Posted in

Un Viudo Vivía Solo En Su Hacienda… Hasta Que Una Joven Le Ofreció Quedarse y cuidar de todo

Un Viudo Vivía Solo En Su Hacienda… Hasta Que Una Joven Le Ofreció Quedarse y cuidar de todo

La noche en que Gabriel Vega volvió a cargar la escopeta, no lo hizo por valentía.

Lo hizo porque tenía miedo.

La Hacienda Las Jaras llevaba tres años muriéndose despacio, igual que él. Primero se secaron los rosales de Isabel. Después cerró la cocina grande. Luego se marcharon los trabajadores, uno por uno, cansados de cobrar tarde, de recibir órdenes de un hombre que hablaba poco y miraba menos. Al final quedaron solo las paredes blancas, los olivos viejos, tres perros flacos, una yegua preñada y un viudo que bebía café frío junto a la chimenea como si esperara que la casa terminara de hundirse para no tener que decidir nada.

Aquella noche llovía con rabia.

No era una lluvia bonita de campo. Era una lluvia oscura, sucia, de esas que convierten los caminos en barro y golpean los cristales como dedos desesperados. Gabriel llevaba horas sin dormir. Había escuchado ruidos en el establo. Al principio pensó que sería el viento. Luego oyó un relincho.

Un relincho de dolor.

Se levantó de golpe.

La yegua, Luna, estaba a punto de parir. Pero no debía hacerlo aún. Faltaban semanas.

Gabriel cogió la linterna, la escopeta y salió al patio. El agua le cayó encima como una manta helada. Cruzó hacia el establo con las botas hundiéndose en el barro, maldiciendo entre dientes.

Entonces vio luz dentro.

No una luz suya.

Una lámpara de aceite encendida junto al pesebre.

Y una sombra moviéndose.

Gabriel levantó la escopeta.

—¡Salga de ahí!

La sombra se giró.

Era una mujer joven. Tendría treinta años, quizá menos, quizá más; la lluvia y la poca luz no dejaban calcular bien. Llevaba el pelo pegado a la cara, una chaqueta vieja, las manos llenas de sangre y los ojos muy abiertos. A su lado, Luna sudaba, temblaba, con el cuerpo vencido sobre la paja.

—Baje eso —dijo ella.

Read More