La maldad, cuando se camufla bajo el manto de la fe, es quizás una de las formas más perversas de traición humana. La religión, concebida en esencia como un refugio de bondad y moralidad, ha sido utilizada, en demasiadas ocasiones, como una máscara perfecta por individuos cuyos impulsos oscuros no tienen límite. Dentro de este espectro criminal, el caso de Fernando Matos Pucar, un autoproclamado pastor evangélico en Huancayo, Perú, emerge no solo como un acto de violencia extrema contra una menor, sino como una disección del fracaso sistémico de una sociedad que permitió que un depredador operara a plena vista, ignorando señales que, en retrospectiva, resultaban alarmantes.
El secuestro y asesinato de Giselle Venturo Puente, una pequeña de tan solo ocho años, no fue un evento fortuito; fue la culminación de años de impunidad y negligencia institucional. A través de este reportaje, exploramos cómo un hombre que predicaba sobre el camino del bien se convirtió en el arquitecto de una tragedia que dejó una marca indeleble en la memoria colectiva del país, obligándonos a cuestionar qué estamos haciendo para proteger a quienes representan la parte más vulnerable de nuestra sociedad.
El Pastor con Doble Cara: Una Amenaza Ignorada
Fernando Matos Pucar, nacido en 1980, vivía y ejercía su rol religioso en una vivienda que albergaba la iglesia evangélica “Pan y Vida” en la zona de Los Lirios, Huancayo. Para la comunidad, era una figura respetable, un hombre que, al menos en la superficie, defendía los valores morales y espirituales que su congregación esperaba. Sin embargo, la historia nos enseña que el comportamiento humano es a menudo una construcción, y la de Matos Pucar era una fachada diseñada para ocultar impulsos que, de haberse atendido a tiempo, podrían haber salvado una vida.
En 2009, ocho años antes de la tragedia que nos ocupa, el nombre de Fernando Matos Pucar ya figuraba en expedientes policiales. Fue denunciado por tocamientos indebidos hacia una menor de edad. ¿Qué ocurrió con aquella denuncia? Las autoridades de entonces nunca ofrecieron una explicación clara, y el caso, como sucede con demasiada frecuencia en sistemas judiciales ineficientes, quedó en el limbo. La impunidad que rodeó este primer acto de violencia fue el combustible que permitió a Matos Pucar continuar operando con la falsa seguridad de que sus actos no tendrían consecuencias. Durante los años siguientes, se le vio merodeando colegios, buscando conversaciones con niños y construyendo, piedra a piedra, su estatus de “amigo” de los menores de la zona, una estrategia que hoy reconocemos como el manual de actuación de un depredador infantil.
Giselle Venturo Puente: La Inocencia en el Camino a la Farmacia
El 5 de julio de 2017, un miércoles como cualquier otro, la pequeña Giselle, de ocho años, fue enviada por un vecino a realizar un encargo sencillo: ir a la farmacia a comprar unas pastillas. Giselle era descrita como una niña tímida, colaboradora y con el sueño noble de ser enfermera. Su vida giraba en torno a su familia, sus estudios en el instituto Inmaculado Corazón de María y su labor ayudando a su madre, Aidé Puente, en la venta de tubérculos cerca del mercado local.
La rutina de Giselle fue interrumpida por la presencia de Matos Pucar. Según la reconstrucción de los hechos, el hombre la abordó bajo el engaño más cruel: la promesa de que en su iglesia le regalarían muñecas. La pequeña, confiada en que se trataba de un hombre conocido y aparentemente inofensivo, lo acompañó. Las cámaras de seguridad de un hotel cercano captaron el momento exacto en que la niña caminaba a paso acelerado junto a su verdugo hacia la fachada de la iglesia. Segundos después, la puerta se cerró. Giselle cruzó el umbral del mal, y el tiempo de su existencia comenzó a agotarse.
La Investigación: El Horror Detrás de la Puerta
La desaparición de Giselle activó a toda una comunidad. La angustia de Aidé Puente al darse cuenta de que su hija no regresaba se convirtió en el motor de una búsqueda masiva que movilizó a vecinos, profesores y familiares. Fue la presión social, sumada a la revisión de los registros de cámaras de seguridad, lo que permitió a las autoridades llegar a la fachada de la iglesia “Pan y Vida”.
La detención de Matos Pucar no fue fácil. Intentó resistirse, ocultando tras su actitud nerviosa la realidad de lo que había hecho. No fue hasta que la fiscal Lisbeth Arana Cortés y los investigadores policiales le presentaron las pruebas contundentes —el video del hotel frente a la iglesia que mostraba el momento del secuestro— que el supuesto pastor cedió. La confesión fue el punto de inflexión del horror: Giselle no estaba secuestrada en algún lugar remoto; su cuerpo yacía oculto en el mismo lugar donde él predicaba la palabra divina.
La frialdad con la que Matos Pucar describió los hechos es difícil de procesar. Relató cómo asesinó a la niña mediante estupro, estrangulación y golpes contundentes con una piedra de mortero, manteniendo el cuerpo debajo de su cama durante dos días, mientras él dormía con absoluta normalidad. La indignación colectiva no se hizo esperar. Tras la confirmación del hallazgo del cuerpo en un barranco en la carretera a Huancavelica, la población de Huancayo desbordó su furia contra la vivienda donde funcionaba la iglesia, destrozando su fachada y prendiendo fuego a los símbolos que alguna vez representaron el refugio de este monstruo.
Justicia: El Veredicto que Marcó un Precedente
El juicio contra Fernando Matos Pucar fue un proceso complejo donde la fiscalía trabajó incansablemente para garantizar que los argumentos de la defensa —basados en una supuesta incapacidad mental— no prosperaran. La fiscal Lisbeth Arana Cortés, junto con Elsa Cristóbal Guerrero, defensora pública de víctimas, aportaron pruebas contundentes de la premeditación y la consciencia con la que el criminal había actuado.
Finalmente, el juzgado penal colegiado de Huancayo dictó la sentencia de cadena perpetua. La justicia peruana no dejó espacio a la benevolencia. La apelación presentada por la defensa, que intentaba alegar trastornos mentales, fue rechazada por la sala transitoria anticorrupción, confirmando que Matos Pucar era plenamente consciente de la naturaleza de sus actos. La sentencia incluyó además una reparación civil de 150,000 soles, una cifra que, aunque necesaria para el registro legal, es incapaz de cubrir el vacío irreparable de una familia destruida.
Análisis: La Máscara de la Religión y la Impunidad
El caso de Matos Pucar forma parte de una realidad más amplia: el uso de la fe como escudo. En la investigación documental “4 Casos de Religiosos Asesinos”, se analiza cómo individuos con impulsos psicopáticos se infiltran en organizaciones religiosas, aprovechando la confianza ciega que la feligresía suele depositar en sus líderes. Este fenómeno no es exclusivo de una religión o país; es un problema sistémico de las organizaciones que operan con altos niveles de discreción y poca rendición de cuentas pública.
Cuando la fe se convierte en un refugio, la sospecha disminuye. Y es precisamente esa disminución de la sospecha la que los depredadores aprovechan. En el caso de Huancayo, la comunidad confiaba en el “pastor”, y esa confianza fue la que permitió que Matos Pucar merodeara colegios y se acercara a menores bajo una falsa premisa de amabilidad.
