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NO Tenía a Nadie para NAVIDAD, Hasta Que el Ranchero Llegó con Sus Hijas… Y La Salvó”

“NO Tenía a Nadie para NAVIDAD, Hasta Que el Ranchero Llegó con Sus Hijas… Y La Salvó”

Elena Morales apagó la última luz de la casa a las nueve y diecisiete de la noche, justo cuando la nieve empezó a cubrir el camino como una sábana puesta sobre un muerto.

Era Nochebuena.

En la mesa de la cocina había un plato con dos rebanadas de pan duro, una taza de té sin azúcar y una carta del banco doblada por la mitad. La había leído tantas veces que ya no necesitaba abrirla para saber lo que decía: si no pagaba antes del 2 de enero, la casa pasaría a ejecución. Palabras bonitas para decir algo feo. La echaban.

No había árbol.

No había villancicos.

No había familia llamando por teléfono.

Solo una guirnalda vieja que su madre había comprado en un supermercado de carretera y que Elena no tuvo valor de tirar. Estaba colgada sobre la chimenea apagada, torcida, con tres bombillas fundidas. Parecía una broma cruel. Una decoración intentando celebrar una vida que ya no sabía celebrarse.

Elena llevaba puesto el abrigo dentro de casa porque la calefacción se había estropeado hacía dos semanas y el técnico le pidió un dinero que ella no tenía. Había quemado las últimas astillas por la tarde. La leñera estaba vacía. El frigorífico, casi también. En el fregadero había un vaso, una cuchara y una cazuela pequeña. Nada más.

A los treinta y seis años, Elena había descubierto una verdad que nadie cuenta en las películas navideñas: no hay soledad más ruidosa que la de una casa donde antes hubo gente.

Se sentó frente a la carta del banco y sacó una caja de lata. Dentro guardaba cosas que no servían para nada y, por eso mismo, dolían más: una foto de su madre con un jersey rojo, una postal antigua de su hermano, un adorno de madera con forma de estrella, una receta escrita a mano y una pequeña bota de bebé que jamás había sido usada.

La tocó con los dedos.

Ahí sí se le rompió la cara.

—Feliz Navidad —susurró.

No se lo dijo a nadie.

Se lo dijo a la habitación.

Al vacío.

A esa niña que nunca llegó a nacer y que, aun así, había dejado un hueco enorme en todos los inviernos de Elena.

La tormenta golpeó la ventana con un puñado de hielo.

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