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Rita Hayworth: Todos Pensaban que Estaba Borracha… y la Verdad Era Peor

Rita Hayworth: Todos Pensaban que Estaba Borracha… y la Verdad Era Peor

En el verano de 1946, Estados Unidos lanzó una bomba atómica sobre el océano Pacífico. Pintada en el metal de esa bomba, justo antes de la explosión había una fotografía. La cara de una mujer, la mujer más deseada del planeta entero. Cuando ella se enteró, lo destrozó todo. El espejo de su camerino, los frascos de perfume, los ramos de flores que le mandaban sus admiradores, lloraba sin poder respirar, porque nadie sabía lo que ella sabía, que esa cara que millones de hombres idolatraban era una máscara. Y debajo de

esa máscara había una niña a la que le habían robado absolutamente todo. Esta es la historia más oscura que Hollywood intentó esconder. Es octubre de 1980, un departamento en Manhattan, piso 20, cortinas cerradas. La luz apenas se cuela. En el sofá, sentada con una bata blanca, hay una mujer de 62 años que mira fijamente la pared.

 No reconoce a la enfermera que le habla, no reconoce su propia casa. Hace tiempo que no reconoce su propia cara. Cuando se mira al espejo le acaban de diagnosticar enfermedad de Alzheimer. Es una de las primeras celebridades del mundo en recibir ese diagnóstico públicamente. Hasta ese momento, durante 15 años, los periódicos la habían destrozado.

 La llamaban alcohólica, loca, acabada. Decían que se caía borracha en los aviones, que olvidaba sus líneas en los estudios, que aparecía perdida en las calles de Nueva York, sin saber dónde vivía. Nada de eso era cierto, o mejor dicho, nada de eso era lo que parecía. Su hija Yasmín entra al departamento con un ramo de gardenias blancas.

 eran las flores favoritas de su madre, pero su madre ya no recuerda eso. Y se sienta a su lado y le toma la mano. Esa mano que durante décadas fue la mano más fotografiada del mundo. La mano que sostuvo el guante negro en aquella escena que cambió el cine para siempre. ¿Sabes quién soy? Le pregunta Yasmín con voz suave. La mujer la mira.

 Por un segundo parece reconocerla. Sonríe levemente. Eres la niña, la niña bonita. Yasmina siente. Se le llenan los ojos de lágrimas porque sabe que en pocos meses su madre no la va a reconocer ni siquiera así. Esa mujer se llama Rita Hayworth. Para el mundo entero durante toda una década fue la diosa del amor, la pinup que los soldados estadounidenses llevaban pegada en sus tanques durante la Segunda Guerra Mundial.

 La actriz que volvía locos a hombres como Orson Wells, Howard Huges o el príncipe Ali Ken, la mujer cuya foto pintaron en una bomba atómica. Pero todo eso fue una mentira. Una mentira construida con sangre, con dolor y con secretos que jamás se contaron en vida. Porque detrás de Rita Hayworth había otra persona, una niña llamada Margarita Cancino.

 Y esa niña arrastraba un secreto tan oscuro que la perseguiría hasta su último día sobre la Tierra. Para entender cómo esa niña se convirtió en la mujer más deseada del planeta y cómo esa mujer terminó perdiendo todo lo que era, hay que volver al principio a un departamento humilde en Brooklyn. a un padre que enseñaba a bailar flamenco y a una herida que jamás cerró.

 Margarita Carmen Cancino nace el 17 de octubre de 1918 en un departamento de Brooklyn que huele a tabaco, a sudor y a aceite de pelo. Su padre se llama Eduardo Cancino. Es un bailarín español de Sevilla, hijo de una larga dinastía de gitanos del flamenco. Su madre se llama Volga Hayworth. Es una bailarina irlandesa que pasó por las Zfeld Folies de Broadway.

 Los dos viven del baile, de los teatros, de la noche. La pequeña Margarita aprende a caminar entre bambalinas. Antes de hablar bien, ya escucha el ruido de las castañuelas. Antes de leer, ya conoce los pasos del fandango. Su mundo no es el de los demás niños. Es un mundo de espejos, de tacones que retumban contra el suelo, de aplausos lejanos.

 Eduardo Cancino tiene una idea fija, una obsesión. Quiere ser el bailarín más famoso de América. Quiere su propio espectáculo, su propia compañía, su propia leyenda. Y para eso necesita una compañera de baile perfecta, alguien joven, hermosa, dócil, alguien que le obedezca sin discutir. Cuando Margarita cumple 12 años, su padre toma una decisión.

 Una decisión que va a destruir a su hija para siempre. La saca de la escuela. Tú no vas a seguir estudiando, le dice. Tú vas a bailar conmigo. Margarita no entiende. Le gusta la escuela, tiene amigas, quiere ser maestra. Pero su padre no le pregunta qué quiere ella. Su padre no le pregunta nada.

 Eduardo Cancino le compra vestidos ajustados, le pinta los labios de rojo, le enseña a sonreír de esa manera ambigua que enloquece a los hombres y le dice que ya no es una niña, que a partir de ahora es su pareja. su pareja de baile, forman un dúo, lo llaman The Dancing Caninos, padre e hija, pero en los carteles, en los anuncios, eso no aparece porque no conviene, porque hay leyes en Estados Unidos que prohíben que una menor de edad trabaje por las noches en clubes nocturnos.

 Entonces, Eduardo Cancino se inventa una solución terrible. lleva a su hija a México, donde las leyes son más laxas. Y allí, en los casinos de Tijuana, en los hoteles de agua caliente, en los clubes nocturnos, al borde de la frontera, presenta a Margarita como su esposa. Sí, su esposa. Una niña de 12 años bailando con su padre, mientras los hombres en las mesas la miran como si fuera una mujer adulta.

Las noches son interminables. Las funciones empiezan a las 10 y terminan a las 4 de la madrugada. Margarita baila tres pases. Cambia de vestuario en camerinos donde no hay puerta. Come en cocinas húmedas, entre meseseros borrachos. Duerme en hoteles baratos donde el padre paga al recepcionista para que no haga preguntas y al día siguiente todo vuelve a empezar.

 otra ciudad, otro hotel, otro cabaret. En esos años, Margarita pierde algo que nunca va a recuperar. Pierde su infancia, pierde la posibilidad de ir a la escuela, pierde la posibilidad de tener amigas, primeros novios, secretos de adolescente, fiestas de cumpleaños, pierde todo lo que para una niña normal sería simplemente la vida.

 Algunos testimonios cuentan que ella estaba aterrorizada, que se escondía en los camerinos antes de salir al escenario, que vomitaba en silencio para que su padre no la viera y que cuando llegaba la noche, después del último pase, ya no podía dormir. Pero esto es solo el principio. Lo peor no se sabría hasta muchos años después.

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