El pescador de Charales vio la isla que no estaba en el mapa. Llevaba 42 años tirando sus redes en el lago de Patscuaro y conocía cada isla, cada islote, cada banco de tule y cada rincón de agua donde los charales se juntaban en cardúmenes plateados que brillaban bajo la superficie como monedas enterradas en el lodo.
Don Refugio, 61 años, descendiente de pescadores purépechas que pescaron en este lago antes de que los españoles supieran que existía, notó la isla nueva una mañana de noviembre cuando la neblina del lago se levantó y dejó ver algo que el día anterior no estaba ahí. No era una isla, era una estructura flotante, una plataforma rectangular de unos 40 m de largo por 20 de ancho que se mecía casi imperceptiblemente con el oleaje del lago, cubierta de vegetación artificial y de lonas verdes que desde la orilla se confundían con los tulares que crecen en
las zonas poco profundas de Patscuaro. Vista desde lejos, parecía un islote de tule como los cientos que salpican el lago. de cerca, desde el kayuco de don Refugio, que se acercó a 300 m antes de detenerse. Era algo que no pertenecía al lago, algo con bordes rectos, algo con ángulos que la naturaleza no produce, algo que tenía humo saliendo de un tubo en la parte trasera y que tenía el sonido grave y constante de un generador eléctrico que se escuchaba sobre el agua con la claridad que solo el silencio de un lago a las 6 de la mañana permite.
Don Refugio dejó de remar. miró la estructura, miró el humo, escuchó el generador y dio la vuelta con su cayuco hacia la orilla con la calma de un hombre que ha vivido lo suficiente para saber cuándo alejarse de algo. El lago de Patscuaro está en el corazón de Michoacán, en la meseta Purépecha, a más de 2000 m de altitud.
os y con los agroquímicos que se filtran de las parcelas que rodean la cuenca.
Los purépechas dejaron de beber agua del lago hace décadas. Los 74 de la plataforma bebían agua embotellada que llegaba por lancha, 30 garrafones de 20 L por semana, 600 L semanales para 74 personas, 8 L por persona por semana para beber, cocinar y lavarse los dientes. Era poco. Los detenidos declararon que siempre teníamos sed y que el racionamiento de agua era una fuente constante de conflicto entre los ocupantes.
La electricidad venía de tres generadores de gasolina que funcionaban en rotación, dos encendidos y uno de reserva. Los generadores alimentaban las luces, los cargadores de radios y celulares, los monitores de las cámaras de vigilancia y las dos bombas de achique extraían continuamente el agua que se filtraba entre los pontones y que si no se bombeaba se acumulaba debajo del piso de madera hasta que la plataforma empezaba a hundirse milímetro a milímetro.
Las bombas de achique eran críticas. Si fallaban más de 4 horas, el agua acumulada debajo del piso comprometía la flotabilidad y la plataforma empezaba a inclinarse. Ocurrió dos veces durante los meses de operación, una vez por falla mecánica de las dos bombas simultáneamente y otra vez porque se acabó la gasolina de los generadores durante una noche de tormenta en la que las lanchas de suministro no pudieron salir de la orilla.
En ambas ocasiones, los 74 pasaron horas achicando agua a mano con cubetas. sacándola por los bordes de la plataforma mientras el piso se inclinaba y las literas se deslizaban. Quiero hablar del impacto ecológico en el lago, porque el daño ambiental tiene implicaciones para un ecosistema que ya estaba en crisis antes de que el CJNG llegara.
El lago de Patscuaro ha perdido el 40% de su volumen de agua en los últimos 50 años. La deforestación de la cuenca, la extracción de agua para riego y el cambio climático han reducido el lago a una fracción de lo que era cuando los purépechas lo navegaban en sus canoas de tronco. Especies endémicas como el pescado blanco de Patscuaro y el Achoque, una salamandra acuática que solo existe en este lago, están en peligro de extinción.
El lago está enfermo y la plataforma del CJNG lo enfermó más. Los generadores de la plataforma vertían aceite y gasolina al agua a través de las juntas de los pontones. Los residuos de las 74 personas, los desperdicios de comida, los químicos de limpieza, todo iba al lago porque la plataforma no tenía sistema de recolección de residuos y los pontones de tanques de gas reciclados que formaban la base de la plataforma contenían residuos de propano y de óxido que se filtraban al agua a medida que la corrosión abría grietas en el metal. Los
biólogos de la CONAGUA que evaluaron la zona después del desmantelamiento encontraron niveles elevados de hidrocarburos en el agua y una reducción del 50% en la población de Charales en un radio de 300 m alrededor del punto donde estuvo la plataforma. Los charales, que son la base de la economía pesquera del lago y la base de la cadena alimenticia que sostiene a las aves, los anfibios y los peces más grandes huyeron de la contaminación y del ruido de los generadores.
Don Refugio lo notó antes que los biólogos. “Los charrales se fueron de esa zona hace meses”, dijo. Yo tiraba la red ahí y salía vacía. Pensé que era por la contaminación del pueblo o por el lago que se seca. Ahora sé que era por lo que había arriba del agua, no por lo que había abajo. Desde la orilla, la plataforma era invisible.
El islote de Tule ocultaba completamente. Solo era visible desde el agua navegando por el extremo sur, que es la zona menos frecuentada del lago, porque es poco profunda, porque no tiene atractivos turísticos y porque los pescadores que operan ahí como Don Refugio son pocos y van temprano en la mañana cuando la neblina cubre todo. Quiero hablar de lo que había dentro de la plataforma flotante.
La primera estructura, la más grande, servía como dormitorio para los 74 ocupantes. Era un espacio rectangular de unos 15 m por 8 con literas de metal de tres niveles atornilladas al piso de madera de la plataforma, 24 literas triples, 72 espacios para dormir, más dos hamacas adicionales para los dos que sobraban. El dormitorio olía a lo que huelen 74 personas que duermen en un espacio cerrado sobre el agua.
a humedad, a sudor, a ropa que nunca se seca completamente porque la humedad del lago impregna todo. La ventilación del dormitorio venía de ventanas rectangulares cortadas en las paredes de madera y cubiertas con malla mosquitera. En Patscuaro, a 2000 m de altitud, no hay mosquitos como en el trópico bajo, pero sí hay jejenes diminutos que salen del tule atardecer y que pican con una intensidad que compensa su tamaño.
Las mallas eran necesarias. Sin ellas, las noches en la plataforma habrían sido insoportables. La segunda estructura era el comedor y la cocina, estufas de gas conectadas a los mismos tanques de propano que formaban los pontones de la plataforma. La ironía era literal. La plataforma flotaba sobre tanques de gas y cocinaba con tanques de gas.
Si uno de los tanques de los pontones tenía una fuga y una chispa de la cocina lo alcanzaba, la plataforma entera habría volado en pedazos. Los 74 vivían sobre una bomba flotante y cocinaban encima de ella. El cocinero era un señor de Erongarícuaro, el pueblo ribereño más cercano a la zona de anclaje que había sido contratado para cocinar en un campamento de pesca.
Le pagaban 10,000 pes al mes, lo recogían en lancha todas las mañanas a las 5, lo llevaban a la plataforma, cocinaba tres comidas para 74 personas y lo regresaban a Erongaricuaro a las 8 de la noche. El cocinero declaró que yo sabía que no era un campamento de pesca porque los pescadores no tienen rifles, pero me pagaban bien y la comida que hacía les gustaba.
La comida de la plataforma era pescado del lago, charales fritos, pescado blanco en caldo y truchas que los pescadores del CJNy sacaban del lago con redes. Complementaban con frijoles, arroz, tortillas y las verduras que llegaban por lancha desde Erongaricuaro. La dieta era mejor que la de muchas bases del CJNG, que hemos cubierto porque el lago proporcionaba proteína fresca todos los días.
Los 74 comían charales de páccuaro tres veces al día. Los mismos charales que don Refugio pesca y vende en el mercado de Páscuaro a 60 pesos el kilo. La tercera estructura era el almacén de armas. Los peritos contaron 89 rifles de asalto, 53 pistolas, 34 granadas de fragmentación y 147,000 cartuchos. Las armas estaban almacenadas en contenedores estancos de plástico para protegerlas de la humedad del lago que lo corroe todo.
Los rifles se envolvían individualmente en plástico con paquetes de gel de silice, como en cada base que hemos visto donde la humedad es enemiga del metal. Pero la humedad de Patscuaro es diferente a la del trópico. Es una humedad fría de altiplano que no oxida el acero tan rápido como la humedad caliente de Tabasco o de Guerrero, pero que genera condensación en las superficies metálicas con una persistencia que requiere vigilancia constante.
La cuarta estructura era el centro de comunicaciones, radios de largo alcance, antenas que sobresalían del techo de lámina disfrazadas como cañas de pesca, monitores conectados a cámaras que cubrían los accesos por agua a la zona de la plataforma y una computadora con los registros de operaciones de la célula.
Las cámaras estaban montadas en bollas flotantes distribuidas en un radio de 500 m alrededor de la plataforma, camufladas como bollas de pesca con banderas de tela que los pescadores del lago usan para marcar sus redes. Si una lancha se acercaba a la zona de la plataforma, las cámaras la detectaban y los vigías evaluaban si era una amenaza o un pescador que se había desviado de su ruta.
Quiero hablar de lo que hacía la célula de la plataforma, porque su función estratégica explica por qué el CJNG invirtió en construir una base flotante en un lago de Michoacán. La célula de la plataforma cumplía tres funciones. La primera era control territorial del lago y de los pueblos ribereños. El lago de Patscuaro tiene más de 20 comunidades purépechas en sus orillas que viven de la pesca, de la artesanía y del turismo.
El CJNG cobra piso a los comerciantes de esas comunidades, extorsiona a los operadores turísticos que llevan visitantes a Janitio y controla el transporte lacustre que conecta las islas con los pueblos de la orilla. La plataforma era el centro de operaciones desde el cual se coordinaba esa red de extorsión. Los combatientes salían en lanchas, visitaban los pueblos, cobraban lo que tenían que cobrar y regresaban a la plataforma que era inaccesible para cualquiera que no tuviera lancha y que no supiera exactamente dónde estaba. La
segunda función era almacenamiento y transporte de droga. El lago de Patscuaro está en una ruta de tránsito de metanfetamina que conecta los laboratorios de la tierra caliente de Michoacán con los mercados del centro del país. La droga llegaba a la plataforma por lancha desde puntos de la orilla sur del lago, se almacenaba temporalmente y se redistribuía a lanchas que la llevaban a puntos de la orilla norte, donde camionetas la cargaban y la transportaban por carretera hacia Morelia, Querétaro y la Ciudad de México. Los peritos
decomizaron en la plataforma 160 kg de metanfetamina y 72 kg de cocaína. La tercera función era la que los analistas de la Marina consideran más significativa. La plataforma servía como base de operaciones para la disputa territorial con los grupos rivales que operan en la meseta Purépecha. Quiero hablar de la extorsión a las comunidades del lago con detalle, porque la magnitud del daño económico y cultural que el CJNG causa a los purépechas merece ser documentada.
El CJNG cobra piso a los pescadores del lago. Cada pescador que vende charal en el mercado de Patscuaro paga una cuota semanal de 200 pesos al cártel. 200 pesos que para un pescador que gana entre 500 y 1,000 pesos por día de pesca representan entre el 3 y el 6% de sus ingresos. Es una cantidad que individualmente parece pequeña, pero que multiplicada por los cientos de pescadores del lago, suma decenas de miles de pesos semanales que salen de una economía pesquera que ya está en crisis por la reducción del lago y la
disminución de las capturas. Los artesanos de los pueblos ribereños también pagan. Los laqueadores de Patscuaro, que producen las bandejas y las jícaras de laca que se venden en las tiendas de artesanía del centro de la ciudad pagan entre 500 y 2000 pesos mensuales, dependiendo del volumen de su producción.
Los alfareros de Tsinsunsan pagan una cuota similar, los vendedores de comida del malecón pagan 1000 pesos semanales y los operadores de lanchas turísticas que llevan visitantes a Janito, pagan 3000 pesos mensuales por lancha. El turismo a Janitzio es quizás la víctima más visible de la extorsión. Janizio recibía antes de la violencia más de 500,000 visitantes al año, la mayoría durante la temporada de día de muertos en noviembre.
Ahora recibe menos de la mitad porque los operadores de lanchas han subido los precios para cubrir la cuota del CJNG. Porque los restaurantes de la isla han subido los precios por la misma razón y porque la percepción de inseguridad en Michoacán ahuyenta a los turistas que leen las noticias y que deciden ir a Oaxaca o a Chiapas en lugar de Apcuaro.
La ceremonia del día de muertos en Janito, que es patrimonio inmaterial de la humanidad y que durante décadas atrajo a visitantes de todo el mundo que cruzaban el lago de noche en lanchas iluminadas con velas para ver las familias purépechas velando a sus muertos en el panteón de la isla. Ahora se celebra con menos visitantes, con menos ingreso para las familias y con la sombra de un cártel que cobra cuota a las lanchas que cruzan el lago y que cobra cuota a los vendedores de Senaschil que decoran las tumbas. El
CJNG cobra piso sobre el día de muertos. Cobra sobre una ceremonia sagrada de un pueblo indígena que es patrimonio de la humanidad. Es el nivel de profanación más grotesco que se puede imaginar. un cártel de narcotráfico cobrando un impuesto sobre la manera en que los purépechas honran a sus muertos. Los consejos comunales purépechas han intentado resistir.
Varias comunidades celebraron asambleas donde discutieron la posibilidad de organizar guardias comunitarias para enfrentar la extorsión, como hicieron las comunidades de Cherán, que en 2011 se levantaron contra los talamontes del crimen organizado y que desde entonces se gobiernan de manera autónoma con su propia policía comunitaria.
Pero el CJNG es diferente a los talamontes de Cherán. tiene más armas, más combatientes y una disposición a la violencia que los grupos de tala ilegal no tenían. Las comunidades que consideraron organizar guardias recibieron amenazas inmediatas, mensajes en los teléfonos de los líderes comunales, vehículos con hombres armados estacionándose frente a las casas de los miembros del consejo y, en un caso, disparos al aire frente a la escuela primaria de un pueblo que había anunciado la formación de una guardia comunitaria. Las comunidades
retrocedieron, no por falta de valor, sino por un cálculo que cualquier padre de familia entiende. Si organizo una guardia y el CJNG responde con violencia, mis hijos están en la línea de fuego. El silencio no es cobardía. Es el cálculo de un padre que pone la seguridad de sus hijos por encima de la dignidad de su comunidad.
Y es un cálculo que miles de familias purépechas hacen todos los días alrededor del lago de Patscuaro. La guerra en Michoacán no se pelea solo en la sierra y en las carreteras, se pelea en los pueblos, en los mercados y en los lagos. El lago de Patscuaro es territorio disputado y la plataforma flotante daba al CJNG una ventaja que ninguna base terrestre podía dar, movilidad.
Si las fuerzas de seguridad montaban un operativo en un pueblo ribereño, la plataforma podía elevar anclas y reposicionarse en otro punto del lago en cuestión de horas. Si un grupo rival atacaba una posición terrestre del CJ, los combatientes de la plataforma podían desplegarse por agua y llegar a cualquier punto de la orilla en minutos.
Una base que se mueve, un cuartel que puede cambiar de posición cuando la amenaza cambia. Es un concepto naval aplicado al narcotráfico lacustre que los analistas no habían visto antes en México. El CJNG convirtió el lago de Patscuaro en un teatro de operaciones naval donde la plataforma flotante era su portaaviones en miniatura, base de operaciones, almacén de armas, centro de comunicaciones y punto de proyección de fuerza sobre las comunidades ribereñas.
Quiero hablar de cómo se descubrió la plataforma. Don Refugio dio la vuelta con su cayuco aquella mañana de noviembre y remó hasta Erónongarícuaro, donde amarró su canoa y subió al pueblo. Habló con su compadre, que es miembro del consejo comunal Purépecha del pueblo. El compadre habló con el jefe de tenencia y el jefe de tenencia hizo lo que los líderes purépechas de la meseta han aprendido a hacer cuando detectan presencia del narcotráfico en su territorio.
llamó a la Marina, no al Ejército, no a la Policía Estatal, a la Marina, porque en la meseta purépecha de Michoacán, la Marina es la institución de seguridad que las comunidades indígenas más confían. La policía estatal está infiltrada. El ejército tiene una relación complicada con las comunidades desde la época de las autodefensas, pero la Marina, que opera desde bases navales en Lázaro Cárdenas y que no tiene la carga histórica del ejército en la zona, ha construido una relación de confianza con los consejos comunales purépechas, que se basa en un
principio simple. Cuando la Marina dice que va a actuar, actúa. La Marina envió un equipo de reconocimiento la Custre 3 días después del reporte de don Refugio. Dos lanchas con buzos y equipo de observación que navegaron el extremo sur del lago al amanecer, cuando la neblina cubría el agua y las lanchas podían acercarse sin ser vistas.
Los busos descendieron al fondo del lago en la zona donde don Refugio reportó la estructura y encontraron las cadenas de anclaje y los pontones de la plataforma. Los observadores de superficie confirmaron la presencia de personas armadas en la plataforma con telescopios de largo alcance. La Marina planificó el operativo durante una semana.
El desafío táctico era único. ¿Cómo abordar una plataforma flotante en el centro de un lago sin que los ocupantes la hundan, la incendien o escapen por agua antes de que los marinos la alcancen? El primer riesgo era el fuego. La plataforma estaba construida sobre tanques de gas con una cocina de gas encima. Si los ocupantes prendían fuego a la plataforma como estrategia de destrucción de evidencia, la combinación de gas propano, madera y combustible de los generadores habría producido una explosión y un incendio que habrían
iluminado el lago entero y que habrían destruido toda la evidencia antes de que los marinos pudieran abordar. La marina posicionó dos lanchas con equipo contra incendios a 500 m de la plataforma como precaución. El segundo riesgo era el hundimiento deliberado. Los ocupantes podían abrir las válvulas de los pontones e inundarlos para hundir la plataforma con todo su contenido.
Las armas, las drogas, las computadoras, todo se iría al fondo del lago a 4 m de profundidad donde los busos tendrían que recuperarlo. La Marina asignó un equipo de buzos de recuperación que estuvieron en el agua durante todo el operativo, listos para sumergirse y rescatar evidencias si la plataforma empezaba a hundirse.
El tercer riesgo era la fuga por agua. 74 personas con lanchas en una plataforma rodeada de agua en todas las direcciones tienen opciones de escape que los sospechosos envases terrestres no tienen. Pueden salir en cualquier dirección, pueden dispersarse por el lago. Y en la oscuridad de las 4 de la mañana, una lancha sin luces en un lago de 200 km² es una aguja en un pajar acuático.
Los marinos resolvieron los tres riesgos con velocidad. Si el abordaje era lo suficientemente rápido, los ocupantes no tendrían tiempo de incendiar, hundir ni escapar. La clave era llegar a la plataforma antes de que los vigías dieran la alerta. Y para eso los motores eléctricos eran esenciales. Las lanchas de la marina se acercaron a la plataforma sin hacer más ruido que el deslizamiento del casco sobre el agua.

La neblina ayudó. A las 4 de la mañana en noviembre, el lago de Patscuaro está cubierto por una neblina densa que reduce la visibilidad a menos de 100 m. Las lanchas de la marina navegaron dentro de la neblina como fantasmas sobre el agua, guiadas por GPS y por las coordenadas que los busos de reconocimiento habían tomado la semana anterior.
Los vigías de la plataforma, que monitoreaban las cámaras veían neblina blanca en los monitores. Las cámaras eran inútiles con esa visibilidad. Las primeras lanchas de la marina emergieron de la neblina a 80 met de la plataforma. Los vigías las detectaron por el sonido del agua contra los cascos. Tuvieron 15 segundos para reaccionar, 15 segundos entre la detección y el abordaje.
No fue suficiente para nada, ni para incendiar, ni para hundir, ni para escapar, solo para gritar una alerta que despertó a los dormidos y para disparar tres tiros al aire que los marinos respondieron con granadas aturdidoras lanzadas sobre la plataforma que detonaron con un flash de 6 millones de candelas que convirtió la neblina del lago en un estallido blanco que se vio desde los pueblos de la orilla norte.
El operativo se ejecutó a las 4 de la mañana. 12 lanchas rápidas de la marina convergieron sobre la plataforma desde seis direcciones diferentes, navegando con motores eléctricos silenciosos para evitar alertar a los vigías. Las lanchas salieron de seis puntos diferentes de la orilla del lago simultáneamente coordinadas por radio con una precisión que los marinos describen como navegación de escuadra.
Cada lancha seguía un rumbo calculado que la llevaba al punto de convergencia. En el momento exacto, cuatro lanchas formaron un perímetro alrededor de la plataforma para impedir la fuga por agua. Las otras ocho se acercaron a la plataforma por los cuatro costados y desembarcaron marinos que treparon a la superficie de la plataforma con cuerdas y ganchos.
Los 74 ocupantes fueron sorprendidos dormidos en su mayoría. Los vigías nocturnos que monitoreaban las cámaras vieron las lanchas de la marina en los monitores cuando ya estaban a menos de 100 m. demasiado cerca para reaccionar. Un vigía logró disparar tres tiros al aire como alerta antes de ser sometido. Los disparos despertaron a los dormidos que salieron del dormitorio a una plataforma rodeada de lanchas de la marina con marinos apuntándoles desde todos los ángulos.
Algunos intentaron tirarse al agua. Seis combatientes saltaron al lago desde el borde de la plataforma y nadaron hacia el islote de Tule a 200 m. Los buzos de combate de la marina los interceptaron en el agua. Nadar en el lago de Patscuaro a las 4 de la mañana con una temperatura del agua de 14ºC es una experiencia que congela los músculos en minutos.
Los seis que saltaron fueron sacados del agua temblorosos, azules e incapaces de resistir. 74 detenidos, cero muertos, 89 rifles, 232 kg de droga y una plataforma flotante que los ingenieros de la marina desmantelaron en los días siguientes. Quiero hablar del desmantelamiento de la plataforma porque el proceso de sacar una estructura de 40 m por 20 del lago tiene una complejidad que los ingenieros navales resolvieron con métodos que merecen ser documentados.
La plataforma no podía ser remolcada a la orilla en una sola pieza. Era demasiado grande para pasar entre los islotes de tule que rodean el extremo sur del lago. Los ingenieros decidieron desmontar la initu pieza. Primero desmontaron las cuatro estructuras de madera y lámina, las paredes, los techos, las literas, las mesas.
Todo fue desarmado con herramientas manuales y cargado en lanchas que lo llevaron a la orilla donde camiones lo transportaron como evidencia. Después levantaron el piso de madera y concreto ligero, sección por sección, revelando la estructura de vigas de acero que conectaba los pontones. Las vigas fueron cortadas con soplete sobre el agua.
lo que generó chispas que los ingenieros controlaron con extintores, porque debajo de las vigas estaban los pontones llenos de aire y los residuos de propano que un soplete descontrolado podía inflamar. Finalmente, los 32 pontones fueron desenganchados uno por uno, remolcados a la orilla y cargados en camiones plataforma.
Cada pontón pesaba entre 300 y 400 kg vacío. 32 viajes de lancha a la orilla con un pontón remolcado cada uno. El desmantelamiento completo tomó 5 días. Cuando el último pontón fue retirado del agua, no quedó nada de la plataforma, excepto las cuatro anclas de concreto en el fondo del lago y las cadenas de acero que los busos cortaron y sacaron a la superficie.
El punto del lago donde durante meses flotó una base del narcotráfico con 74 personas y un arsenal de guerra volvió a ser agua abierta. Agua con la misma temperatura de 14ºC, con las mismas corrientes, con la misma profundidad de 4 m y con los charales empezando a regresar a una zona que durante meses evitaron porque el ruido y la contaminación los espantaron.
Los biólogos de la CONAGua estiman que la zona va a tardar entre 6 meses y un año en recuperarse completamente. Los hidrocarburos vertidos por los generadores se van a diluir con el movimiento natural del agua. Los residuos orgánicos se van a descomponer y los charales van a volver a nadar en el espacio que la plataforma ocupó como si nunca hubiera estado ahí.
Porque el lago tiene la paciencia de las cosas que duran un millón de años. Y lo que el CJNG le hizo durante unos meses es un parpadeo en la escala de tiempo de un lago que existía cuando los mamuts caminaban por la meseta. Pero el daño a las comunidades purépechas no se mide en la escala del lago, se mide en la escala humana, en los pescadores que perdieron meses de pesca porque los charales se fueron de su zona, en los artesanos que pagaron cuotas que redujeron sus ingresos, en los jóvenes como Aurelio, que fueron reclutados y que ahora
enfrentan cargos que les van a costar años de cárcel. y en las familias de Janicio, que el primero de noviembre cruzaron el lago para velar a sus muertos, sabiendo que el cártel que cobra cuota sobre la ceremonia tenía una base flotante a 3 km de las velas con las que iluminan las tumbas de sus abuelos.
Quiero hablar de los 74 detenidos. De los 74, 43 eran combatientes que operaban en los pueblos ribereños y que regresaban a la plataforma después de cada operación. 12 eran operadores de lanchas que proporcionaban transporte entre la plataforma y la orilla. Ocho eran logística y apoyo. El cocinero de Erongaricuaro, los que mantenían los generadores y las bombas que achicaban el agua que se filtraba entre los pontones y los que se encargaban de mantener el camuflaje de la plataforma podando la vegetación artificial que el sol decoloraba y reemplazándola cada
pocas semanas. Cinco eran comunicaciones y vigilancia y seis eran mandos. La mayoría de los combatientes eran de Michoacán, de los pueblos de la meseta Purépecha y de la Tierra Caliente. Jóvenes que conocían el lago, que sabían navegar, que sabían pescar y que el CJNG reclutó con la oferta de siempre. Un sueldo que quintuplica lo que gana un pescador o un campesino.
Quiero contar la historia de uno de los pilotos del ancha porque me parece que encapsula la tragedia de los pueblos ribereños del lago. Se llamaba, según los registros, Aurelio, 23 años. Nació en Janicio, la isla de Janicio, donde cada primero de noviembre las familias cruzan en canoa a velar a sus muertos en el panteón que mira al lago y donde las velas de las tumbas se ven desde la orilla como estrellas caídas en el agua.
Aurelio creció en la isla. Su padre era pescador de Charal, su abuelo era pescador de charal. Generaciones de hombres que tiraban la red de mariposa al amanecer y que la recogían llena de charales plateados que vendían en el mercado de Patsquaro. Aurelio aprendió a navegar antes de aprender a nadar. A los 8 años manejaba la canoa de su padre.
A los dos se manejaba solo la lancha de motor que usaban para cruzar de Janitio a Patscuaro, cuando el lago estaba agitado y la canoa era peligrosa. A los 15 ya era el mejor piloto de lancha de su generación en Janicio. Conocía cada corriente, cada bajo, cada zona de tule del lago. El turismo en Janitio se desplomó con la violencia en Michoacán.
Los visitantes dejaron de venir, las familias que cruzaban el lago en los lanchones turísticos dejaron de cruzar y los jóvenes de Janito, que vivían de llevar turistas a la isla, se quedaron sin ingreso. Aurelio, que complementaba la pesca de su padre con viajes turísticos que le dejaban 300 pesos diarios en temporada alta, se quedó con la pesca sola.
100 150 pesos diarios de charales que cada año son menos porque el lago se reduce y los charales se van. El CJNG le ofreció 25,000 pesos al mes por pilotear lanchas. Aurelio aceptó. Navegaba de noche entre la plataforma y los puntos de la orilla, donde recogía o dejaba cargamentos, combatientes y suministros. Usaba las mismas habilidades que sus abuelos usaban para pescar.
La lectura de las corrientes, el conocimiento de los bajos, la capacidad de navegar sin luz por un lago que conocía con los ojos cerrados, el conocimiento ancestral purépecha del lago de Patscuaro al servicio del narcotráfico, las mismas habilidades que durante generaciones permitieron a los pescadores alimentar a sus familias, ahora usadas para transportar droga y armas por el lago, donde sus abuelos tiraban la red de mariposa al amanecer.
Aurelio fue detenido en el agua. Intentó huir en una lancha cuando el operativo empezó, pero una lancha de la Marina lo interceptó a 300 m de la plataforma. Tiene 23 años. De Janicio, la isla que es símbolo de la tradición purépecha. La isla donde el día de muertos se celebra con una solemnidad que ha inspirado películas, libros y la admiración del mundo.
Y uno de sus hijos está detenido por pilotear lanchas para el CJNG, en el mismo lago donde sus abuelos pescaban charales con redes de mariposa. Quiero hablar del impacto en las comunidades purépechas del lago. Las comunidades purépechas ribereñas del lago de Patscuaro llevan décadas atrapadas entre la tradición que las define y la violencia que las destruye.
Son comunidades que hablan purépecha, que practican sus usos y costumbres, que eligen a sus autoridades en asambleas comunitarias y que mantienen vivas tradiciones artesanales que tienen cientos de años. La laca de Patscuaro, la alfarería de Tsinsunzan, las redes de mariposa de Yanicio, los textiles de Santa Fe de la Laguna.
El narcotráfico amenaza esas tradiciones de maneras que van más allá de la violencia directa. Cuando el CJNG recluta a los jóvenes de Janitio para pilotear lanchas, está sacando a esos jóvenes de la cadena de transmisión cultural que mantiene viva la tradición pesquera purépecha. Cuando extorsiona a los artesanos de Tsinan, está reduciendo el ingreso que permite a las familias dedicar tiempo a la artesanía en lugar de buscar otras fuentes de sustento.
Cuando controla el turismo del lago, está cortando la fuente de ingreso que financia las fiestas comunitarias y las ceremonias que son el corazón de la vida purépecha. El CJNG no destruye la cultura puréecha con una bomba, la destruye grano a grano, reclutando a un joven aquí. Extorsionando a un artesano allá, intimidando a un consejo comunal más allá, hasta que la comunidad se queda sin jóvenes que pesquen, sin artesanos que produzcan y sin la dignidad que da a vivir de lo tuyo en lugar de vivir del miedo. El Consejo Comunal de
Erongaricuaro emitió un comunicado después del operativo que me parece necesario citar. Dijeron, “El lago es nuestro. Lo fue antes de los españoles, lo fue antes del gobierno y lo va a seguir siendo cuando los que lo ensucian se hayan ido. Nosotros no nos vamos. El lago no se va y nuestra memoria tampoco. El lago es nuestro.
La declaración de soberanía cultural más directa que una comunidad indígena puede hacer frente al narcotráfico. No estamos pidiendo permiso para vivir en nuestro territorio. [música] El territorio es nuestro. Siempre lo fue y lo va a seguir siendo. A ti que llegaste hasta aquí, la imagen que te dejo es la de don Refugio, un pescador purépecha de 61 años en un cayuco de madera en el lago de Patscuaro a las 6 de la mañana con su red de mariposa enrollada en la proa, con la neblina levantándose del agua, con el frío del altiplano en los huesos,
mirando una estructura que no debería estar ahí, una estructura con bordes rectos y ángulos que la naturaleza no produce en un lago que lleva un millón de años sin ángulos rectos. Don Refugio conoce su lago, cada isla, cada islote, cada banco de tule, cada corriente que mueve los charales de un lado a otro según la temperatura del agua y la dirección del viento.
Y cuando vio algo nuevo en su lago, algo que no pertenecía, algo que rompía el patrón de un millón de años de geografía la Custre, lo supo. Lo supo con la certeza del experto que no necesita instrumento para detectar la anomalía. lo supo con los ojos, con la experiencia, con los 42 años de conocimiento acumulado de un hombre que ha navegado el mismo lago todos los días de su vida y habló.
Fue con su compadre. Su compadre fue con el jefe de tenencia. El jefe de tenencia llamó a la marina y 74 personas fueron detenidas, 89 rifles fueron decomizados y una plataforma flotante fue desmantelada en un lago sagrado donde los purépechas pescan charales desde antes de que los españoles supieran que América existía.
Dale like, suscríbete, activa la campanita. Don Refugio sigue pescando. Todas las mañanas a las 5 sale de Erongaricuaro en su cayuco de madera. rema hasta sus puntos de pesca, tira su red de mariposa y espera a que los charales entren. Los charales están regresando a la zona donde estuvo la plataforma porque el ruido de los generadores que los espantaba ya no está.
Las vibraciones de los pontones que perturbaban el fondo del lago ya no están y el agua de Patscuaro, que tiene un millón de años de paciencia, ya está cerrando el espacio que la plataforma ocupó como si nunca hubiera estado ahí. Nos vemos mañana. Cuídate. Y si algún día estás en el lago de Patscaro viendo a los pescadores lanzar sus redes de mariposa al amanecer y sientes que estás viendo algo eterno, algo que siempre fue así y que siempre va a ser así.
Recuerda que hace unas semanas en ese mismo lago había una plataforma flotante con 74 personas armadas y un arsenal de guerra y que la única razón por la que ya no está es un pescador de 61 años en un cayuco de madera que vio algo que no cuadraba y que tuvo la costumbre de decirlo. El lago de Patscuaro lleva un millón de años ahí.
Va a seguir un millón de años más. Y lo que el CJNG le hizo durante unos meses, el lago lo va a olvidar como olvida todo lo que no pertenece a sus aguas, porque el lago tiene la paciencia de las cosas que duran y las cosas que duran siempre ganan. Pero los charales que don Refugio pesca mañana a las 6 de la mañana no van a saber que nadan donde estuvo una plataforma del narcotráfico.
Van a nadar porque es lo que hacen los charales. Van a brillar como monedas de plata bajo la superficie del lago y don Refugio los va a recoger en su red de mariposa con la misma mano con la que los recogió ayer y con la que los va a recoger mañana. Porque Don Refugio es un pescador purépecha.
Y los pescadores purépechas pescan en el lago de Patscuaro desde hace 1000 años y van a seguir pescando 1000 años más con narcos o sin narcos, con plataformas o sin plataformas, con redes de mariposa que se abren como alas contra el cielo gris del altiplano y que se cierran con el peso de los charales que el lago les da cada mañana, como los ha dado siempre.
Quiero cerrar con una reflexión sobre los cuerpos de agua de México, porque este caso se suma al pantano de Tabasco, al túnel bajo el río de Veracruz y al barco hundido de Guerrero en un patrón que los analistas de la Marina llaman narcoacuático y que está transformando la manera en que las fuerzas de seguridad piensan sobre la vigilancia de los espacios de agua.
México tiene más de 60 lagos y lagunas de importancia. Patscuaro, Chapala, Cuitzeo, Cirahuen, Catemaco, Bacalar, Montevello, cada uno con la extensión, la profundidad y el aislamiento que una plataforma flotante necesita para pasar desapercibida. Si el CJNG puede construir una plataforma de 40 por 20 m en Patswaro sin que nadie la detecte durante meses, puede construir plataformas similares en cualquier lago del país.
En el lago de Chapala, que es 10 veces más grande que Patscuaro. En la laguna de Catemaco, cubierta de vegetación, en las lagunas de Montevello, rodeadas de selva. La vigilancia de los cuerpos de agua de México requiere lo que la vigilancia de los humedales, de los ríos. Y de las costas requiere presencia constante, tecnología de detección y personas como don Refugio que conocen su agua con la intimidad que da a navegar el mismo lago todos los días durante 42 años.
La Marina está considerando la instalación de sistemas de monitoreo lacustre en los lagos más grandes de México. Bollas con sensores acústicos que detecten el ruido de generadores, cámaras subacuáticas que identifiquen estructuras artificiales y drones acuáticos que recorran las zonas menos frecuentadas de los lagos buscando anomalías.
Es tecnología que existe, que se usa en Europa y en Asia para monitorear la calidad del agua y la fauna acuática, y que en México podría tener un uso adicional que los fabricantes europeos nunca imaginaron. Detectar plataformas del narcotráfico flotando en lagos sagrados de pueblos indígenas. Pero la tecnología no reemplaza al pescador con su cayuco.
Don Refugio detectó la plataforma con sus ojos. con su experiencia, con los 42 años de conocimiento acumulado que le dicen que una isla nueva en un lago que conoce de memoria es una isla que no debería estar ahí. Ningún sensor acústico puede replicar eso. Ninguna cámara subacuática puede igualar la intuición de un hombre que lleva media vida sobre el agua y que sabe distinguir lo natural de lo artificial con la certeza del que no necesita instrumento para medir lo que ve.
Dale like por don Refugio y sus 42 años de lago. Suscríbete por el Consejo Comunal de Erónongarícuaro, que declaró El lago es nuestro con la autoridad de un pueblo que lleva 1000 años navegándolo. Activa la campanita por Aurelio de Janicio, que piloteaba lanchas del CJNG, en el mismo lago donde sus abuelos pescaban charales con redes de mariposa.
Y nos vemos mañana. Yeah.