Tamaulipas no es un estado que se conquista, es un estado que se sobrevive. Eso lo saben los que nacieron ahí, los que crecieron viendo cómo cambian los nombres en las paredes, pero las balas siguen siendo las mismas. Lo sabe cualquier funcionario federal que haya intentado imponer algo parecido al orden en esa franja de tierra entre el Río Bravo y la Sierra que lleva décadas siendo el corredor más disputado, más sangriento y más codiciado del narcotráfico mexicano.
Y lo saben mejor que nadie los hombres del ejército mexicano que han operado en ese territorio durante años con la misma certeza de que el enemigo conoce cada vereda, cada rancho abandonado, cada tramo de carretera sin cámaras. Tamaulipas es tierra de fronteras. Frontera con Texas al norte, frontera con el Golfo de México al oriente, frontera entre el dominio del cártel del Golfo y las ambiciones de todos los que han querido arrebatarle ese dominio durante décadas.
Sus ciudades más importantes, Reyosa, Matamoros, Nuevo Laredo, Tampico, no son ciudades comunes, son puntos de cruce, nodos logísticos, terminales del negocio más rentable del hemisferio occidental. Controlar Tamaulipas, aunque sea en parte, significa controlar una fracción del flujo de droga hacia el mercado de consumo más grande del mundo.
Eso es lo que el cártel Jalisco Nueva Generación quería cuando mandó a 76 de sus hombres al estado donde los gafes ya tenían la emboscada lista. Para entender por qué esos 76 hombres marcharon hacia algo que no tenían cómo ganar, hay que entender primero lo que Tamaulipas representa en el mapa criminal de México y lo que el CJNG había estado construyendo en esa región durante los años anteriores a la muerte de su líder fundador.
Durante décadas, Tamaulipas fue territorio del cártel del Golfo, no en el sentido de que lo controlaba de manera total y tranquila, que ningún cártel controla nada de manera total y tranquila en México, sino en el sentido de que era su lugar de origen, su base histórica, el territorio que había moldeado su cultura criminal y donde sus redes de corrupción institucional estaban más profundamente implantadas.
El cártel del Golfo había nacido en Matamoros, había crecido en Reinosa, había construido en Nuevo Laredo el punto de cruce más activo de toda la frontera norte, por donde pasaba un porcentaje del tráfico de drogas hacia Estados Unidos, que los analistas de la DEA nunca publicaban completamente porque la cifra real resulta difícil de creer.
Pero el cártel del Golfo no era la misma organización que había sido en sus años de mayor cohesión. las detenciones de sus líderes históricos, las guerras intestinas entre facciones que tenían distintas visiones sobre cómo administrar el negocio y la llegada de los setas, que primero fueron su brazo armado y después se convirtieron en su peor enemigo, habían fragmentado a la organización en una serie de células que compartían el nombre, pero no siempre el mando.
metros, los escorpiones, los ciclones, facciones del CDG que competían entre sí al mismo tiempo que combatían al cártel del noreste, que era lo que quedaba de los setas después de que el ejército mexicano y el tiempo se encargaron de eliminar a la generación fundadora de esa organización. una guerra dentro de una guerra dentro de otra guerra, en un estado donde la violencia llevaba tanto tiempo, siendo el idioma común, que las personas que no tenían otra opción habían aprendido a vivir dentro de ella con la misma resignación con que se aprende a vivir
con cualquier otra condición permanente e inmodificable. En ese mosaico de alianzas quebradas y enemistades hereditarias, el CEJ TNG había encontrado una grieta los metros, la facción del cártel del Golfo basada en Reyosa, con operaciones que se extendían a lo largo del corredor fronterizo de Tamaulipas hacia Texas.
había tomado en 2023 una decisión que cambiaría el mapa criminal del noreste mexicano. Forjar una alianza operativa con el cártel Jalisco Nueva Generación. No fue una alianza de iguales. Nunca lo son cuando una de las partes es el CJNG. Era una alianza de conveniencia mutua, donde los metros obtenían respaldo militar y recursos del cártel más poderoso de México a cambio de algo que el CJNG necesitaba desesperadamente para consolidar su presencia en el noreste.
Acceso Acceso a los puntos de entrada clave en la frontera entre Tamaulipas y Texas. Acceso al puerto de Altamira. Estratégico para la importación de precursores químicos desde Asia. Acceso al conocimiento acumulado durante décadas sobre las rutas, los horarios, los funcionarios corruptos y los métodos que hacían del corredor tamaulipeco el instrumento de tráfico más eficiente del continente.
Para el CJNG, Tamaulipas era la pieza que completaba el rompecabezas de su ambición nacional. Con Jalisco, Michoacán, Colima, Nayarit y Veracruz bajo su control y con presencia en 29 estados del país, la organización del Mencho había construido algo que ningún otro cártel mexicano había logrado. Una red de distribución verdaderamente nacional que podía mover producto desde los laboratorios del occidente hasta cualquier punto del país y de ahí hacia los mercados del norte.
Pero el noreste, con sus cruces hacia Texas seguía siendo un acceso parcial dependiente de aliados que tenían sus propias agendas y que podían cambiar de bando si las circunstancias lo convenían. La alianza con los metros era la solución a ese problema, o al menos debería haberlo sido. La DEA documentó ese acuerdo en su reporte de evaluación de amenazas de 2025, describiendo a los metros como un brazo de apoyo operativo del CJNG que protegía cargamentos de metanfetamina y cocaína a cambio de apoyo logístico y militar. Era
exactamente el tipo de relación que el Mencho había establecido con docenas de grupos regionales en todo el país. No conquista directa, sino integración funcional que preservaba la autonomía operativa del socio mientras garantizaba al CHG el acceso que necesitaba y había funcionado.
Durante meses, la presencia del CNG en Tamaulipas había crecido de manera silenciosa y sistemática, apoyándose en la infraestructura de los metros para extender sus operaciones hacia municipios donde históricamente el cártel del Golfo o el CDN habían sido los únicos actores relevantes. era Tamaulipas antes de la muerte del Mencho, un estado en transición con el Cot avanzando de manera calculada sobre territorio que sus aliados del CDG le iban cediendo por conveniencia propia.
Después de la muerte del Mencho, todo eso cambió. El día en que el ejército mexicano abatió a Nemesio o ceguera Cervantes en Tapalpa, Jalisco, Tamaulipas, no fue uno de los estados donde la reacción violenta del CJNG fue más espectacular. No hubo los bloqueos masivos de Guadalajara ni los enfrentamientos de Michoacán.
La violencia que siguió al operativo de Tapalpa en Tamaulipas fue de otro tipo, más discreta, más contenida. pero también más reveladora de lo que realmente estaba ocurriendo dentro de la organización, porque en Tamaulipas el CJNG no tenía la base operativa profunda que tenía en Jalisco o en Michoacán. Tenía la alianza con los metros, que era sólida mientras el mencho vivía para garantizarla con el tipo de autoridad que nadie cuestionaba y que empezó a mostrar sus grietas en las horas que siguieron a la confirmación de su
muerte. Los metros no se fueron, todavía no, pero sus líderes empezaron a recibir llamadas de representantes del cártel del noreste, su enemigo histórico, y de otras facciones del CDG que les ofrecían exactamente lo que nadie puede ofrecer sin credibilidad, garantías de que si rompían con el CJNG no sufrirían las consecuencias que normalmente siguen a ese tipo de decisiones.
La credibilidad de esas garantías dependía de algo muy simple, de si el CJNG sin el mencho seguía siendo la fuerza que nadie quería tener de enemigo, o si la muerte de su líder había iniciado el proceso de debilitamiento que todos los analistas anticipaban, pero que nadie podía predecir con exactitud en cuánto tiempo se haría visible.
Los mandos regionales del CJNG en Tamaulipas estaban conscientes de ese análisis. Estaban en una carrera contra el tiempo para demostrar que la alianza con los metros seguía siendo la mejor opción disponible para esa facción del CDG. Y para hacer esa demostración en el lenguaje que el noreste mexicano entiende, que no es el de los comunicados ni el de las negociaciones, sino el de la capacidad de ejercer violencia de manera creíble y sostenida, necesitaban hacer algo visible, algo que dijera con el único tipo de argumento
que las organizaciones criminales consideran definitivo, que el CJNG en Tamaulipas seguía siendo un actor que no se podía ignorar ni desafiar con impunidad. La oportunidad que identificaron estaba en la disputa por el control de un corredor específico en la zona sur del estado, entre los municipios de Ciudad Mante y González, donde el cártel del noreste había comenzado a expandir su presencia, aprovechando exactamente la confusión del periodo postmencho.
El CDN no era un cártel que se quedara quieto cuando veía debilidad. Había nacido de los cetas, que habían nacido de los gafes desertores que el cártel del Golfo había reclutado en los 90 y había heredado de esa genealogía militar una agresividad táctica y una disposición para la violencia directa que lo diferenciaban de las organizaciones que preferían el negocio al combate.
Cuando el CCNG empezó a dar señales de inestabilidad después de la muerte del mencho, el CDN no esperó. movió elementos, tomó posiciones, empezó a ejercer presión sobre los municipios donde la alianza CJ Metros había establecido una presencia que hasta ese momento nadie había cuestionado seriamente y los mandos del SEKECH NG en Tamaulipas, operando sin la supervisión central que el Mencho habría proporcionado en circunstancias normales, tomaron la decisión de responder con fuerza.
76 hombres. No era un número improvisado, era el resultado de un cálculo que en el papel parecía suficiente para resolver el problema que el CDN estaba creando en el corredor de Ciudad Mante González para enviar el mensaje que los metros necesitaban recibir sobre la capacidad del CEJO ANG de defender el territorio que r
eclamaba como propio y para demostrar a los mandos nacionales de la organización que Tamaul Ulipas no era un estado que se abandonaba sin combate en el periodo de incertidumbre que seguía a la muerte del
fundador. 76 hombres con armamento pesado, vehículos blindados artesanales de los que el CJNG había utilizado con efectividad en docenas de operaciones en otros estados y la convicción de que el ejército mexicano en esa región era el mismo ejército mexicano que habían aprendido a sortear en Jalisco, en Michoacán, en Guanajuato.
fuerzas de seguridad bien equipadas, pero predecibles en sus patrones de respuesta y limitadas por la necesidad de operar dentro de parámetros institucionales que los cárteles no tenían. Lo que no sabían era que el ejército mexicano en ese corredor específico de Tamaulipas no era el ejército mexicano que conocían, era otra cosa.
Los gafes tienen una relación con Tamaulipas que ningún otro estado del país puede replicar, porque Tamaulipas es, en cierta manera, el lugar donde la historia de los gafes y la historia del crimen organizado mexicano moderno están irremediablemente entrelazadas. A finales de los años 90, cuando la Procuraduría General de la República solicitó a la Secretaría de la Defensa Nacional apoyo para operativos en Tamaulipas contra el cártel del Golfo, La Sedena envió un grupo de militares con formación en fuerzas especiales,
hombres que habían recibido el mejor entrenamiento que el ejército mexicano podía ofrecer en ese momento. hombres que conocían técnicas de infiltración, combate urbano, operaciones nocturnas y todo lo que los convertía en los activos más valiosos que el Estado mexicano podía desplegar contra una organización criminal.
Esos hombres desertaron, pidieron su baja o simplemente desaparecieron de los registros militares para reaparecer en la nómina del cártel del Golfo bajo las órdenes de Arturo Guzmán de Cena, el Z1. primer líder de lo que con el tiempo se convertiría en los zetas. La traición más cara en la historia del ejército mexicano no tuvo lugar en un campo de batalla.
tuvo lugar en Tamaulipas, cuando los hombres entrenados para defender al estado decidieron usar ese entrenamiento para desafiarlo. Esa herida nunca cerró del todo, pero produjo algo que con el tiempo resultó ser más valioso que cualquier operación exitosa. Una comprensión profunda, casi íntima, de lo que se requería para combatir a hombres que tenían exactamente el mismo entrenamiento que ellos.
Los gafes que vinieron después aprendieron a combatir contra sus propias técnicas porque algunos de sus predecesores las habían llevado al otro lado. Y en Tamaulipas, donde esa historia empezó, el ejército mexicano había desarrollado durante décadas una presencia y un conocimiento del terreno que no existía en ningún otro lugar del país con la misma profundidad.
Los 76 hombres del CJNG no lo sabían. Nadie les dijo, o si alguien lo sabía, decidió no decirlo antes de que fuera demasiado tarde para que esa información cambiara algo. El grupo aeromóvil de fuerzas especiales no nació para ser conocido. Eso es lo primero que cualquier elemento veterano del cuerpo le diría a quien le preguntara sobre la unidad, si es que estuviera dispuesto a hablar. que la mayoría no lo está.
No son los soldados que aparecen en los desfiles del 16 de septiembre con uniformes impecables y paso marcial que el público puede fotografiar desde las aceras. No son los funcionarios que dan conferencias de prensa después de los operativos exitosos. No son los nombres que aparecen en los comunicados oficiales de la Secretaría de la Defensa Nacional cuando se anuncia la captura de un capo o el decomiso de un arsenal.
Son los que llegaron antes de que llegaran los que aparecen en los comunicados. La historia oficial de los gafes, que hoy llevan el nombre formal de cuerpo de fuerzas especiales después del cambio de denominación de 2004, comienza en 1986 con la creación de la fuerza de intervención rápida, un grupo diseñado originalmente para proporcionar seguridad durante el mundial de fútbol que México organizaba ese año.
una misión que en su modestia original no daba ninguna pista sobre lo que esa unidad se convertiría en las décadas siguientes. Los primeros elementos fueron entrenados por la GN francesa, el grupo de élite de la Gendarmería, que en ese momento era considerado uno de los mejores del mundo en técnicas de contraterrorismo y operaciones de rescate.
Más tarde llegaron los instructores del Sayeret Matkaal israelí, la unidad de inteligencia y operaciones especiales que había definido los estándares del combate asimétrico moderno después de décadas de conflicto en uno de los entornos operativos más complejos del planeta. Y después los instructores de las fuerzas especiales del ejército de Estados Unidos, los boinas verdes, que aportaron la doctrina de guerra no convencional que se convertiría en la columna vertebral del programa de entrenamiento.
El resultado de esa convergencia de metodologías fue algo que el ejército mexicano no había tenido antes, una unidad diseñada, ¿no?, para el combate convencional de posiciones y líneas de defensa, sino para operar en los espacios entre las categorías, en los lugares donde el enemigo no tiene uniforme identificable y donde la diferencia entre el civil inocente y el combatiente activo depende de una fracción de segundo evaluación en los terrenos donde la ventaja táctica no proviene del número de hombres o de la
potencia de fuego, sino de la formación, la preparación y la capacidad de actuar antes de que el adversario sepa que ya perdió la iniciativa. En 1990, el grupo adoptó el nombre que lo haría conocido, aunque solo en los círculos que necesitaban conocerlo. Grupo aeromóvil de fuerzas especiales, los gafes.
Durante los primeros años de la década de los 90, la unidad encontró su primer gran teatro de operaciones en Chiapas, cuando el levantamiento del ejército zapatista de liberación nacional puso al descubierto las limitaciones de las fuerzas militares convencionales para operar en terreno irregular contra un enemigo que conocía cada sendero de la selva La Candona y que había convertido el conocimiento del terreno en su ventaja estratégica fundamental.
Los gafes fueron desplegados. Sus operaciones en ese conflicto permanecen clasificadas con los detalles fragmentados entre documentos que ningún archivo público contiene completamente. Lo que sí quedó documentado fue que la unidad aprendió algo en Chiapas, que ningún ejercicio de entrenamiento podía enseñar con la misma claridad, que la diferencia entre el conocimiento teórico del terreno y el conocimiento vivido del terreno es la diferencia entre sobrevivir una emboscada y no sobrevivirla. Esa lección se convirtió
en principio operativo. Los gafes, a diferencia de otras unidades militares que rotaban sus elementos con la regularidad que los procedimientos institucionales exigen, desarrollaron un modelo de despliegue que priorizaba la acumulación de conocimiento específico sobre territorios específicos. Elementos que habían operado en una región durante meses o años no eran transferidos simplemente porque su periodo de asignación había concluido.
Si existía una razón operativa para mantenerlos, donde ya habían construido el tipo de comprensión del terreno que tarda tiempo en desarrollarse y que no puede transferirse mediante informes escritos. En Tamaulipas ese principio había producido algo que los comandantes de las distintas regiones militares del país miraban con una mezcla de respeto y envidia, generaciones de elementos del cuerpo que conocían el noreste de México con una intimidad que rivalizaba con la de los propios criminales que llevaban décadas operando en esa región. Conocían
los ranchos abandonados que los cárteles usaban como casas de seguridad temporales, porque habían observado esos ranchos durante semanas desde posiciones que nadie encontraría sin saber exactamente dónde buscar. Conocían las rutas de los cargamentos porque habían seguido esas rutas de noche sin luces, con el tipo de paciencia que solo produce el entrenamiento que convierte la incomodidad en condición normal de existencia.
Conocían los patrones de comunicación de las células criminales, porque habían interceptado esas comunicaciones durante el tiempo suficiente para reconocer no solo los códigos, sino los hábitos y las inconsistencias que delatan a cualquier ser humano que mantiene una disciplina de seguridad durante demasiado tiempo sin cometer el error que inevitablemente comete.
y conocían sobre todo las carreteras. Las carreteras de Tamaulipas son un mundo aparte dentro de México, no en el sentido estético que haría ese dato interesante para un guía de viajes, en el sentido operativo que lo hace crítico para cualquier fuerza que intente moverse por ese territorio con algún objetivo que no sea simplemente pasar de un punto a otro sin que nadie lo note.
Tamaulipas tiene dos tipos de carreteras, las federales y las estatales principales, que conectan las ciudades grandes y que cualquier mapa muestra claramente, y las secundarias, los caminos de terracería que conectan los municipios pequeños con las comunidades rurales, los ranchos con los ejidos, los ejidos con los puntos de cruce clandestinos que ningún mapa oficial registra, pero que el crimen organizado conoce con la misma precisión con que un piloto de aerolínea conoce su ruta habitual. Es en esas carreteras
secundarias donde la guerra real de Tamaulipas se ha librado durante décadas, donde los cargamentos se mueven de noche en camionetas sin placas, donde los convoyes de sicarios avanzan sus objetivos, donde las emboscadas se tienden y donde las persecuciones terminan, a veces con el fugitivo escapando hacia el monte y a veces con un vehículo volcado en una cuneta.
Los gafes conocían esas carreteras. El corredor entre ciudad Mante y González, en la zona centro sur de Tamaulipas, no es un lugar que aparezca en las noticias con la frecuencia de Reyosa o Matamoros. no tiene la densidad de tráfico fronterizo que hace de las ciudades del norte los objetivos más codiciados del narco tamaaulipeco, pero tiene algo que para el CJNG resultaba igualmente valioso en el contexto de su expansión hacia el noreste.
Es el corredor que conecta los estados del sur, por donde llegan los cargamentos desde los estados de producción con las rutas que los llevan hacia la frontera con Texas. Es en el lenguaje del narcotráfico, un corredor de tránsito, el cuello de botella por donde tiene que pasar cualquier organización que quiera mover producto desde Veracruz o San Luis Potosí hacia Reyosa o Matamoros, sin pasar por los municipios del norte, que el CDN o las facciones del CDG controlaban con una densidad de presencia que hacía el tránsito más
riesgoso. El CNG había identificado ese corredor como prioritario. Su alianza con los metros le daba acceso a los puntos de cruce fronterizo, pero no al corredor de tránsito que los alimentaba desde el sur. Para completar la cadena logística que sus operaciones en Tamaulipas requerían. Necesitaba controlar ese tramo de carretera o al menos garantizar que ningún grupo rival pudiera usarlo para interrumpir sus cargamentos.
El CDN entendía exactamente la misma lógica y cuando los mandos del cejo ng empezaron a mostrar las primeras señales de inestabilidad después de la muerte del Mencho, el CDN movió elementos hacia el corredor de Ciudad Mante González con la precisión calculada de quien sabe exactamente dónde apuntar cuando el adversario muestra el flanco.
Lo que ninguno de los dos bandos sabía, o al menos lo que el CJNG no sabía con la certeza que habría cambiado sus planes, era que los gafes llevaban semanas en ese corredor, no en un despliegue visible, no en los puestos de control que la Guardia Nacional instala en las carreteras y que cualquier grupo criminal con un mínimo de organización puede sortear con la anticipación suficiente.
Los gafes estaban en el corredor de la manera en que los gafes siempre operan cuando tienen tiempo para prepararse. visibles, distribuidos en posiciones que el terreno mismo hacía difíciles de identificar desde el nivel de la carretera, con visión completa de todos los accesos y con comunicaciones que les permitían coordinar una respuesta sin el tipo de transmisiones de radio que los sistemas de monitoreo de los cárteles detectan cuando saben qué buscar.
La presencia de esa unidad en el corredor no era el resultado de una reacción a los movimientos del CJNG o del CDN. Era el resultado de algo más sistemático, la implementación de la estrategia postmencho que los altos mandos del ejército mexicano habían comenzado a ejecutar desde las primeras horas después del operativo de Tapalpa.
La muerte del líder del CJ no era solo una victoria táctica, era el inicio de una ventana de oportunidad que los analistas militares de La Sedena habían anticipado con exactitud. En el periodo de transición que seguía a la eliminación de un liderazgo central, las organizaciones criminales cometían errores que en condiciones normales no cometían.
Tomaban decisiones impulsivas sin la supervisión que las contenía. Movían recursos hacia territorios que querían asegurar sin el análisis de inteligencia que habría identificado los riesgos. enviaban hombres a lugares que no conocían bien, confiando en que la reputación acumulada de la organización seguía siendo suficiente para intimidar a cualquier adversario.
Los gafes estaban en el corredor de Ciudad Mante González esperando exactamente ese tipo de movimiento. La inteligencia que justificó su despliegue específico en esa zona había llegado a través de canales que los protocolos de clasificación de la Sedena mantienen fuera de cualquier expediente accesible, pero su contenido era suficientemente claro como para que el comandante responsable de la operación tomara la decisión de posicionar a sus elementos no en una posición reactiva, sino en una posición proactiva, no esperando
a que el CJNG llegara para entonces responder, sino instalados en el terreno con suficiente anticipación para decidir dónde y cuándo se produciría el contacto. Esa diferencia entre reaccionar y anticipar, entre defender y preparar es lo que los gafes llaman en su lenguaje interno tener la iniciativa táctica.
y en el corredor de Ciudad Mante González. Esa iniciativa la tenían ellos. Los 76 hombres del CJNG que se aproximaban desde el norte de Veracruz no lo sabían. Tampoco lo sabían sus comandantes en Tamaulipas, que habían hecho lo que podían con la inteligencia disponible. Confirmar que el corredor estaba siendo disputado por el CDN. estimar el número de efectivos del cártel del noreste en la zona y calcular que 76 hombres bien armados eran más que suficientes para resolver el problema que el CDN estaba creando.
El error de ese cálculo no estaba en el número. 76 hombres del CJNG con el armamento que traían eran efectivamente más que suficientes para enfrentar a cualquier célula del CDN en ese corredor. El error estaba en el adversario que no habían calculado. El convoy del CJNG salió de sus posiciones de concentración en las primeras horas de la madrugada, siguiendo el protocolo de movimiento que la organización usaba para desplazamientos de esa magnitud.
vehículos distribuidos en grupos separados por intervalos que minimizaban la posibilidad de que un operativo de vigilancia aérea detectara la totalidad del convoy en un solo barrido. Comunicaciones mínimas entre los grupos para no generar el tipo de tráfico de radio que los sistemas de monitoreo del ejército podían identificar como señal de un movimiento organizado de gran escala.
Era un protocolo que había funcionado en docenas de operaciones anteriores en otros estados. En Tamaulipas esa noche no funcionó porque los gafes no estaban buscando señales de radio. Llevaban suficiente tiempo en ese corredor para saber que el CJNG venía antes de que el CJNG supiera que los gafes sabían. Y esa diferencia de conocimiento, esa asimetría de información que en el mundo militar se llama ventaja de inteligencia, era lo único que necesitaban para convertir la carretera federal que conecta Ciudad Mante con González en el escenario del operativo más devastador
que el CJNG experimentaría en el noreste de México. La emboscada estaba lista. Los 76 hombres marchaban hacia ella sin saberlo en la oscuridad de Tamaulipas, creyendo que iban a resolver un problema territorial que en realidad ya había sido resuelto por los gafes antes de que ellos llegaran. El sol tardaría horas en salir sobre la sierra tamaulipeca.
No amanecería bien para todos. Hay una diferencia entre preparar una emboscada y preparar la emboscada correcta. Cualquier grupo con suficiente motivación y armamento básico puede detener un convoy en una carretera, puede tirar un vehículo atravesado en el camino, esperar a que los ocupantes del convoy desciendan a evaluar el obstáculo y abrir fuego desde las cunetas.
Es una táctica que tiene siglos de historia y que en México se ha repetido tantas veces que los propios cárteles la conocen de memoria y han desarrollado contraprotocolos para neutralizarla. Eso no es lo que los gafes prepararon en el corredor de Ciudad Mante González. Lo que prepararon requirió días de trabajo silencioso en el terreno, días en que los elementos del cuerpo de fuerzas especiales que ocupaban ese corredor estudiaron cada metro de la carretera federal y de los caminos secundarios que la alimentaban desde ambos lados.
Identificaron las elevaciones naturales que proporcionaban ángulos de tiro con visibilidad completa sobre el asfalto, sin exponer al tirador al fuego de respuesta desde el nivel de la carretera. Marcaron los puntos donde la vegetación de Chaparral y Wisache que bordea esa franja de Tamaulipas era suficientemente densa para ocultar posiciones que ningún observador desde un vehículo en movimiento podría identificar.
calcularon las distancias entre los puntos de entrada al corredor y las posiciones de bloqueo con la precisión que los permite planificar la sincronización de una operación que dependía de que todos los elementos del convoy del CJNG estuvieran comprometidos simultáneamente antes de que cualquiera de ellos tuviera oportunidad de retirarse.
Eso último era el elemento crítico. No era suficiente neutralizar la vanguardia del convoy. No era suficiente producir bajas en los primeros vehículos para que la operación produjera el resultado que los comandantes de los gafes buscaban. Todos los vehículos del convoy tenían que estar dentro del área de efecto antes de que el primer disparo se produjera.
Un convoy de 76 hombres en vehículos separados no entra completo a ningún punto en un instante. Entra en secuencia con intervalos entre los grupos que en condiciones normales sirven exactamente para evitar el tipo de situación que los gafes estaban diseñando. que la destrucción de los primeros vehículos alerte a los siguientes con tiempo suficiente para detener su avance y buscar posiciones de cobertura o rutas de retirada.
La solución que los gafes aplicaron a ese problema es una de las técnicas que distinguen a las fuerzas especiales de cualquier unidad convencional bien entrenada. se llama emboscada en profundidad y su principio fundamental es que el área de acción no es un punto sino un volumen. No es un tramo de carretera de 100 m donde el convoy entra y es atacado.
una serie de posiciones coordinadas que se extienden a lo largo del recorrido que el convoy va a seguir, activadas de manera secuencial según el avance de los vehículos, de tal manera que en el momento en que el primer elemento del convoy encuentra resistencia en el extremo delantero del área de acción, el último elemento del convoy ha entrado en el extremo trasero y está siendo contenido por posiciones que se activan Exactamente.
En ese momento, el resultado es que el convoy completo queda encerrado dentro de un área donde el fuego viene desde múltiples ángulos simultáneamente, donde no hay dirección de avance ni de retirada que no esté cubierta y donde cada intento de maniobra que los elementos del convoy intentan produce nuevas exposiciones que las posiciones previamente establecidas están esperando.
En el lenguaje militar, eso se llama cerrar la caja. Los gafes cerraron la caja en el corredor de Ciudad Mante González. La preparación tomó 72 horas, no de trabajo continuo en el mismo lugar, que habría generado el tipo de actividad inusual que los informantes del CJNG habrían detectado y reportado, sino de trabajo en turnos con equipos que rotaban en el terreno durante la noche y regresaban a sus posiciones de base durante el día, acumulando gradualmente la preparación que hacía la operación viable.
sin revelar mediante ninguna señal observable que algo estaba siendo preparado. Los pozos de tirador fueron cavados en las elevaciones que proporcionaban los mejores ángulos de cobertura, camuflaje natural construido con la vegetación del propio terreno, no con materiales transportados que pudieran dejar rastros de tránsito en caminos que nadie debería haber recorrido.
cables de comunicación enterrados a lo largo de las posiciones para eliminar cualquier emisión electromagnética que los sistemas de monitoreo del CJNG pudieran detectar. Y los drones, los gafes tenían drones de reconocimiento operando sobre el corredor durante las horas previas al operativo, a altitudes y con perfil de vuelo, diseñados para minimizar la posibilidad de detección visual o acústica desde el nivel del suelo.
Esos drones no solo monitoreaban los movimientos del convoy que se aproximaba, también confirmaban en tiempo real que ningún elemento de inteligencia del CJNG se encontraba en posición de observar las preparaciones que se estaban realizando. La inteligencia sobre el convoy del CJNG llegó con suficiente anticipación para completar los últimos ajustes.
no como una sorpresa de última hora, sino como la confirmación de lo que los analistas habían proyectado cuando el despliegue en el corredor fue autorizado. El CJNG, operando bajo la presión que el periodo postmencho ejercía sobre todos sus mandos regionales. Movería hombres hacia ese corredor con una urgencia que sacrificaría la cautela que en condiciones normales habría hecho ese movimiento mucho más difícil de anticipar y contener.
A las 11:40 de la noche, el primer dron de reconocimiento detectó el movimiento de vehículos desde el norte de Veracruz en dirección al corredor. El informe llegó al puesto de mando de los gafes en código. El comandante de la operación lo procesó en silencio. confirmó las posiciones de todos sus elementos mediante el sistema de comunicaciones enterrado y dio la instrucción que sus hombres habían estado esperando desde que tomaron sus posiciones.
Modo de silencio activo. Nadie se mueve hasta que reciban la señal. El convoy del Siqu avanzaba por la carretera federal con las luces apagadas de los últimos vehículos y solo las de posición en los primeros, siguiendo el protocolo de aproximación que minimizaba la silueta del convoy desde el aire. Los hombres dentro de los vehículos llevaban horas de viaje desde sus posiciones de concentración en Veracruz, con el cansancio que produce el movimiento nocturno en vehículos sin confort y con la tensión que genera la anticipación de
un combate que ninguno de ellos podía saber exactamente cómo iba a desarrollarse. Los líderes de los grupos dentro del convoy se comunicaban mediante mensajes de texto en teléfonos con tarjetas SIM de prepago adquiridas específicamente para esa operación, usando el tipo de lenguaje cifrado que el CJNG había desarrollado durante años de operaciones para minimizar la posibilidad de interceptación.
No sabían que los gafes no necesitaban interceptar esas comunicaciones. Ya sabían lo que necesitaban saber. El primer vehículo del convoy cruzó el punto de entrada al área de acción a la 1:17 de la madrugada. Los gafes lo dejaron pasar y al segundo y al tercero. Eso es lo que diferencia una emboscada bien planificada de una reacción impulsiva.
La disciplina para no disparar cuando el primer objetivo está al alcance, porque hacerlo alertaría al resto del convoy antes de que todos sus elementos estuvieran dentro del área. disciplina para dejar pasar la oportunidad evidente, porque esperar produce una oportunidad total. El convoy tardó 17 minutos en completar su entrada al área de acción, 17 minutos durante los cuales los elementos de los gafes en sus posiciones mantuvieron el tipo de inmovilidad que el entrenamiento hace posible y que la adrenalina hace
difícil. quietos, con el arma apuntada, con la respiración controlada, observando como el objetivo que habían estado esperando se ponía a su alcance de la manera exacta en que lo habían planificado. El último vehículo del convoy cruzó el punto de entrada trasero al área de acción a la 1:34 de la madrugada.
El comandante de la operación dio la señal. Lo que ocurrió en los siguientes 4 minutos convirtió una carretera de Tamaulipas en el escenario más costoso que el CJNG había enfrentado en el noreste de México. El primer disparo no vino de donde los hombres del convoy habrían buscado instintivamente una amenaza. No vino de adelante, que es la dirección que cualquier conductor mira cuando anticipa un obstáculo.
vino de arriba y a la derecha desde una elevación que desde el nivel de la carretera no era visible, porque la vegetación del chaparral la ocultaba perfectamente y porque ninguno de los hombres del convoy había tenido razón para mirar hacia ese ángulo específico. En ese momento específico, el primer vehículo de la vanguardia quedó inmovilizado en el instante en que el disparo del franco tirador alcanzó al conductor.
No volcó, no explotó de manera espectacular, como en las imágenes que circulan en las redes sociales después de los operativos. se detuvo con una precisión que era casi clínica, bloqueando el carril derecho de la carretera y obligando a los vehículos que venían detrás a frenar o a intentar pasarlo por el carril izquierdo.
Eso era exactamente lo que los gafes habían anticipado. Y para ese movimiento, para esa decisión de pasar por el carril izquierdo, que era la respuesta natural ante un vehículo detenido en el carril derecho, tenían una posición diferente, preparada desde un ángulo diferente. Los siguientes cuatro vehículos del convoy tomaron el carril izquierdo.
Los primeros dos lograron pasar el obstáculo. El tercero encontró el fuego que la segunda posición de los gafes había estado esperando exactamente ese movimiento. El cuarto y el quinto frenaron de inmediato. En ese momento, 30 segundos después del primer disparo, el convoy del CJNG ya tenía tres vehículos inmovilizados.
Los hombres que podían descender de los vehículos aún en movimiento, empezaban a hacerlo buscando cobertura en las cunetas de la carretera. Y los líderes de los grupos intentaban procesar con comunicaciones que ya no eran seguras qué estaba ocurriendo y desde dónde venía el fuego. No podían determinarlo con precisión porque no venía de un solo lugar.
La emboscada en profundidad que los gafes habían preparado, utilizaba nueve posiciones distribuidas a lo largo de 2 km de carretera. Cada posición con un ángulo de cobertura diferente, con objetivos asignados previamente según la posición de los vehículos del convoy en el momento de la activación. No había ángulo desde el que los hombres del CJNG pudieran responder el fuego sin exponerse al fuego de otra posición diferente que los estaba esperando desde ese ángulo.
Los vehículos blindados artesanales que el CJ había incluido en el convoy para proporcionar plataformas de fuego sostenido, resultaron ser el elemento más vulnerable de toda la formación. No porque su blindaje fuera insuficiente para las armas que los gafes estaban usando, que sí lo era, sino porque su tamaño y su visibilidad en la carretera los convertía en los objetivos prioritarios que los francotiradores del cuerpo habían identificado como los primeros a neutralizar.

Dos de los tres vehículos blindados del convoy quedaron fuera de combate en los primeros 90 segundos del enfrentamiento. El tercero logró posicionarse detrás de uno de los vehículos comerciales que el convoy había incluido como cobertura, y abrió fuego hacia la elevación de donde venía el primer disparo de francotirador.
La respuesta fue inmediata y vino de una posición que el operador del vehículo blindado no había identificado como amenaza porque estaba detrás de él. 90 segundos. Ese fue el tiempo que tardó el convoy del CJNG en pasar de una formación de avance a una situación que ninguno de los 76 hombres que lo integraban tenía el entrenamiento ni los protocolos para gestionar adecuadamente.
porque fueran cobardes. Varios de ellos respondieron el fuego con una determinación que en otras circunstancias habría sido suficiente, sino porque la situación que los gafes habían creado no era el tipo de combate para el que el CJNG entrenaba a sus operativos. El CJNG entrenaba para el combate que ellos iniciaban, para atacar posiciones conocidas con superioridad numérica y armamento que hacía que la resistencia del defensor fuera matemáticamente insostenible para el tipo de violencia que produce el resultado deseado, porque
la otra parte ya sabe que perderá antes de que empiece. no entrenaba para recibir una emboscada perfectamente ejecutada por una unidad que llevaba 72 horas preparando exactamente ese resultado. El combate duró 48 minutos. No porque el resultado fuera incierto durante ese tiempo.
El resultado fue determinado en los primeros 90 segundos. Los 47 minutos restantes fueron el tiempo que tardó el proceso de reducción de la resistencia, la identificación y neutralización de los elementos del convoy que intentaban reorganizarse en posiciones de cobertura y la contención de los intentos de fuga que se produjeron principalmente hacia el flanco oeste de la carretera, donde el monte ofrecía la única posibilidad de distancia del área de fuego.
Los gafes habían anticipado esos intentos de fuga. También las posiciones en el flanco oeste no eran las mismas que cubrían la carretera. eran posiciones específicamente diseñadas para contener los movimientos hacia el monte, con equipos de dos elementos que habían estudiado el terreno boscoso durante los días previos, con la misma precisión con que los francotiradores habían estudiado la línea de la carretera.
La oscuridad que los hombres del seje tanquej que intentaban alcanzar el monte habrían esperado que fuera su aliada, no funcionó de la manera esperada. Los gafes operaban con visores de visión nocturna que convertían la oscuridad de la sierra tamaulipeca en un escenario visible donde cada movimiento era registrado con la misma claridad que en plena luz del día.
Los hombres del CJNG corrían hacia el monte en la oscuridad total. Los gafes los veían. los a las 3 de la madrugada, el comandante de la operación confirmó, mediante su sistema de comunicaciones cifradas que el área de acción estaba bajo control completo. El convoy del CJNG había sido neutralizado. Los vehículos que no habían sido destruidos en el combate estaban inmovilizados.
Los elementos del convoy que no habían sido abatidos estaban capturados o en proceso de captura en el perímetro externo del área de acción. La carretera federal entre Ciudad Mante y González amaneció ese día con el registro de lo que había ocurrido durante la noche. Vehículos destruidos o volcados en ambos carriles y en las cunetas.
evidencia de un combate de una intensidad que las autoridades estatales y federales que llegaron al lugar en las primeras horas de la mañana procesaron con la sobriedad que produce la diferencia entre ver las consecuencias de una batalla y participar en ella. Los reportes iniciales que llegaron a los mandos del CJNG en Tamaulipas y a los mandos nacionales de la organización que intentaban gestionar la transición postmencho desde distintas ciudades del país, describían lo que los sobrevivientes que habían logrado retirarse podían reportar, que habían
encontrado una resistencia de una magnitud que ningún análisis previo había anticipado, que el número de bajas era de una escala que hacía inviable cualquier afirmación de resultado operativo positivo y que el corredor de Ciudad Mante González no era territorio que el CJNG pudiera reclamar después de lo que había ocurrido esa noche.
53 muertos del lado del CJNG, 19 detenidos, cuatro desaparecidos en el monte que las operaciones de rastreo posteriores no lograron localizar de inmediato. Los cálculos que los elementos del cuerpo realizaron en las horas posteriores al combate producían un número que ningún comunicado oficial confirmaría públicamente, pero que los documentos internos de la Sedena registraban con la precisión que exigen los protocolos de evaluación postoperativo.
Del lado de los gafes, dos elementos heridos, ningún muerto. La proporción no era el resultado de la suerte, era el resultado de 72 horas de preparación, del conocimiento de un terreno que los gafes habían estudiado durante semanas, del entrenamiento que convierte a los hombres que sobreviven los cursos de temamatla y del centro de adiestramiento en algo cualitativamente diferente de cualquier operativo criminal, por bien equipado y por determinado que esté, y era el resultado de algo más que ningún manual de táctica militar puede capturar
completamente, pero que cualquier soldado veterano reconoce cuando lo ve. La diferencia entre los hombres que eligieron ese trabajo porque era su vocación y los hombres que llegaron a ese trabajo porque era la única opción disponible en el lugar donde nacieron. Los gafes habían elegido y esa elección confirmada cada mañana en Temamatla y en cada operativo que siguió se había convertido en la ventaja más importante de todas.
No el armamento, no los visores nocturnos, no los drones, la elección. Las noticias malas viajan rápido en el crimen organizado, más rápido que cualquier comunicado oficial, más rápido que cualquier reportaje periodístico, más rápido que el propio ejército mexicano, que tardó horas en procesar el resultado del operativo, antes de registrarlo en los documentos internos que nadie fuera de los mandos autorizados leería.
La información sobre lo que había ocurrido en el corredor de Ciudad Montegonzález llegó a los mandos del CJNG en Tamaulipas antes del amanecer, no como un reporte ordenado y completo, sino como lo que siempre es la primera noticia de un desastre. fragmentos, llamadas de los pocos sobrevivientes que habían logrado retirarse lo suficiente del área de acción para usar un teléfono sin exponerse al rastreo inmediato, mensajes incompletos que describían situaciones sin contexto suficiente para entenderlas completamente. silencios donde debería
haber comunicaciones que en el lenguaje del crimen organizado siempre significan una sola cosa, que los que debían reportar ya no podían hacerlo. El mando regional del CJNG en Tamaulipas, que había autorizado el envío de los 76 hombres, procesó esa información con el tipo de calma, que no es tranquilidad, sino el estado en que entra la mente, cuando el tamaño de lo que acaba de ocurrir supera la capacidad de respuesta emocional inmediata.
No había enojo todavía, no había miedo articulado, había solo el intento de reconstruir a partir de fragmentos lo que había salido completamente mal en una operación que en el papel parecía razonable. Los primeros datos que emergieron con claridad fueron los peores. No habían encontrado al CDN en ese corredor. El CDN, si había estado ahí, no era el adversario que había neutralizado al convoy.
Lo que los sobrevivientes describían no correspondía a ningún patrón de combate que los operativos del cártel hubieran asociado con las células del cártel del noreste, que peleaban con agresividad, pero con la misma lógica territorial y los mismos métodos que el CJNG conocía de enfrentamientos anteriores en otros estados. Lo que describían era diferente.
Fuego desde posiciones que no podían ver. francotiradores que operaban con una precisión que no era el resultado del azar, sino de una preparación deliberada, una coordinación entre los distintos puntos de fuego que requería comunicaciones y un nivel de entrenamiento que ninguna célula criminal, ni siquiera las más sofisticadas del país, podía igualar.
y la visión nocturna. Los sobrevivientes que habían intentado buscar cobertura en el monte describían haber sido encontrados en la oscuridad por hombres que claramente podían verlos, aunque ellos no podían ver nada. El diagnóstico que los mandos del CATNG en Tamaulipas tardaron horas en formular con la claridad suficiente para pronunciarlo era el peor escenario posible en términos de lo que significaba para el futuro inmediato de la organización en esa región.
No habían caído en una emboscada del CDN, habían caído en una emboscada del ejército mexicano y no del ejército mexicano ordinario, sino de la unidad que el crimen organizado mexicano conocía con la suficiente profundidad como para saber que ese diagnóstico cambiaba completamente el análisis de lo que debía hacerse a continuación.
Los gafes no son el mismo adversario que una unidad convencional del ejército o de la Guardia Nacional. Con esas fuerzas, el CEJ había aprendido durante años a convivir en una relación que era parte combate y parte administración, enfrentamientos cuando no había otra opción, evasión cuando era posible y la red permanente de información que avisaba con anticipación cuando se estaban preparando operativos de importancia suficiente como para merecer precauciones adicionales.
Con los gafes esa lógica no funcionaba de la misma manera, no porque no hubiera informantes gubernamentales infiltrables ni funcionarios corruptibles, sino porque los gafes operaban con una compartimentación de información tan estricta que las redes de inteligencia del CTA NG rara vez lograban penetrarla con la anticipación suficiente para ser útiles.
Las operaciones del cuerpo de fuerzas especiales las conocían el secretario de la defensa nacional, el Estado Mayor y la presidenta de la República. No las conocía el jefe de plaza de ningún municipio ni el funcionario de nivel medio con acceso a los reportes de seguridad ordinarios que el CJNG había aprendido a interceptar o a comprar.
Esa asimetría de información era la que había permitido que la emboscada de Ciudad Mante González se preparara durante 72 horas sin que ninguna red de inteligencia del cártel la detectara. La información llegó a los metros antes de que el CJNG pudiera gestionarla de manera controlada. Eso era lo que los mandos regionales del cártel temían más que cualquier consecuencia directa del operativo, que la magnitud de la derrota llegara a oídos de sus aliados antes de que hubiera una narrativa que la acompañara, que los metros, que ya venían evaluando si la alianza con el CJ
seguía siendo la mejor opción disponible en el mapa criminal de Tamaulipas, recibieran la noticia de que 76 Seis hombres del seco habían sido neutralizados en una sola noche sin el contexto que la hiciera parecer menos catastrófica de lo que era. No había contexto que la hiciera parecer menos catastrófica de lo que era.
metros recibieron la noticia con la misma eficiencia con que reciben toda la información relevante sobre el estado del poder criminal en Tamaulipas y la procesaron con la lógica pragmática que caracteriza a las organizaciones que han sobrevivido décadas en el estado más violento del noreste mexicano, a base de saber cuándo una alianza sigue siendo conveniente y cuándo ha dejado de serlo.
76 hombres del CNG neutralizados en una noche por una unidad del ejército mexicano que la organización no había detectado ni anticipado. En un periodo en que el liderazgo central del cártel estaba en proceso de reconstrucción después de la muerte de su fundador, no era la señal de una organización que seguía siendo el socio dominante que los metros necesitaban para mantener su posición.
frente al CDN y a las demás facciones del CDG. Era la señal de algo diferente, de una organización que estaba cometiendo exactamente los errores que cometen las organizaciones que están en transición sin liderazgo efectivo. Movimientos impulsivos, cálculos incompletos, operaciones diseñadas para demostrar capacidad que en lugar de eso demostraban vulnerabilidad.
Las conversaciones que siguieron entre los líderes de los metros y los representantes del CECO TNG en Tamaulipas, en los días posteriores al operativo, produjeron el tipo de silencio elocuente que precede a los cambios de alineación en el crimen organizado mexicano. No fue una ruptura formal. Las rupturas formales en ese mundo no se anuncian, se ejecutan.
Fue el inicio de un proceso de distancia gradual que los analistas de inteligencia que monitoreaban las comunicaciones interceptadas de ambas organizaciones identificaron con la misma claridad con que se identifica el comienzo del final de cualquier asociación cuando una de las partes empieza a explorar sus opciones alternativas.
El corredor de Ciudad Mante González, el territorio que 76 hombres del CJNG habían intentado asegurar esa noche, quedó bajo control efectivo del ejército mexicano en los días que siguieron al operativo. No mediante un despliegue masivo y visible que hubiera generado titulares, mediante la presencia silenciosa y sostenida que los gafes habían aprendido a mantener en territorios donde su efectividad dependía precisamente de no ser la noticia.
El CDN que había iniciado el movimiento hacia ese corredor, aprovechando la confusión del periodo post mencho, recibió la misma señal que los metros y la procesó con la misma lógica, que ese corredor específico había pasado a ser un lugar donde la presencia del ejército mexicano hacía cualquier operación criminal significativamente más riesgosa que las alternativas disponibles.
El mensaje que los gafes habían enviado con el resultado de esa noche no estaba dirigido únicamente al CJNG, estaba dirigido a todos los actores del mapa criminal de Tamaulipas y decía algo que ningún comunicado oficial de La Sedena pronunciaría con esa claridad, pero que los que necesitaban entenderlo entendieron perfectamente, que el periodo de inestabilidad que siguió a la muerte del mencho no era una oportunidad para que los cárteles expandieran su territorio mientras el Estado procesaba el cambio. Era exactamente lo contrario.
Era el periodo durante el cual el ejército mexicano y en particular las unidades que operaban con la preparación y la doctrina de los gafes aprovechaba la ventana que la fragmentación del crimen organizado abría para recuperar terreno que en condiciones de mayor cohesión criminal habría sido mucho más difícil y costoso de operar.
Esa lección tenía precedentes históricos que cualquier analista de la violencia en México podía citar. Cuando el cártel de los Beltrán Leiva se fragmentó después de la muerte de Arturo Beltrán Leiva en 2009, el Estado mexicano aprovechó el periodo de reorganización para golpear a las células que habían quedado sin coordinación central efectiva.
Cuando el cártel del Golfo se fracturó con la creación independiente de los setas, las fuerzas de seguridad tuvieron más operativos exitosos en Tamaulipas. En esos primeros meses de confusión que en los años anteriores de dominio estable, el CJNG posto estaba atravesando exactamente ese periodo y los gafes que habían estado en Tamaulipas antes de que la muerte del fundador del cártel creara la oportunidad específica que los 76 hombres muertos o capturados habían encontrado en la carretera de Ciudad Mante a González, seguían ahí. Eso era lo que los mandos
regionales del CJNG en Tamaulipas necesitaban entender y que tardaron demasiado en entender porque la impulsividad que el periodo postmencho había generado en todas las estructuras de la organización hacía difícil el tipo de análisis pausado que habría producido ese entendimiento antes del operativo. Camaulipas no era Jalisco, no era Michoacán, no era uno de los estados donde el CJNG había construido durante años la profundidad de presencia que hace viable la resistencia sostenida a una campaña del ejército. Era un estado
donde la organización había llegado recientemente, donde su presencia dependía de una alianza que la derrota de esa noche había dañado, de manera que los meses siguientes revelarían como irreparable en el corto plazo. Y lo había sabido siempre o debería haberlo sabido. Pero el periodo sin liderazgo central que siguió a la muerte del Mencho, había generado en todos los mandos regionales del cártel la misma necesidad de demostrar que seguían siendo relevantes, que seguían siendo capaces, que el vacío en la cima de la
organización no significaba que las estructuras regionales hubieran perdido su efectividad. 76 hombres demostraron exactamente lo contrario. El Estado Mayor de la Secretaría de la Defensa Nacional registró el resultado del operativo de Ciudad Mante González en los documentos de evaluación postoperativo con la sobriedad que caracteriza a la escritura militar.
números, coordenadas, tiempos, armamento asegurado, estado operativo de los elementos propios al término del combate, lo que esos documentos no podían capturar porque no hay formato de reporte militar que lo contenga. Era lo que el resultado de esa noche significaba en el contexto más amplio de lo que México estaba atravesando en el periodo que seguía a la muerte del hombre, que durante 16 años había sido el símbolo más visible del poder del crimen organizado frente al Estado.
El Mencho había muerto en Tapalpa. Sus organizaciones en todo el país estaban cometiendo los errores que cometen las organizaciones sin liderazgo. Y el ejército mexicano con los gafes como punta de lanza de su estrategia de aprovechamiento de esa ventana histórica, estaba en el terreno en Tamaulipas, en Michoacán, en Jalisco, en los corredores y los cruces y las carreteras secundarias donde la guerra real se libra en silencio sin que la mayoría de los mexicanos que viven en las ciudades sepa exactamente lo que ocurre.
Tamaulipas no es un estado que se conquista, pero esa noche, en una carretera entre Ciudad Mante y González, los gafes demostraron algo que el crimen organizado lleva décadas intentando refutar y que la historia de México sigue confirmando con la misma persistencia, que tampoco es un estado que se tome sin consecuencias, ¿no? cuando el ejército mexicano ya tiene la emboscada lista y no cuando los hombres que la preparan son los que sobrevivieron, lo que la mayoría no sobrevive, los que eligieron ese trabajo por vocación, los que llevan el nombre
que llevan porque operan en la oscuridad con la precisión y el silencio de los animales que les dieron el apodo, los gafes, los que llegaron antes, los que ya estaban ahí. Yeah.