Posted in

Profesor de música en shock niños colombianos cantan un himno judío oculto por 500 años

El himno que dormía en una ronda

Diciembre de 2024 no empezó con un terremoto en Bogotá. No hubo sirenas, ni titulares urgentes, ni ministros saliendo a dar explicaciones con la cara tiesa frente a las cámaras. Afuera, la ciudad seguía igual: fría, gris, con ese chipi chipi que parece caer más por costumbre que por clima. Los buses resoplaban sobre la carrera 30. Los vendedores de tinto gritaban sus ofertas como si estuvieran salvando al mundo con vasos de cartón. Y en el auditorio pequeño de la Universidad Nacional, un grupo de estudiantes esperaba su turno para presentar trabajos finales.

Nada anunciaba que esa tarde una canción infantil iba a partirle la vida en dos al profesor Manuel Zapata.

Nada.

Ni siquiera Sofía Rojas, la estudiante que subió al estrado con una carpeta temblorosa bajo el brazo, sospechaba que estaba a punto de abrir una puerta que llevaba cinco siglos cerrada.

—Mi investigación trata sobre canciones infantiles que se volvieron parte del sistema escolar colombiano —dijo ella, intentando sonar segura—. Canciones que todos conocemos, pero cuyo origen casi nadie se detiene a mirar.

El profesor Zapata, sentado en la tercera fila, sonrió con cansancio. Tenía sesenta y dos años, ojeras profundas, barba blanca mal recortada y las manos de alguien que había pasado media vida sosteniendo grabadoras, libros viejos y tazas de café. Era etnomusicólogo. Había recorrido selvas, pueblos, desiertos, montañas. Había escuchado cantos de vaquería en los Llanos, arrullos del Pacífico, lamentos indígenas que parecían venir de antes del tiempo.

Creía conocer el alma musical de Colombia.

Ese fue su error.

Sofía conectó el proyector. La pantalla mostró un patio escolar en algún pueblo de Antioquia. Niños con uniforme azul formaban una ronda. Giraban tomados de las manos. Reían. Una profesora marcaba el ritmo con palmas.

Y entonces cantaron.

—Arroz con leche, me quiero casar…

El cuerpo del profesor Zapata se quedó inmóvil.

Al principio nadie lo notó. Solo fue un cambio pequeño. Una rigidez en la espalda. Una mano cerrándose sobre el apoyabrazos. Una respiración que se cortó antes de terminar.

Pero por dentro, algo se le vino abajo.

No escuchó una ronda infantil.

Escuchó una plegaria.

Escuchó a mujeres huyendo de una hoguera. A hombres rezando detrás de puertas cerradas. A niños aprendiendo a callar antes de aprender a escribir. Escuchó barcos saliendo de España con familias que llevaban lo único que no podían confiscarles: una melodía escondida en la memoria.

Read More