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Shahnaz Pahlavi: La Princesa Olvidada que Creció Sin el Amor de su Madre

Shahnaz Pahlavi: La Princesa Olvidada que Creció Sin el Amor de su Madre

Imagina crecer sabiendo que tu madre eligió irse. No que la separaron de ti por la fuerza. No que murió. No que desapareció en circunstancias misteriosas. Simplemente eligió marcharse y que tú, con apenas 5 años de edad, te quedaste sola en un palacio enorme, rodeada de sirvientes y guardias, esperando un regreso que nunca llegó.

 Esa es la historia de Shanas Palabi, la princesa que el mundo olvidó, la hija que su propio linaje dejó en las sombras. Bienvenidos. Nos alegra tenerte aquí hoy. Antes de continuar, te pedimos que escribas en los comentarios una sola palabra que describa lo que sientes cuando alguien que debería protegerte te abandona. Solo una palabra.

 Eso es todo lo que necesitamos para saber que estás con nosotros en esta historia. El 27 de octubre de 1940, en el palacio de Sadabad en Teerán nació una niña. El mundo que la rodeaba era de mármol, sedas y silencios protocolarios. Afuera, el imperio de Irán respiraba con una mezcla de modernidad forzada y tradición milenaria.

Adentro, en los corredores del poder, la noticia del parto recorrió los pasillos con una emoción ambigua. Había nacido la primera hija del príncipe heredero Mohamad Reza Palab y de su esposa, la princesa egipcia Faucia. Pero en la corte iraní de aquella época, el nacimiento de una niña, por hermosa y sana que fuera, cargaba consigo el peso invisible de la decepción.

La dinastía Palabi era joven, frágil, recién establecida por el padre del príncipe heredero, Resayá, un hombre que había surgido de la nada para convertirse en el amo de Persia. Y esa dinastía necesitaba un heredero varón, un príncipe, alguien que pudiera continuar el linaje, sentarse en el trono del pavo real, encarnar el futuro del imperio.

La niña recibió el nombre de Shajnas, que en persa significa algo parecido a el orgullo del Ya o La que hace feliz al rey. Era un hombre carado de expectativa y de ternura, pero también, sin quererlo de ironía, porque el rey, su padre necesitaba mucho más que una hija para sentirse verdaderamente orgulloso en el tablero político de aquella era.

 Y la reina, su madre, pronto dejaría claro que tampoco Irán era el lugar donde ella encontraba su felicidad. Para entender completamente lo que le sucedió a Shanas, hay que comprender quiénes eran sus padres y qué clase de unión los había unido. Mohamad Reza Pajlavi tenía apenas 19 años cuando se comprometió con Faucia de Egipto. Ella tenía 17.

 Ninguno de los dos eligió al otro de manera libre. Fue su abuelo Resayá quien tomó la decisión, movido por una lógica fría y calculada. Casar a su hijo con una princesa de la familia Muhamad Ali de Egipto, daría a Los Pajlavi una dinastía de origen humilde, el barniz de legitimidad dinástica que tan urgentemente necesitaban.

 La familia Muhamad Ali era, en cambio, una de las casas reales más antiguas y respetadas del mundo islámico. Gobernaban Egipto desde 1805. Sus palacios eran espléndidos. Sus costumbres refinadas, su influencia enorme. Reza Shá envió delegaciones con regalos al Cairo para obtener el consentimiento del rey Faruk, hermano mayor de Fausia.

Al principio, Faruk no estaba muy interesado en casar a su hermana con el príncipe iraní, pero sus asesores lo convencieron de que una alianza matrimonial como Irán fortalecería la posición de Egipto en el mundo islámico. Y así quedó sellado el destino de dos jóvenes que apenas se conocían. Fausia y Mohamad Reza se casaron el 15 de marzo de 1939 en el Palacio Abdín del Cairo en una ceremonia rodeada de lujo extraordinario.

 El contraste entre los dos mundos era evidente desde el primer momento. Él vestido con el sencillo uniforme de un oficial iraní. Ella, acostumbrada al esplendor del palacio egipcio, donde su hermano Faruk organizó una cena de 20 platos para celebrar las nupsias. Después de la boda, la pareja viajó a Irán, donde la ceremonia se repitió en el palacio de mármol de Teerán.

Las calles de la capital iraní se llenaron de banderines y arcos decorativos. personas asistieron a la celebración oficial en el estadio Amjadié, pero detrás de todo ese esplendor, la realidad era mucho más fría. Fausia llegó a Teerán como quien llega a un exilio dorado. Había crecido en uno de los países más cosmopolitas del mundo en ese entonces, en palacios comparables a los grandes chat y cható europeos, rodeada de arte francés, de astronomía refinada y una sociedad mundana y elegante. Irán, pese a los esfuerzos

modernizadores de Resayá, le pareció subdesarrollado. La comida en la corte persa no se comparaba con lo que ella conocía. Los palacios de Teerán no llegaban a la altura de los de Alejandría y el Cairo. Y lo que resultó aún más difícil, las relaciones con su nueva familia política estaban marcadas desde el principio por la rivalidad y el desprecio.

Las hermanas del Sha y la madre de este veían a Faucia como una intrusa, como una rival que venía a arrebatarles la atención y el afecto de Mohamad Reza. Las disputas entre ellas eran constantes. Según relatos históricos, en una ocasión una de las hermanas del Ya llegó a romper un jarrón sobre la cabeza de Fausia durante una de esas peleas palaciegas.

La reina triste, como a llamarla los periodistas, cayó en una depresión profunda. Desde 1944, año en que nació Shanas, hasta 1945, fue tratada por un psiquiatra americano. Ella misma describía su matrimonio como un matrimonio sin amor, donde lo único que deseaba era regresar a Egipto. Y en ese mundo de frialdad, de rivalidades y de una tristeza que se acumulaba año tras año, nació la pequeña Yanas, hija de una madre que ya estaba preparándose en silencio para abandonar ese mundo.

Hija de un padre que la amaba a su manera, pero que necesitaba desesperadamente algo que ella, por el simple hecho de ser mujer, no podía darle. Un heredero. Shanas llegó al mundo en el momento más inestable de la historia de sus padres y cargó desde su primer día con el peso de todo lo que su familia no pudo resolver.

El año siguiente a su nacimiento en 1941, su abuelo Resayá fue obligado a abdicar bajo la presión de las potencias aliadas durante la Segunda Guerra Mundial que necesitaban el territorio iraní como corredor de suministros. Mohammad rea Palabi, con apenas 21 años se convirtió de pronto en el S ya de Irán.

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