La madrugada del viernes 22 de mayo de 2026 quedará marcada en las bitácoras de la inteligencia federal como el día en que la estructura de una de las organizaciones criminales más violentas del Valle de México terminó de resquebrajarse. A las 4:51 horas, las puertas automáticas de acceso de la Terminal 1 del Aeropuerto Internacional Benito Juárez de la Ciudad de México se abrieron para dar paso a un hombre que vestía sudadera gris y gorra oscura. Cargaba una mochila negra con ruedas y caminaba con una lentitud calculada, fingiendo la parsimonia de un viajero habitual. Su nombre: David Mendoza Díaz, alias “El David” o “El Chino”, cuñado de la polémica exalcaldesa de Cuauhtémoc, Sandra Cuevas, y hermano de Alejandro Gilmare Mendoza, alias “El Choco”.
Lo que “El David” ignoraba mientras avanzaba hacia los mostradores de documentación era que su plan de escape se había convertido en una trampa perfecta. Llevaba cuarenta minutos bajo el seguimiento sigiloso de agentes de la Secretaría de Marina (Semar) vestidos de civil y un dron de reconocimiento facial sobrevolaba el perímetro desde las 4:23 de la madrugada. El operativo, coordinado de forma quirúrgica, concluyó a las 5:03 horas sin necesidad de efectuar un solo disparo. El sospechoso fue neutralizado hombro con hombro por elementos federales mientras observaba la pantalla de horarios de vuelos. Sin embargo, el verdadero terremoto político e institucional no radicó únicamente en el arresto, s
ino en el contenido de la mochila negra que portaba, un hallazgo que ha puesto bajo la lupa federal a Sandra Cuevas y que amenaza con destapar una red de complicidades al más alto nivel.

Para dimensionar el impacto de esta captura, es indispensable entender la naturaleza de la organización delictiva conocida como “La Choquiza”, afincada principalmente en el oriente del Estado de México, con especial fuerza en Ecatepec. Este grupo no emergió en el mapa criminal con la estética tradicional de los grandes carteles, sino disfrazado bajo la fachada de un colectivo de transportistas, comerciantes y microempresarios. Mediante la entrega de despensas, la organización de bailes sonideros y una calculada estrategia en redes sociales, construyeron una pátina de legitimidad social que utilizaron como escudo contra la supervisión de las instituciones. Detrás de ese velo comunitario, operaba un engranaje delictivo implacable: cobro de derecho de piso generalizado, préstamos usureros bajo la modalidad del “gota a gota”, narcomenudeo, extorsiones viales mediante “montachoques” y el despojo sistemático y con violencia de al menos 72 propiedades habitacionales.
Al frente de este imperio criminal se encontraba “El Choco”, un personaje mediático y carismático que solía exhibirse públicamente en compañía de actores políticos locales. Su pareja sentimental y defensora pública era Sandra Cuevas, la abogada y exalcaldesa que de manera reiterada generaba titulares por su estilo confrontativo. Cuevas no solo compartía presídiums y actos masivos con el líder criminal, sino que lo defendió fervientemente en las plataformas digitales cuando el periodismo de investigación comenzó a documentar los nexos, llegando a amenazar con demandas legales a los comunicadores que difundieron las evidencias fotográficas de la relación. El idilio político y criminal sufrió un golpe seco el 10 de septiembre de 2025, cuando un operativo de las fuerzas federales capturó a “El Choco” en Ecatepec y lo recluyó de inmediato en el Centro Federal de Readaptación Social Número 1, “El Altiplano”. Tras la caída de la cabeza visible, su hermano David asumió el mando territorial para contener las incursiones de bandas rivales, activando sin saberlo las alertas de las agencias de inteligencia.
El cerco sobre “El David” se cerró debido a tres errores estratégicos. El primero fue asumir un liderazgo sumamente expuesto en las calles mexiquenses para demostrar control. El 3 de mayo de 2026, la Marina geolocalizó por primera vez el teléfono satelital que utilizaba para coordinar las extorsiones en Ecatepec, convirtiendo cada llamada en una coordenada judicial. El segundo error fue humano: al sentir la presión del rastreo policiaco, decidió buscar una salida temporal del país por treinta días para enfriar el panorama. Para ello, recurrió a un falsificador en el barrio de Tepito para obtener un pasaporte con la identidad de un tercero pero con su fotografía, adquiriendo boletos con destino a Cancún y conexión posterior hacia Guatemala. El capo ignoraba que su contacto en Tepito operaba como informante activo de la Fiscalía General de Justicia de la Ciudad de México desde hacía ocho meses; la transacción fue notificada a las autoridades en menos de doce horas. Su tercer y último desacierto fue acudir al aeropuerto a las cuatro de la mañana creyendo que la fluidez de usuarios le facilitaría detectar anomalías, sin percatarse de que el personal de la terminal aérea que lo rodeaba eran marinos encubiertos.

Cuando la mochila negra de “El David” fue abierta en la sala de evidencias de la fiscalía mexiquense, los peritos bajo estricta cadena de custodia inventariaron los artículos que sepultaban su coartada: 47,000 dólares en efectivo ordenados en fajos con ligas —dinero limpio de facturas que representa el producto directo de las extorsiones a comerciantes—, el pasaporte apócrifo y una tarjeta con frecuencias de radio y coordenadas operativas de los municipios de Ecatepec, Tultitlán y Nezahualcóyotl. Sin embargo, en el fondo del equipaje, junto a los dólares, reposaba el elemento más incriminatorio: una fotografía física, impresa en papel fotográfico convencional, donde aparecían sonrientes “El Choco” luciendo sus cadenas de oro y Sandra Cuevas, capturados durante una rodada de motocicletas en la capital.
La existencia de esta fotografía en el equipaje de fuga de un líder criminal de alta peligrosidad trasciende el ámbito de los recuerdos familiares. Para los fiscales federales, el documento gráfico se ha convertido en una pieza de evidencia física que ratifica la proximidad y la vigencia del vínculo entre la exalcaldesa y la cúpula de “La Choquiza”, echando por tierra los intentos de la defensa de Cuevas por catalogar la relación como un hecho periférico o del pasado. Las implicaciones legales cobraron mayor relevancia tras el pronunciamiento de Omar García Harfuch, quien al informar sobre la detención lanzó una advertencia entrelíneas: “Seguiremos desmantelando estas estructuras sin importar quién esté vinculado a ellas”. El uso deliberado de la palabra “quién” apunta de manera directa a los actores políticos que brindaron cobertura de legitimidad a la organización y cuyos nombres figuran en las carpetas de investigación.
El arresto de David Mendoza Díaz abre un escenario de extrema vulnerabilidad para Sandra Cuevas. En las próximas horas, bajo el peso de una vinculación a proceso federal y de cara a una condena prolongada, “El David” enfrentará las presiones del Ministerio Público para colaborar con la justicia. Su principal moneda de cambio para negociar una reducción de beneficios penales es la información sobre los hilos políticos y financieros que sostuvieron a “La Choquiza” a plena luz del día. La pregunta medular que los tribunales federales buscan responder ya no es si la exalcaldesa conocía a los hermanos Mendoza Díaz, sino si su participación activa en los eventos públicos y sus amenazas de demanda a la prensa constituyeron actos de complicidad u obstrucción de la justicia. Mientras el expediente avanza y los fiscales estructuran las pruebas idóneas para sostener una acusación en una sala de audiencias, la fotografía rescatada de la mochila en el aeropuerto se erige como el primer eslabón de una cadena que podría cambiar el destino legal de una de las figuras más polémicas de la política local.