El universo de la música regional mexicana y grupera de los años noventa y principios de los dos mil está repleto de leyendas, mitos y anécdotas que han quedado sepultadas bajo el peso de los años. Sin embargo, de vez en cuando, los verdaderos protagonistas de estas épocas doradas rompen el silencio para regalarnos historias fascinantes que cambian por completo la perspectiva que teníamos de nuestros ídolos. Una de estas joyas ocultas acaba de salir a la luz: la sorprendente, breve, pero inmensamente significativa etapa de Mario Alberto Ortiz Pichardo, el icónico exbaterista de la legendaria agrupación Los Temerarios, tocando nada más y nada menos que con Los Fugitivos.
¿Cómo es que una de las figuras más reconocidas en la batería de la música romántica mexicana terminó uniéndose a otro gigante de la industria en un rol completamente diferente? A través de revelaciones íntimas y llenas de nostalgia, nos adentramos en los camerinos, los autobuses de gira y las habitaciones de hotel para descubrir el lado más humano, disciplinado y asombroso de la vida de estos artistas en su máximo apogeo.
La noticia de que Mario Alberto Ortiz dejaba las filas de Los Temerarios fue, en su momento, un golpe mediático y emocional para los cientos de miles de fanáticos que seguían al grupo de Zacatecas. Su estilo inconfundible había marcado el ritmo de himnos generacionales. Sin embargo, el destino le tenía preparada una jugada maestra e inesperada.
Invitado directamente por Jaime y Eddie, pilares fundamentales de Los Fugitivos, Mario empacó sus cosas y comenzó una nueva aventura en la ciudad de Chicago.
Pero aquí radicaba la sorpresa monumental: no llegaba para sentarse en el trono de la batería. Ese lugar ya estaba magistralmente ocupado por Sergio, otro titán del ritmo. Mario fue contratado para encargarse de las percusiones. Y no se trataba de un set pequeño o discreto. Ortiz se plantaba en el escenario rodeado de una impresionante “jaula” de instrumentos, equipada con timbales acústicos, pads electrónicos y sofisticados módulos de sonido, una configuración casi idéntica a la que usaba el propio baterista principal.
La imagen era tan poderosa que el público no tardó en reaccionar. En sus primeras presentaciones con Los Fugitivos, a menudo se le presentaba a través del micrófono como “el ex-Temerario”, desatando la locura y los aplausos de reconocimiento por parte de una audiencia que no podía creer ver a semejante figura en una faceta rítmica tan distinta, pero ejecutada con una maestría indiscutible.
“No vengo a quitarte tu puesto”: La Humildad Entre Gigantes
Cuando dos músicos del mismo calibre, especializados en instrumentos tan similares, comparten un mismo escenario, los egos suelen chocar creando fricciones destructivas. Sin embargo, la convivencia entre Mario y Sergio fue exactamente lo opuesto: una clase magistral de respeto, madurez y compañerismo.
Sergio, quien relata estos memorables recuerdos con un cariño palpable, recuerda una ocasión muy particular que define perfectamente la calidad humana de Mario Alberto. En medio de la dinámica de trabajo, Mario se acercó y, con un tono que mezclaba la broma con una seriedad reconfortante, le dijo: “Nomas acuérdese, yo no vengo aquí para quitarle su puesto”.
La respuesta de Sergio fue igual de profesional y desinteresada. Consciente de que en las “grandes ligas” de la industria musical el bienestar del proyecto está por encima de las individualidades, le aseguró que no había problema alguno, e incluso dejó la puerta abierta: si en algún momento la dirección de la banda decidía que Mario debía tomar la batería por el bien del espectáculo, él lo aceptaría sin dudarlo. Pero había una razón musical muy profunda por la cual este intercambio de roles nunca ocurrió, una razón que toca directamente el corazón y el alma de lo que significa ser un artista único.

El “Matiz” y el Alma del Músico: Una Huella Digital Sonora
La música va mucho más allá de golpear los parches a tiempo. Aunque Mario Alberto Ortiz poseía una destreza rítmica envidiable y envidiada, la realidad era que los estilos de ambas agrupaciones eran agua y aceite. Mario tenía tatuado en su forma de tocar el inconfundible y melancólico estilo de Los Temerarios. Era una manera de sentir la música, de golpear los tambores, que no encajaba con el sonido altamente estructurado, “cuadrado” y milimétricamente preciso que exigía el concepto musical de Los Fugitivos.
Como bien reflexiona Sergio, cada músico tiene su propio matiz. Un baterista puede intentar tocar exactamente las mismas partituras que otro, pero la fuerza en el bombo, el peso en la tarola y esa esencia invisible que “se trae en el alma” jamás podrá ser replicada. Es el sentir individual lo que le da vida a una banda. Con el orgullo intacto de haber plasmado su propio estilo inamovible en 11 discos de Los Fugitivos, Sergio celebra que Mario aportara su brillantez desde la percusión, complementando la obra en lugar de alterar su ADN original.
Habitaciones de Hotel y Módulos de Sonido: El Trabajo Invisible
A menudo, los fanáticos romantizan la vida de las estrellas imaginando fiestas eternas después de los masivos conciertos de fin de semana. Sin embargo, la realidad de estos músicos de alto rendimiento era fascinantemente distinta. Mario y Sergio no solo compartían el escenario; también fueron compañeros de habitación durante aquellas largas e intensas giras.
Lejos de buscar el descontrol, ambos encontraban su mayor diversión en la búsqueda de la perfección sonora. Al llegar exhaustos al hotel después de una presentación, su ritual consistía en sacar los audífonos, encender los módulos de percusión electrónica y analizar el desempeño del show. “La conga estaba muy alta, vamos a modificarla”, se decían mutuamente, sentados en la tranquilidad de su cuarto, ajustando ecualizaciones y volúmenes para asegurarse de que el siguiente concierto sonara aún mejor. Este nivel de dedicación meticulosa demuestra por qué estas agrupaciones reinaron en las listas de popularidad durante tantos años.
Disciplina, Sobriedad y Risas en el Autobús
Otro de los grandes mitos que rodea el mundo del espectáculo regional es el consumo desmedido de alcohol. Si bien Mario Alberto había tenido capítulos en su vida relacionados con la bebida, su etapa dentro de Los Fugitivos estuvo marcada por una admirable sobriedad. Según los testimonios de su compañero de cuarto, en aquel entonces Mario había “dejado el alcohol en el buró”.
Esta tranquilidad personal compaginaba a la perfección con la rígida pero natural disciplina que reinaba en Los Fugitivos. Contrario a lo que muchos podrían pensar, en la banda no existía un reglamento escrito o dictatorial que prohibiera beber; simplemente era una cultura de trabajo que todos respetaban por voluntad propia. Cuando los fanáticos o promotores se acercaban detrás del escenario ofreciendo cervezas frías, la respuesta de los músicos era siempre cortesía pura: “Permítame tantito, voy a trabajar y después vengo con usted”. Muchas veces, las cervezas regaladas terminaban en manos del equipo técnico, mientras los artistas subían al escenario con los sentidos completamente alerta para entregar un espectáculo digno de la talla internacional que representaban.
Pero esta disciplina no significaba que la gira fuera aburrida. Al contrario, las risas eran el motor que mantenía vivo al grupo. En los largos trayectos de autobús y avión, el ambiente era de pura camaradería. Sergio y Jaime, en particular, eran los maestros de las bromas pesadas, capaces de coordinar una jugada maestra con solo cruzarse una mirada mientras cenaban, llegando a engañar a locutores de radio y haciendo reír a carcajadas a toda la tripulación, incluyendo al mismísimo Mario, quien disfrutó plenamente de esta etapa libre de dramas y llena de alegría.
Un Legado Imborrable en Corto Tiempo

Aunque la aventura de Mario Alberto Ortiz con Los Fugitivos duró menos de un año, el impacto emocional y profesional de ese cruce de caminos sigue vivo. Su participación quedó inmortalizada no solo en presentaciones en vivo y programas de televisión de la época, sino también en las anécdotas de aquellos que compartieron madrugadas de ajustes musicales y kilómetros de asfalto con él.
La historia de Mario en Los Fugitivos es un recordatorio poderoso de que la grandeza de un músico no se mide por su necesidad de acaparar los reflectores centrales, sino por su capacidad de adaptarse, de respetar a sus compañeros, de buscar la perfección sonora en la intimidad de un cuarto de hotel y de saber que, en el vasto mundo de la música, siempre hay un espacio para dejar el alma impresa, sin importar el instrumento que se tenga enfrente. Es una lección de pura humildad grupera que resuena mucho más fuerte que cualquier redoble de tambor.