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Lucha Villa: Del Cuarto del Narco al Bisturí Que La Silenció

Lucha Villa: Del Cuarto del Narco al Bisturí Que La Silenció

A los 15 años se casó con un hombre 20 años mayor. A los 48 salía de la habitación de un narcotraficante cubierta de esmeraldas. A los 60 un visturí le robó la voz para siempre. Hoy tiene 88 años y no puede recordar ni una sola de las canciones que la hicieron inmortal. Su nombre era Luz Elena Ruiz Bejarano, pero el mundo la conoció como Lucha Villa, la grandota de Camargo.

 Y lo que una simple liposucción le hizo fue un crimen que nadie pagó. Esta es la investigación que  su familia guardó durante 27 años. Y hoy vas a descubrir cuatro  cosas que cambian todo lo que creías saber sobre la reina absoluta de la música ranchera. Primero,  la grabación de la última conversación antes de la cirugía, donde Lucha le confiesa a un amigo exactamente por qué tomó esa decisión fatal.

Las palabras que dijo esa noche revelan una inseguridad que nadie imaginaba. Segundo, las canciones que José Alfredo Jiménez le escribió en secreto y el testimonio de sus propios hijos, confirmando un romance prohibido que duró años mientras él estaba casado. Tercero, el testimonio de los escoltas  de don Neto Fonseca, líder del cártel de Guadalajara, que la vieron salir de una habitación  privada cubierta de joyas que no tenía cuando entró.

 Y cuarto, el documento médico que el hospital ocultó, donde el neurocirujano admite que el cirujano plástico mintió sobre cuántos minutos estuvo su cerebro sin oxígeno. Te voy a avisar cuando llegue cada una. Si te vas antes del final, te pierdes  la parte que su propia familia ha intentado borrar durante casi tres décadas. Guarda esta frase en tu mente.

 El show debe continuar. La vas a escuchar varias veces a lo largo de esta historia y cuando llegue el final  vas a entender por qué para Lucha Villa el show ya no pudo seguir. Todo comenzó en un pueblo  polvoriento del norte de México. Camargo, Chihuahua, 1936.  Un año después de que Lázaro Cárdenas nacionalizara el petróleo, un año antes de que la Segunda Guerra Mundial estallara en Europa.

 En ese México rural donde las carreteras eran de terracería y la electricidad era un lujo, una niña nace en una familia tan pobre que apenas  tienen para comer. Santa Rosalía de Camargo, un municipio perdido en el desierto chihuahüense, calles de tierra, casas  de adobe, gallinas picoteando en los patios, el sol implacable del norte quemando todo lo que toca.

 Su nombre es Luz Elena Ruiz Bejarano. Su madre es una mujer callada, dedicada a las labores del hogar, a estirar los centavos hasta que griten, a hacer milagros con nada más que frijoles y tortillas. Su padre es apenas un recuerdo difuso, una sombra que desaparece antes de que ella pueda formarse una imagen clara de su rostro.

Nadie habla de él, nadie explica por qué se fue. En las familias pobres del México de los años 40, los hombres que desaparecen no se cuestionan, simplemente se olvidan. Pero esa niña  tiene algo que nadie puede ignorar. Es alta, altísima para la época. 1,75 de estatura que la hace sobresalir como una torre entre  todas las demás niñas del pueblo.

 Cuando camina por las calles de Camargo, la gente voltea a verla. No solo por su altura, por algo más. Tiene una voz grave, ronca, poderosa. Una voz que sale de su garganta como si viniera de las entrañas de la tierra. Cuando canta en el coro de la Iglesia, el sacerdote tiene que pedirle que baje el volumen  porque opaca a todos los demás.

A los 12 años, Lucelena Ruiz Bejrano ya canta en fiestas familiares. Los vecinos la invitan, los tíos la presumen. Escuchen a la niña, dicen. Tiene algo especial. A los 14 empieza a cantar en pequeños eventos locales, bodas. Quinceañeras, fiestas patronales. Su voz retumba en los salones de baile de Camargo, como si el edificio entero fuera su instrumento.

A los 15 años  toma una decisión que marcará el resto de su vida. Se casa. Mario Miller tiene 35 años, ella apenas 15. Él es hermano de Paco Miller, un ventríloco ecuatoriano bastante conocido en el circuito del espectáculo. Él  tiene mundo, tiene experiencia, tiene 20 años más de vida que ella.

 ¿Por qué una niña de 15 años se casa con un hombre de 35? La respuesta está en las ollas vacías de su casa, en los vestidos remendados que usa, en la pobreza que la rodea como una prisión sin barrotes. El show debe continuar, le dice su madre cuando ella duda. La vida tiene que seguir adelante. El matrimonio es la salida.

  El matrimonio es la salvación. Y Luz Elena obedece. Porque en el México de los años 50  las niñas pobres no tienen muchas opciones. De ese matrimonio nacen sus dos primeros hijos, Rosa Elena, en 1953 y Carlos Alberto en 1954. Dos bebés en dos años. Una adolescente convertida en madre  antes de saber qué significaba ser mujer.

Pero el amor, si es que alguna vez existió, dura poco. 7 años después de la boda, todo se derrumba. Mario Miller desaparece de su vida tan  rápido como entró. Ahora imagina esto. Una mujer de 22 años, sola con dos hijos pequeños, sin dinero, sin educación formal, sin un oficio que le permita ganarse la vida dignamente.

En el México de los años 50, las opciones para una mujer en esa situación se cuentan con los dedos de una mano. Puede volver con su familia y vivir de la caridad de sus parientes. Puede buscar otro marido que la mantenga. Puede conseguir un trabajo de sirvienta o costurera. O puede apostar todo a lo único que tiene.

  Esa voz que sale de su garganta como un regalo del cielo. Lucelena elige la apuesta más arriesgada. Viaja a la ciudad de México sola, sin contactos, sin dinero, con apenas una maleta y un sueño que parece imposible. Sus hijos quedan al cuidado de familiares en Chihuahua, mientras ella persigue algo que todos le dicen que es una locura.

Una mujer norteña, sin conexiones, queriendo ser cantante  en la capital. Buena suerte con eso. Pero Lucelena no escucha. Toca puertas, recibe rechazos, duerme donde puede, come cuando puede, pasa días enteros sin saber dónde va a dormir esa noche y entonces llega el golpe de suerte que  cambia todo.

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