Los 13 cuerpos estaban en la calle cuando llegó la policía municipal de Tula de Allende a las 11:40 de la mañana de un jueves de mayo, no dispersos, agrupados, en un radio de 15 m alrededor de un puesto de tortillas con toldo azul que cualquier vecino de esa calle del barrio Santa María reconocía de llevar ahí los últimos 16 años.
Los coletes del CJNG eran visibles desde la esquina, las armas en el suelo, los radios de comunicación que nadie había alcanzado a usar, porque lo que les había pasado no fue lo suficientemente rápido para que alcanzaran a usarlos, pero tampoco fue lo suficientemente lento para que pudieran identificar en qué momento empezó.
El primer oficial que llegó a la escena se quedó parado durante varios segundos antes de hacer nada. No por falta de entrenamiento, porque la escena no correspondía a ningún patrón de lo que ese barrio de Tula de Allende había producido en los años que llevaba en esa zona. No había marcas de bala, no había señales de enfrentamiento, no había el tipo de evidencia que una muerte violenta ordinaria deja en el espacio donde ocurre.
ministradores anteriores, que habían sido las propias familias del barrio, ya no tienen esa función.
Refugio pagó todos los meses sin retraso, sin discusión, con la puntualidad que produce. No la aceptación, sino la estrategia de quien sabe que la puntualidad en el pago elimina las visitas adicionales que los pagos tardíos generan. Porque las visitas adicionales eran el problema, no el dinero del piso, que dolía que era calculable.
Las visitas adicionales eran las que producían lo que refugio había comenzado a documentar en una libreta de cuadros que guardaba debajo de la tabla del fondo del cajón donde guardaba el dinero del día, fechas, nombres, alias, lo que decían, lo que hacían, los que comían en el puesto sin pagar, que eran todos, porque en esa dinámica específica, el puesto de refugio.
Había pasado a ser el lugar donde la célula del CJNG, en ese barrio desayunaba, almorzaba y a veces cenaba sin que nadie pusiera sobre el comal dinero que la comida costaba. [carraspeo] Refugio anotaba todo con la letra apretada de quien escribe para recordar y no para mostrar. Y mientras anotaba, pensaba con la paciencia de alguien que tiene 16 años de levantarse a las 4:30 de la mañana y que ha aprendido que las cosas que requieren tiempo se construyen en el tiempo que requieren.
Lo que Refugio Mendoza Salazar estaba construyendo en esa libreta de cuadros con las fechas y los alias y las notas sobre lo que cada uno comía y bebía cuando llegaba al puesto, era algo que en ese momento no tenía nombre claro, pero que en el momento en que llegara el día que ella sabía que iba a llegar, iba a hacer exactamente lo que necesitaba hacer.
El día llegó un martes de abril, cuatro semanas antes del jueves de mayo. El que hablaba esa tarde no era el joven de la primera visita, era un hombre de más de 40 años que en la libreta de refugio aparecía bajo el alias el gordo y que en los meses anteriores había comido en el puesto con frecuencia suficiente para que refugio supiera exactamente qué pedía, cómo lo comía y en qué horario llegaba.
El gordo le dijo a refugio que el monto del piso iba a subir más del doble y que si había problema con eso, el problema era de ella. Luego le dijo algo más con el tono específico del insulto, que no se disfraza de otra cosa, porque la persona que lo dice no considera que disfrazarlo sea necesario.
Le dijo que si no pagaba, lo primero que iba a dejar de existir no era el puesto. Refugio lo escuchó, no respondió. asintió con el gesto de quien ha entendido y va a cumplir. Cuando el gordo se fue, refugio se quedó sola frente al comal. El barrio seguía su tarde ordinaria alrededor de ella. Un niño en bicicleta, una señora con bolsas del mercado, el ruido de la televisión de la casa de enfrente.
Refugio puso las manos sobre el comal apagado. La superficie metálica estaba tibia todavía del calor de la mañana. y tomó la decisión que había estado construyendo durante 4 años sin saber exactamente que la estaba construyendo, no con rabia, con la calma de alguien que ha llegado al punto donde la única respuesta que tiene disponible es también la única respuesta que está dispuesta a dar. 4 semanas.
Eso era lo que necesitaba. Lo que refugio necesitaba en esas cuatro semanas no era lo que cualquiera hubiera imaginado que necesitaba. No un arma que no tenía y que no habría sabido usar de manera que produjera el resultado que buscaba. No ayuda de nadie, porque lo que había decidido era exactamente el tipo de cosa que cuando se comparte deja de ser posible, no dinero adicional, porque lo que tenía disponible era suficiente para lo que había planeado.
Lo que necesitaba era información y la información ya la tenía en la libreta de cuadros debajo de la tabla del cajón. 4 años de fechas y alias y patrones. ¿Qué días llegaban? en qué horarios, cuántos eran, qué comían, qué tomaban. Refugio había anotado todo eso sin saber exactamente para qué. Ahora sabía para qué.
La pregunta que siguió a la decisión no era sí, era cómo, y la respuesta al cómo era algo que Refugio Mendoza Salazar, mujer de 58 años, que había pasado 4 años alimentando a los hombres que la extorsionaban, tenía en las manos con la precisión que dan 16 años de comal. Sabía exactamente lo que comían, sabía exactamente lo que tomaban y sabía, con la certeza de alguien que ha dedicado su vida a preparar comida exactamente lo que era posible hacer con eso que sabía.
Lo que siguió en las cuatro semanas antes del jueves de mayo fue lo más difícil que Refugio Mendoza Salazar había hecho en 58 años. No por la acción, por la espera, por seguir llegando al puesto a las 4:30 de la mañana, por seguir sirviendo la comida con la misma mano, por seguir siendo la misma mujer que el barrio conocía y que la célula del CJNG en ese barrio creía que tenía completamente calculada.
Eso requería una forma de control que no se aprende en ningún lugar, se tiene o no se tiene. Y Refugio Mendoza Salazar lo tenía con la misma naturalidad con que había llegado al puesto durante 16 años, todos los días sin faltar uno. Lo primero que Refugio hizo al día siguiente de la visita del gordo fue algo que, en apariencia no tenía ninguna relación con lo que había decidido la tarde anterior.
Fue al mercado de Tula, no al mercado donde compraba la masa y los insumos del puesto, que era el mercado de siempre, el que los vendedores la conocían por nombre y donde llevaba años comprando en los mismos puestos. Fue al mercado de la otra zona de la ciudad. el más grande, el que tiene más vendedores y más movimiento, y donde una mujer de 58 años con bolsas de mandado no genera el tipo de atención que genera en un mercado pequeño donde todos se conocen.
compró varias cosas, no de golpe, en días distintos, en puestos distintos, con la distribución de alguien que está haciendo el mandado ordinario de quien tiene un negocio de comida y necesita variedad de ingredientes. Entre esas compras había una que no era para el puesto. Fugio Mendoza Salazar no tenía formación química, no había estudiado más allá de la secundaria, pero tenía algo que ninguna formación académica puede dar con la misma profundidad.
58 años de vida en comunidades rurales de Hidalgo, donde el conocimiento sobre plantas, sobre sus usos y sus efectos circula entre las mujeres de la misma manera en que circulan las recetas y los remedios caseros, como información práctica transmitida de generación en generación con la precisión que la práctica produce cuando la teoría no está disponible.
Lo que refugio sabía sobre ciertas plantas no era conocimiento académico, era el conocimiento específico de quien ha visto cómo se usan, cuándo se usan y en qué cantidades producen qué efectos. el conocimiento que su abuela le había dado sin que ninguna de las dos pensara en ese momento que iba a tener el uso que iba a tener.
Lo que eligió no era el tipo de sustancia que produce una muerte inmediata y dramática. era algo más lento, más silencioso, del tipo que cuando produce sus efectos los produce de una manera que en el momento en que ocurre no necesariamente es distinguible de otras causas, especialmente si quien está examinando la escena no está buscando eso específicamente.
Eso importaba, no para protegerse. refugio había decidido desde el principio que no iba a intentar ocultarlo para garantizar que lo que había planeado ocurriera completamente antes de que alguien pudiera interrumpirlo. Las cuatro semanas de preparación tuvieron dos dimensiones que ocurrieron en paralelo. La primera fue la práctica.
Refugio preparó la sustancia en cantidades pequeñas durante varios días, verificando que el proceso que su memoria guardaba producía el resultado que esperaba. Lo hizo en su casa de noche con la meticulosidad de alguien que no puede permitirse un error en algo que no tiene segunda oportunidad, no en la comida, en líquido.
Esa había sido la decisión más importante de todo el proceso, porque refugio sabía después de 4 años de observarlos, que los hombres del CJNG comían de maneras distintas unos de otros. Algunos pedían más frijoles, otros más salsa, algunos no comían determinadas cosas, pero todos, sin excepción, tomaban el agua de Jamaica que refugio preparaba todos los días con la misma receta desde hacía 16 años.
El agua de Jamaica era el elemento constante. Refugio había comenzado a preparar el agua con concentración progresivamente más alta de la sustancia desde tres semanas antes del día planeado. No suficiente para que el efecto fuera perceptible de inmediato. Suficiente para que el cuerpo de cada uno de los que tomaban regularmente fuera acumulando lo que necesitaba acumular.
La segunda dimensión de las cuatro semanas fue algo que refugio no había anticipado que necesitaría, pero que en algún punto de la segunda semana entendió que era necesario. Escribió una carta no a la policía, no a ninguna autoridad, a Daniela. La carta no explicaba en detalle lo que había planeado.
Explicaba por qué, con la honestidad de una madre que le escribe a su hija, sabiendo que lo que escribe va a ser leído después de que el antes ya no exista. le explicó los 4 años, el piso, la libreta, el martes del gordo y la cadena de razones que la había llevado a la decisión que había tomado. No pidiéndole comprensión, refugio, sabía que la comprensión de ese tipo no se pide, se gana o no se gana con el tiempo, sino dándole la información que Daniela necesitaría para entender que su madre no había perdido la razón.
que había hecho exactamente lo contrario. Dobló la carta, la metió en un sobre, la guardó en el mismo cajón donde estaba la libreta y continuó llegando al puesto a las 4:30 de la mañana. El día que refugio eligió para lo que había planeado, no fue elegido al azar. Fue elegido porque era el día donde la libreta de 4 años indicaba que la probabilidad de que estuvieran todos era más alta.
El último jueves de mayo, cuando la célula del barrio habitualmente hacía lo que en el lenguaje interno del CJNG se llama reunión de cuadra, el encuentro semanal donde los operadores de un sector se reúnen para coordinar, reportar y recibir instrucciones. Esas reuniones habían ocurrido según la libreta de refugio, en distintos puntos del barrio a lo largo de 4 años.
En los últimos seis meses habían migrado al puesto porque el puesto era cómodo, porque la comida era buena, porque refugio los trataba con el respeto silencioso de quien sabe que no tiene otra opción. Refugio sabía que ese jueves iban a llegar todos, no los tres o cuatro de las visitas ordinarias, todos. 13.
La noche anterior al jueves, refugio no durmió, no por nervios. Por elección pasó la noche en la cocina de su casa preparando lo que el día siguiente requería con la minuciosidad de alguien que quiere que cada elemento esté exactamente donde necesita estar. Llegó al puesto a las 4 de la mañana, media hora antes de siempre. Instaló todo con los movimientos que tenía automatizados después de 16 años.
el comal, la masa, las salsas, los frijoles y el agua de Jamaica. Preparada esa noche con la concentración que las tres semanas de progresión habían construido hacia ese punto, el punto donde lo que había estado acumulándose en cada uno de los 13 cuerpos que habían tomado esa agua durante semanas, iba a encontrar lo que necesitaba para completar el proceso.
No era veneno en el sentido de la película donde alguien cae al suelo en 30 segundos. era algo más preciso y más terrible, la acumulación que llega al umbral, donde el organismo ya no puede compensar, que puede tardar horas en manifestarse de manera visible y que cuando se manifiesta lo hace de una manera que en el primer examen no necesariamente indica causa.
Los primeros llegaron a las 8:15, el gordo entre ellos. refugio lo sirvió con la misma mano de siempre, las tortillas del comal, los frijoles, la salsa y el agua de jamaica en los vasos de plástico azul, que llevaban 16 años, siendo los vasos del puesto. Comieron, hablaron entre ellos con la conversación de quienes están en territorio que consideran propio.
Alguno hizo una broma, otro pidió más tortillas. El gordo tomó dos vasos de agua de Jamaica porque siempre tomaba dos vasos de agua de Jamaica. Refugio lo sirvió sin cambiar nada en la expresión, sin cambiar nada en los movimientos, con la consistencia de alguien que ha practicado ser exactamente lo que es durante 4 años y que sabe que lo que está haciendo es lo último que va a hacer en este espacio que ha sido el centro de su vida durante 16.
El último de los 13 llegó a las 9:20. Refugio lo reconoció de la libreta. Era el que llegaba siempre tarde y que siempre pedía que le guardaran tortillas porque sabía que para esa hora ya se habían acabado las mejores. Refugio le guardó tortillas. Como siempre, a las 10:30, cuando el primero comenzó a notar que algo no correspondía con lo que su cuerpo hacía normalmente, refugio ya había recogido el delantal, lo había doblado con la prolijidad de quien hace esa cosa por última vez y quiere que el último gesto tenga el mismo cuidado que
los 16 años de gestos anteriores. puso el delantal sobre el banco del puesto, sacó el teléfono, marcó el número de Daniela. “Mi hija”, dijo cuando Daniela contestó, “Mamá, ¿qué pasó? ¿No llamas a esta hora?” “Nada malo, dijo refugio. Y en ese momento, con la precisión de alguien que ha pensado en las palabras exactas durante semanas, dijo lo que había decidido decirle. Solo quería escucharte antes.
Hay una carta en el cajón de abajo. Léela cuando puedas. Mamá, ¿qué? Cuídate mucho, mija, y cuida a los niños. Colgó. se quedó parada frente al comal apagado durante un momento. El barrio Santa María de Tula de Allende seguía su mañana de jueves con la normalidad de los barrios que no saben todavía lo que está ocurriendo en una de sus calles.
Refugio Mendoza Salazar esperó con las manos juntas, con la calma de alguien que ha llegado al final de algo que comenzó 4 años atrás, en una mañana de martes, cuando tres hombres se pararon frente a su puesto y le explicaron cómo iba a funcionar el mundo desde ese momento. A las 11:20, los últimos dos que todavía estaban en pie cayeron.
A las 11:40 llegó la policía municipal y refugio extendió las manos. El juzgado de distrito de Tula de Allende no era un edificio que impresionara desde afuera, una fachada de concreto gris con la leyenda del poder judicial de la federación sobre la puerta principal. Dos escalones, un guardia que revisaba las bolsas, la sala de audiencias en el segundo piso con capacidad para 80 personas y sillas de plástico beige del tipo que en México aparece en todas las instituciones públicas sin importar su función.
El día del inicio del juicio oral contra refugio Mendoza Salazar, había más de 200 personas intentando entrar a una sala diseñada para 80. No eran periodistas solamente, aunque había periodistas. No eran curiosos solamente aunque había curiosos. La mayoría eran personas del barrio Santa María de Tula de Allende y de los barrios vecinos que habían llegado desde las 6 de la mañana.
para garantizarse un lugar en las sillas de plástico beige, donde iban a presenciar algo que ninguno de ellos había anticipado que iba a ocurrir cuando Refugio Mendoza Salazar extendió las manos frente a la policía municipal 3 meses antes. El proceso penal acusatorio mexicano establece que el juicio oral es público, que cualquier persona tiene derecho a presenciarlo, que las audiencias se desarrollan ante el juez que escucha los argumentos, evalúa las pruebas y dicta sentencia.

Lo que el proceso no establece es lo que ocurre cuando la persona en el banquillo de los acusados es una mujer de 58 años con un delantal floral. Y cuando la acusación que el Ministerio Público presenta es el homicidio de 13 integrantes de una de las organizaciones criminales más poderosas del país.
Y cuando el barrio donde esos tres operaban llena el juzgado y los pasillos y la calle de afuera con la presencia de quien ha venido a ver algo que entiende de una manera que los argumentos jurídicos no pueden capturar completamente. La abogada defensora se llamaba Verónica Aguirre Torres, 44 años, 12 de experiencia en el sistema acusatorio.
No había buscado el caso. El caso la había encontrado a través de una organización de mujeres defensoras de Hidalgo, que había contactado a Daniela en los días siguientes a la detención. Verónica Aguirre había leído el expediente completo en 48 horas. había visitado a refugio en el centro de detención provisional y había tomado el caso con la certeza de alguien que ha identificado exactamente cuál es el argumento correcto y que sabe que el argumento correcto en el sistema acusatorio mexicano presentado con la evidencia correcta ante el juez correcto
puede producir el resultado que la lógica produce cuando se aplica completamente. El argumento era el estado de necesidad en el derecho penal mexicano, el estado de necesidad es la circunstancia en que una persona comete un acto que ordinariamente constituiría delito, porque era la única manera disponible de proteger un bien jurídico de mayor valor ante una amenaza real, grave e inminente, que no podía enfrentar de otra manera.
No es una justificación que se invoca fácilmente. Requiere demostrar que la amenaza era real, que la respuesta era proporcional al bien que se protegía y que no existía ninguna opción alternativa disponible que hubiera producido el mismo resultado sin el daño causado. Verónica Aguirre tenía para demostrar todo eso algo que la mayoría de los casos de defensa por estado de necesidad no tiene.
La libreta. 4 años de documentación. Fechas verificables. Alías que los peritos de la fiscalía pudieron cruzar con los nombres reales de los 13 fallecidos con resultados de correspondencia directa en 11 de los 13 casos. Los montos del piso documentados mes a mes, las amenazas documentadas con la letra apretada de una mujer que escribía para recordar y la amenaza final del gordo, que en el expediente de investigación del Ministerio Público aparecía corroborada por el testimonio de dos vecinos del barrio que habían
presenciado la conversación desde una distancia que permitía ver sin escuchar, pero que habían visto suficiente para describir con precisión. El Ministerio Público presentó su caso con la metodología que ese tipo de acusación requiere. 13 muertos. Causa de muerte establecida por toxicología. Responsabilidad de refugio Mendoza Salazar. Admitida por la propia acusada.
El argumento del estado de necesidad, dijo el agente del Ministerio Público en la audiencia de apertura. No era aplicable, porque la amenaza que la acusada describía no era inminente en el momento de los hechos. La visita del gordo había ocurrido cuatro semanas antes. Refugio había tenido tiempo de buscar otras opciones.
Era un argumento técnicamente correcto en su formulación. Era también el argumento que Verónica Aguirre había anticipado con la exactitud de alguien que ha estudiado el expediente durante 3 meses y que sabe exactamente dónde va a estar la línea de ataque de la acusación. Su señoría, dijo Verónica Aguirre cuando le correspondió responder.
El Ministerio Público argumenta que mi defendida tuvo tiempo para buscar otras opciones. Me permito preguntarle al Ministerio Público cuáles eran esas opciones en el contexto específico de esta mujer en este barrio en este momento. que siguió fue la presentación de evidencia que Verónica Aguirre había preparado con la minuciosidad de quien sabe que cada elemento tiene que sostenerse por sí solo y en conjunto.
Primero, el historial de denuncias en el barrio Santa María de Tula de Allende en los 4 años anteriores. número de denuncias presentadas ante el Ministerio Público Local por extorsión vinculada al crimen organizado. 14. El número de esas denuncias que había producido algún tipo de resultado institucional verificable, cero.
Segundo, el testimonio de tres vecinos del barrio que describieron ante el juez en audiencia pública lo que habían visto en 4 años de presencia del CJNG en esa zona. Sus voces temblaban. No todos podían dar sus nombres completos porque sus familias seguían viviendo en ese barrio.
El juez autorizó la declaración parcialmente protegida de dos de los tres. Tercero, el testimonio de la propia refugio. Cuando Refugio Mendoza Salazar tomó la silla del testigo que en el sistema acusatorio mexicano no es el estrado elevado de las películas americanas, sino una silla ordinaria frente al juez. A la misma altura que todos los demás en la sala.
El juzgado de Tula de Allende produjo el silencio que producen los espacios públicos cuando algo que ocurre en ellos tiene el peso suficiente para que incluso las personas que estaban en los pasillos y en la calle intenten escuchar. Refugio habló durante 90 minutos sin que Verónica Aguirre tuviera que guiarla más que en los momentos donde la precisión jurídica requería una pregunta específica.
habló del comal a las 4:30 de la mañana, de los 16 años de Ernesto, de Daniela, de la primera visita de los tres hombres, del piso que pagó todos los meses de la libreta y habló del martes del gordo. Lo describió con la precisión que producen las cosas que se recuerdan, no porque uno quiera recordarlas, sino porque no hay manera de no recordarlas.
lo que el gordo había dicho, el tono, la amenaza que no era sobre el dinero y lo que ella había pensado cuando sus manos tocaron el comal todavía tibio después de que el gordo se fue. ¿Por qué no fue a la policía?, preguntó Verónica Aguirre. refugio la miró. Luego miró al juez y respondió con la voz que tiene quien está diciendo algo que lleva años siendo verdad, aunque nadie se lo haya preguntado directamente.
Porque en ese barrio, señoría, la policía no llega, llega después, llega cuando ya no hay nadie a quien ayudar. En 4 años vi a mis vecinos denunciar. Vi lo que les pasó después de denunciar. Yo tengo una hija, tengo nietos. No podía denunciar y esperar a que llegaran después. El agente del Ministerio Público objetó la respuesta como especulativa.
El juez desestimó la objeción. Lo que siguió en los días posteriores de audiencia fue la presentación de los informes periciales, la toxicología que establecía la causa de muerte con precisión, el análisis de los restos del agua de Jamaica encontrada en los vasos del puesto que confirmaba la presencia de la sustancia y algo que ninguna de las partes había anticipado completamente.
el análisis de la libreta por un perito en documentos que estableció que las anotaciones eran consistentes en tiempo, tinta y deterioro del papel con un registro mantenido durante aproximadamente 4 años. La libreta era real, las fechas eran reales, la documentación era real. El agente del Ministerio Público contrainterrogó a refugio durante tres horas en la audiencia siguiente.
Buscó contradicciones. Buscó el momento donde la historia que ella contaba produjera la fisura que la narrativa de la premeditación requería para sostenerse como argumento de condena en lugar de como argumento de defensa. No la encontró porque no había fisura. Refugio Mendoza Salazar había pasado 4 años viviendo exactamente lo que describía.
Y las personas que viven algo durante 4 años y lo documentan durante 4 años no producen fisuras cuando lo cuentan, porque no están contando una historia construida. Están describiendo lo que fue. El último día de audiencias, antes de que el juez se retirara a deliberar, Verónica Aguirre presentó su argumento de cierre.
No lo presentó con el tono dramático de los abogados defensores de las series de televisión. Lo presentó con la metodología del sistema acusatorio, referencia a la evidencia presentada, aplicación del marco jurídico del estado de necesidad. Conclusión lógica, pero al final, después del argumento jurídico, dijo algo que no era jurídico, que el juez escuchó en el silencio de una sala donde las 200 personas que habían vuelto cada día de audiencia escuchaban también, “Mi defendida no actuó con el deseo de matar, actuó con el deseo de sobrevivir
y actuó así porque el Estado que tiene la obligación constitucional de garantizar su seguridad. No estuvo presente cuando lo necesitó. Durante 4 años, 14 denuncias en su barrio, ningún resultado. Refugio Mendoza Salazar no reemplazó al Estado. Hizo lo que el Estado no hizo cuando tenía la obligación de hacerlo.
El juez deliberó durante dos días. Cuando volvió a la sala, el juzgado de Tula de Allende estaba otra vez con más personas de las que cabían, los pasillos llenos, la calle de afuera con gente que no había podido entrar, pero que tampoco se había ido. El juez leyó la resolución con la voz plana que el sistema acusatorio requiere para las resoluciones judiciales, sin dramatismo, sin pausa adicional, con la precisión del lenguaje jurídico que dice exactamente lo que dice, sin añadir nada que no sea necesario. Pero lo que decía era esto,
que la evidencia presentada establecía la existencia de una amenaza real. continua y grave sobre la integridad y la vida de la acusada y de su familia, que la acusada había agotado dentro de las posibilidades reales disponibles para una persona en su situación específica, las alternativas no violentas, sin obtener respuesta institucional efectiva, que la acción de la acusada, aunque constitutiva de homicidio en su forma material, había sido ejecutada en condiciones que el orden ordenamiento jurídico mexicano
reconoce como estado de necesidad justificante que en consecuencia Refugio Mendoza Salazar quedaba absuelta de los cargos presentados en su contra por el Ministerio Público. Lo que ocurrió en la sala del juzgado de Tula de Allende en el momento en que el juez pronunció esa última palabra fue algo que ningún reporte oficial iba a capturar con exactitud porque los reportes oficiales no tienen el lenguaje para ello.
200 personas en una sala de 80. los pasillos, la calle y el sonido que producen 200 personas cuando algo que habían estado esperando escuchar finalmente llega. Refugio Mendoza Salazar salió del juzgado de Tula de Allende a las 4:17 de la tarde con la misma ropa con que había entrado esa mañana. Daniela estaba esperando en el pasillo con los dos nietos que no entendían exactamente qué había pasado, pero que entendían que su abuela estaba saliendo con ellos y no quedándose en el edificio gris.
Verónica Aguirre le estrechó la mano afuera, no con la efusividad de la victoria, con la firmeza de quien sabe que lo que acaba de ocurrir tiene un peso que el lenguaje de la victoria no alcanza a describir. ¿A dónde va a ir?, le preguntó Verónica. Refugio pensó durante un momento. Era la primera vez en tres meses que la pregunta de a dónde ir tenía más de una respuesta posible.
A casa de Daniela por ahora dijo. Y el puesto refugio miró a Daniela. Luego miró a algún punto detrás de Verónica, que no era ningún punto específico, sino el tipo de distancia que la mente mira cuando está procesando algo que no cabe en el presente inmediato. “El puesto ya no existe”, dijo finalmente.
Y en esa frase no había tristeza exactamente. Había la descripción objetiva de algo que había terminado de la única manera en que podía terminar. La absolvición de refugio Mendoza Salazar produjo reacciones que en ningún caso fueron simples. El Ministerio Público anunció que estudiaría la posibilidad de apelar la resolución.
era el movimiento procesal esperado. El análisis que los abogados que siguieron el caso de cerca hicieron de las posibilidades de una apelación exitosa fue consistente. La evidencia presentada por la defensa era sólida. El marco jurídico del estado de necesidad había sido aplicado con precisión y la apelación enfrentaría el mismo problema que el juicio había enfrentado desde el principio.
Que la libreta existía, que los testimonios existían, que los 14 expedientes de denuncia sin respuesta en el barrio Santa María existían. La apelación nunca se presentó, no porque el Ministerio Público hubiera concluido que la resolución era justa, sino porque había algo más complicado que la justicia, operando en la decisión de no apelar, que era la visibilidad.
El caso de Refugio Mendoza Salazar había generado una atención que ninguna institución involucrada tenía interés en amplificar con un proceso de apelación que volvería a poner en el centro de la conversación pública los 14 expedientes sin respuesta y la pregunta que refugio le había hecho al juez sobre por qué no fue a la policía.
Esa pregunta era la más incómoda de todas, más que los 13 muertos. más que el método, más que cualquier otro elemento del caso, porque tenía una respuesta que el sistema no podía refutar sin admitir exactamente lo que la respuesta decía. El barrio Santa María de Tula de Allende procesó la absolución de refugio con la discreción que había aprendido en 4 años de tener una célula del Seca TNG operando en sus calles.
No hubo celebraciones visibles, no hubo declaraciones públicas de los vecinos que habían llenado el juzgado. que hubo fue el silencio específico de un lugar que ha experimentado algo que entiende, pero que sabe que nombrar, tiene costos que la celebración no vale. Daniela habló con su madre esa noche en la casa pequeña de Catepec, donde vivía con los niños.
Le preguntó lo que había querido preguntarle desde que leyó la carta del cajón. ¿Lo volvería a hacer? refugio la miró durante un momento largo con la expresión de alguien que está evaluando si la pregunta tiene una respuesta honesta disponible o si la honestidad en ese caso requiere más tiempo del que ese momento permite. No lo sé, dijo finalmente y era la respuesta más honesta que tenía.
No porque dudara de la decisión que había tomado, sino porque la decisión que había tomado la había llevado a un lugar donde el comal ya no existía y donde la vida que había construido en 16 años había terminado de una manera que no tenía continuación visible todavía. “Lo que hiciste fue lo correcto”, preguntó Daniela.
El juez dijo que sí, respondió refugio. Eso no es lo que te pregunté. Refugio tomó el café que Daniela le había preparado. Lo miró durante un momento. Lo que hice fue lo que tenía dijo. Si era lo correcto o no, es una pregunta que no me toca a mí responder. Daniela no respondió. Los dos nietos dormían en el cuarto del fondo.
La casa de Ecatepec tenía el silencio de las casas donde hay niños pequeños dormidos, que es el silencio más quieto que existe. El caso de Refugio Mendoza Salazar no fue el primero en el sistema judicial mexicano donde el estado de necesidad fue invocado exitosamente en un contexto de crimen organizado, pero fue el que mayor atención generó.
por la especificidad de la situación y por el número de personas involucradas y se convirtió en los meses siguientes en referencia en los debates sobre cómo el sistema penal mexicano procesa las situaciones donde el Estado ha fallado en su obligación de protección y donde el ciudadano ha respondido a ese fallo con medios que el derecho ordinario clasificaría como delito.
Esos debates no producían cambios inmediatos. Los debates jurídicos rara vez lo hacen. Producen el tipo de movimiento lento que en el derecho se llama jurisprudencia. La acumulación de resoluciones que en conjunto van definiendo cómo el sistema interpreta sus propias normas cuando las circunstancias reales no corresponden exactamente a las que las normas anticiparon.
Verónica Aguirre fue entrevistada en tres programas de radio y dos publicaciones jurídicas en los meses siguientes. En todas las entrevistas dijo la misma cosa con distintas palabras, que el caso de refugio no debería haber llegado a un juzgado, que si el Estado hubiera respondido a alguna de las 14 denuncias en el barrio Santa María con la efectividad que la Constitución le obliga a tener, no habría habido 13 muertos ni una mujer de 58 años en el banquillo de los acusados, que la absolución era justa, pero que La
situación que la hizo necesaria era el fracaso que debería preocuparle a todo el mundo, no la resolución que ese fracaso produjo. Nadie que la escuchara pudo refutar ese argumento porque no había argumento disponible para refutarlo. La célula del CJ en el barrio Santa María no fue reemplazada de inmediato.
El golpe de perder 13 operadores de una vez en ese sector produjo el tipo de parálisis que las organizaciones experimentan cuando una pérdida de esa magnitud ocurre de una manera que nadie anticipó y que ningún protocolo de contingencia contemplaba, porque ningún protocolo de contingencia del CJNG contemplaba una [ __ ] de 58 años.
Con el tiempo la organización volvería no necesariamente al mismo barrio, ni con los mismos métodos ni en el mismo plazo. Las organizaciones de esa escala tienen la capacidad de absorber pérdidas que serían terminales para estructuras más pequeñas, pero la velocidad con que volvería y la manera en que lo haría iba a ser diferente a la velocidad y la manera anteriores, porque algo había cambiado en el cálculo de lo que ese barrio producía como riesgo.
La libreta había cambiado ese cálculo, no la absolvición, la libreta, el hecho de que una mujer que nadie había considerado una amenaza había documentado 4 años de operación de una célula con la precisión de alguien que planeaba usarlo. Ese dato, independientemente de cómo el juicio hubiera terminado, decía algo sobre el tipo de riesgo que existía en cada barrio donde la organización operaba y donde había personas que habían decidido que el silencio no era la única respuesta disponible.
Eso no era un triunfo. En el contexto del crimen organizado en México, los triunfos del tipo que terminan en resolución permanente son raros. Lo que existía era algo más pequeño y más real. La demostración de que el silencio que las organizaciones criminales necesitan de las comunidades donde operan no es garantizable indefinidamente cuando en esas comunidades hay personas que han decidido que ya no.
personas como Refugio Mendoza Salazar, que llegaba al Comal a las 4:30 de la mañana, que no había faltado un solo día en 16 años, que había escrito en una libreta de cuadros lo que veía porque sabía que lo que se documenta no desaparece, aunque quien lo documenta tenga que irse. El puesto de tortillas de la calle Santa María no volvió a abrir, pero la libreta estaba en el expediente del juzgado de Tula de Allende, pública, accesible, con cada fecha y cada alias y cada monto de piso y cada amenaza anotada con la letra
apretada de una mujer que escribía para recordar. Y en algún punto de ese expediente, entre las páginas que describían 4 años de extorsión y miedo, y el cálculo silencioso de una persona que había decidido que tenía disponible exactamente una respuesta, estaba la frase con que Refugio había cerrado la última anotación de la libreta.
La noche antes del jueves de mayo, después de preparar el agua de Jamaica, decía, “Ya es suficiente” tres palabras. la misma conclusión a la que llegan todas las personas que llegan a ese punto, pero escritas por alguien que había pasado 4 años construyendo exactamente lo que esa conclusión requería para hacer algo más que palabras. Había sido suficiente.
Si esta historia te llegó, si te hizo pensar en todas las mujeres en México que enfrentan lo mismo sin que nadie las vea, compártela. Esas historias merecen ser contadas. Y si todavía no sigues el canal, este es el momento. Aquí contamos lo que otros no se atreven a contar. Hasta la próxima. M.
Disclaimer: This story is a work of fiction created for entertainment purposes. Any resemblance to real persons, events, or places is coincidental.