La historia de la música romántica en México está llena de voces inolvidables que han marcado a generaciones enteras, pero pocas tienen un desenlace tan trágico, oscuro y enigmático como la de Víctor Manuel Iturbe, cariñosamente conocido por su público como “El Pirulí”. Dueño de un tono vocal excepcionalmente suave y una capacidad interpretativa que lograba erizar la piel de cualquiera que lo escuchara, Iturbe se consagró como uno de los máximos exponentes del bolero y la balada romántica. Sin embargo, detrás del glamour de los escenarios, de las ovaciones de pie y de los discos vendidos por millones, se tejía una telaraña de secretos insospechados que terminaría costándole la vida de la manera más violenta posible. El asesinato de Víctor Iturbe no solo apagó una voz privilegiada, sino que destapó una verdadera caja de Pandora llena de intrigas políticas, presuntos crímenes pasionales, fortunas inexplicables y una profunda incompetencia por parte de las autoridades mexicanas.
Para comprender la magnitud de esta tragedia, es indispensable viajar a los inicios de la carrera del intérprete, una trayectoria que estuvo marcada por la casualidad y un curioso accidente. Antes de enfundarse en elegantes trajes de noche y conquistar los corazones del público en los centros nocturnos más exclusivos, Víctor buscaba ganarse la vida de maneras muy alejadas del canto. Su historia artística no comenzó con un micrófono en la mano, sino con un par de esquís acuáticos y un traje colorido. Trabajaba como payaso acuático en espectáculos de entretenimiento, a pesar de tener un defecto que en su profesión resultaba francamente peligroso: no sabía nadar. Durante una de sus presentaciones, mientras intentaba realizar una complicada pirueta sobre el agua, perdió el equilibrio y cayó de manera aparatosa. En su desesperación por aferrarse a los esquís para no ahogarse, la escena provocó las carcajadas del público. Fue en ese preciso instante de angustia cuando el locutor que animaba el evento, intentando sacarle provecho cómico a la situación, gritó por el micrófono que el pobre muchacho empapado y asustado se parecía a un “pirulí”, un tradicional y colorido dulce mexicano en forma de cono. El apodo se adhirió a su identidad de manera instantánea y permanente, acompañándolo hasta el último día de su vida.
Tras aquel peculiar inicio, el destino lo llevó a las cálidas playas de Puerto Vallarta, un destino turístico que apenas comenzaba a perfilarse como uno de los paraísos más importantes de México. Allí, Víctor Iturbe encontró empleo como gerente de turno en el hotel Posada Vallarta, uno de los pocos establecimientos de lujo que exis
tían en la zona en aquel entonces. Fue en este idílico escenario donde su verdadera vocación salió a la luz. El dueño del hotel, tras escucharlo cantar de manera informal durante algunas reuniones privadas, quedó fascinado por la calidez y el romanticismo de su voz. Sin dudarlo, lo invitó a presentarse formalmente en el bar del recinto.
Lo que comenzó como un pequeño espectáculo improvisado para entretener a los turistas, rápidamente se transformó en un fenómeno local. Víctor interpretaba magistralmente canciones que ya eran estándares de la música romántica, prestando su voz a las inmortales composiciones de Agustín Lara y María Grever. Su carisma natural y su estilo aterciopelado provocaron que el rumor de su talento se esparciera como fuego en pólvora. Pronto, turistas de todo el país y huéspedes de otros hoteles comenzaban a reservar mesas exclusivamente para tener la oportunidad de escucharlo en vivo. El salto a la capital del país era inevitable. Ya en la Ciudad de México, su carrera despegó a niveles estratosféricos. Con el nacimiento de su hijo Víctor Manuel en 1968, Iturbe parecía haber alcanzado la plenitud tanto personal como profesional, consolidándose en la industria al lado de gigantes como el célebre requintista Chamín Correa, con quien grabó temas que se convertirían en verdaderos himnos del romance.
Sin embargo, el éxito desmesurado y la exposición pública constante traen consigo sombras peligrosas. Todo culminó de manera fatídica la gélida noche del 29 de noviembre de 1987. Víctor Iturbe, de 51 años de edad, se encontraba descansando tranquilamente en el sofá de su residencia, ubicada en el municipio de Atizapán de Zaragoza, en el Estado de México. Aquel fin de semana, el cantante tenía programada una presentación en la ciudad fronteriza de Tijuana, Baja California, pero el concierto había sido cancelado de manera imprevista. Esta cancelación de último minuto fue la primera pieza de un dominó mortal que lo obligó a quedarse en casa. Según los reportes policiales de la época, los momentos previos al ataque estuvieron cargados de un suspenso cinematográfico. Se reveló que el cantante había recibido una misteriosa llamada telefónica esa misma noche, una voz anónima y amenazante que, según algunos testimonios filtrados, le lanzó una advertencia escalofriante dejándole claro que su fin estaba cerca. Nunca se logró esclarecer la identidad del interlocutor ni el contenido exacto de aquella conversación.
Poco tiempo después de la llamada, el silencio de la residencia fue interrumpido por unos fuertes golpes en la puerta principal. Creyendo ingenuamente que se trataba de su hija, quien había salido previamente de la casa, “El Pirulí” se levantó del sillón con su característica tranquilidad y caminó hacia la entrada. Al abrir la puerta, no encontró el rostro familiar que esperaba, sino a tres sicarios fuertemente armados que no dudaron un solo segundo en jalar el gatillo. Las detonaciones rompieron la tranquilidad de la zona residencial. Al instante, Víctor Iturbe cayó abatido al suelo, desangrándose en el umbral de su propia casa, mientras los asesinos escapaban en medio de la oscuridad sin dejar un solo rastro.
El ruido ensordecedor de los disparos alertó a su esposa y a su hijo, quienes se encontraban en otras áreas de la espaciosa casa. Al correr hacia la entrada, presenciaron la escena más traumática de sus vidas. De inmediato, se dio aviso a las autoridades y a los servicios de emergencia. Sin embargo, cuando los paramédicos finalmente arribaron al lugar, todo esfuerzo médico resultó inútil; solo pudieron confirmar la muerte de uno de los intérpretes más queridos de la nación. A partir de ese momento, peritos de la policía acordonaron y comenzaron a limpiar la escena del crimen con la supuesta intención de recabar evidencias, pero lo que siguió fue un verdadero monumento a la impunidad.
La investigación del asesinato de Víctor Iturbe fue un proceso tan turbio y negligente que hasta el día de hoy sigue causando indignación. Apenas un mes después de los sangrientos hechos, en diciembre de 1987, la Procuraduría del Estado de México tomó una decisión que dejó a la opinión pública estupefacta: dieron el caso por cerrado de manera definitiva. La razón oficial que argumentó la dependencia gubernamental fue una supuesta “falta de colaboración” por parte de la viuda y el hijo del cantante. Las autoridades declararon que la familia se mostraba renuente a testificar y proporcionar información vital. Inicialmente, la policía intentó calificar el asesinato como un simple asalto a mano armada que salió mal, pero esta teoría se desmoronó casi inmediatamente por su propio peso al comprobarse que los delincuentes no sustrajeron absolutamente ningún objeto de valor de la residencia. No hubo pérdida material, lo que evidenciaba claramente que se trataba de una ejecución directa y premeditada.
Ante la falta de respuestas oficiales, el vacío de información fue rápidamente llenado por una serie de hipótesis, rumores y teorías que intentaban dar sentido a lo incomprensible. La primera de estas teorías apuntaba directamente hacia un crimen de naturaleza pasional. En los pasillos del mundo del espectáculo, siempre se murmuró que “El Pirulí”, a pesar de su imagen de caballero amable y bien educado, era un hombre sumamente enamoradizo y seductor. Se llegó a especular que el cantante había sostenido una intensa relación amorosa clandestina con la esposa de un hombre enormemente poderoso, posiblemente vinculado a las altas esferas de la política mexicana o, peor aún, a las peligrosas cúpulas del crimen organizado. Al enterarse de la infidelidad, este individuo habría ordenado limpiar su honor mandando a matar al músico.
Esta vertiente pasional tomó aún más fuerza debido a los intensos rumores que vinculaban a Iturbe con la famosísima actriz y presentadora Verónica Castro. A finales de la década de los setenta, el compositor Carlos Blanco creó una canción titulada “Verónica”, la cual Víctor adoptó rápidamente en su repertorio. Se decía a voces que el intérprete le cantaba este tema directamente a la actriz con una devoción inusual, desatando las especulaciones de que ambos mantenían un tórrido romance secreto. Aunque ninguno de los dos artistas confirmó jamás estas suposiciones, la sola posibilidad de un amorío prohibido alimentó la idea de que los celos fueron el verdadero móvil del crimen.
La segunda teoría, sin embargo, nos sumerge en una trama de intriga gubernamental mucho más compleja y aterradora. Recientemente, medios de comunicación de gran prestigio, como el diario El Universal, abrieron nuevas líneas de investigación al sacar a la luz documentos desclasificados del Archivo General de la Nación. Estos expedientes revelaron que, entre los años 1970 y 1975, Víctor Iturbe fue blanco de un intenso espionaje por parte de la Dirección Federal de Seguridad (DFS), la temible agencia de inteligencia del gobierno mexicano que antecedió al CISEN. ¿Cuál era el motivo de este escrutinio oficial? El peculiar sentido del humor del cantante. Durante sus presentaciones en vivo en los elitistas centros nocturnos de la Zona Rosa en la Ciudad de México y en su natal Jalisco, Iturbe tenía la costumbre de intercalar sus canciones románticas con comentarios de crítica social y sátira política.
Se decía que al “Pirulí” le resultaba muy divertido imitar la forma de hablar de los entonces presidentes Luis Echeverría Álvarez y José López Portillo. Hacía chistes punzantes sobre sus desastrosas políticas económicas y lanzaba comentarios velados sobre la inmensa corrupción institucional. En un México dominado por un régimen hegemónico donde la censura era la regla y la disidencia se pagaba con la vida, hacer chistes sobre que los políticos “robaban” era un acto de valentía suicida. Los agentes de inteligencia infiltrados en sus shows grababan sus presentaciones meticulosamente y adjuntaban las cintas a su expediente oficial. Esto ha llevado a muchos investigadores a preguntarse si el asesinato no fue un castigo ordenado desde las cloacas del poder estatal para silenciar a un artista que se atrevió a burlarse de las figuras intocables del país.
La tercera teoría gira en torno a deudas abismales, lavado de dinero y asociaciones ilícitas. Aunque nadie dudaba del éxito comercial de Iturbe, la colosal magnitud de su riqueza siempre levantó cejas de sospecha. A principios de los años ochenta, México atravesaba una de las crisis económicas más devastadoras de su historia moderna; sin embargo, el nivel de vida del cantante era digno de la realeza. Poseía una vasta colección de autos de lujo, joyas exclusivas, cuentas bancarias con fondos exorbitantes y, lo más llamativo, un gigantesco rancho de más de 21 hectáreas en una de las zonas más costosas de Puerto Vallarta. Investigadores privados y periodistas de investigación concluyeron que los ingresos generados por la venta de discos y las presentaciones en palenques simplemente no justificaban semejante derroche patrimonial. Con el paso del tiempo, se supo que Víctor frecuentaba amistades sumamente oscuras, hombres vinculados al mundo de las apuestas clandestinas y figuras de dudosa reputación. La hipótesis sugiere que el cantante se involucró en negocios turbios, contrayendo deudas impagables o siendo víctima de un ajuste de cuentas por transacciones ilícitas que salieron mal.
Finalmente, una de las versiones más macabras y rápidamente descartadas por las autoridades señalaba directamente a su propia esposa. Los rumores callejeros, alimentados por el hermetismo y la “falta de cooperación” de la familia, afirmaban que había sido ella quien había disparado el arma, o al menos, había ayudado a limpiar la escena del crimen antes de llamar a la policía. Se habló, incluso, de un perturbador hallazgo en el río Moritas, cercano a su domicilio en Atizapán, donde supuestamente unos lugareños descubrieron un sillón empapado en sangre que, según las malas lenguas, era el mismo mueble donde “El Pirulí” descansaba cuando recibió los impactos de bala. El acoso mediático, la ineptitud de la policía y la vorágine de chismes obligaron a la viuda y a su hijo a huir de la Ciudad de México, buscando un anonimato que les permitiera vivir su luto lejos de los reflectores, lo que irremediablemente aumentó la desconfianza del público.
El funeral de Víctor Iturbe fue un fiel reflejo de su importancia en la cultura mexicana. A su sepelio acudieron las luminarias más grandes de la época, desde Raúl Velasco, el zar indiscutible de la televisión mexicana, hasta leyendas de la música como José José, Enrique Guzmán, Guadalupe Pineda, Dulce e Imelda Miller. El dolor y el shock eran palpables en el rostro de cada uno de los asistentes, quienes prefirieron guardar un doloroso silencio ante las cámaras de televisión. Nadie podía comprender cómo un hombre de sonrisa franca, generoso y encantador había encontrado un final tan sangriento.
A más de treinta y cinco años de aquella fatídica noche de noviembre, el misterio sobre quién mató al “Pirulí” sigue sin resolverse. Su expediente judicial acumula polvo en algún archivo muerto de la fiscalía, siendo el vivo ejemplo de la impunidad que ha caracterizado a los crímenes contra figuras públicas en el país. Sin embargo, su música ha demostrado ser a prueba de balas y del paso del tiempo. Canciones como “Felicidad”, “Miénteme” y la icónica “Verónica” continúan reproduciéndose en las radios y en las plataformas digitales, haciendo suspirar a las nuevas generaciones que desconocen la tragedia que rodeó al hombre detrás de la voz. El legado artístico de Víctor Iturbe permanece inmaculado, como un tributo eterno al amor, mientras que su muerte se erige como una sombría advertencia sobre los peligros invisibles que acechan en las cimas del éxito, recordándonos que, en ocasiones, la fama, el poder y los secretos son la combinación más letal de todas.