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Una niña le pregunta a Jose Mujica: “¿Por qué la gente es mala?” — Su respuesta conmueve a todos

Una niña le pregunta a Jose Mujica: “¿Por qué la gente es mala?” — Su respuesta conmueve a todos

El invierno uruguayo había cubierto Montevideo con un manto gris. Las calles empedradas del barrio Prado relucían húmedas bajo la llovisna persistente típica de julio. En la escuela pública de 32 República de Chile, la maestra Carolina Rodríguez preparaba a sus alumnos de cuarto año para un proyecto especial.

 “Mañana tendremos una visita muy importante a nuestra escuela”, anunció Carolina. Mientras los niños guardaban sus cuadernos, el expresidente José Mujica vendrá a conversar con nosotros sobre su vida y experiencias. En la última fila, Lucía Martínez, una niña de 10 años de ojos grandes y expresivos, escuchaba con atención. A diferencia de muchos de sus compañeros, Lucía no venía de una familia montevideana tradicional.

 Hacía apenas 8 meses que habían llegado desde un pequeño pueblo de Rivera en la frontera con Brasil, buscando mejores oportunidades después de que su padre perdiera su trabajo en la estancia donde había trabajado toda su vida. “Quiero que cada uno prepare una pregunta para el expresidente”, continuó la maestra. Piensen bien, porque solo algunos podrán hacerla directamente.

 Esa tarde, mientras la lluvia golpeaba contra la ventana de su pequeño apartamento en el Vinter Cent barrio Cerro, Lucía se sentó en la mesa de la cocina. Su madre, Elena, preparaba guiso de lentejas, llenando el ambiente con un aroma reconfortante que contrastaba con la humedad del exterior. “¿Qué haces, mi amor?”, preguntó Elena al ver a su hija tan concentrada.

 Tengo que escribir una pregunta para el expresidente Mujica, respondió Lucía sin levantar la vista del papel. La maestra dijo que vendrá mañana a la escuela. Elena dejó de revolver el guiso y se acercó a la mesa. Las dificultades económicas habían hecho mella en su rostro, pero siempre guardaba una sonrisa para su hija. Y ya sabes qué le vas a preguntar.

 Lucía asintió lentamente. Quiero preguntarle por qué la gente es mala. dijo con voz suave pero decidida. Elena se quedó inmóvil. sabía perfectamente a qué se refería su hija. Desde que habían llegado a Montevideo, Lucía había sufrido el rechazo de algunos compañeros por su acento fronterizo y sus costumbres diferentes.

 Además, el desalojo de una familia vecina la semana anterior había afectado profundamente a la niña, que no entendía por qué el dueño del edificio había echado a la calle a personas que tenían niños pequeños. ¿Estás segura de que quieres preguntar eso, Lucía? Elena se sentó junto a ella. Hay muchas otras cosas que podrías preguntar a un expresidente, pero eso es lo que quiero saber, mamá”, insistió Lucía.

 La abuela siempre decía que no hay gente mala, solo gente triste, pero yo he visto gente que hace daño a propósito, como los chicos que rompieron la mochila de Martín solo porque su familia viene de Perú. O como el señor Velázquez, que echó a los Gómez de su casa, aunque sabía que no tenían a dónde ir. Elena abrazó a su hija sintiendo un nudo en la garganta.

 Desde la muerte de su esposo Miguel en un accidente laboral hacía 6 meses, poco después de llegar a Montevideo, la vida se había vuelto cuesta arriba. Elena trabajaba largas jornadas como empleada doméstica y Lucía había tenido que madurar demasiado rápido. A veces los adultos no tenemos respuestas para todo, mi amor”, dijo Elena acariciando el cabello oscuro de su hija.

 “Pero si esa es la pregunta que quieres hacer, escríbela. Tal vez el expresidente Mujica tenga una respuesta que nos sirva a todos.” Lucía sonríó y continuó escribiendo su carta con letra cuidadosa. Estimado señor expresidente, me llamo Lucía Martínez y tengo 10 años. Quiero preguntarle, ¿por qué la gente es mala? Mi abuela decía que no había gente mala, solo gente triste, pero yo he visto personas que hacen daño a propósito.

 ¿Usted qué piensa? Gracias por venir a nuestra escuela. Esa noche, mientras su madre dormía, Lucía revisó una y otra vez su carta a la luz de una pequeña lámpara. En su mente se agolpaban recuerdos de su padre, de su vida en Rivera, de las dificultades en su nueva escuela. Pero también recordaba las palabras de su abuela materna, una mujer sabia que había vivido la dictadura y siempre insistía en buscar la bondad en las personas.

 Afuera la lluvia había cesado, dejando paso a un cielo limpio donde las estrellas brillaban sobre Montevideo. Lucía guardó su carta en la carpeta escolar y se quedó dormida pensando en cómo sería conocer al famoso Pepe Mujica, ese expresidente que según había escuchado, vivía de forma humilde y hablaba con palabras sencillas que todos podían entender.

 La mañana del encuentro amaneció con un sol tímido que intentaba abrirse paso entre las nubes. La escuela de 332 bullía de actividad. Banderas uruguayas decoraban el patio central y el personal de la escuela corría de un lado a otro ultimando detalles para recibir al ilustre visitante. Lucía llegó temprano acompañada por su madre, que había conseguido permiso para entrar más tarde a trabajar.

 Elena ayudó a su hija a acomodarse el uniforme y le dio un beso en la frente. Recuerda, Lucía, no importa si no puedes hacer tu pregunta, solo disfruta la experiencia. La niña asintió, pero apretó su carpeta contra el pecho. Dentro llevaba la carta con su pregunta. Revisada una docena de veces la noche anterior. A las 9 en punto, un viejo Volkswagen escarabajo azul se detuvo frente a la escuela.

 No había séquito presidencial, ni guardaespaldas, ni grandes protocolos. Del auto descendió un hombre mayor, de aspecto sencillo, vestido con una camisa a cuadros y un pantalón gris. José Pepe Mujica, el expresidente conocido mundialmente por su austeridad y honestidad, había llegado como un ciudadano más.

 La directora y algunos maestros salieron a recibirlo entre aplausos. Los niños formados en el patio observaban con curiosidad a este hombre que no parecía en absoluto un expresidente según lo que la televisión les había enseñado. “Buenos días, gurises”, saludó Mujica con su característica voz ronca y su acento campechano.

 “¿Cómo andan? ¿Están prontos para conversar un rato con este viejo?” Los niños rieron y respondieron al unísono. Buenos días, señor presidente, expresidente, corrigió él con una sonrisa bondadosa. Ahora soy solo Pepe, un paisano más. La directora guió a Mujica hacia el salón de actos, donde los alumnos de cuarto año ya estaban ubicados.

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