hijo biológico, Diego Armando Maradona Junior, nacido en Italia en 1986 fruto de su relación con Cristiana Sinagra, tuvo que soportar la humillación de ser negado públicamente por su padre durante treinta años. Un niño que llevaba el rostro y el apellido del hombre más famoso del mundo, creciendo con el estigma del rechazo paterno. Jana Maradona pasó 18 años esperando su reconocimiento, y el más pequeño, Diego Fernando, tenía apenas siete años cuando su padre murió, dejándolo con un apellido legendario pero sin recuerdos tangibles. Y por si fuera poco, al menos tres personas más siguen recorriendo los pasillos judiciales hoy en día, exigiendo pruebas de ADN para ser reconocidos como legítimos herederos.
Mientras la familia de sangre se fracturaba irremediablemente, la codicia del entorno se apoderaba del imperio económico. Matías Morla, el abogado y apoderado de Diego durante sus últimos y más vulnerables años de vida, logró quedarse con los codiciados derechos comerciales de la marca “Maradona”. Tras la muerte del astro, Dalma y Gianinna iniciaron una guerra sin cuartel en los tribunales para recuperar lo que consideran el patrimonio moral y económico de su padre. Estamos hablando de millones de dólares generados por licencias, merchandising y hasta un inmenso parque temático interactivo en Barcelona. Un hombre que generó fortunas incalculables terminó sus días rodeado de disputas mezquinas, con un abogado controlando su nombre póstumo y sus hijos peleando por las migajas de su legado.
El juicio que hoy sacude a la opinión pública argentina es mucho más que la búsqueda de culpables por una negligencia médica. Es un espejo doloroso en el que toda una sociedad se está mirando. Argentina idolatraba tanto a Maradona que se negó sistemáticamente a verlo como un adulto responsable de sus propias decisiones destructivas, justificando sus excesos como el precio a pagar por su genialidad. Se le construyó una burbuja de impunidad afectiva donde el ídolo jamás pagaba las consecuencias de sus actos; siempre había alguien más que cubría la deuda, que limpiaba el desastre o que apartaba la mirada.

El dolor y la devoción que generó fueron tan inmensos que, al momento de su muerte, el gobierno argentino decretó tres días de duelo nacional. Millones de personas lloraron desconsoladamente en las calles, despidiendo al hombre que les había regalado la mayor alegría de sus vidas. Hoy en el panteón de Bella Vista, su tumba recibe flores diarias de peregrinos que aún no pueden aceptar su partida.
Al final de esta trágica historia, la enorme paradoja sigue rompiendo el corazón. Diego Armando Maradona, el mismo hombre capaz de ver el campo de juego con una claridad mental asombrosa, el mago que anticipaba los movimientos de todos sus rivales antes de ejecutar el regate perfecto, fue completamente incapaz de ver la trampa mortal que se cerraba sobre su propia vida. El niño soñador de Villa Fiorito, el Dios de Nápoles y el capitán inmortal de México 86, cerró sus ojos para siempre en una habitación austera, ahogado por sus propios demonios, mientras afuera, a escasos metros, las personas a las que se les pagaba por cuidarlo debatían si debían abrir la puerta. Una lección brutal sobre el altísimo precio de la gloria y la gélida soledad que aguarda, irremediablemente, en la cima del mundo.