El mundo del espectáculo internacional se ha vestido de un luto profundo, oscuro y prolongado. Cuando las luces de Hollywood parecían brillar con su habitual intensidad, una noticia estremeció los cimientos de la cultura pop y rompió el corazón de múltiples generaciones: la inigualable y eterna Olivia Newton-John, la leyenda de la música y el cine, falleció a la edad de 73 años. Según confirmó su amado esposo, John Easterling, la icónica estrella se apagó en paz, rodeada del inmenso amor de sus familiares y amigos más cercanos, en la tranquilidad de su hermoso rancho ubicado en el sur de California, Estados Unidos. Su partida no solo marca el final de una era dorada para la industria del entretenimiento, sino también la despedida de una de las guerreras más formidables, radiantes y valientes que jamás haya pisado un escenario, dejando tras de sí un vacío que ni el tiempo ni la historia podrán llenar con facilidad.
Para comprender la magnitud de la pérdida que representa Olivia Newton-John, es imperativo realizar un viaje a través de una biografía que supera con creces cualquier guion cinematográfico. Nacida en Cambridge, Inglaterra, Olivia llevaba en su sangre el peso del genio; era nada menos que la nieta de Max Born, el eminente científico galardonado con el Premio Nobel de Física. Sin embargo, su destino no estaba en los fríos laboratorios, sino bajo el calor abrasador de los reflectores. A la temprana edad de cinco años, su familia decidió emigrar a Australia, país que la adoptó y la vio crecer. Fue allí donde, siendo apenas una adolescente de 17 años con una guitarra y un sueño, ganó un concurso nacional para nuevos talentos. El premio fue un boleto de regreso a Inglaterra, un viaje que, sin saberlo, se convertiría en el primer y crucial paso de un ascenso meteórico hacia la inmortalidad artística.
Sus primeros años en la industria estuvieron marcados por la construcción de una imagen angelical, dulce e inocente. En 1971, Olivia irrumpió con fuerza en el mercado internacional con su exquisita versión de “If Not for You”, un clásico de Bob Dylan que la colocó inmediatamente en el radar de la crítica y el público. Su voz, poseedora de una pureza cristalina y un tono reconfortante, le abrió de par en par las puertas del competitivo y a menudo cerrado mundo de la música country en los Estados Unidos. Con éxitos arrolladores como “Let Me Be There” y “Banks of the Ohio”, no solo desafió a los puristas del género que la veían como una forastera, sino que conquistó prestigiosos premios Gramm
y, incluyendo el galardón a la Mejor Intérprete Femenina de Country. Era la década de los setenta, y Olivia Newton-John era el epítome de la perfección familiar. Incluso tuvo el inmenso honor de representar al Reino Unido en el legendario Festival de la Canción de Eurovisión en 1974, el mismo año histórico en que el cuarteto sueco ABBA se alzó con la victoria interpretando “Waterloo”.
No obstante, el fenómeno global y la auténtica explosión cultural que redefiniría su vida para siempre llegó en el año 1978 con un proyecto que inicialmente la aterraba: “Grease” (conocida en Hispanoamérica como “Vaselina”). Cuando se le ofreció el papel de Sandy Olsson, una dulce e ingenua estudiante de secundaria transferida desde Australia, Olivia tenía 29 años. El miedo a hacer el ridículo por la diferencia de edad con su personaje, sumado al fracaso comercial de una película previa que había filmado en
Inglaterra, la llenaron de paralizantes inseguridades. “No quería cometer el mismo error de nuevo”, confesó años después. Fue entonces cuando exigió una prueba de cámara con el protagonista masculino, un joven y enérgico actor llamado John Travolta, quien en ese momento apenas comenzaba a saborear las mieles de la fama. La química frente a las cámaras fue absolutamente mágica, inmediata e innegable. Las dudas se disiparon y Olivia aceptó el papel que la convertiría en un mito viviente.
“Grease” no fue simplemente una película; fue un huracán sociológico que arrasó con la taquilla mundial. Curiosamente, siendo un retrato nostálgico e idealizado de la juventud estadounidense de 1958, logró conectar de una manera visceral y sin precedentes con los adolescentes rebeldes de finales de los setenta. La banda sonora se transformó en la banda sonora de la vida de millones, reportándole a Olivia tres monstruosos éxitos mundiales, incluyendo el inolvidable dueto “You’re the One That I Want” y la pegajosa “Summer Nights”. Pero más allá de los números y las ventas récord, “Grease” significó el despertar de la verdadera Olivia Newton-John.
Por exigencias del guion, en la apoteósica escena final, el personaje de Sandy debía despojarse de su vestuario conservador para aparecer enfundada en una ceñida chaqueta de cuero negro, unos pantalones de piel de tiburón que cortaban la respiración y unos audaces tacones rojos, todo adornado con un cigarrillo en los labios. Cuando Olivia salió del tráiler de maquillaje con aquel atuendo, el set de filmación entero se paralizó; hubo gritos, miradas atónitas y silbidos de profunda admiración. “La adrenalina y la idea de reivindicar mi propia sensualidad recorrieron todo mi cuerpo”, relataría la estrella en sus memorias. Esa icónica escena destruyó instantáneamente la imagen de la niña buena y cándida, dándole el valor y el empoderamiento absoluto para tomar las riendas de su sexualidad y su carrera artística.
Aquella transformación cimentó el camino para el lanzamiento, en 1981, de la canción que definiría la década: “Physical”. En una era donde el conservadurismo político y social tomaba fuerza en Estados Unidos con la llegada de Ronald Reagan a la Casa Blanca, los versos doblemente sugerentes y el tono provocador de la letra escandalizaron a los sectores más puritanos de la sociedad. Paradójicamente, la primera persona en aterrarse ante el potencial escándalo fue la propia Olivia. Tras grabar el tema y percatarse de la profunda carga sexual que emanaba de la canción, entró en pánico. Llamó desesperadamente a su nuevo mánager, el audaz Roger Davies, exigiéndole que retirara inmediatamente el sencillo de las estaciones de radio por miedo a haber cruzado un límite imperdonable. “Es demasiado tarde, cariño, ya está subiendo como la espuma en las listas de éxitos”, fue la respuesta de Davies. Y vaya que subió. “Physical” permaneció en la cima del codiciado Billboard Hot 100 durante diez semanas consecutivas, a un solo paso de romper el histórico récord establecido por el rey indiscutible, Elvis Presley. El riesgo se convirtió en un triunfo monumental, y Olivia se alzó como el símbolo indiscutible del pop de los ochenta.
Pero detrás del apabullante éxito, el glamour incesante, los más de 100 millones de discos vendidos y los reflectores deslumbrantes de Hollywood, la vida íntima de Olivia Newton-John fue una montaña rusa marcada por el amor, la tragedia, el dolor inenarrable y misterios que superan la ficción. Su primer gran amor fue el apuesto actor y bailarín Matt Lattanzi, a quien conoció en el set de la fantasía musical “Xanadu” en 1980. Se casaron en 1984 y dos años después dieron la bienvenida a su única hija, Chloe Rose Lattanzi, quien posteriormente seguiría los pasos de su famosa madre en el mundo de la música. Sin embargo, la historia de amor se desgastó con el tiempo, culminando en un divorcio en 1995.
El capítulo más oscuro, perturbador y digno de una novela de suspenso en la vida sentimental de la actriz comenzó en 1996, cuando inició una intensa relación con el operador de cámara Patrick McDermott. Durante nueve años, la pareja compartió una vida que parecía estable y feliz. Pero la tragedia golpeó con una crueldad inexplicable en 2005. Durante una rutinaria excursión nocturna de pesca en un barco en las costas de California, rodeado de otras veinte personas, McDermott desapareció misteriosamente sin dejar un solo rastro. La angustia se apoderó de Olivia. Contrató investigadores, colaboró con la policía, creó páginas web suplicando información y lloró amargamente la pérdida del hombre que amaba. Tres largos y agonizantes años después de exhaustivas búsquedas marítimas y terrestres, las autoridades cerraron el caso y lo declararon oficialmente muerto, presumiendo que había caído por la borda y se había ahogado en las oscuras aguas del Pacífico.
Destruida, desconsolada y arrastrando el inmenso peso del misterioso abandono, Olivia intentó rehacer su vida. Se refugió en su trabajo humanitario y, años más tarde, encontró la paz y el verdadero amor incondicional en los brazos del empresario y gurú de la salud natural John Easterling, con quien contrajo matrimonio en secreto en el año 2008. Pero el destino le tenía reservada una jugada perversa y espeluznante. Más de once años después de la desaparición de McDermott, una agencia privada de detectives contratada por una importante cadena de televisión estadounidense reveló una verdad que sacudió los cimientos del mundo del espectáculo: Patrick McDermott estaba vivo. Había fingido su propia muerte y escenificado su ahogamiento para escapar de una asfixiante montaña de deudas financieras y problemas legales derivados del impago de la manutención a su hijo de una relación anterior. Los investigadores lo localizaron viviendo tranquilamente, bajo un nombre falso y con una nueva pareja sentimental, en las soleadas playas del pueblo de Sayulita, en México. Incluso se reveló que McDermott había enviado faxes exigiendo que dejaran de buscarlo. El golpe emocional para Olivia fue devastador. Saber que el luto, las lágrimas derramadas y la agonía de la incertidumbre habían sido el producto de un engaño vil y cobarde fue una herida profunda. Sin embargo, con la gracia y la resiliencia que siempre la caracterizaron, decidió cerrar ese doloroso capítulo, negándose a otorgarle más tiempo a un hombre que la había traicionado de la forma más cruel imaginable.
A lo largo de su carrera, la figura de Olivia siempre estuvo intrínsecamente ligada a la de John Travolta. Tras el arrasador éxito de “Grease”, el público mundial, hambriento de romance, exigía verlos juntos en la vida real. Las revistas de la época avivaron constantemente los rumores de un romance ardiente y clandestino, apoyándose en fotografías donde se les veía muy cariñosos. Sin embargo, la verdad detrás de esta mítica pareja de la pantalla grande fue mucho más pura y profunda. Ambos actores confirmaron, décadas después, que la increíble química sexual que destilaban como Danny y Sandy era producto de una tensión romántica nunca consumada. “Ambos estábamos comprometidos con otras personas durante el rodaje”, confesó Olivia en una reveladora entrevista en 2018. “Creo que fue lo mejor que pudo pasar. Si hubiéramos decidido salir y las cosas hubieran terminado en una pelea, habría sido un desastre para la película. Mantuvimos esa tensión en el set, y se transformó en una amistad de por vida”.
Fueron, en sus propias palabras, más como hermanos que se adoraban y cuidaban incondicionalmente. Esta conexión fraternal y eterna quedó dolorosamente demostrada minutos después de anunciarse el fallecimiento de la actriz. John Travolta acudió a sus redes sociales para compartir una antigua y nostálgica fotografía de Olivia, acompañándola de un mensaje que rompió el corazón de millones alrededor del planeta: “Mi queridísima Olivia, hiciste que todas nuestras vidas fueran muchísimo mejores. Tu impacto fue increíble. Te quiero muchísimo. Nos veremos en el camino y estaremos todos juntos de nuevo. ¡Tuyo desde el primer momento que te vi y para siempre! Tu Danny, tu John”.
Pero si algo definió la grandeza y la humanidad de Olivia Newton-John no fueron sus discos de platino, sus millonarias regalías ni sus películas taquilleras. Fue su inquebrantable, heroica y pública batalla de más de tres décadas contra el cáncer de mama. Diagnosticada por primera vez en el fatídico año de 1992, la actriz pausó su carrera, se sometió a una mastectomía parcial, quimioterapias y reconstrucción, logrando vencer la enfermedad. Lejos de ocultar su experiencia por vanidad, utilizó su fama global para convertirse en una activista incansable, fundando el Centro de Bienestar e Investigación del Cáncer Olivia Newton-John en Melbourne, Australia. En mayo de 2017, la pesadilla regresó con una dolorosa recaída, y en 2018 reveló que enfrentaba un tercer y agresivo embate de la enfermedad: un tumor inoperable que se había alojado en la base de su columna vertebral.
Pese a los constantes e inenarrables dolores físicos provocados por la enfermedad en etapa cuatro, Olivia se negó a entregarse a la amargura o al victimismo. Hasta sus últimos días, sus redes sociales eran un testimonio vibrante de alegría; subía constantemente fotografías donde lucía hermosa, elegante, rodeada de sus animales y sus seres amados, irradiando una positividad contagiosa. Abogó férreamente por el uso del cannabis medicinal para el manejo del dolor y continuó recaudando millones de dólares para la investigación oncológica. Su familia ha honrado este noble espíritu al pedir al mundo entero que, en lugar de enviar efímeros arreglos florales, realicen donaciones a su fundación para continuar salvando vidas.
Hoy, la cortina ha caído definitivamente para la eterna Sandy Olsson. La música se ha silenciado, pero su eco resonará para siempre en la cultura popular. Olivia Newton-John deja un inmenso legado que trasciende el brillo superficial de Hollywood. Será recordada eternamente por sus inmortales canciones de amor, por haber liderado la película musical más querida de la historia, por sus hermosos y cristalinos ojos claros, por esa sonrisa sincera que iluminaba cualquier habitación en la que entrara y, por encima de todas las cosas, por el inmenso coraje de una guerrera que nos enseñó a todos cómo enfrentar la adversidad con suprema dignidad, belleza y esperanza infinita. Descansa en paz, eterna e inolvidable Olivia.