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Heredero viudo fingió pobreza buscando esposa, y solo la más sencilla mostró un amor genuino.

Heredero viudo fingió pobreza buscando esposa, y solo la más sencilla mostró un amor genuino

La primera en reírse fue Isabel.

No una risa suave, de esas que se escapan sin querer. No. Fue una risa alta, limpia, cruel, perfectamente calculada para que todos en el salón del Palacio de Valcárcel la escucharan.

—¿Casarme contigo? —repitió, mirando al hombre empapado que estaba de pie junto a la puerta del comedor—. Pero si hueles a establo.

El salón quedó suspendido en un silencio incómodo.

Fuera llovía sobre los montes de Asturias como si el cielo quisiera arrancar los cristales. Dentro, bajo lámparas de araña, retratos antiguos y mesas vestidas con lino blanco, treinta invitados de apellidos largos, relojes caros y sonrisas entrenadas observaban la escena con esa curiosidad venenosa que aparece cuando alguien está a punto de ser humillado y nadie quiere perderse el espectáculo.

El hombre se llamaba Mateo. O eso creían ellos.

Llevaba botas embarradas, una chaqueta vieja de lana, la barba de varios días y las manos ásperas de quien trabaja con tierra, madera y animales. Acababa de entrar desde las cuadras para avisar que el camino principal estaba cortado por una riada. Pero Rodrigo, primo del dueño del palacio, había decidido convertirlo en entretenimiento.

—Vamos, Mateo —dijo Rodrigo, levantando una copa—. Ya que estás aquí, dinos algo. ¿A cuál de estas señoritas pedirías matrimonio si pudieras elegir?

Varias mujeres se miraron, divertidas.

Mateo no respondió.

—No seas tímido —insistió Rodrigo—. Imagina que no eres un jornalero sin futuro. Imagina que tienes una oportunidad.

Isabel, vestida de rojo oscuro, con diamantes en las orejas y una seguridad que rayaba en desprecio, se inclinó hacia él.

—Venga. Atrévete.

Mateo la miró con calma.

—Si el matrimonio dependiera solo de belleza, quizá muchos elegirían mal.

Hubo un murmullo.

Isabel dejó de sonreír.

—¿Perdona?

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