En los anales de la historia del espectáculo mexicano, pocos nombres evocan tanta nostalgia y, a la vez, tanto misterio como el de Víctor Iturbe, mejor conocido como “El Pirulí”. Para toda una generación, su voz profunda y aterciopelada fue el sonido de fondo de los romances más apasionados. Sus interpretaciones de boleros clásicos, marcadas por un estilo único y una elegancia que parecía sacada de otra época, lo consagraron como una de las máximas figuras de la canción romántica. Sin embargo, detrás del artista que cantaba a la fidelidad y al amor eterno, se ocultaba una vida personal tan compleja, arriesgada y enigmática que, tras su trágica ejecución en 1987, dejó preguntas que, casi cuatro décadas después, siguen sin respuesta.
La muerte de Víctor Iturbe no fue solo el fin de una carrera exitosa; fue el destape de una olla de grillos que involucraba deudas, socios peligrosos, excesos económicos y una vida de lujos que, según especulaban los expertos en la nota roja de aquella época, difícilmente podían justificarse únicamente con la venta de discos y las presentaciones en centros nocturnos. Hoy, desmenuzamos la vida, el ascenso, las sombras y la inexplicable desaparición de un ídolo cuyo final fue tan dramático como las canciones que interpretó.
De Payaso Acuático a la Cúspide del Bolero
El origen de Víctor Iturbe, nacido en Guadalajara, Jalisco, el 8 de mayo de 1936, no presagiaba el glamour que definiría su etapa adulta. La historia de su sobrenombre es, en sí misma, una anécdota que revela su capacidad de adaptación. El apodo “El Pirulí” —un caramelo de forma cónica y maciza, muy popular en México— le fue otorgado en sus años de juventud debido a su complexión extremadamente delgada y alta.
Su entrada al mundo del espectáculo fue fortuita y, en cierta medida, dolorosa. Durante los años sesenta, Iturbe se desempeñaba como payaso acuático en un espectáculo de esquí en Acapulco. Aquel hombre que saltaba, hacía piruetas y buscaba la risa de los vacacionistas, sufrió un accidente grave que le causó una lesión severa en la columna vertebral. Este contratiempo lo obligó a abandonar las acrobacias, pero fue el catalizador para que descubriera su verdadero talento: la música.
Con una guitarra en mano y refugiado en la intimidad de un café en Puerto Vallarta, Víctor comenzó a cantar para un público que pronto se rendiría ante su carisma. Puerto Vallarta, en aquellos años, era un lugar con un encanto virgen, muy alejado de la metrópoli turística que conocemos hoy. Fue en el Hotel Posada Vallarta donde Iturbe encontró su primer gran escenario, interpretando boleros clásicos de Agustín Lara y María Grever. Su éxito fue tan genuino que el dueño del hotel decidió patrocinar su primer disco, una joya coleccionable editada en 1965 que se distribuía entre los huéspedes. Su salto a la fama fue corroborado de la manera más humilde: mientras viajaba en un taxi rumbo a Guadalajara, escuchó su propia voz en la radio y se enteró de que estaba en los primeros lugares de popularidad.
La Verónica y el Mito de la Obsesión
Ninguna biografía de Víctor Iturbe estaría completa sin mencionar su canción más emblemática: “Verónica”. Se dice que la canción originalmente tenía otro nombre, pero que Víctor, en un arrebato de romanticismo (u obsesión), decidió cambiarlo para dedicárselo a Verónica Castro, una de las figuras más importantes de la televisión mexicana en aquellos tiempos. Este gesto, más allá de la anécdota, perfilaba la personalidad del artista: un hombre profundamente enamoradizo, temperamental, que vivía sus relaciones con una intensidad que a veces lindaba con la obsesión.
La canción se convirtió en un himno global y consolidó a Iturbe como el intérprete romántico por excelencia. Pero también fue el reflejo de una vida marcada por la seducción. Víctor no solo era el cantante que interpretaba las letras de otros; era un hombre que, tras las luces, buscaba la validación constante a través de sus conquistas. Sus amigos cercanos, como el requintista Chamín Correa, con quien mantuvo una relación artística indisoluble, sabían que Iturbe vivía entre el mito que él mismo construía y la realidad de una vida que se complicaba cada vez más.
La Sombra de los Excesos y las Malas Compañías
Conforme su fama crecía, el estilo de vida de Víctor Iturbe se volvía más ostentoso. A pesar de los ingresos generados por su música, muchos se preguntaban cómo lograba mantener un rancho de 21 hectáreas en Puerto Vallarta, propiedades en zonas exclusivas y un tren de vida que incluía aviones a control remoto, avionetas y hasta un globo aerostático. Raúl Velasco, el temido y respetado conductor de Siempre en Domingo, le lanzó una advertencia profética en pleno programa: “Te van a volar la cabeza por portar esa cadenota”. Y es que Víctor, lejos de ser el caballero discreto del bolero, disfrutaba de usar cadenas de oro macizo y diamantes, exhibiendo su riqueza con una temeridad que alarmaba a quienes conocían los peligros de la Ciudad de México de los años ochenta.
El póker era una de sus grandes aficiones. Se rumoreaba que en las mesas de juego solía sacar fajos de billetes, desafiando a la suerte y a sus oponentes con una arrogancia que no era gratuita. Fue en este mundo, el de las apuestas, los tratos bajo la mesa y los socios inescrupulosos, donde Iturbe empezó a relacionarse con personalidades del crimen organizado. Si bien no existe una sentencia judicial que documente sus actividades ilícitas, la coincidencia entre su estilo de vida y la economía precaria de la época en México alimentó las especulaciones de que el cantante no vivía solo de sus regalías.
La Noche del 29 de Noviembre: El Asesinato
El 29 de noviembre de 1987, la vida de Víctor Iturbe terminó de manera abrupta en la puerta de su residencia en el fraccionamiento Arboledas, en Atizapán de Zaragoza, Estado de México. Eran las once de la noche. Víctor, ya en pijama, escuchó que alguien tocaba la puerta. Al abrir, fue recibido con una descarga de disparos que le arrebataron la vida en el acto. La versión oficial, dada por su esposa Irma Pérez de Anda, fue la de un asalto a mano armada. Sin embargo, los investigadores pronto descartaron esta hipótesis. Un asalto común no implicaba una ejecución tan precisa, realizada por profesionales que sabían exactamente quién era su objetivo y cómo eliminarlo sin dejar rastros.
Lo que más desconcertó a las autoridades fue el comportamiento de la familia en las horas siguientes al crimen. El cuerpo del cantante fue arrastrado del lugar donde cayó y la alfombra, empapada en sangre, fue lavada apresuradamente antes de que llegaran las autoridades periciales. El mueble donde el cantante se recargó tras recibir los disparos también fue limpiado minuciosamente. Esta alteración de la escena del crimen, realizada instantes después del atentado, levantó una sombra de duda sobre el círculo más íntimo de Iturbe. ¿Por qué lavar las huellas de un asalto? ¿Qué era lo que la familia intentaba ocultar?
La Investigación de un Caso Perdido
La investigación oficial fue una crónica de negligencia anunciada. Pocos días después del asesinato, se filtró una llamada telefónica recibida por el secretario de Iturbe, Fernando Aranda. Al contestar, una voz masculina y grave le dijo simplemente: “Muerto”, y colgó. Este indicio, que cualquier departamento de homicidios habría investigado hasta sus últimas consecuencias, quedó en el olvido. La policía, envuelta en las presiones de la época y posiblemente infiltrada por los mismos intereses que eliminaron al cantante, prefirió cerrar el caso bajo la etiqueta de un “asalto derivado de un intento de robo”.
Surgieron decenas de hipótesis: que si se trataba de una venganza pasional, que si eran líos financieros por la construcción de un condominio frustrado, que si tenía deudas de juego impagables, o que si algún político influyente se sintió agraviado por una de sus conquistas. La realidad es que el hermetismo fue total. Los pocos agentes judiciales que intentaron llegar al fondo fueron cesados de sus cargos, y los medios de comunicación, a excepción de contados diarios independientes, recibieron órdenes de guardar silencio.
