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A sus 66 años, Sergio Goyri finalmente admite lo que todos sospechábamos

Haber hecho ya cine y muchísimas fotonovelas, que era un un cosa que se se hacía en ese entonces. En las calles polvorientas de Puebla, un niño de ojos brillantes se detenía frente a las pantallas de cine como si en ellas estuviera escrito su destino. Era el 14 de noviembre de 1958 cuando nació Sergio Goiri Pérez y desde entonces cada respiro de su infancia parecía marcado por la obsesión de imitar las voces, los gestos y las miradas de Pedro Infante, de Jorge Negrete, de María Félix.
Mientras otros corrían tras un balón, él permanecía inmóvil frente al televisor familiar, hipnotizado por el fulgor de un mundo que parecía inalcanzable. Su madre observaba aquel ritual con la certeza de que no se trataba de un juego, sino de una llamada poderosa y silenciosa que arrastraría a toda la familia, lejos de la seguridad de Puebla, hacia la Ciudad de México.


Un monstruo de concreto y promesas donde los sueños podían devorar a quien no supiera defenderlos allí en el corazón del Distrito Federal. Sergio adolescente caminaba con una mezcla de miedo y determinación, sabiendo que en cada esquina podía encontrarse con el inicio o con el final de su propia historia. Su primera parada fue el Centro de Educación Artística de Televisa, el SEA, una cantera donde se forjaban las futuras leyendas de la pantalla y donde cientos de jóvenes chocaban entre sí como gladiadores invisibles, compitiendo
por un lugar en un circo feroz. En medio de esa multitud, Sergio comenzó a destacar no por alardear ni por levantar la voz, sino por su capacidad de convertirse en otro, por el modo en que se despojaba de sí mismo para encarnar personajes con una intensidad que sorprendía incluso a los maestros. Las jornadas eran brutales, interminables clases de actuación, dicción, expresión corporal y manejo de cámara que arrancaban la piel de la inocencia para dejar expuesto únicamente el músculo desnudo del talento. Pero Sergio
absorbía cada golpe con una voracidad insaciable, como si supiera que cada gota de sudor era una inversión en un futuro donde no habría espacio para el fracaso. En esa época, México hervía bajo una revolución cultural. La televisión se convertía en el arma más poderosa de influencia y las telenovelas comenzaban a expandirse más allá de las fronteras, arrastrando con ellas fortunas y condenas.
Quienes lograban entrar en ese círculo podían alcanzar la gloria, pero también quedaban marcados para siempre. Sergio Goiri, sin saberlo, estaba afilando sus armas para entrar en esa guerra y lo haría con una disciplina que rozaba la obsesión. Su debut fue casi invisible, unas cuantas líneas en una telenovela, un papel de empleado de oficina, pero para él esas tres escenas eran un campo de batalla.
Cada palabra pronunciada, cada movimiento frente a la cámara era ejecutado con la precisión de un cirujano y la ferocidad de un guerrero. Los directores comenzaron a observarlo con una atención distinta. Percibían en él algo que no podían ignorar, la certeza de que frente a ellos había un actor dispuesto a dejarse consumir entero por el fuego de la interpretación.
Aquel instante que parecía insignificante, se convirtió en la chispa que encendería una carrera marcada por la controversia, la gloria y la sombra, porque detrás del aplauso y de la fama que vendría se escondía una verdad más oscura que con los años explotaría como un secreto imposible de enterrar.
Los novatos temblaban frente a las cámaras, sobreactuaban, buscaban atención desesperada, mientras Sergio Goiri permanecía erguido con una naturalidad cortante. Sus gestos eran medidos. Su voz grave reptaba por el set como un eco imposible de ignorar. Y esa presencia se convirtió en un imán para los productores, que pronto lo llamaron una y otra vez primero, en papeles discretos, luego en roles que exigían carácter, hasta que su nombre comenzó a resonar en los pasillos de Televisa y en los foros de cine, donde la industria
mexicana vivía un renacimiento marcado por

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