El vagón llevaba 23 años estacionado en el andén de una estación que no existe en ningún mapa del metro. No en el mapa que le dan a los pasajeros, no en el mapa que cuelga de las paredes de las estaciones, no en el mapa digital de la aplicación oficial. La estación existe en los planos de ingeniería del sistema de transporte colectivo archivados en una bodega de la Secretaría de Obras bajo la clasificación de infraestructura suspendida, fase 3, tramo Oriente.
Existe en el papel, existe en el concreto. Existe a 20 met debajo de una avenida del oriente de la Ciudad de México, donde cientos de miles de personas pasan todos los días caminando sobre una estación de metro que se construyó, se terminó y nunca se inauguró. La estación fantasma, así la llaman los trabajadores del metro que saben de su existencia.
Los maquinistas que conducen los trenes por la línea que pasa junto a la estación pueden verla durante 3 segundos cuando el tren cruza a velocidad por los túneles. Un destello de andenes iluminados por luces de emergencia que nunca se apagaron, de muros de azulejo que nunca recibieron pasajeros y de un vagón estacionado en la vía muerta que lleva ahí desde que la estación fue abandonada en 2002 cuando el gobierno canceló la extensión de la línea por falta de presupuesto.
3 segundos. Eso es lo que los maquinistas ven cuando pasan. Un parpadeo de luz y concreto. Y después oscuridad otra vez hasta la siguiente estación, la estación real, donde los pasajeros suben y bajan sin saber que 600 m atrás en el túnel que acaban de cruzar hay una estación completa con andenes, escaleras, vestíbulo, taquillas y baños que nunca recibieron a nadie.
contarlo.
Cuando llegó al acceso de mantenimiento y subió la escalera hacia la superficie, el aire de la noche de la Ciudad de México le pegó en la cara con el frío húmedo de las 3 de la mañana en el valle de México y Tomás se sentó en la banqueta junto a la tapa del acceso, sacó su celular y llamó a su supervisor con las manos temblando.
No de frío, de lo otro. Tomás declaró después del operativo que lo más difícil no fue ver lo que vi. Lo más difícil fue caminar 800 m en la oscuridad, sabiendo que si me escuchaban no iba a llegar a contarlo. 800 m de silencio y de miedo. 800 m que sepaban el descubrimiento de la denuncia y Tomás los caminó en la oscuridad solo con sus botas de trabajo y su caja de herramientas y la información que iba a terminar con 102 detenidos.
Quiero contar la historia de uno de los combatientes que vivían en la estación, porque su perfil refleja la realidad de los jóvenes del oriente de la Ciudad de México, que el CJNG recluta en los barrios más marginados de la capital. Se llamaba, según los registros Óscar, 22 años, de Nesahualcoyotl, ciudad Nesa, la ciudad dentro de la ciudad, el municipio Conurbado donde viven más de un millón de personas en una planicie que hace 50 años era el lecho seco del lago de Texcoco y que hoy es una de las zonas más densamente pobladas del hemisferio occidental.
Ócar creció en una colonia de Nesa, donde las calles no tienen nombre en el mapa y donde las casas de block se apilan unas sobre otras como cajas de zapatos grises que crecen hacia arriba porque no pueden crecer hacia los lados. Dejó la secundaria a los 15 años. Trabajó como cargador en la central de abasto durante 2 años, después como repartidor de comida en una aplicación, después como ayudante de albañil.
Trabajos que pagaban entre 2,000 y 4,000 pesos a la quincena. Trabajos que lo mantenían vivo, pero no le daban futuro. A los 20, un amigo del barrio le dijo que había jale que paga bien. Óscar aceptó. Lo bajaron a la estación fantasma. Le dieron un rifle y durante 2 años vivió a 20 m debajo de la ciudad donde nació.
Dormía en un andén de metro, comía en un vestíbulo de metro y salía de noche por los túneles a hacer lo que el CJNG le ordenaba. Óscar fue detenido en el Andén Norte a las 2:15 de la mañana. Dormía en la colchoneta número 23. Tiene 22 años. De Nesa, de la ciudad de los que no tienen nada y que por no tener nada aceptan lo que les ofrecen, aunque lo que les ofrecen sea vivir en un andén de metro abandonado con un rifle al lado.
Porque lo que había dentro de la estación fantasma era visiblemente una operación militar. Las personas dormidas tenían rifles junto a sus colchonetas. Quiero hablar de la estación antes de hablar de lo que el CJNG hizo con ella. La estación fue construida entre 1998 y 2001 como parte de la fase 3 de extensión de la línea hacia el oriente de la ciudad.
La extensión incluía tres estaciones nuevas y 4 km de túnel que iban a conectar colonias populares del oriente con el resto de la red de metro. Las tres estaciones fueron construidas simultáneamente. Los túneles fueron excavados con tuneladora. Las vías fueron tendidas, [música] la señalización fue instalada y cuando todo estaba listo para inaugurar, el presupuesto se agotó.
La crisis económica de 2001 obligó al gobierno de la ciudad a recortar gastos. La extensión de la línea fue suspendida temporalmente. Las dos estaciones más cercanas al tramo existente fueron eventualmente inauguradas en 2003 con un presupuesto de emergencia. Pero la tercera estación, la más lejana, la que estaba en el extremo del tramo nuevo, quedó terminada y cerrada, clausurada con muros de tabique en los accesos al vestíbulo y con rejas de acero en las bocas de los túneles que conectan con la vía principal.
La estación tiene todo lo que una estación de metro necesita para funcionar. Dos andenes laterales de 160 m de largo por cuatro de ancho. Un vestíbulo central con taquillas y torniquetes. Escaleras que suben desde los andenes al vestíbulo y desde el vestíbulo a la superficie. Baños públicos, un cuarto de control eléctrico, un cuarto de ventilación y un cuarto de comunicaciones.
Todo construido, todo terminado, todo pagado con dinero público y todo abandonado durante 23 años. Los muros de tabique que clausuraban los accesos al vestíbulo fueron rotos. Las rejas de acero de las bocas de los túneles fueron cortadas con cisaya y la estación que el gobierno abandonó fue ocupada por el CJNG, con la misma lógica que hemos visto en conventos, haciendas, plazas de toros y teleféricos.
El estado construye, el estado abandona, el crimen organizado ocupa. El CJNG accedió a la estación por los túneles del metro. Los túneles del metro son accesibles desde múltiples puntos, pozos de ventilación, salidas de emergencia, accesos de mantenimiento y las bocas de las estaciones activas que durante las 5 horas de cierre nocturno quedan abiertas para los equipos de mantenimiento que trabajan en las vías.
Los operadores del CJNG entraban por un acceso de mantenimiento en un punto de la vía a 800 m de la estación Fantasma. Caminaban por el túnel durante el horario de cierre y llegaban a la estación donde vivían y operaban. El acceso se hacía de noche entre la 1 y las 4 de la mañana, cuando los túneles están vacíos de trenes y solo circulan los técnicos de mantenimiento.
Los operadores del CJNG se disfrazaban de técnicos chalecos reflectantes naranjas, cascos amarillos, lámparas de casco y cajas de herramientas. Si un técnico real los veía caminar por el túnel, parecían compañeros de otro turno. Nadie preguntaba. En los túneles del metro de la Ciudad de México, durante el horario de mantenimiento, hay decenas de personas caminando por las vías con chalecos y cascos.
Unos más o unos menos no llaman la atención. Quiero hablar de cómo el CJNG adaptó la estación porque la transformación de un espacio diseñado para mover pasajeros en un espacio diseñado para alojar un ejército tiene detalles que revelan la capacidad de adaptación del cártel. Los dos andenes de 160 m fueron convertidos en dormitorios.
El andén norte alojaba a 60 personas, el andén sur a 42. Las colchonetas estaban alineadas a lo largo del andén con la cabecera contra la pared de azulejo y los pies apuntando hacia el borde del andén, donde los pasamanos de acero impedían que alguien se cayera a las vías mientras dormía. El espacio entre colchonetas era de unos 30 cm, 102 personas durmiendo en fila en un andén de metro a 20 m bajo la superficie de la Ciudad de México.
La imagen parece sacada de una película de ciencia ficción distópica. Pero ocurrió en la capital de México, debajo de una avenida donde los tacos de canasta se venden a 8 pesos y los peatones caminan mirando el celular sin mirar el suelo que pisan. El vestíbulo central fue convertido en área común, comedor y centro de operaciones.
Las taquillas de boletos, esas ventanillas de cristal blindado donde los taquilleros venden los boletos del metro fueron usadas como puestos de guardia. Un combatiente se sentaba dentro de la taquilla con vista a las escaleras que bajan de la superficie y a las que bajan de los andenes.
Si alguien no autorizado entraba por cualquier acceso, el guardia de la taquilla lo veía primero. Las taquillas del metro como garitas de vigilancia. El diseño original servía. La taquilla está posicionada para ver todos los flujos de personas en el vestíbulo, solo que ahora los flujos no eran de pasajeros, sino de combatientes armados.
Los torniquetes del vestíbulo fueron retirados para ampliar el espacio. En su lugar, el CJNG instaló mesas de madera y bancas donde se servían las comidas en tres turnos. La cocina estaba en el cuarto de control eléctrico, que es un espacio cerrado con ventilación propia y con conexiones eléctricas que los cocineros del CJ usaron para conectar estufas eléctricas y un refrigerador industrial.
El cuarto de control eléctrico del metro como cocina, los tableros de distribución eléctrica compartiendo espacio con ollas de frijoles y sacos de arroz. Los baños de la estación funcionaban. El sistema de drenaje del metro sigue activo en toda la red. incluyendo los tramos suspendidos. Porque el drenaje del metro es parte del sistema de drenaje profundo de la Ciudad de México y desconectarlo en un punto afectaría el flujo en toda la red.
Los 102 ocupantes de la estación tenían baños con agua corriente y drenaje funcional. Es quizás el único caso de todas las bases del CJNG que hemos cubierto donde los ocupantes tenían baños de verdad. No cubetas, no letrinas, baños con taza, con descarga, con lavamanos. Los baños del metro de la Ciudad de México al servicio de 102 sicarios del CJNG.
Quiero describir la vida cotidiana en la estación Fantasma. Porque 102 personas viviendo en un andén de metro durante meses genera una rutina que los detenidos describieron como vivir en un aeropuerto que nunca abre. La estación no tiene ciclo de día y noche. A 20 m bajo la superficie no entra luz natural.
Las luces fluorescentes que el CJNG instaló estaban encendidas las 24 horas. Los 102 perdieron la noción del tiempo después de las primeras semanas. Dormían cuando tenían sueño, no cuando era de noche. Comían cuando la cocina servía, no cuando el sol marcaba las horas. Y las únicas señales externas que les indicaban si era de día o de noche eran el ruido de los trenes.
Si los trenes pasaban por el tramo cercano, era de día. Si los trenes callaban, era de noche. Los trenes como reloj. El metro como marcador del tiempo para personas que vivían fuera del tiempo. El ruido de los trenes era constante durante las 18 horas de servicio. Cada 3 minutos un tren pasaba por la vía activa a 600 m de la estación fantasma.
El ruido llegaba atenuado por la distancia y por las curvas del túnel. Un zumbido grave que crecía durante 10 segundos alcanzaba un pico cuando el tren estaba en el punto más cercano y decaía durante otros 10 segundos hasta el silencio. Cada 3 minutos, 18 horas al día, 360 trenes diarios pasando a 600 m de 102 personas que vivían en un andén, donde ningún tren se había detenido jamás.
Varios de los detenidos declararon que el ruido de los trenes era lo que más extrañaban después de ser detenidos. que se habían acostumbrado tanto al zumbido cada 3 minutos que el silencio de la celda les resultaba inquietante, que el ruido del metro los arrullaba para dormir con la regularidad de un metrónomo subterráneo y que cuando los trenes callaban a medianoche y el silencio se instalaba en los túneles, la estación fantasma se volvía un lugar diferente, más frío, más oscuro, sin la vibración de los trenes, más parecido a
lo que realmente era, una tumba de concreto a 20 m bajo la superficie. El vagón abandonado en la vía muerta del Andén Norte fue convertido en sala de reuniones y en dormitorio de los mandos. El vagón es un modelo NM73 de los que el metro usó durante décadas. Cuerpo de acero inoxidable, asientos de plástico naranja, pasamanos de tubo cromado y las puertas corredizas que en las estaciones activas se abren y cierran con el sonido que todo habitante de la Ciudad de México reconoce.
Las puertas del vagón de la estación fantasma estaban abiertas permanentemente. Los mandos dormían en los asientos reclinados con cobijas como pasajeros de un tren que nunca va a partir. Dentro del vagón, los mandos instalaron una mesa de madera sobre la que colocaron mapas de la Ciudad de México, mapas de la red del metro y los documentos operativos de la célula.
Las reuniones de coordinación se hacían dentro del vagón. Los seis mandos sentados en los asientos naranjas de un vagón del metro, discutiendo rutas de distribución de droga y territorios de extorsión, como si fueran pasajeros en una junta de trabajo móvil. El vagón tenía algo que los soldados que lo registraron encontraron perturbador.
Los anuncios publicitarios originales seguían pegados en las paredes interiores, anuncios de 2002 que promocionaban una marca de refrescos, un candidato a delegado que perdió la elección hace 23 años y una campaña de salud del gobierno de la ciudad que decía: “Tu salud es primero.” Los mandos del CJNG coordinaban sus operaciones debajo de un anuncio que decía, “Tu salud es primero en un vagón abandonado de la línea del metro de la Ciudad de México.
El absurdo es tan perfecto que parece planeado. Quiero hablar de la red de distribución de drogas que la célula operaba desde la estación porque su alcance demuestra la penetración del CJNG en la capital del país. La célula de la estación fantasma controlaba la distribución de cocaína y metanfetamina en al menos 15 colonias del oriente de la Ciudad de México.
Colonias populares con cientos de miles de habitantes donde el naromenudeo opera con una normalidad que los capitalinos han normalizado como parte de la vida urbana. Los puntos de venta en las esquinas, los repartidores en motocicleta, los taxis que llevan droga en lugar de pasajeros. Los cargamentos llegaban a la estación fantasma por los túneles del metro y salían hacia los puntos de distribución por los mismos túneles.
Los distribuidores bajaban al metro por el acceso de mantenimiento, caminaban hasta la estación, recogían su cargamento y subían a la superficie por el mismo acceso o por otros puntos de la red que el jefe de la célula había mapeado durante sus años como vendedor ambulante. El metro como sistema de distribución de droga, invisible, subterráneo y conectado con toda la ciudad.
Los investigadores encontraron en las computadoras de la estación una base de datos con los nombres en clave de más de 200 puntos de venta distribuidos en 15 colonias del Oriente. Cada punto con su dirección, su volumen semanal de venta y el nombre del responsable. 200 puntos de venta alimentados desde una estación de Metro Fantasma.
Es una red de narcomenudeo del tamaño de una franquicia comercial gestionada desde un andén subterráneo. El volumen de droga que la célula movía semanalmente era de aproximadamente 50 kg de cocaína y 30 kg de metanfetamina. A precios de calle, eso representa un ingreso semanal de más de 40 millones de pesos. Al mes, 160 m000ones.
Al año, casi 2,000 millones de pesos generados por una operación de narcomenudeo coordinada desde una estación de metro que el gobierno construyó, abandonó y olvidó. La electricidad de la estación venía del sistema eléctrico del metro. Las luces de emergencia estaban conectadas a la red eléctrica del metro que funciona las 24 horas.
El CJNG derivó electricidad de esa conexión para alimentar las luces fluorescentes adicionales que instalaron, los enchufes donde cargaban los radios y los celulares y las estufas de la cocina. La derivación eléctrica es lo que causó el corto circuito que Tomás fue a reparar y que lo llevó a descubrir la base. El CJNG sobrecargó el circuito de la estación fantasma al conectar demasiados dispositivos a una línea que estaba diseñada solo para las luces de emergencia.
El corto circuito saltó, el sistema de monitoreo del metro detectó la falla y Tomás bajó a repararla. Un corto circuito. Eso delató a 102 personas viviendo en una estación de metro abandonada. Un cable que no soportó la carga de las estufas eléctricas y los cargadores de celular de 102 personas que vivían en un lugar donde se supone que la única carga eléctrica debería ser unas cuantas luces de emergencia de 20 W.
Quiero hablar de los túneles porque su uso como rutas de transporte es lo que convierte este caso en algo que tiene implicaciones de seguridad para toda la red de metro de la Ciudad de México. La estación fantasma está conectada con la red de metro por 2 km de túnel que se extienden en ambas direcciones desde la estación 1 km hacia el este, donde el túnel termina en un muro de contención que marca el final de la fase 3 suspendida y 1 km hacia el oeste, donde el túnel se conecta con la vía activa de la línea en servicio. El CJNG
usaba ambos tramos de túnel. El tramo este, el que termina en el muro, fue convertido en almacén. A lo largo de 1 km de vía muerta, el CJNG almacenó armas, drogas y suministros en las cavidades laterales del túnel que originalmente fueron diseñadas como nichos de seguridad para que los trabajadores de mantenimiento se resguarden cuando un tren pasa.
Los nichos, cada uno de aproximadamente 2 m de profundidad por metro y medio de ancho, contenían cajas de armas, paquetes de droga y bidones de agua y alimentos. El tramo oeste, el que conecta con la vía activa, era la ruta de acceso principal. Los operadores caminaban por el túnel durante el horario de cierre hasta llegar a un punto de la vía activa donde un acceso de mantenimiento sube a la superficie.
El acceso de mantenimiento es una escalera de metal que sube por un pozo de 15 m hasta una tapa de concreto en la banqueta de una avenida. La tapa tiene un candado. El CJNG cambió el candado por uno propio y usaba el acceso como su puerta principal. Bajaban por la escalera, caminaban 800 m por el túnel del metro y llegaban a la estación fantasma.
Los cargamentos de armas y droga también entraban por esa ruta. De noche, entre la 1 y las 4, los operadores bajaban las cajas por el pozo de acceso usando cuerdas y poleas. Las cargaban en carritos de mantenimiento del metro que encontraron abandonados en los túneles y las empujaban por la vía hasta la estación fantasma, donde las almacenaban en los nichos del tramo este.
Los peritos decomizaron a lo largo de los túneles y en la estación 126 rifles de asalto, 78 pistolas, 49 granadas, 280,000 cartuchos, 340 kg de cocaína, 210 kg de metanfetamina y 67 millones de pesos en efectivo empaquetados en bolsas de plástico negro almacenados en los nichos del túnel este, 67 millones de pesos en los nichos de seguridad de un túnel de metro.
Nichos diseñados para salvar la vida de un trabajador cuando pasa un tren, usados para guardar el dinero que el CJ recauda de sus operaciones en la Ciudad de México. Es un uso del espacio público que trasciende la ocupación ilegal y que entra en el territorio de lo absurdo, el metro de la Ciudad de México como caja fuerte del narcotráfico.
Quiero hablar de los 102 detenidos. De los 10257 eran combatientes que salían de la estación por las noches para ejecutar operaciones en la superficie, cobro de piso, escolta de cargamentos, enfrentamientos con grupos rivales y vigilancia de los territorios que el CJ controla en el oriente de la ciudad. 21 eran operadores logísticos que gestionaban el transporte de cargamentos por los túneles, el almacenamiento en los nichos y la distribución de suministros dentro de la estación.
12 eran personal de apoyo, cocineros encargados de mantenimiento y los que limpiaban la estación con una disciplina que los soldados que entraron describieron como sorprendente. La estación estaba más limpia que muchas estaciones activas del metro. Seis eran comunicaciones y seis eran mandos.
El jefe de la célula tenía 41 años. Era originario de Nesa. Creció en las calles del oriente de la Ciudad de México, que conoce como conoce los pasillos del metro, que usó toda su vida para transportarse. Antes de unirse al CJNG, trabajó como vendedor ambulante en el metro. de esos que suben a los vagones a vender dulces, chicles y discos piratas gritando sus ofertas entre las estaciones.

Conocía la red de metro desde adentro, conocía los túneles, conocía los accesos de mantenimiento, conocía los horarios de cierre. Y cuando el CJNG necesitó una base en la Ciudad de México que fuera invisible desde la superficie, el exvendedor ambulante del metro sugirió la estación fantasma que había visto de reojo cientos de veces cuando los maquinistas pasaban por el tramo y el destello de luz de la estación abandonada iluminaba el vagón durante 3 segundos.
Un vendedor ambulante del metro que conoce los secretos de los túneles y que los pone al servicio del narcotráfico. Es el tipo de conocimiento local, íntimo, de calle, que ningún análisis de inteligencia puede generar y que solo tiene la persona que ha caminado esos espacios durante años. El jefe de la célula sabía de la estación fantasma porque la vio desde los vagones del metro mientras vendía chicles y la convirtió en la base más audaz que el CJNG. ha montado en la capital del país.
Quiero hablar del operativo porque detener a 102 personas a 20 m bajo la superficie de la Ciudad de México dentro de una red de túneles que se extiende por 226 km es un desafío logístico sin precedentes. El operativo se planificó durante dos semanas. La Sedena coordinó con el sistema de transporte colectivo para obtener los planos de la estación fantasma, los accesos de mantenimiento y la distribución de los túneles en el tramo afectado.
Los ingenieros del metro proporcionaron información sobre el sistema eléctrico, [música] el drenaje y la ventilación de la estación. Y los maquinistas que conducen los trenes por el tramo confirmaron que habían visto actividad inusual en la estación fantasma cuando pasaban de noche, luces más brillantes de lo normal, sombras de personas moviéndose en los andenes y en una ocasión el destello de lo que un maquinista juró que era un rifle reflejando la luz del tren.
El operativo se ejecutó a las 2 de la mañana durante el horario de cierre del metro. 200 soldados divididos en cinco equipos entraron a la red de metro por cinco puntos de acceso diferentes. El primer equipo, 40 soldados, bajó por el acceso de mantenimiento principal que el CJNG usaba como puerta. [música] El pozo con la tapa en la banqueta.
Bajaron la escalera de 15 m y avanzaron por el túnel hacia la estación. El segundo equipo, 40 soldados, entró por la estación activa más cercana que estaba cerrada al público, pero que el metro abrió exclusivamente para el operativo. Los soldados bajaron por las escaleras eléctricas apagadas, cruzaron los torniquetes, llegaron al andén y saltaron a las vías para caminar por el túnel hacia la estación fantasma.
El tercer equipo, 30 soldados, bajó por un pozo de ventilación que da a la superficie en un parque público a 400 m de la estación fantasma. Los soldados descendieron por el pozo con equipo de rapel y caminaron por un conducto de ventilación que conecta con el vestíbulo de la estación. El cuarto equipo, 30 soldados, entró por el extremo oeste del túnel, por el muro de contención que marca el final de la fase 3, donde los ingenieros del metro abrieron una brecha para que los soldados accedieran al tramo donde el CJNG almacenaba los
cargamentos. Y el quinto equipo, 60 soldados, permaneció en la superficie cubriendo todos los accesos de mantenimiento, pozos de ventilación y salidas de emergencia en un radio de 2 km para interceptar a cualquiera que intentara salir de los túneles. Los cinco equipos avanzaron simultáneamente hacia la estación fantasma desde cuatro direcciones.
Los 102 ocupantes estaban dormidos en los Andenes a las 2:15 de la mañana, cuando los soldados del primer equipo llegaron al vestíbulo por el túnel oeste y los del segundo equipo llegaron al andén norte por las vías. Los soldados entraron al vestíbulo gritando Sedena y el eco de las paredes de Azulejo multiplicó el grito en un trueno que rebotó entre los andenes, los túneles y las escaleras con la reverberación de un espacio diseñado para amplificar los anuncios del sistema de audio del metro.
El grito de Sedena en una estación de metro vacía suena como si viniera de todas partes al mismo tiempo. Los 102 despertaron desorientados. Varios intentaron tomar sus armas, pero los soldados ya estaban en los andenes, avanzando entre las colchonetas, pateando rifles fuera del alcance de los que despertaban y sometiendo a los que intentaban levantarse.
15 combatientes huyeron hacia el túnel este pensando que podían escapar por los nichos de almacenamiento y llegar al muro de contención donde habría una salida. No la había. El cuarto equipo estaba entrando por la brecha del muro y los 15 quedaron atrapados entre dos líneas de soldados en un túnel de metro a 20 m de profundidad.
11 combatientes huyeron hacia el túnel oeste pensando que podían llegar al acceso de mantenimiento con la tapa en la banqueta. Corrieron 800 m por la vía del metro en la oscuridad. Llegaron al pozo de acceso, subieron la escalera, empujaron la tapa y encontraron a los soldados del quinto equipo parados encima de la tapa esperándolos.
102 detenidos, cero disparos dentro de la estación porque los soldados recibieron instrucción específica de no disparar en los túneles del metro. El riesgo de rebote en las paredes de concreto y de daño a la infraestructura eléctrica de alta tensión que corre por los túneles era demasiado alto. Los soldados sometieron a los 102 con fuerza física, con granadas aturdidoras y con la ventaja numérica de 200 contra 102 en un espacio confinado. 102 detenidos.
126 rifles, 550 kg de droga, 67 millones de pesos y una estación de metro fantasma recuperada de las manos del CJNG. Quiero hablar de cómo el operativo se coordinó con el sistema de transporte colectivo, porque la detención de personas dentro de la red de metro activa requiere una colaboración entre fuerzas armadas y operadores civiles que no tiene precedente en México.
El metro de la Ciudad de México mueve 5 millones de personas al día. Cerrar una línea o modificar el servicio para un operativo militar afecta a cientos de miles de usuarios. La sedena necesitaba ejecutar el operativo durante el horario de cierre para evitar la presencia de pasajeros en los túneles, pero también necesitaba que el cierre se extendiera más allá del horario habitual para completar la extracción de los 102 detenidos y del decomiso por los pozos de acceso de 15 m de profundidad.
El metro retrasó la apertura del servicio en la línea afectada 2 horas. En lugar de abrir a las 5 de la mañana, abrió a las 7. La explicación oficial fue mantenimiento preventivo en el tramo Oriente. Los usuarios de la línea esperaron en las estaciones sin saber que el retraso se debía a que 200 soldados estaban sacando 102 sicarios del CJNG y 126 rifles por los pozos de acceso de la red de metro, mientras los equipos de mantenimiento verificaban que las vías, los cables y la señalización no hubieran sido dañados durante el
operativo. A las 7 de la mañana, la línea abrió. Los trenes empezaron a circular. Los pasajeros subieron y bajaron en las estaciones con la prisa de siempre. Y cuando los trenes pasaron por el tramo de la estación fantasma, los pasajeros que miraron por la ventanilla durante los 3 segundos que dura el paso vieron lo que siempre habían visto, un destello de luz y de azulejo.
Solo que ahora los andenes estaban vacíos de verdad. Quiero hablar de lo que la estación fantasma representa para la ciudad de México como símbolo de la infraestructura pública abandonada. La Ciudad de México tiene debajo de su superficie no solo la red de metro, sino una red de túneles, galerías, sótanos y espacios subterráneos, que es una de las más extensas del mundo.
el drenaje profundo que cruza la ciudad de norte a sur, los colectores de aguas pluviales, los restos del viejo sistema de trambías, las cimentaciones de edificios coloniales que fueron demolidos y cuyo subsuelo nunca fue rellenado, y las estaciones fantasma del metro, espacios construidos, terminados y abandonados que están ahí debajo de la ciudad más grande de América Latina, esperando a que alguien les dé un uso.
La estación del Oriente costó más de 300 millones de pesos. cuando se construyó entre 1998 y 2001 300 millones de pesos de dinero público invertidos en una infraestructura que se usó exactamente eras, cero pasajeros, cero trenes, cero boletos vendidos, 300 millones de pesos enterrados a 20 m de profundidad que durante 23 años no le sirvieron a nadie, excepto al CJNG, que los usó gratis durante año y medio como su base de operaciones en la capital. del país.
Si el gobierno de la ciudad hubiera inaugurado la estación, si los trenes se hubieran detenido en los andenes, si los pasajeros hubieran caminado por el vestíbulo, si las taquilleras hubieran vendido boletos y los barrenderos hubieran barrido los pisos, el CJNG no habría podido instalar 102 personas con rifles en una estación llena de gente.
La estación fantasma existió porque el gobierno la abandonó y el CJNG la ocupó porque nadie más la estaba usando. La lección es la de siempre. El abandono es una invitación. Cada estación de metro que se construye y no se inaugura, cada hospital que se edifica y no se equipa, cada escuela que se levanta y no se abre, cada pieza de infraestructura pública que el gobierno construye con dinero de los contribuyentes y después olvida, es un espacio disponible para el crimen organizado.
Y el crimen organizado, como hemos visto en cada caso de esta serie, siempre está buscando espacios. Quiero hablar de lo que este caso significa para la Ciudad de México. La Ciudad de México tiene una red de metro que pasa debajo de colonias donde viven millones de personas. Los túneles son accesibles por cientos de puntos, accesos de mantenimiento, pozos de ventilación, salidas de emergencia, las propias estaciones.
Durante las 5 horas de cierre nocturno, los túneles están vacíos. 226 km de espacio subterráneo sin vigilancia activa entre la medianoche y las 5 de la mañana. Si el CJNG puede meter 102 personas en una estación abandonada durante año y medio sin que nadie lo note, puede meter personas en cualquier punto de la red, en los túneles entre estaciones, en las galerías de ventilación, en los cuartos técnicos que salpican toda la red y que los pasajeros nunca ven.
La red de metro de la Ciudad de México es un sistema nervioso subterráneo de 226 km que durante 5 horas cada noche queda desprotegido. Y ese espacio desprotegido es una tentación permanente para cualquier organización que necesite mover personas, armas y drogas por debajo de una ciudad donde la superficie está vigilada por cámaras, patrullas y la mirada de millones de personas.
Las autoridades del metro anunciaron después del operativo que van a revisar todos los accesos de mantenimiento, todos los pozos de ventilación y todas las estaciones fantasma de la red, porque la estación del Oriente no es la única. La red de metro de la Ciudad de México tiene al menos cuatro estaciones construidas y nunca inauguradas en diferentes líneas.
Cuatro estaciones fantasma que están ahí terminadas, cerradas y disponibles para quien corte la reja y entre. A ti que llegaste hasta aquí, la imagen que te dejo es la de Tomás, un electricista del metro con su lámpara de casco y su caja de herramientas caminando por un túnel oscuro a las 2 de la mañana para reparar un corto circuito.
Un hombre que hace su trabajo, que baja a los túneles porque alguien tiene que mantener los cables que mueven a 5 millones de personas todos los días. Un hombre que llega a una estación que se supone vacía y que ve luz donde no debería haber luz. personas donde no debería haber personas y rifles donde no debería haber nada. Tomás no es soldado, no es agente de inteligencia, es electricista, repara cables y una noche reparando un cable descubrió que el metro de la Ciudad de México tenía pasajeros que no pagan boleto, 102 pasajeros que vivían en una
estación que no existe en el mapa, que dormían en andenes diseñados para esperar trenes y que usaban los túneles del metro como las calles de una ciudad subterránea que nadie sabía que existía. Dale like. Suscríbete, activa la campanita. Tomás sigue trabajando en el metro, sigue bajando a los túneles a reparar cables, sigue caminando por las vías en el horario de mantenimiento nocturno con su lámpara de casco y su caja de herramientas.
Pero ahora, cuando pasa por un tramo oscuro y ve una luz que no debería estar ahí, se detiene. Mira. Y si la luz es de una estación fantasma que se supone debería estar oscura, da la vuelta y sube. Porque Tomás ya sabe que las luces que no deberían estar encendidas en los túneles del metro de la Ciudad de México significan que alguien está ahí que no debería estar.
Nos vemos mañana. Cuídate y la próxima vez que viajes en el metro de la Ciudad de México y el tren cruce un tramo oscuro entre estaciones y veas durante 3 segundos un destello de luz y de azulejo en la ventanilla, pregúntate qué hay ahí. Puede ser una estación fantasma vacía, puede ser un cuarto de mantenimiento o puede ser algo que solo un electricista con una lámpara de casco y un corto circuito por reparar puede descubrir, porque en la Ciudad de México lo que hay debajo de tus pies es más grande que lo que hay encima. Y en los
túneles del metro, donde 5 millones de personas pasan todos los días sin mirar las paredes, puede estar viviendo alguien que lleva año y medio mirándolos pasar. Hay algo más que quiero decir, los 3 segundos. Cada vez que un tren del metro pasa por el tramo de la estación fantasma, los pasajeros que miran por la ventanilla ven un destello de 3 segundos de andenes y azulejo.
3 segundos en los que podrían haber visto lo que Tomás vio, las colchonetas, las personas, los rifles. Pero nadie vio nada porque 3 segundos no son suficientes para procesar lo que estás viendo cuando vas parado en un vagón del metro. Agarrado del tubo, mirando el celular o pensando en lo que vas a cenar. 3 segundos. Durante año y medio, 360 trenes diarios pasaron por ese tramo.
Cada tren con cientos de pasajeros. Millones de oportunidades de que alguien mirara por la ventanilla durante esos 3 segundos y viera algo que no cuadraba. Millones de ventanillas que pasaron frente a los andenes, donde 102 personas vivían con rifles al lado y nadie vio nada. Porque en el metro de la Ciudad de México nadie mira por la ventanilla cuando el tren cruza un tramo oscuro entre estaciones.
Todos miran el celular, todos miran al frente. Todos miran a ningún lado con la mirada vacía del pasajero que viaja por inercia de un punto a otro de una ciudad que se mueve tan rápido que no tiene tiempo de mirar lo que hay debajo. Tomás miró, no porque quisiera, porque un corto circuito lo obligó a bajar y a caminar por donde nadie camina.
Y lo que encontró va a cambiar la manera en que el metro de la Ciudad de México vigila sus túneles. Porque después de Tomás, después de los 102, después de los 126 rifles y los 67 millones en los nichos del túnel, las autoridades del metro ya no pueden decir que no sabían, ya saben. Y lo que hagan con lo que saben va a determinar si la próxima estación fantasma se queda vacía o se llena otra vez con personas que no pagan boleto, pero que pagan un precio mucho más alto por vivir debajo de la ciudad más grande de América Latina.
Yeah.