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Alfonso Zayas: El carismático Rey de las Ficheras que conquistó el corazón de México

El cine mexicano posee figuras que, por mérito propio, se han tatuado en la memoria colectiva de varias generaciones. Sin embargo, pocos han logrado el impacto social, cultural y, por qué no decirlo, amatorio de Alfonso Zayas. A menudo juzgado por las élites intelectuales de su tiempo, Zayas se convirtió, casi sin querer, en el espejo de un México auténtico, desinhibido y profundamente humano. Más allá del estigma del “cine de ficheras” o las “sexy comedias”, la vida de este hombre nacido en Tulancingo, Hidalgo, es una crónica de perseverancia, ingenio y una capacidad magnética para conectar con el público y, sobre todo, con las mujeres más hermosas de la época.

De los cables a la pantalla grande: Un destino ineludible

Alfonso Zayas no nació destinado a la fama frente a los reflectores. Su infancia, marcada por la vida nómada de las carpas teatrales donde trabajaban sus padres, lo acercó desde muy pequeño al mundo del espectáculo. Sin embargo, viendo las penurias económicas que enfrentaba su familia, el joven Alfonso inicialmente buscó un camino diferente, uno más alejado de la inestabilidad actoral. Se formó como técnico de estudio, cargando cables y gestionando el ritmo detrás de cámaras como floor manager.

Pero, como él mismo reconocía, cuando el destino tiene un plan, es imposible escapar de él. Su carisma natural comenzó a filtrarse en la pantalla cuando empezó a ser convocado como extra en programas de variedades. Fue ahí donde, paso a paso, su presencia se hizo notar. La televisión, con programas como La criada bien criada o Ensalada de locos, fue el trampolín perfecto para un talento que no buscaba la perfección técnica, sino la conexión emocional con el espectador.

El Rey de las Ficheras: Más que un género, un fenómeno

Entre las décadas de los 70 y los 90, el cine mexicano atravesó una etapa de transformación comercial sin precedentes. El cine de ficheras, ese género que los críticos se cansaron de menospreciar, se convirtió en el refugio de un público que buscaba verse reflejado en la pantalla. Zayas, con sus rasgos físicos alejados de los cánones del galán tradicional —no era alto, ni atlético, ni heredero de fortunas—, se consolidó como el antihéroe por excelencia. Su éxito radicaba en su autenticidad: era el vecino, el amigo, el hombre común que, gracias a su ingenio y su “buen verbo”, lograba sortear las dificultades de la vida cotidiana.

El público lo adoraba porque él no se tomaba a sí mismo demasiado en serio. Mientras la crítica hablaba de falta de calidad, las salas de cine, con capacidad para miles de personas, se llenaban función tras función. Producciones como El día de los albañiles o Los verduleros no solo salvaron económicamente a la industria cinematográfica nacional, sino que definieron una era.

El misterio del seductor: ¿Cuál era el secreto de Alfonso?

La gran pregunta que obsesionaba a sus contemporáneos y colegas, incluso a grandes galanes como Andrés García, era: ¿cómo tenía tanto éxito con las mujeres? La respuesta, según sus propios compañeros como César Bono, residía en un conjunto de elementos casi imperceptibles: el movimiento peculiar de sus cejas, la mirada cómplice y, fundamentalmente, un sentido del humor a prueba de balas. Zayas entendía que el humor es la herramienta más efectiva para bajar las defensas de cualquier persona.

Su lista de conquistas y musas es vasta y digna de una leyenda. Actrices de la talla de Angélica Chain, con quien compartió pantalla en múltiples ocasiones; Maribel Guardia, quien vivió un intenso romance con él durante su juventud; o la icónica Sasha Montenegro, formaron parte de su entorno profesional y personal. Zayas admitía sin tapujos que era imposible no sentir atracción al trabajar diariamente con mujeres tan bellas. “Claro que sientes”, confesaba en entrevistas, subrayando que su mayor desafío era mantenerse profesional frente a la cámara mientras lidiaba con la química innegable del momento.

La vida detrás del telón

La vida personal de Alfonso Zayas fue tan intensa y vertiginosa como sus películas. Con ocho matrimonios a cuestas y nueve hijos, el actor nunca ocultó su forma de vivir. Se consideraba un hombre de su tiempo, alguien que prefería el calor de la experiencia real a la frialdad de las convenciones sociales. Aunque siempre guardó un respeto profundo por sus parejas, muchas de sus relaciones fueron fugaces, nacidas en el fragor de los rodajes y alimentadas por la complicidad que genera el trabajo artístico compartido.

Un ejemplo fascinante de su ética de trabajo y pasión fue la anécdota que compartió sobre una escena de cama con una actriz. Mientras director y equipo esperaban el corte, la pasión del momento se prolongó más allá de lo guionado. Estas historias, contadas con la picardía que lo caracterizaba, no hacían más que reforzar su imagen de hombre entregado a los placeres de la vida. A pesar de los divorcios y las pérdidas financieras —como aquel intento fallido de montar un centro nocturno en Cuernavaca—, Zayas mantuvo una actitud optimista. Era, a decir de quienes lo conocieron profundamente, una persona buena, incapaz de guardar rencor y siempre dispuesto a reírse de sus propios errores.

Un legado más allá del albur

Hacia el final de su carrera, Alfonso Zayas regresó a formatos más familiares, participando durante 16 años en el programa Sábado Gigante junto a Don Francisco. Esta etapa demostró que su capacidad para el humor no dependía del contexto “sexy” del cine de ficheras, sino de un don natural para la comedia.

Su fallecimiento en julio de 2021, a los 80 años, marcó el fin de una era. Sin embargo, su legado persiste. Como señalara el escritor Carlos Díaz Barriga, Zayas no solo hizo cine; expuso al México que nadie quería ver: el mexicano promedio en su esencia más desinhibida. Nos guste o no, sus películas son un documento histórico de una época donde la realidad, aunque fuera exagerada por la lente del humor, era compartida por todas las clases sociales.

Alfonso Zayas no buscaba la aprobación de los intelectuales ni la validación de la crítica académica. Su misión era clara y noble dentro de su género: divertir al pueblo, hacer reír a la gente en tiempos de crisis económica y crisis de identidad. En un mundo donde todo parece estar medido por el filtro de la corrección, recordar a Zayas es recordar un momento en el que el cine mexicano se atrevió a ser, simplemente, humano.

Fue un hombre que vivió intensamente, que no necesitó ser el más alto ni el más rico para conquistar lo que se propuso, y que se fue dejando una huella imborrable en el corazón de un país que aprendió a reír con él. El “Rey de las Ficheras” seguirá siendo, por mucho tiempo, una figura que nos recuerda que la verdadera seducción no está en el físico, sino en la capacidad de ver la vida con una sonrisa, sin miedo a ser nosotros mismos, con todos nuestros defectos y virtudes. Al final del día, Alfonso Zayas fue eso: un reflejo brillante y honesto de nuestra propia historia.

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