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Cuando la Ancianita le Mencionó al CJNG Quién Era Su Hijo — Quedaron Pálidos

Esto ya no es tuyo, vieja. Desde hoy esta taquería apaga o esta taquería arde. La voz retumbó dentro del pequeño local y apagó de golpe el rumor alegre de la tarde. Hasta ese momento, la taquería abuelita Rosa olía a gloria, a carne al pastor girando en el trompo, a cebolla, a cilantro, a salsa recién molida en el molcajete.
Una familia comía en una mesa del fondo. Un par de albañiles bromeaban en otra. El papel picado de colores colgaba del techo meciéndose y de las bocinas viejas salía una canción ranchera. Era una tarde como cualquier otra en el corazón del pueblo. Y entonces, en un instante, todo se rompió. Cuatro hombres habían entrado sin pedir permiso y con ellos entró el miedo.
La familia del fondo se levantó y salió casi corriendo jalando a sus niños. Los albañiles dejaron sus tacos a medias y se pegaron a la pared, porque esos cuatro hombres llevaban chalecos tácticos negros con tres letras blancas en el pecho, CJNG, camisetas negras ajustadas, los brazos enormes cubiertos de tatuajes que le subían hasta el cuello y en uno de ellos el más joven, hasta la cara, hasta debajo de los ojos.


cargaban rifles de asalto sin esconderlos, exhibiéndolos como quien exhibe el derecho a hacer lo que le dé la gana. El que hablaba, el más corpulento, de barba recortada y mirada de hielo, apuntaba con el cañón hacia el mostrador. A su lado, el muchacho con el rostro tatuado, vigilaba la puerta con ojos de animal. Más atrás, un hombre mayor de barba canosa y otro con una gorra negra con las mismas letras cubrían las ventanas, controlando que nadie entrara ni saliera.
Y frente a ellos, del otro lado de una mesa con mantel cuadros rojos, estaba una sola persona, una anciana. Tenía unos 80 años, el cabello blanco recogido con cuidado, un suéter de estambre color hueso tejido a mano sobre un vestido floreado de colores vivos, un delantal con flores bordadas, las manos arrugadas y manchadas por el tiempo y por mil comales no temblaban.
Detrás de ella, sobre la pared amarilla pintada con rosas rojas, se leía el nombre del lugar en letras grandes, taquería, abuelita rosa. Y más al fondo, junto al trompo de pastor que giraba lento, un letrero escrito a mano decía: “Dios bendiga su visita.” La anciana era doña Rosa y aquella taquería era su vida entera.
“¿Me escuchaste, vieja?”, insistió el de la barba, golpeando la mesa con la culata del rifle. 50,000 pesos a la semana, empezando hoy, o te quemamos el changarro contigo adentro. Doña Rosa lo miró, no con miedo, con una calma serena, casi triste, la calma de quien ha vivido tanto, que ya muy pocas cosas la asustan. Hijo, dijo con voz suave, llevo 40 años dando de comer en este lugar.
A tu edad, a lo mejor tu abuela te trajo a comer aquí un taco. No te conviene hacer esto. El sicario soltó una carcajada y los otros lo corearon. Que no me conviene. Se inclinó sobre la mesa hasta que dara un palmo de su cara. Mira, abuelita, aquí el que decide qué conviene y que no soy yo. Y hoy decidí que tu negocito es mío.
Así que vas a pagar o vas a aprender por las malas. ¿Quién manda en este pueblo? Uno de sus hombres, el del rostro tatuado, agarró una de las botellas de salsa de la mesa y la estrelló contra el suelo solo para asustarla. El vidrio se rompió en mil pedazos. Otro tiró de un manotazo el servilletero y los saleros.
El tiburón sonríó disfrutando del terror que creía estar sembrando. “Te voy a explicar cómo va a funcionar esto de ahora en adelante, vieja”, dijo, paseándose por el local como si ya fuera suyo. Cada lunes yo o alguno de mis muchachos venimos por la feria. 50,000. Si un lunes no tienes el dinero, te quemamos una mesa.
Si dos lunes no lo tienes, te quemamos la cocina. Y si te pasas de lista, si abres la boca con la policía o con quien sea, se acercó de nuevo a su cara. Te quemamos a ti adentro de tu cocina y le decimos a todo el pueblo que fue un accidente con el gas. ¿Me entendiste, abuelita? ¿O te lo repito más despacio? Los albañiles pegados a la pared temblaban.
Cualquiera habría temblado, pero doña Rosa no. Doña Rosa lo miró con esos ojos viejos y serenos y por un instante pareció increíblemente que sentía lástima por él. “Pobre muchacho”, dijo en voz baja casi para sí misma, “tan joven y tan perdido, “¿Cómo me dijiste?” El tiburón frunció el ceño desconcertado por una reacción que no encajaba con el miedo que esperaba.
Doña Rosa sostuvo su mirada un momento largo y entonces hizo algo que ninguno de aquellos hombres esperaba. Se dio la vuelta despacio, caminó hasta una repisa junto a la imagen de la Virgen y tomó un portarretrato de madera. lo limpió con la manga del suéter con un cariño infinito y lo puso sobre la mesa frente a los sicarios, girándolo para que lo vieran bien.
En la foto había un hombre joven, vestía un uniforme militar de gala, oscuro, con medallas en el pecho y una gorra de oficial. Detrás de él la bandera de México. Posaba serio, orgulloso, con el porte de quien ha llegado lejos. Antes de que quemen nada”, dijo doña Rosa con una serenidad que heló el aire. “Quiero que sepan a quién le están quitando su taquería.
Este es mi hijo.” El de la barba miró la foto y volvió a reír, aunque con un poco menos de fuerza. “¿Y tu hijo es soldadito? Me vale madre tu hijo, vieja. Aquí hay muchos soldados y todos acaban arrodillados igual que tú.” Doña Rosa no se inmutó. Pregúntale a tu jefe quién es mi hijo”, dijo solamente, “Dile su nombre y fíjate en su cara.
Y aquí, justo aquí, tengo que detener la historia porque esos cuatro sicarios del CJNG, parados dentro de una humilde taquería, creyendo que tenían el control absoluto, no tenían la menor idea de tres cosas. No sabían quién era realmente el hombre de la foto. No sabían que ese hombre llevaba toda la vida esperando con un miedo secreto clavado en el pecho, el

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