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SE DESTAPA el OSCURO SECRETO que JACOBO ZABLUDOVSKY OCULTÓ Durante AÑOS..El KARMA Destruyó a su HIJO

El 2 de octubre de 1968, mientras los atletas del mundo entero se preparaban para desfilar bajo el sol de México en los primeros Juegos Olímpicos de América Latina, en la Plaza de las Tres Culturas de Tlatelolco, el ejército mexicano abrió fuego contra una multitud de estudiantes. Y el número exacto de muertos todavía no se sabe con certeza, porque el gobierno de entonces hizo todo lo posible para que ese número nunca existiera en los registros oficiales.
Y en medio de ese silencio organizado, blindado por instituciones, sostenido por periodistas, ejecutado con la complicidad de una televisión que desó mirar hacia otra parte, apareció un nombre que durante décadas fue sinónimo de la verdad en México, Jacobo Sabludowski, el conductor más poderoso de la televisión mexicana, el hombre que entró a millones de hogares cada noche durante casi tres décadas, como si su voz fuera era el sello con que el país autenticaba la realidad y a quien se le atribuyó una frase que todavía escuce en
la memoria nacional como si acabara de ser pronunciada. Una frase que sus defensores niegan que los hechos no confirman del todo, pero que sobrevivió porque no necesitaba ser cierta para ser justa. Porque a veces una sociedad no condena una oración, condena una época completa. Y esa frase, ese hombre, ese apellido, y lo que ese apellido le hizo a su propio hijo, es lo que vas a entender hoy con una claridad que ningún noticiero de aquellos años se atrevió a tener.


Hay cuatro cosas en esta historia que cambian todo lo que creías a beber sobre los Abludowski y cada una es más perturbadora que la anterior porque la primera tiene que ver con cómo un hijo de inmigrantes nacido en la pobreza del centro de la Ciudad de México se convirtió en el guardián oficial de la versión autorizada de la realidad durante los años más brutales del poder priista.
La segunda tiene que ver con cómo un noticiero llamado 24 horas no fue simplemente un espacio informativo, sino una maquinaria capaz de administrar qué dolor merecía pantalla y cuál debía ser borrado antes de que el país lo viera. La tercera tiene que ver con cómo el apellido que parecía una fortaleza se fracturó en el año 2000, cuando Abraham, el hijo criado para heredar el trono, fue descartado por la misma empresa que lo había formado.
Y la cuarta, la más cruel, tiene que ver con cómo ese mismo hijo terminó años después en terapia intensiva en el hospital APC, mientras se difundían mensajes urgentes pidiendo donadores de sangre para mantener vivo al heredero de una dinastía que ya no podía salvarse a sí misma. Y todo esto, cada uno de estos cuatro puntos, conecta con el mismo origen, con la misma raíz, con la misma decisión que Jacobo tomó durante décadas de administrar el silencio como si fuera una forma superior de periodismo y cuya factura, como ocurre con casi todas las facturas
grandes, no la pagó él sino su hijo. Pero antes de llegar a Abraham, antes de llegar al hospital, antes de llegar a las deudas y los embargos y los expedientes y la humillación pública, hay que entender de dónde venía Jacobo, porque su historia no empieza en un estudio de televisión, empieza en una vecindad ruidosa y polvorienta del centro de la Ciudad de México, en 1928, en una familia de inmigrantes judíos de origen polaco que llegaron a América con el miedo antiguo de Europa, pegado en la roxa y la urgencia de sobrevivir en un
continente que no los esperaba. Y ese niño que nació con el apellido Sabludowski Krabetsky, hijo de David y Raquel, creció en un mundo donde la pobreza no era un concepto abstracto, sino una presión cotidiana, donde el apellido extranjero podía cerrarte puertas antes de que las tocaras, donde la única moneda que no dependía de la fortuna de nacimiento era la palabra, la capacidad de hablar, de convencer, de hacer que otros te escucharan aunque no tuviera nada más que oprese.
Y Jacobo aprendió esa lección con una velocidad que solamente aprenden quienes no tienen otra opción, porque entendió desde muy joven que en México quien controla el relato controla algo más profundo que el dinero, controla la percepción, controla la memoria, controla lo que la gente cree que ocurrió, aunque haya ocurrido algo completamente distinto.
Y en esa misma familia había otro Abraham, no el hijo que décadas después cargará el peso de esta historia, sino el hermano mayor de Jacobo, un hombre nacido en 1924 que eligió el concreto en lugar de las palabras, los planos en lugar de los micrófonos y que dejó más de 200 obras en la ciudad como arquitecto, museos, espacios públicos, edificios que podían tocarse con las manos, estructuras que sobrevivirían gobiernos, terremotos, presidentes y escándalos, mientras su hermano menor levantaba una construcción de otro tipo, invisible, intangible,
hecha de credibilidad acumulada noche tras noche, de una voz que con el tiempo se volvió más sólida que cualquier pared de concreto y más difícil de demoler, aunque más fácil de heredar como ruina que como gloria, porque los edificios se traspasan enteros, Pero las reputaciones se traspasan fragmentadas y lo que un hijo recibe del padre no siempre es la corona.
A veces es la deuda que la corona escondía. Y ese detalle, el del arquitecto Abraham frente al periodista Abraham, el del tío que levantó muros que podían verse. Fren recibió sombras que no podían tocarse. Ese contraste es una de las claves más incómodas de toda esta historia. Y vas a entender por qué cuando lleguemos al año 2000. Jacobo Sabludowski llegó al periodismo cuando la televisión mexicana era todavía una criatura joven que no sabía bien qué era, si una extensión del poder o un servicio público, si una ventana al mundo, o un espejo que mostraba
únicamente lo que el poder quería que la gente viera. Y él entendió antes que la mayoría cómo funcionaba esa maquinaria y cuál era el papel exacto que él podía jugar dentro de ella, porque había una diferencia entre informar y presidir la información, entre narrar los hechos y decidir cuáles hechos merecían narración.
Y Jacobo no tardó en ocupar el segundo lugar, el lugar donde la influencia real no está en lo que se dice, sino en lo que se omite. No en las preguntas que se hacen, sino en las que se consideran improcedentes, no en las tragedies que se narran, sino en las que se dejan fuera del cuadro antes de que la cámarca se encienda.
Y todo eso qued

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