La historia del cine de oro mexicano está repleta de mitos, luces deslumbrantes y figuras que parecían talladas por los mismos dioses del entretenimiento. Ninguna, sin embargo, poseía la sofisticación intrínseca, la planta aristocrática y la voz de barítono magnética de Arturo de Córdova. Nacido bajo el nombre de Arturo García Rodríguez en Mérida, Yucatán, el 7 de mayo de 1907, este hombre no solo se convirtió en el arquetipo del galán elegante en toda Hispanoamérica, sino que logró cruzar las fronteras idiomáticas para filmar en el Hollywood más competitivo de los años 40, compartiendo créditos con colosos de la talla de Gary Cooper e Ingrid Bergman en la mítica adaptación de “Por quién doblan las campanas”.
Para el público de la época, Arturo de Córdova era sinónimo de la perfección masculina: una dicción impecable pulida en sus años dorados en la radio como “El locutor de las elegancias” y una presencia cosmopolita que adquirió durante una juventud transcurrida entre Argentina, Suiza y Estados Unidos. Pero detrás de esa fachada de éxito inconmensurable, trajes de sastre impecables y
frases memorables como su icónico “no tengo la menor importancia”, se escondía una existencia profundamente atormentada, un entramado de pasiones secretas, pérdidas violentas y un dolor tan agudo que terminó por apagar su corazón el 3 de noviembre de 1973. Su muerte por un infarto derivado de una insuficiencia cardiorrespiratoria ocurrió a los 66 años, apenas unos meses después de haber sufrido el golpe más antinatural que puede experimentar un ser humano: enterrar a su propio hijo, Alonso.

Para comprender la magnitud de la tragedia de Arturo de Córdova, es necesario descorrer el velo de su biografía pública y adentrarse en el México intolerante de mediados del siglo XX. Aquella era una sociedad que idolatraba a sus héroes de la pantalla pero que, al mismo tiempo, les imponía una estricta camisa de fuerza moral. Tras un tormentoso y apasionado romance juvenil con la volcánica Lupe Vélez —quien se quitaría la vida trágicamente en Hollywood en diciembre de 1944—, la vida emocional de Arturo se entrelazó de manera definitiva y peligrosa con la de otro grandioso actor de la época: el carismático Ramón Gay.
Ramón Gay era un hombre talentoso que había empezado desde abajo en la industria ferroviaria antes de encontrar su verdadera vocación en las artes dramáticas. Al notar su innegable potencial, Arturo de Córdova no dudó en utilizar todo su enorme peso e influencia en la industria para recomendarlo con directores y productores, abriéndole las puertas del estrellato. Con el paso de los años, lo que comenzó como un sólido apoyo profesional se transformó en un lazo sentimental inquebrantable pero estrictamente clandestino. En una era donde la homosexualidad o los romances fuera de la norma social significaban la muerte civil y el fin automático de cualquier carrera artística, ambos tuvieron que aprender a amarse en las sombras de los sets de filmación.
Esta verdad oculta, que todos en los pasillos de los estudios conocían pero nadie se atrevía a pronunciar, saltó por los aires la madrugada del 28 de mayo de 1960. Ramón Gay fue asesinado a tiros a las afueras del domicilio de la actriz Evangelina Elizondo por el exesposo de esta, el ingeniero José Luis Paganoni, en un arrebato de celos irracionales. La muerte de Ramón, a los 42 años y en la cúspide de su carrera, destrozó por completo a Arturo de Córdova. Durante el velorio, incapaz de mantener la compostura que exigía su estatus de estrella, Arturo se inclinó sobre el ataúd de Ramón y rompió en un llanto inconsolable y desgarrador ante la mirada atónita de la prensa y los asistentes. No eran las lágrimas de un simple colega de profesión; era el luto desesperado de un hombre al que le habían arrebatado violentamente su amor más profundo y que ni siquiera podía gritar su dolor al mundo. Décadas más tarde, en el año 2006, el reconocido escritor Rafael Pérez Gay, sobrino de Ramón, confirmaría la naturaleza de este idilio en una desgarradora columna familiar: “Estaban secretamente enamorados, consumidos por pasiones turbulentas y lealtades inquebrantables”.

El dolor acumulado y la necesidad de mantener las apariencias comenzaron a pasarle una factura física muy alta a Arturo. Aunque continuó trabajando de manera prolífica, el estrés emocional derivó en un devastador derrame cerebral en 1967 que le dejó una parálisis parcial en el rostro. Fue en este periodo de profunda vulnerabilidad cuando la figura de la gran actriz Marga López cobró una relevancia salvadora. Marga, quien había sido su compañera en innumerables películas y conocía de cerca sus heridas, se convirtió en su cuidadora incondicional y, desde 1964, en la pareja formal que le devolvió la estabilidad. Con Marga, Arturo no experimentó el fervor destructivo de sus pasiones del pasado, sino la paz y la quietud de quien encuentra un puerto seguro donde ya no es necesario usar máscaras. Ella lo impulsó a regresar a los escenarios en 1968 con la obra “Las zorras”, donde el público, consciente de su delicado estado de salud, lo recibió con una ovación de pie que duró minutos y que conmovió al actor hasta las lágrimas.
Sin embargo, cuando Arturo parecía haber encontrado un equilibrio en su madurez, el destino le reservaba la última y más cruel de sus batallas. A mediados de 1973, su hijo Alonso falleció en un trágico accidente. Aquella pérdida destruyó los últimos vestigios de resistencia que le quedaban a un hombre que ya había cargado con el suicidio de Lupe Vélez, el asesinato de Ramón Gay y los embates de su propia decadencia física. El dolor moral de ver partir a un hijo dinamitó su ya frágil salud cardiovascular. Solo unos meses después de enterrar a Alonso, el cuerpo de Arturo de Córdova dijo basta. Acompañado hasta el último suspiro por el amor devoto de Marga López, el gran galán cerró los ojos para siempre, dejando tras de sí un legado fílmico legendario y la historia de un hombre extraordinario que tuvo que pagar el precio más alto por amar en la época equivocada.