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 VALENTÍN ELIZABLE: 18 Años Creímos Esa Versión. El Cuerpo de Su Primo Cuenta Otra Historia

 VALENTÍN ELIZABLE: 18 Años Creímos Esa Versión. El Cuerpo de Su Primo Cuenta Otra Historia

Reyosa,  Tamaulipas. 25 de noviembre de 2006. Son las 3:30  de la madrugada. Una camioneta suburba negra avanza apenas 70 m desde la salida del palenque cuando dos vehículos la cierran. Lo que pasa en los siguientes segundos queda grabado en el metal. 70 impactos de bala.

 Cuernos  de chivo Ar 15, calibres 38 Super. La carrocería queda perforada como un colador. Adentro van cuatro hombres. Tres mueren. El representante Mario Mendoza Grajeda, el chóer Reinaldo Vallesteros  y Valentín Elizal de Valencia, 27 años, el cantante más caliente del regional mexicano,  el hijo del gallo, el que llenaba palenques de Sonora a Texas.

Solo uno sobrevive, el  primo Fausto Tano Elizalde, sentado a su lado en la misma camioneta, en el mismo asalto, contra los mismos disparos. sale  con heridas que 18 años después un peritaje alterno va a poner en duda.  Heridas que, según el documento que doña Camila Valencia, la madre de Valentín encontró y entregó a sus hijas, no corresponden a las de alguien que estuvo dentro del vehículo cuando empezó la balacera.

 Y si tú estás escuchando esto, es probable que te acuerdes perfectamente del día que prendiste la televisión y  viste la noticia. El cantante que tenías en la radio, el de Vete ya, el de Te quiero así, el de la voz ronca que tus hijos pedían en las fiestas, estaba muerto en una carretera de Tamaulipas.

Lo que no te dijeron en la noticia  es lo que vas a escuchar hoy. Y lo que vas a escuchar hoy ya no es chisme  de revista, es un peritaje, una confesión, una boda y un apellido. Hoy  vas a descubrir cuatro cosas que la prensa de espectáculos cayó durante años. Primero,  la verdadera razón por la que Valentín no quería subirse a esa camioneta esa noche,  según declaró su propia excuñada en televisión nacional.

Segundo, lo que la madre de Valentín encontró  en un sobre 18 años después y que sus hijas guardan ahora a la espera del momento  oportuno. Tercero, el movimiento que su primo hizo 15 años después del crimen y que para muchos confirmó la traición que ya  se rumoreaba en cada cantina de Sonora.

 Y cuarto, lo que pasó con la hija que vio morir a su mamá a balazos 10  años después en plena calle, a las 11 de la mañana. Te voy a avisar cuando llegue cada una. Pero antes de entender cómo fue posible que esto ocurriera, necesitas conocer el mundo que construyó a Valentín  Elizalde. Porque esta historia no empieza con 70 balazos en Reyosa, empieza mucho antes.

  Empieza en un rancho de Sonora, donde un niño veía a su padre cantar en bodas pueblerinas y soñaba con ser él. Hiton hueca, Sonora. 1 de febrero de 1979, una localidad de  menos de 3,000 habitantes en el municipio de Hechoa, al sur del estado, ahí donde la tierra se vuelve plana y el calor se mete debajo de la ropa.

  Ahí nació Valentín, hijo de Everardo Elisalde, conocido en la región como Lalo el Gallo Elisalde, un cantante de banda y norteño que andaba todo el tiempo  de plaza en plaza con un acordeón prestado y la voz cascada del que canta demasiado. Su madre,  doña Camila Valencia, la mujer que cargaría con todos los duelos.

Tú quizá no te acuerdes del gallo Elisal de Padre, pero tu mamá sí. La radio que se oía en el patio,  en las cocinas de Sonora y Sinaloa, esa voz áspera que cantaba de mujeres y de borracheras,  esa era la del Padre. Valentín creció con cuatro hermanos. Jesús  el mayor, Francisco, al que años después conocerías como el gallo,  igual que el padre, Joel, el flaco y Libia, la única hermana.

 La casa era humilde, la música era el aire.  Cuando el padre regresaba de una gira pequeña, traía billetes arrugados y canciones que ensayaban entre todos.  Pero la pobreza no se va con dos canciones. Antes de ser nadie en la música, Valentín fue jornalero  en la pizca de tomate. Te recuerdo lo que es la pizca de tomate  en caso de que tu nieto, que ahora vive en Estados Unidos, no lo entienda.

 12 horas bajo el sol, las manos cortadas por las espinas  del tallo, el sueldo que no alcanzaba. Después fue vendedor de cassetes. Sí,  vendía las grabaciones de su propio padre puerta por puerta en los pueblos cercanos,  20 pesos el cassete. Y mientras vendía la voz del padre, ensayaba la suya.

Estudió derecho en la Universidad  de Sonora. Eso casi nadie lo sabe. El  cantante de corridos que tu marido escuchaba a todo volumen los domingos era abogado titulado Esa misma voz que después gritaría  sigan chillando culebras en un palenque. Esa voz pasaba el día estudiando códigos civiles.

Recuerda ese detalle, te va a importar más adelante cuando hablemos de la herencia y de los contratos.  Y entonces el 23 de noviembre de 1992,  cuando Valentín tenía 13 años, su padre Lalo el gallo Elisalde murió en un accidente de auto. Detente un momento ahí. 23 de noviembre. 14 años después, casi al  día, Valentín moriría también el 25 de noviembre.

 Tres días de diferencia en el calendario familiar.  Padre e Hijo, los dos llamados Gallo, muertos en la misma semana de noviembre,  con 14 años de distancia entre uno y otro. Una coincidencia que la familia recuerda cada año en el rancho de Wasabe. Una coincidencia que doña Camila siente como un peso doble cada otoño. Y aquí empieza la herida  que vas a entender a lo largo de todo este video, porque doña Camila Valencia,  esa mujer que crió cinco hijos, quedó viuda una vez y le tocó enterrar después a un hijo. Y aún así hoy a sus

80 y tantos,  es la que carga con el peritaje en un sobre y con la verdad que nadie  quiere oír. Cuando Lalo el gallo Elisalde murió en aquel accidente de auto, Valentín tenía la edad en la que un hijo todavía  está aprendiendo a caminar al lado del padre. 13 años. Dejó de  tener clases de canto en el patio.

 Dejó de oír al padre afinar los acordes con esa voz quebrada de cantinas viejas. Dejó  en realidad todo lo que un niño deja cuando se queda sin papá. El ejemplo,  el techo simbólico, la mano grande que decide. Doña Camila quedó con cinco bocas que alimentar. Sin  pensión musical, sin disquera, sin ahorros.

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