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La dejaron en el altar, pero lo que encontró al salir de la iglesia cambió su vida.

Mercedes bajó la voz.

—Lucía, estás cometiendo un error que puede costarte caro.

Lucía sintió una risa amarga subiéndole por la garganta.

—Hoy ya me ha salido bastante cara la familia Salvatierra.

—No sabes con quién estás tratando.

—Empiezo a sospecharlo.

El cura se acercó, nervioso.

—Hija, quizá sería mejor entrar un momento, calmarse…

Lucía lo miró. No con desprecio. Con cansancio.

—Padre, si me calmo ahora, me roban hasta el aire.

El hombre no insistió.

El taxi tardó siete minutos. Fueron siete minutos eternos. Los invitados salían en grupos pequeños, fingiendo no mirar mientras miraban. Algunos se acercaban con frases torpes.

“Qué horror, Lucía.”

“Ánimo.”

“Seguro que tiene una explicación.”

Esa última casi la hizo gritar.

Claro que tenía una explicación. Las cosas crueles casi siempre la tienen. Lo que no tienen es derecho.

Cuando el taxi llegó, Nuria metió a Adrián primero. Lucía subió detrás, con el vestido ocupando medio asiento. Antes de cerrar la puerta, vio a Mercedes hablando por teléfono junto al coche nupcial. Ya no parecía la madre de un novio avergonzado. Parecía una directora de crisis.

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