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TRAICIONADA Y EMBARAZADA, JURÓ NO AMAR JAMÁS… HASTA QUE EL LLEGÓ CON UNA CABRA PREÑADA

Esa cabra preñada vale más que tú y el niño que esperas. Se rió el hombre que la había abandonado. No sabía que estaba apostando con la persona equivocada. Esperanza apretó el asa de la canasta, tomates, lechugas, una rama de hierb buuena para la abuela. La lluvia había barrido el camino.

 El barro le pesaba en las botas. No bajó la mirada. Mateo Beltrán paró el caballo a dos pasos de la cerca. Lucía iba detrás, montada con risa fina. El sombrero impecable. Don Felipe Beltrán venía atrás con tres peones, mirando como quien mira ganado en feria. “Mírala”, dijo Lucía con la nariz arrugada, embarazada y sola. “Lo que se merece quien se entrega antes de tiempo.

” Esperanza no respondió, solo respiró. Una vez. Dos. La abuela siempre le había dicho que las palabras inútiles ensucian la boca. Por el otro lado del camino apareció otro hombre, Tomás Aguirre. caminaba con dificultad, con una cabra preñada, atada de la cuerda, jadeando. La cabra apenas podía seguirlo. Detrás, un perro flaco le pisaba los talones.

 “Don Mateo,” dijo Tomás sin mirar a nadie más. “Necesito ayuda. Mi cabra está mal. Si no le hacen algo hoy, pierdo la cría y la madre.” Mateo lo miró desde arriba, sonríó. “Yo no atiendo cabras, Tomás. Búscate al curandero. El curandero se fue al pueblo de abajo. No vuelve hasta el otro lado de la siembra. Tomás se detuvo.

 Su voz se quebró. Es lo único que tengo, don Mateo. Esa cabra es mi sustento. Mateo soltó una carcajada larga. La carcajada que Esperanza conocía de memoria. Pídele a esa dijo, señalando a Esperanza con el mentón. A ver si la deshonrada sabe hacer algo además de cargar barriga. El silencio se hizo grueso.

 Los peones bajaron la cabeza. Don Felipe entrecerró los ojos. Lucía se llevó la mano a la boca para esconder una sonrisa. Tomás miró a Esperanza por primera vez. Ojos cansados, ojos honestos, ojos que no la juzgaban. Señorita dijo en voz baja, ¿usted sabría? Mateo se inclinó sobre el caballo. La voz cargada de burla.

 Te ha puesto la mejor parcela de mi padre Tomás, anunció en voz alta para que todos oyeran. Si esa mujer salva a tu cabra, te la firmo. Y si la cabra muere, tú sales del pueblo y ella se va contigo, que a mí me cansa verla. Don Felipe carraspeó. No lo desmintió. Los peones se miraron entre ellos. La apuesta había sido pública.

 Había testigos. Ya no había vuelta. Lo que estaba a punto de pasar cambiaría todo. Esperanza dejó la canasta en el barro. Se limpió las manos en el delantal, sintió al niño moverse en su vientre como si supiera, como si aprobara. “Llévala al establo de mi abuela”, dijo. “Y consígame agua hervida, mucha y trapos limpios.

” Tomás asintió y se puso en marcha. Lucía bufó. “Esto no va a terminar bien”, dijo picando al caballo. “Vámonos, Mateo. No quiero ensuciarme con esta gente.” Mateo no se movió. Quería ver. Quería el espectáculo del fracaso. Lo había planeado desde el primer instante, pero había un detalle que Mateo había olvidado, y ese detalle lo era todo.

 La abuela los esperaba en el porche, apoyada en el bastón. Doña refugio, pequeña, encorbada, los ojos grises como la lluvia. Vio a la cabra, vio a Tomás. Vio a Esperanza con la canasta de verduras en una mano y el otro brazo bajo la barriga. Hijita! dijo en voz baja. “¿Lo vas a hacer? Lo voy a hacer, abuela.” Doña Refugio cerró los ojos un momento.

 Cuando los abrió, no tenían lágrimas, tenían fuego. “Entonces hazlo bien y que vean.” Esperanza pasó al cuarto pequeño del fondo, sacó de debajo del catre una caja de madera, la abrió. Adentro, envuelto en lino, había un cuaderno de cuero verde gastado con las esquinas dobladas. En la primera página, una caligrafía firme.

 Esperanza Núñez Mendoza. Apuntes de campo, año primero. Lo había escrito ella hoja por hoja. Lo había llevado a la ciudad, lo había traído de vuelta. Cuando todo se rompió, lo besó una vez y salió. Mateo había bajado del caballo. Se había acomodado en la cerca como quien se acomoda en un palco. Cinco peones lo rodeaban.

 Don Felipe esperaba con los brazos cruzados. Habían venido más curiosos del camino, tres mujeres del pueblo, un niño descalso, la cocinera de la hacienda. Tomás había entrado la cabra al establo. La animal estaba tirada de costado, el vientre tenso, la respiración rápida y pequeña. “Lleva horas así, señorita”, dijo Tomás. Empezó al amanecer. No pasa nada, no sale nada.

Esperanza se arrodilló, apoyó la mano en el lomo del animal, sintió, cerró los ojos. La cabra mujió bajo, una queja larga. Tiene dos crías, murmuró. Una está atravesada. Tomás abrió la boca y no dijo nada. Necesito tres cosas. Siguió esperanza sin levantar la voz. Aceite tibio, hilo grueso y tu palabra de que vas a hacer exactamente lo que yo te diga. Mi palabra es suya, señorita.

Esperanza abrió el cuaderno, pasó páginas, encontró la página que necesitaba, diagramas, una flecha apuntando a una posición, una nota al margen. Si la primera viene de nalgas, primero corregir, nunca tirar, siempre acompañar. Tras ella, Mateo asomó la cabeza por la puerta del establo. Pero, ¿qué teatro? Gritó.

 si está leyendo un cuaderno como si fuera curandera de antes. A ver, niños, vengan a ver el espectáculo. Esperanza no levantó la cabeza. Tomás dio un paso adelante. Don Mateo, respeto. Aquí está mi animal y aquí está la futura madrastra de tu pueblo, Tomás. Una mujer que no supo guardarse. Mateo se rió con su esposa. Mira, Lucía, qué bonito.

 La doctorcita de los pobres. Don Felipe escupió al lado. Ya déjala que se humille sola, Mateo. No le des importancia. Una de las mujeres del pueblo se rió bajito. Otra dijo, “Pobrecita, va a perder al hijo del susto.” La tercera dijo nada, pero miró el suelo. Tomás giró la cabeza. Su mandíbula se tensó.

 Si alguien aquí dice una palabra más mientras la señorita trabaja, lo saco yo mismo del establo, aunque me cueste el pellejo. Don Felipe dio un paso. Me estás amenazando, Tomás. Le estoy pidiendo respeto, don Felipe, por el animal y por la persona que está intentando salvarlo. Mateo abrió la boca. Su padre levantó la mano. Mateo se cayó. Esperanza ya no los oía.

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