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Una azafata suiza rompe a llorar tras un aterrizaje de emergencia en Colombia: “Ahora entiendo…

Un avión suizo, tras 12 horas de incertidumbre en el aire, tuvo que desviar su rumbo hacia una ciudad que no estaba en los planes para evadir un huracán devastador. El nombre del aeropuerto de Bogotá, el Dorado, le resultaba vagamente familiar, pero jamás había cruzado la zona de tránsito.

 Para ella era solo un punto en el mapa. Aquello era apenas un desvío de emergencia, un bache en la ruta. Sin embargo, justo después de tocar tierra, sucedió algo que desafió toda lógica. Len Steiner, una auxiliar de vuelo veterana con 12 años de trayectoria, no volvió a ser la misma desde aquel día. Ella, que siempre se había jactado de los sistemas impecables y la frialdad eficiente de Europa, terminó llorando en silencio en el avión de regreso a casa.

¿Qué pudo haber pasado en esa ciudad entre las montañas para quebrantar así a una mujer tan experimentada? Antes de continuar, un me gusta y tu suscripción nos ayudan muchísimo a seguir contando estas historias. Empecemos de una vez. Hola, soy Lena Steiner. He trabajado 12 años como auxiliar de vuelo para una aerolínea suiza.

 Mi mundo hasta hace poco eran las rutas europeas, saltar de Surich a Londres y de ahí a Frankfurt. Eran vuelos cortos, precisos y extremadamente eficientes. En dos horas llegaba a mi destino y al final del día estaba en mi sala de estar disfrutando de una taza de té caliente. Pero la primavera pasada el departamento de recursos humanos me propuso algo nuevo, formarme para las rutas de larga distancia.

 Al principio lo dudé muchísimo. Sinceramente, me aterraba la idea de estar más de 12 horas encerrada en el aire y tratar con pasajeros de culturas que me resultaban ajenas me generaba una presión interna constante. Pero al mismo tiempo sentí una chispa de curiosidad. ¿Cómo sería el mundo más allá de las fronteras de Europa? podría vivir satisfecha para siempre solo con mis vuelos de 2 horas.

 Tras tres meses de entrenamiento intensivo, me asignaron mi primera ruta transatlántica. El destino final era el aeropuerto internacional de Los Ángeles, el famoso Lax en Estados Unidos. Sería mi primer vuelo al continente americano. Recuerdo que una compañera con mucha más experiencia me entregó un café y me advirtió, “Lena, prepárate bien para esas rutas.

” Los pasajeros americanos tienen muchísimas exigencias, especialmente cuando van de regreso a casa. Esas palabras se quedaron grabadas en mi mente. La noche anterior al vuelo, el sueño se me escapó. Me quedé mirando el techo, pensando si sería capaz de manejar a pasajeros tan demandantes. Me sudaban las manos de solo imaginarlo.

A la mañana siguiente, el aeropuerto de Surich estaba envuelto en una espesa niebla de madrugada. A las 5:30 en la sala de reuniones, me senté frente a mis colegas bajo esa luz blanca y fría de los fluorescentes. El olor a café expreso recién hecho me llenó los pulmones. El capitán desplegó el mapa meteorológico y soltó la noticia.

 La corriente sobre el Atlántico está muy inestable. Es probable que tengamos turbulencias fuertes antes de llegar a la costa, así que estén muy pendientes de la señal de los cinturones. Mi colega Ana Meer notó mi nerviosismo y me dio una palmadita en el hombro. ¿Estás bien, Lena? Estás muy pálida, me dijo.

 Le confesé que estaba muerta de nervios, pero ella, con esa voz cálida que tienen los que lo han visto todo, me tranquilizó. Es tu primer vuelo largo, es normal. Una vez despegues, te vas a adaptar volando. Antes de que empezara el abordaje, entré a la cabina para revisar todo. 347 asientos en clase económica, 52 en ejecutiva. Caminé por el pasillo central tocando cada respaldo, verificando que las cobijas estuvieran perfectamente dobladas y los cinturones en su lugar.

La textura fría del cuero se sentía bajo mis dedos. Los pasajeros empezaron a subir, familias que regresaban, ejecutivos con cara de pocos amigos, mochileros ilusionados. Saludé a cada uno con mi mejor sonrisa profesional. A las 8:15 de la mañana, el avión empezó a moverse. Por la ventana vi como los Alpes, con sus picos nevados y glaciares brillantes, se iban haciendo pequeños.

Era el límite de todo lo que yo conocía. A 10,000 m de altura, la rutina se apoderó del vuelo. Servicio de bebidas, preparación de comidas, ventas libres de impuestos. Mientras empujaba el carrito, un pasajero estadounidense me pidió agua. Al entregársela, la tomó con ambas manos e inclinó ligeramente la cabeza en un gesto de cortesía que jamás había visto en mis rutas europeas.

Me sorprendió, pero las dudas seguían ahí. estaría realmente preparada para lo que vendría después de 12 horas. De repente, las luces de la cabina se atenuaron y la mayoría se durmió. Me senté al fondo a mirar por la ventana. Las nubes parecían algodón infinito bajo el sol. Miré mi reloj. Llevábamos 8 horas. Faltaban cuatro para los ángeles.

Sentía las piernas pesadas y el cuello rígido como una piedra. Fue entonces cuando el capitán me llamó a la cabina. Mi corazón saltó. Sabía que algo no andaba bien. Al entrar, señaló el radar. Masas rojas y amarillas cubrían toda la pantalla sobre la costa oeste. Es un huracán, me dijo. El copiloto, añadió con una calma aterradora, el aeropuerto de Los Ángeles está cerrado.

 No podemos aterrizar. El huracán es gigantesco y está girando como si quisiera tragarse todo a su paso. Me quedé sin aliento. Entonces, ¿a dónde vamos?, pregunté. El capitán, con la tensión marcada en el rostro, pese a sus 20 años de vuelo, respondió, “Nuestro aeropuerto alterno es el Dorado en Bogotá. Tenemos que cambiar el rumbo de inmediato.

Bogotá.” Había escuchado el nombre. Sabía que era la capital de Colombia, pero mi conocimiento llegaba hasta ahí. Jamás había pasado por migración en ese país. No tenía ni idea de cómo funcionaba nada fuera de la zona de tránsito. Regresé a la cabina de pasajeros y vi esos rostros pacíficos durmiendo, sin saber que aterrizarían en un continente y un país totalmente distintos a su destino original.

 Ana Meer me miró asustada cuando le conté. El anuncio del capitán no tardó en sonar. Estimados pasajeros, debido a condiciones meteorológicas extremas sobre los Estados Unidos, nuestro vuelo ha sido desviado al aeropuerto internacional El Dorado en Bogotá, Colombia. Se armó un caos momentáneo. La gente se levantaba, preguntaba, se quejaba.

Un hombre con la cara roja de la rabia me detuvo, exigiendo explicaciones por una reunión importante que tenía al día siguiente. Traté de explicarle con la voz temblorosa que era por su seguridad y que la aerolínea se encargaría de todo. Yo misma estaba inquieta, no sabía qué esperar de Colombia.

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