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Verónica Castro: El ASQUEROSO Secreto que Negó Durante 30 Años

Verónica Castro: El ASQUEROSO Secreto que Negó Durante 30 Años

Verónica Castro construyó 73 años de vida sobre un secreto asqueroso que lleva 30 años jurando que es mentira y la única mujer que puede probarlo se lo está llevando a la tumba ahora mismo, a 20 minutos de su casa. Esa mujer se llama Yolanda Andrade. Hoy tiene un cuerpo que se apaga músculo por músculo por una enfermedad que no tiene cura.

Le cuesta caminar, le cuesta hablar y antes de que la voz se le acabe del todo, subió a sus redes fotografía de la Virgen de Guadalupe con cuatro palabras escritas encima dirigidas a Verónica Castro con nombre y apellido. Tú y yo sabemos. Tú y yo sabemos. Guarda esas cuatro palabras, porque a esas cuatro palabras vamos a volver al final.

 Y cuando volvamos, vas a entender por qué una mujer que se está muriendo eligió gastar parte del poco aliento que le queda en recordarle algo a la diva más grande que ha tenido la televisión mexicana. Hoy vas a descubrir cuatro cosas que nunca te contaron completas. Primero, ¿por qué la mujer más amada de México, la novia eterna del país entero, jamás pudo decir en voz alta a quién amaba de verdad y quién la obligó a callarlo? Segundo, ¿quién es exactamente esa mujer de Culiacán que dice tener la prueba guardada bajo llave? ¿Y por qué tuvo 6

años para destruir a Verónica con un solo sobre y eligió no hacerlo? Tercero, la noche que, según esa misma mujer, Verónica Castro terminó en la sala de un hospital por una pelea con su propio hijo, el hijo más consentido de México. Y cuarto, ¿qué queda hoy de las dos? dos camas de hospital en la misma ciudad, un teléfono que nunca suena y un país que tuvo la culpa de todo y todavía no lo quiere admitir.

Te voy a avisar cuando llegue cada una, pero para entender cómo fue posible que esto ocurriera, necesitas conocer el mundo que construyó a esta mujer. Porque esta historia no empieza en aquel viaje del que todos hablan. No empieza con el retiro ni con la enfermedad. Empieza mucho antes en una casa de la Ciudad de México donde el dinero no alcanzaba y empieza con algo que tú probablemente viste con tus propios ojos en tu propia televisión.

Esa casa era la de doña Socorro Castro, una mujer que sacaba adelante a cuatro hijos prácticamente sola porque el padre, el ingeniero Fausto Sainz, se apartó de la familia cuando los niños todavía eran pequeños y se fue sin dejar mucho rastro. Ahí, el 19 de octubre de 1952, en la colonia San Rafael nació una niña a la que registraron como Verónica Judith Sainz Castro.

Y fíjate en un detalle que casi nadie nota, porque ese detalle lo explica todo. El apellido con el que el mundo entero la conoce, Castro es el apellido de su madre. El del padre Saint desapareció de las marquesinas para siempre. Antes de cumplir 15 años, esa niña ya había tomado, sin saberlo, la decisión más definitiva de su vida.

 El hombre que se fue no merecía ni el crédito del nombre y la hija mayor entendió muy pronto cuál iba a ser su papel en esa familia. Ella iba a mantenerlos y la herramienta para lograrlo iba a ser su propia cara. A los 14 años ya posaba para fotonovelas, cobraba poco, aguantaba jornadas eternas y entregaba el sobre completo en su casa.

Quienes la conocieron en esa época cuentan a una adolescente que sonreía para el lente, aunque viniera de dormir 4 horas. Esa sonrisa, la sonrisa más famosa que ha dado la televisión de este país, nació como una herramienta de trabajo. Era el escudo de una niña que no podía darse el lujo de verse cansada, porque del brillo de esos dientes dependía la renta de su madre y la comida de sus hermanos.

Conviene que te imagines esos años porque explican a la mujer entera. Una adolescente que en lugar de salir con amigas pasaba las tardes posando bajo lámparas calientes, repitiendo la misma pose hasta que el fotógrafo quedaba contento, que entregaba el sobre con el pago en la mesa de la cocina y veía a su madre estirarlo para que llegara a fin de mes.

¿Qué aprendió? muy pronto que en esa casa nadie iba a rescatarla, que si ella no producía, no se comía. Esa clase de infancia deja una marca que no se borra con la fama ni con los millones. Deja a una mujer que asocia el cariño con el trabajo y el descanso con el peligro. Una mujer que medio siglo después seguirá creyendo en lo más hondo, que el día que deje de sonreír y producir, el mundo entero la va a abandonar, como abandonó su padre por aquella puerta.

Guárdate ese detalle. La mujer que aprendió a sonreír para esconder el cansancio va a repetir ese mismo gesto 50 años después. frente a millones de personas para esconder algo mucho más grande que el cansancio. De las fotonovelas saltó a la televisión como edecán y modelo. Y ahí, en los pasillos de los estudios, una jovencita de 15 años se cruzó con el hombre que iba a marcarle la primera gran herida de su vida adulta.

Manuel Valdés, el loco, hermano de Tin Tan, estrella absoluta de la comedia mexicana, encantador, famoso y con una fama muy concreta, la de no quedarse nunca con una sola mujer. Verónica se enamoró como se enamora una muchacha que creció sin padre, por completo, sin defensa. La relación avanzó entre camerinos y giras, siempre a media luz, porque él tenía otros compromisos y otras parejas.

Y en 1974, con 21 años, Verónica quedó embarazada. Cuando se lo dijo, la puerta se cerró. La misma puerta que ella conocía desde niña, la que solo servía para ver irse a la gente. México, 1974. Una actriz soltera, embarazada de un hombre que no iba a responder. Hoy eso apenas levantaría una ceja. En aquel país, en aquella década, era una condena social.

Las revistas la señalaban, los productores dudaban en contratarla y Verónica tenía dos caminos: esconderse o trabajar. Eligió trabajar con la barriga creciéndole bajo los vestidos. El 8 de diciembre de 1974 nació su hijo Cristian. Ella tenía 22 años, una familia que mantener, un bebé sin padre presente y una industria entera esperando verla caer.

Recuerda a ese niño, recuerda esa fecha, porque ese vínculo entre esa madre y ese hijo es el que 50 años después, según el testimonio de la mujer que se está muriendo, va a terminar en una sala de urgencias. Pero la industria que la había sentenciado se equivocó en grande. En 1979, Televisa le entregó el protagónico de una telenovela que iba a cambiar la historia de la televisión en el planeta entero. Los ricos también lloran.

El melodrama se vendió a más de 100 países. Se tradujo al ruso, al chino, al árabe y cuando llegó a la Unión Soviética, las calles de Moscú se vaciaban a la hora del capítulo. Verónica Castro se convirtió en el rostro mexicano más reconocido del mundo por encima de presidentes y futbolistas. Y aquí viene la ironía que duele.

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