El tigre de Bengala dormía a 3 m de un lanzagranadas. Acostado en la esquina de su jaula de acero, con la cabeza entre las patas delanteras y el ronroneo grave y profundo que emiten los felinos grandes cuando están tranquilos, el tigre tenía al otro lado de los barrotes una caja de madera con la inscripción herramientas que contenía un lanzagranadas RPG7, cuatro cohetes y 200 cartuchos de calibre 7,62.
La caja estaba a un metro de la jaula. Si el tigre hubiera extendido la pata por entre los barrotes, habría tocado el arma que puede destruir un vehículo blindado a 300 m de distancia. El soldado de la Sedena, que entró al recinto donde estaba el tigre, se quedó inmóvil durante 5 segundos. No por el lanzagranadas, por el tigre, porque encontrar armas en un operativo es rutina.
Encontrar un tigre de bengala de 230 kg mirándote con ojos amarillos a 3 m de distancia en la oscuridad de las 4 de la mañana no es rutina, es una situación para la que ningún entrenamiento militar te prepara. El tigre no era el único animal. La propiedad donde el CJNG operaba tenía un zoológico privado con más de 60 animales exóticos distribuidos en jaulas, corrales y recintos que ocupaban la mitad del terreno de 5 haáreas.
Dos tigres de bengala, tres leones africanos, un jaguar, cuatro osos negros, seis monos araña, dos guacamallas rojas, un hipopótamo juvenil de 800 kg que tenía su propio estanque de concreto, una cebra, dos canguros, un cocodrilo de río de 3 m, 12 serpientes de diferentes especies en terrarios de vidrio y una jirafa de 4 m de altura que los vecinos de las rancherías cercanas veían asomarse por encima de la barda.
io técnico, cargos de delincuencia organizada. Su abogado argumenta que Martín no participó en ninguna actividad violenta y que su función era exclusivamente el cuidado de los animales. Los fiscales argumentan que el cuidado de los animales era parte integral de la operación criminal porque los animales funcionaban como cobertura y como sistema de seguridad.
El juez decidirá 93 sicarios y 60 animales exóticos en una propiedad de 5 haáreas en la sierra de Jalisco. Es el caso más extraño, más extravagante y más perturbador que hemos cubierto. No por los animales, por lo que los animales representan. La ostentación de un poder que se exhibe con leones y tigres enjaulados como los reyes medievales, exhibían su poder con menallerí en los patios de sus castillos y por lo que los animales ocultaban, un arsenal de guerra escondido entre las jaulas, donde los rugidos de los leones
cubrían el ruido de los generadores y donde el olor de los animales cubría el olor de los químicos que se usaban para procesar droga en un laboratorio instalado detrás de la jaula del hipopótamo. Quiero hablar de la propiedad porque su diseño revela la doble función de zoológico y de base militar con la que el CJNG la concibió.
La propiedad está registrada a nombre de una empresa llamada Reserva Ecológica Sierra Verde SADCV, que se presenta en sus documentos legales como un centro de conservación de fauna silvestre con fines de investigación y educación ambiental. La empresa obtuvo un permiso de la CMARNAT para la posesión de especies de fauna silvestre en categoría de cautiverio. El permiso es real.
La empresa presentó un plan de manejo de fauna, un programa de reproducción en cautiverio y un protocolo de bienestar animal que SEMARNAT aprobó sin visitar las instalaciones porque la ley no exige una visita de verificación previa para otorgar el permiso. El permiso legal para tener animales exóticos fue la cobertura perfecta.
Si alguien preguntaba por qué una propiedad en la sierra de Jalisco tenía tigres, leones y un hipopótamo, la respuesta era simple. Es una reserva ecológica, tiene permisos. Y nadie preguntaba más porque en México los zoológicos privados de los narcos un secreto a voces que todos conocen y que nadie investiga. Todos saben que los cárteles tienen animales exóticos.
Todos saben que los compran en el mercado negro con dinero del narcotráfico y todos saben que los permisos que los amparan son tan falsos como las empresas que los solicitan. Pero nadie hace nada porque investigar al dueño de un tigre en la Sierra de Jalisco puede ser más peligroso que el tigre mismo. La propiedad de 5 hectáreas estaba dividida en dos zonas.
La zona frontal, visible desde el camino de terracería que pasa frente a la propiedad, contenía el zoológico, las jaulas de los felinos, los corrales de los osos y los canguros, el estanque del hipopótamo, el aviario de las guacamayas y una caseta de entrada con un letrero que decía Reserva Ecológica Sierra Verde, visitas con cita previa.
Todo diseñado para que cualquiera que mirara desde el camino viera un zoológico privado legítimo. La zona trasera oculta detrás de una hilera de árboles de mango que bloqueaba la vista desde la zona frontal. Contenía la base, dormitorios para 93 personas, un comedor con cocina industrial, un almacén de armas, un centro de comunicaciones, un estacionamiento para 12 camionetas blindadas y el laboratorio de procesamiento de drogas que operaba en un edificio de lámina detrás del estanque del hipopótamo. Las dos zonas
estaban conectadas, pero separadas visualmente. Un visitante que entrara a la zona del zoológico vería jaulas, animales y un cuidador con overall que alimentaba a los tigres. No vería las barracas, las camionetas blindadas ni a los 93 hombres armados que vivían 100 m detrás de la jaula de la jirafa.
Quiero hablar de los animales con detalle porque su presencia en la propiedad cumplía funciones que iban más allá de la ostentación y de la cobertura legal. Los animales servían como sistema de seguridad perimetral. Los dos tigres de bengala y los tres leones africanos estaban en jaulas ubicadas a lo largo de la barda perimetral de la propiedad, en los puntos donde alguien podría intentar escalar la barda para entrar sin autorización.
Si una persona saltaba la barda y caía del otro lado, caía a menos de 5 m de una jaula con un felino de 200 kg que rugía con una intensidad que se escuchaba a 1 km de distancia. El rugido de los leones era la alarma. Si los leones rugían de noche fuera de su horario de alimentación, los vigías sabían que alguien estaba cerca de la barda.
El cocodrilo de 3 m estaba en un estanque junto a la puerta trasera de la propiedad, la puerta que los combatientes usaban para entrar y salir. El estanque no tenía reja. Era un foso abierto de 6 m de ancho por 10 de largo que cualquiera que intentara entrar por la puerta trasera sin conocer el terreno habría confundido con un charco grande hasta que el cocodrilo se moviera.
Los combatientes que conocían la propiedad rodeaban el estanque por un sendero de piedra. Los que no lo conocían no rodeaban. El cocodrilo como sistema de defensa pasiva. Un foso con un depredador vivo en lugar de estacas. Los animales también servían como distracción sensorial. El olor de 60 animales exóticos en un espacio de 5 haáreas es poderoso.
Una mezcla de pelo, de excremento, de comida en descomposición y del almizcle que los felinos producen para marcar territorio. Ese olor cubría el olor del laboratorio de drogas que operaba detrás del estanque del hipopótamo. Los vapores de acetona, de ácido y de los solventes que se usan para procesar metanfetamina se mezclaban con el olor de los animales y se diluían hasta ser imperceptibles.
Si alguien pasaba por el camino de terracería y olía algo raro, asumía que era el zoológico, porque un zoológico huele raro por definición. El ruido de los animales cumplía la misma función. Los leones rugen, los monos gritan, los osos gruñen, las guacamayas chillan con una intensidad que taladra los oídos y el hipopótamo emite bramidos guturales que vibran en el pecho de cualquiera que esté a menos de 20 m.
El conjunto de sonidos animales generaba una cortina acústica que enmascaraba los ruidos de la base, los generadores, los motores de las camionetas, las conversaciones de 93 personas y el zumbido de los equipos del laboratorio. Los animales como alarma, como foso defensivo, como cobertura olfativa y como cortina acústica es el uso más creativo de fauna silvestre que el narcotráfico ha inventado en México y es también el más cruel porque los animales no eligieron ser herramientas del narcotráfico, los tigres no eligieron
vigilar una barda, los leones no eligieron rugir como alarma, el cocodrilo no eligió ser un foso defensivo y el hipopótamo no eligió vivir junto a un laboratorio de drogas cuyo olor habría intoxicado a cualquier animal con la sensibilidad olfativa de un mamífero de 800 kg que respira a ras del agua donde los vapores químicos se acumulan.
Quiero hablar del laboratorio de drogas porque su ubicación detrás del estanque del hipopótamo tiene una lógica macabra. El laboratorio estaba en un edificio de lámina de unos 80 m²ad que desde la zona del zoológico parecía una bodega de alimento para animales. Tenía un letrero que decía almacén, solo personal autorizado, y una puerta de lámina con candado que los cuidadores del zoológico tenían instrucción de no abrir nunca.
El letrero y el candado generaban una excusa para que nadie entrara. Ahí se guarda el alimento especial de los animales y hay que mantenerlo cerrado para que no se contamine. Dentro del edificio, el laboratorio procesaba metanfetamina con una producción estimada de 30 a 40 kg por semana. Los precursores químicos llegaban en camionetas que entraban por la puerta trasera, rodeaban el estanque del cocodrilo y descargaban en el laboratorio donde tres químicos y cuatro ayudantes operaban el equipo en turnos de 12 horas. Los vapores del laboratorio
salían por un extractor que canalizaba el aire hacia el estanque del hipopótamo. El hipopótamo vivía rodeado de vapores de metanfetamina que se dispersaban sobre la superficie del agua de su estanque. Los veterinarios de Profepa que examinaron al hipopótamo después del operativo encontraron que el animal tenía niveles elevados de sustancias químicas en la sangre consistentes con exposición prolongada a vapores de solventes orgánicos.
El hipopótamo estaba intoxicado. Llevaba meses respirando los residuos del laboratorio que el CJNG instaló junto a su estanque. El hipopótamo intoxicado con vapores de metanfetamina es quizás la imagen más grotesca de todo el caso. un animal de 800 kg que fue comprado en el mercado negro, transportado ilegalmente a una propiedad en la Sierra de Jalisco y encerrado en un estanque de concreto junto a un laboratorio de drogas que lo envenenó lentamente con los vapores de la producción que generaba dinero para las mismas personas
que lo alimentaban. Quiero hablar de cómo se descubrió la base. La pista vino de un veterinario. Un veterinario de 38 años que trabaja en una clínica de animales domésticos en un pueblo cercano, recibió una llamada de la propiedad pidiéndole que viniera a examinar a un oso negro que se negaba a comer.
El veterinario no atendía animales exóticos normalmente, pero la oferta de 20,000 pesos por una visita lo convenció. El veterinario llegó a la propiedad, examinó al oso y determinó que tenía una infección dental que le causaba dolor al masticar. Recetó antibióticos y un analgésico, pero mientras estaba en el zoológico notó cosas que le inquietaron.
Los cuidadores llevaban armas cortas bajo los overoles. Las jaulas tenían cajas marcadas como herramientas que él, como veterinario con experiencia en zoológicos, sabía que no contenían herramientas porque eran demasiado pesadas y porque los cuidadores las manejaban con una delicadeza que la gente que maneja herramientas no tiene.
Y el olor que venía de la parte trasera de la propiedad no era solo olor de animales, tenía un componente químico que el veterinario, que estudió química orgánica en la carrera, reconoció como solvente industrial. El veterinario se fue de la propiedad sin decir nada. Volvió a su clínica y esa noche desde su casa llamó a un número de denuncia anónima de la Sedena.
reportó lo que vio. Armas bajo los overoles, cajas sospechosas junto a las jaulas y olor a solventes químicos en una propiedad que se supone que es un zoológico. La denuncia activó un protocolo de reconocimiento que La Sedena ejecutó durante tres semanas con drones que sobrevolaron la propiedad de noche captando imágenes térmicas.
Quiero hablar del veterinario porque su decisión de denunciar tiene un contexto profesional que me parece relevante. El veterinario se llamaba, según los registros Dr. Raúl, 38 años, egresado de la Facultad de Veterinaria de la Universidad de Guadalajara. Trabaja en una clínica de mascotas donde atiende perros y gatos con problemas digestivos, con garrapatas y con las dolencias menores que los dueños de mascotas llevan al veterinario.
Gana 30,000 pesos al mes. Tiene esposa, dos hijos y un crédito hipotecario que paga puntualmente. Cuando lo llamaron de la reserva ecológica para que viera al oso, el Dr. Raúl pensó que era una oportunidad de ganar dinero extra, 20,000 pesos por una visita. Pero cuando llegó a la propiedad y vio las armas bajo los overoles, las cajas sospechosas y olió los solventes, entendió que la reserva ecológica era otra cosa.
El drctor Raúl tuvo tres opciones. La primera, no decir nada, cobrar sus 20,000 pesos y olvidarse del asunto. La segunda, volver a ser llamado, convertirse en el veterinario del zoológico del CJNG y ganar 20,000 pesos por visita cada vez que un animal se enfermara, lo cual ocurriría frecuentemente dado el mal estado de los animales.
La tercera, denunciar. La primera opción era la más fácil, la segunda era la más rentable, la tercera era la más peligrosa. El doctor Raúl eligió la tercera. No por heroísmo, según él, por ética. profesional. “Soy veterinario”, declaró después del operativo. “Estudié para cuidar animales y lo que vi en esa propiedad no era cuidado, era maltrato.
Los animales estaban mal alimentados, mal alojados y el hipopótamo estaba respirando químicos que lo estaban envenenando. No podía quedarme callado, no como veterinario. No podía quedarme callado, no como veterinario. la ética profesional como motor de la denuncia. En un país donde la mayoría de las personas que ven lo que el doctor Raúl vio se callan por miedo, un veterinario denunció porque su formación le dice que los animales que sufren tienen derecho a que alguien hable por ellos.
Quiero hablar del tráfico de animales exóticos porque la presencia de 60 animales en la propiedad del CJNG conecta el narcotráfico con otra industria criminal que mueve miles de millones de dólares al año. El tráfico ilegal de fauna silvestre es el cuarto negocio criminal más grande del mundo después del narcotráfico, la trata de personas y el tráfico de armas.
En México, el tráfico de animales exóticos opera con una impunidad que los ambientalistas denuncian desde hace décadas sin que las autoridades actúen con la contundencia que el problema requiere. Los tigres de bengala del CJNG fueron comprados a un traficante de fauna que opera en la frontera entre Guatemala y Chiapas y que importa animales desde Centroamérica y desde Asia a través de redes que mueven los animales por las mismas rutas que mueven la droga.
Los leones vinieron de un criadero clandestino en Sudáfrica que vende cachorros de león a compradores mexicanos por internet. Los envía por avión a la Ciudad de México declarados como mascotas domésticas con documentación falsa y los entrega en un punto de la carretera donde el comprador los recoge como si fueran un paquete de Amazon.
El hipopótamo es el caso más complejo. Los hipopótamos son difíciles de transportar por su tamaño y su temperamento. Los investigadores creen que el hipopótamo del CJNG fue adquirido como cría de un zoológico municipal de México que vendió animales excedentes para fines de conservación sin verificar quién era el comprador. Un hipopótamo bebé pesa entre 30 y 50 kg y puede transportarse en una camioneta con una jaula grande.
El hipopótamo del CJ fue comprado como cría hace 3 años y creció en el estanque de concreto de la propiedad hasta alcanzar los 800 kg que pesaba cuando fue decomizado. La jirafa fue comprada a un circo que cerró operaciones y que vendió sus animales al mejor postor. El CJNG pagó 1,illón y medio de pesos por la jirafa. La transportaron en un remolque ganadero modificado con un techo elevado que apenas cabía por debajo de los puentes de la carretera.
La jirafa viajó 8 horas en el remolque desde el estado donde operaba el circo hasta la propiedad en Jalisco, con la cabeza agachada por falta de espacio y con un estrés que los veterinarios del centro de rescate todavía están tratando. Los drones contaron 93 firmas de calor humano concentradas en la zona trasera de la propiedad, 12 vehículos en el estacionamiento y una estructura con una firma de calor elevada consistente con actividad de laboratorio químico junto al estanque del hipopótamo.
El operativo se ejecutó a las 4 de la mañana con 200 soldados que rodearon la propiedad y entraron por tres puntos. El asalto tuvo una complejidad adicional que ningún otro operativo había tenido, los animales. Quiero describir el operativo con detalle porque la presencia de animales peligrosos en una propiedad durante un asalto militar genera situaciones que ningún manual contempla.
Los 200 soldados fueron divididos en cuatro grupos. 120 formaron el perímetro exterior. Los otros 80 entraron a la propiedad por tres puntos. la puerta principal del zoológico, la puerta trasera junto al estanque del cocodrilo y una brecha en la barda del lado oeste. Antes de la entrada, los soldados recibieron una instrucción que nunca habían recibido en ningún operativo anterior. No disparen a los animales.
Los animales son evidencia y son víctimas. Si un animal los amenaza, retírense y busquen otra ruta. No disparen. La instrucción fue repetida tres veces por el mando del operativo. Porque la Sedena sabe que un soldado que entra a una propiedad de noche y que se encuentra de frente con un tigre de bengala que ruge a 3 m de distancia, va a disparar por instinto si no recibe una instrucción específica de no hacerlo.
Los soldados que entraron por la puerta principal del zoológico atravesaron la zona de jaulas en la oscuridad. Los felinos se despertaron con el ruido de las botas en la grava. Los leones rugieron. Los tigres se levantaron en sus jaulas y empezaron a caminar de un lado a otro con el movimiento nervioso de los felinos en cautiverio cuando detectan una amenaza.
Los monos araña empezaron a gritar con chillidos agudos que se escuchaban a kilómetros y las guacamayas, despertadas por el escándalo, se unieron al coro con grasnidos que los soldados describieron como peor que una alarma de incendios. La cacofonía de animales alertó a los combatientes del CJNG que dormían en la zona trasera.
Los vigías no fueron los que dieron la alarma, fueron los leones. El sistema de seguridad animal que el CJNG diseñó funcionó exactamente como fue diseñado. Los animales detectaron la intrusión y alertaron con sus sonidos, solo que la alerta llegó demasiado tarde. Cuando los combatientes se despertaron con los rugidos, los soldados ya estaban dentro de la propiedad y avanzaban hacia las barracas.

Un soldado que entró por la brecha del lado oeste relató un momento que sus compañeros todavía le recuerdan. En la oscuridad del recinto, con la visión nocturna puesta, el soldado vio dos ojos verdes brillantes a su derecha, a menos de 4 m de distancia. Se quedó paralizado. Los ojos verdes lo miraban fijamente desde la oscuridad sin parpadear.
El soldado apuntó su arma por reflejo y entonces escuchó la voz de su compañero detrás. Es la jirafa gey. Baja el arma. Los ojos verdes a 4 m de altura eran los ojos de la jirafa que miraba al soldado desde su corral con la curiosidad tranquila de un animal que no entiende por qué hay personas corriendo en su espacio a las 4 de la mañana.
Los soldados que entraron por la zona del zoológico se encontraron con los leones rugiendo en sus jaulas, los monos gritando desde los árboles de sus corrales, las guacamayas chillando con una intensidad que hacía imposible escuchar las instrucciones por radio y un hipopótamo que bramaba desde su estanque con un sonido gutural que los soldados describieron como el sonido más aterrador del operativo, peor que los disparos.
El cocodrilo del estanque de la puerta trasera presentó un problema táctico real. Los soldados que entraron por la puerta trasera tuvieron que rodear el estanque en la oscuridad, sabiendo que un cocodrilo de 3 m estaba en el agua a 2 m de distancia. Un soldado resbaló en el borde del estanque y metió la pierna en el agua hasta la rodilla antes de que un compañero lo agarrara del chaleco y lo jalara.
El cocodrilo no se movió, pero la posibilidad de que se moviera generó un nivel de ansiedad en los soldados que entraron por la puerta trasera que varios describieron como peor que recibir disparos. Los 93 fueron detenidos en 20 minutos. La mayoría dormía en las barracas de la zona trasera.
Los combatientes que hacían guardia dispararon desde las esquinas de los edificios, pero fueron sometidos rápidamente por los soldados que superaban en número y en entrenamiento. Seis combatientes intentaron huir por la barda perimetral y cayeron del otro lado donde los soldados del perímetro los detuvieron.
Uno cayó cerca de la jaula de un león que rugió con tal fuerza que el combatiente, según los soldados que lo detuvieron, se tiró al piso y se quedó quieto como si estuviera muerto, temblando, más asustado del león que de nosotros. 93 detenidos, dos combatientes heridos, cero muertos, 127 rifles de asalto, 73 pistolas, 46 granadas, tres lanzagranadas con cohetes, 260 kg de metanfetamina, 140 kg de cocaína y 60 animales exóticos que los peritos de Profepa inventariaron, evaluaron y transfirieron durante los días siguientes a zoológicos oficiales y a
centros de rescate de fauna, donde van a recibir la atención veterinaria que nunca recibieron bajo el cuidado del CJNG. Quiero hablar de los animales después del operativo porque su destino es parte de la historia. Los dos tigres de Bengala fueron transferidos al zoológico de Guadalajara, donde los veterinarios encontraron que ambos estaban desnutridos.
Pesaban entre 30 y 40 kg menos de lo que un tigre de bengala sano debería pesar. El CJNG los alimentaba con carne de res cruda que compraba en los rastros locales, pero la cantidad era insuficiente para un felino que en estado salvaje consume entre 8 y 10 kg de carne diarios. Los tigres recibían entre 4 y 5 kg, la mitad de lo que necesitaban.
Los tres leones tenían problemas similares: desnutrición, pelaje opaco y signos de estrés crónico causado por las condiciones de cautiverio en jaulas demasiado pequeñas donde no podían moverse con la amplitud que un león necesita para mantener su salud muscular y articular. Un león macho tenía una lesión en la pata trasera que nunca fue atendida y que le causaba una cojera visible.
Los cuatro osos negros estaban en un corral de concreto sin refugio contra el sol, donde la temperatura puede superar los 35 gr en verano. Los osos habían perdido pelo por el estrés térmico y varios tenían lesiones en la piel causadas por rascarse contra las paredes de concreto del corral. El hipopótamo, además de la intoxicación por vapores químicos, tenía una infección en las encías causada por la mala calidad del agua de su estanque, que no tenía sistema de filtración.
y que se cambiaba cada dos semanas en lugar de mantener circulación continua. Los hipopótamos pasan hasta 16 horas al día en el agua y necesitan agua limpia para mantener la salud de su piel y de sus mucosas. El agua del estanque del hipopótamo del CJNG era un caldo verde de algas y bacterias que los veterinarios describieron como inadecuado para cualquier animal acuático.
La jirafa era quizás el animal en peor estado. Las jirafas necesitan espacio para caminar y una dieta especializada de acacia y de forraje alto que les permita comer con la cabeza elevada, que es su posición natural de alimentación. La jirafa del CJNG vivía en un corral de 30 por 20 m, demasiado pequeño, y comía alfalfa del suelo, lo que le obligaba a bajar la cabeza a una posición antinatural que le causó problemas cervicales.
Los veterinarios del centro de rescate donde fue transferida encontraron que la jirafa tenía desviación cervical y dolor crónico en el cuello. Los animales del CJNG sufrían no por crueldad intencional, sino por la ignorancia de personas que compran animales exóticos sin saber cómo cuidarlos y sin importarles aprenderlo.
El CJNG gastó millones de pesos en comprar tigres, leones y un hipopótamo en el mercado negro, pero no gastó lo necesario en alimentarlos, en construir recintos adecuados ni en contratar veterinarios especializados que los atendieran. Los animales eran herramientas y símbolos de poder. No eran seres vivos que necesitaban cuidado.
Y cuando una organización trata a seres vivos como herramientas, los seres vivos sufren. Quiero hablar de los 93 detenidos. De los 93, 55 eran combatientes, 15 eran operadores del laboratorio de drogas, ocho eran logística y transporte, siete eran comunicaciones y vigilancia, cuatro eran mandos y cuatro eran los cuidadores del zoológico, los hombres que alimentaban a los animales, limpiaban las jaulas y mantenían la cobertura de reserva ecológica que la empresa de fachada necesitaba.
Los cuidadores del zoológico tenían experiencia real con animales. Dos habían trabajado en zoológicos municipales antes de ser contratados por el CJNG. Uno era veterinario técnico con formación del CONALEP y el cuarto era un hombre de la sierra que toda su vida había trabajado con ganado y que aprendió a manejar felinos grandes con la misma naturalidad con la que manejaba Toros, con respeto, con distancia y con la certeza de que si te descuidas te matan.
Los cuidadores declararon que no queríamos que los animales sufrieran, que hacían lo que podían con los recursos que les daban, que pedían más comida para los tigres y que el mando les decía que la carne está cara, que pedían un veterinario para el león cojo y que nadie mandaba uno, que pedían un filtro para el estanque del hipopótamo y que les decían que está bien así.
Los cuidadores cuidaban dentro de los límites que el CJNG les imponía. Que esos límites eran insuficientes para la salud de los animales era algo que los cuidadores sabían pero que no podían cambiar. El jefe de la célula, un hombre de 45 años originario de la costa de Jalisco, era el que había decidido tener el zoológico, no por estrategia militar, por vanidad.
Quería un zoológico como los que había visto en videos de narcotraficantes colombianos. Quería tigres como los que Pablo Escobar tenía en la hacienda Nápoles. Quería un hipopótamo como los hipopótamos de Escobar, que se volvieron famosos cuando escaparon y colonizaron los ríos de Colombia. El jefe de la célula quería ser escobar y como no podía tener la hacienda Nápoles, construyó su versión en 5 hectáreas de la Sierra de Jalisco con animales comprados en el mercado negro a precios que los investigadores están rastreando. Un tigre de bengala
cuesta entre 500,000 y 1 millón de pesos en el mercado negro mexicano. Un león entre 300 y 500,000. Un hipopótamo más de 2 millones. La inversión del CJNG en el zoológico supera los 10 millones de pesos. 10 millones de pesos en animales que sufrían desnutrición porque el mando que los compró no quería gastar lo necesario en carne.
A ti que llegaste hasta aquí, la imagen que te dejo es la del tigre y el lanzagranadas. Un tigre de bengala dormido en su jaula con la cabeza entre las patas. A 3 m un lanzagranadas RPG7 en una caja de madera. [música] El tigre que pesa 230 kg y que puede matar a un hombre con un zarpazo. El lanzagranadas que puede destruir un vehículo blindado con un cohete.
Dos formas de poder. Dos formas de matar, una viva y otra de acero. Dormidas una junto a la otra en la oscuridad de las 4 de la mañana en una propiedad de la sierra de Jalisco, donde un narcotraficante que quería ser escobar las juntó porque ambas lo hacían sentir poderoso. El tigre ya no está en la jaula, está en el zoológico de Guadalajara comiendo 8 kg de carne diarios y recuperando los 30 kg que perdió mientras el CJNG lo alimentaba con la mitad de lo que necesitaba.
El lanzagranadas está en una bodega de La Sedena y la jaula vacía está en una propiedad asegurada en la Sierra de Jalisco, donde el viento pasa entre los barrotes con el silvido de las cosas que se quedan cuando los que las llenaron se van. Dale like, suscríbete, activa la campanita.
Los 60 animales del zoológico del CJNG están siendo atendidos en zoológicos y centros de rescate de Jalisco, Colima y Michoacán. Los tigres están comiendo, los leones están recibiendo tratamiento. El león cojo está siendo operado de la pata. Los osos tienen sombra. El hipopótamo tiene agua limpia por primera vez en 3 años y la jirafa está aprendiendo a comer con la cabeza arriba en un recinto donde puede caminar sin chocar con las paredes.
Los animales se van a recuperar. Los veterinarios dicen que con alimentación adecuada, espacio y atención médica, la mayoría va a recuperar la salud que perdió bajo el cuidado del CJNG. Van a vivir lo que les quede de vida en lugares donde las personas que los cuidan saben lo que necesitan y tienen los recursos para dárselo.
No van a ser herramientas de poder, ni sistemas de alarma, ni fosos defensivos. Van a ser lo que siempre debieron ser, animales, nada más, nada menos. Nos vemos mañana. Cuídate. Y si algún día ves una jirafa asomarse por encima de una barda en la sierra de Jalisco, no asumas que es un zoológico legítimo. pregunta, porque detrás de la jirafa puede haber tigres que vigilan la barda, leones que rugen como alarma, un cocodrilo que cuida la puerta trasera, un hipopótamo que respira vapores de metanfetamina junto a un laboratorio y 93 hombres armados que duermen detrás de
una cortina de rugidos, de olores y de la ilusión de que tener un zoológico los convierte en algo más que lo que son. Narcotraficantes que necesitan jaulas para sentirse libres. Quiero cerrar con una reflexión sobre los narcosológicos a nivel nacional, porque este caso se inscribe en un patrón que las autoridades llevan años documentando sin poder detener.
Profepa tiene documentados más de 200 casos de posesión ilegal de fauna silvestre vinculados a personas investigadas por narcotráfico. 200 narcos animales exóticos en propiedades distribuidas por todo el país. Los narcos zoológicos existen porque los animales son símbolos de poder. Un narco con un tigre demuestra que puede tener lo que quiera, incluyendo un depredador que la ley prohíbe poseer.
El tigre es más visible que un rifle, más impresionante que una camioneta blindada y más permanente que el dinero. Los animales decomizados en operativos saturan los centros de rescate. No hay espacio, no hay presupuesto para alimentarlos, no hay capacidad veterinaria para atender las patologías que desarrollan después de años de maltrato.
El zoológico de Jalisco es el más grande por número de animales, pero no es único. Es parte de un patrón que se repite en cada estado donde los cárteles operan con la impunidad que les permite tener leones en el patio y hipopótamos en el estanque. La solución pasa por verificación initu de los permisos de fauna silvestre. Semarnat otorga permiso sin visitar las instalaciones.
Si visitara vería que la reserva ecológica es una base del CJNG. Vería los animales desnutridos, vería las armas bajo los overoles, pero SEMARNAT no visita. Y mientras no visite, los permisos de papel van a seguir cubriendo zoológicos del narcotráfico, donde los tigres vigilan bardas y los hipopótamos respiran metanfetamina.
El veterinario que denunció, el Dr. Raúl, dijo algo que me parece la frase que cierra este caso. Los animales no eligen a sus dueños. Les toca quien les toca. A estos les tocó el peor dueño posible. Y la única manera de cambiarles el dueño era que alguien hablara. Yo hablé porque ellos no pueden. Porque ellos no pueden.
Los animales no denuncian. No llaman al 911. No hablan con compadres que tengan primos en el ejército. Los animales sufren en silencio y el silencio de un tigre desnutrido en una jaula junto a un lanzagranadas es el mismo silencio que el silencio de un hipopótamo intoxicado con vapores de metanfetamina en un estanque sin filtro.
El silencio de los que no tienen voz y la responsabilidad de los que sí la tienen de usar esa voz por ellos. Yeah.