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Profesor Colombiano Dejó A Su Esposa Por Su Estudiante — Ella Tenía Un Plan Cruel

Profesor Colombiano Dejó A Su Esposa Por Su Estudiante — Ella Tenía Un Plan Cruel

La enfermera que recibió la pasta no supo en ese momento lo que tenía en las manos. Era un martes a las 4:20 de la tarde en una clínica privada de Bogotá y Mariana Ríos acababa de ser ingresada por urgencias con una intoxicación por benensodiaceppinas que los médicos clasificaron como severa pero tratable. Tenía 24 años, estudiante de maestría, primera de su promoción en la licenciatura, la hija que cualquier familia de clase media describiría con orgullo en cualquier conversación.

 Antes de perder la consciencia, Mariana había hecho una sola cosa. Había sacado una pasta de cartón color beige de su mochila, se la había entregado a la enfermera de turno y le había dicho con una voz que la enfermera describió después como más tranquila de lo que debería haber estado. “Guárdela. No se la entregue a nadie que no sea mi mamá o mi abogado.” Después cerró los ojos.

 La pasta tenía 117 páginas. Dos horas después, Hernán Castellanos llegó a la clínica. 52 años. Profesor titular del departamento de literatura de una universidad privada de Bogotá, casado desde hacía 22 años, con el aspecto de un hombre que ha pasado décadas siendo tomado en serio y que ha aprendido a moverse en el mundo con la autoridad silenciosa de alguien que no necesita levantarla la voz para que la gente haga lo que necesita.

preguntó por Mariana en recepción. Le dijeron que estaba estable, pero que no podía recibir visitas. Hernán explicó que era su pareja, que necesitaba saber cómo estaba, que tenía derecho a estar informado. La recepcionista lo derivó a la coordinadora de piso. Hernán preguntó también por una pasta que Mariana había traído consigo.

 La coordinadora de piso llamó a la enfermera de turno. La enfermera dijo que no había ninguna pasta. Hernán la miró durante un momento, después agradeció, se dio vuelta y salió de la clínica. La enfermera guardó la pasta en el casillero de su vestuario hasta que la madre de Mariana llegó esa noche. Para entender lo que hay en esas 117 páginas, hay que ir atrás.

 Hay que ir a un primer semestre de maestría, a un seminario de literatura latinoamericana contemporánea y hay que encontrar a Mariana Ríos en la tercera fila del aula con su cuaderno cuadriculado y la concentración de alguien que ha trabajado demasiado duro para llegar hasta acá como para desperdiciarlo. Mariana había llegado a Bogotá desde Cali con una beca de excelencia académica y la certeza ordenada de alguien que sabe hacia dónde va.

era la primera de su familia en hacer un posgrado. Su madre trabajaba en administración de una clínica en Cali. Su padre había muerto cuando ella tenía 15 años de un infarto que nadie anticipó y que lo cambió todo. Mariana había aprendido desde esa edad que la única variable que podía controlar era su propio rendimiento.

 Había controlado esa variable con una disciplina que sus profesores de pregrado describían invariablemente con dos palabras, excepcional y seria. Lo que ninguno de esos profesores describía porque no habían tenido razones para verlo, era que esa seriedad tenía una textura particular. No era frialdad, era la seriedad de alguien que ha aprendido a no depender de nadie, porque dependiste una vez de alguien que se fue sin aviso y eso cambió el peso de todo lo demás.

Antes de seguir una cosa. Sé que estas historias llegan a lugares que yo no imagino. Esta ocurrió en Bogotá, pero hay algo en los casos que involucran poder y silencio que cruza cualquier frontera. Si estás viendo esto ahora mismo, quiero pedirte algo sencillo. Escribí en los comentarios desde qué ciudad lo estás mirando.

 No importa si es cerca o lejos, me interesa saber el mapa de quiénes están del otro lado de esta pantalla. Bien, volvemos a Hernán. Hernán Castellanos era lo que en los círculos académicos se describe como un docente formador, no en el sentido administrativo del término, en el sentido real, el tipo de profesor que te cambia la forma de leer, que te abre puertas que no sabías que existían, que te hace sentir que lo que pensás tiene valor porque él te lo demuestra con atención genuina y tiempo real.

 Era carismático sin esfuerzo aparente. Recordaba los argumentos de cada alumno de seminarios de semestres anteriores. Citaba a sus estudiantes en sus propias publicaciones con una generosidad que en ese mundo no es tan común. Sus colegas lo describían como el mejor orientador del departamento. Sus alumnos lo describían como el profesor que más te exige porque cree en vos.

 Su esposa Claudia llevaba 22 años siendo la mujer de ese hombre y había aprendido en esos 22 años a no hacerse preguntas sobre ciertas cosas. Eso también es parte de esta historia. Y llegamos a eso. Mariana entró al seminario de Hernán el segundo mes del primer semestre. El primer día, Hernán llegó tarde, dejó los libros sobre la mesa con el gesto despreocupado de alguien que sabe que la sala lo espera y abrió la sesión con una pregunta que Mariana anotó en su cuaderno cuadriculado y que todavía tiene guardada.

 ¿Qué le debe la literatura a la verdad? Hubo silencio. Hernán miró alrededor de la sala. Sus ojos se detuvieron en Mariana. ¿Vos qué pensás? Mariana respondió. Hernán escuchó. Después dijo con una precisión que ella no esperaba. Eso es exactamente el problema que ninguno de los libros de este semestre resuelve y es el problema con el que vas a vivir los próximos 5co meses.

 Después siguió mirando al resto de la sala. Mariana no supo qué hacer con eso. Escribió la pregunta de él en el cuaderno y la subrayó dos veces. Seis meses después de esa primera clase, Mariana había dejado de salir con sus compañeras del posgrado, no de golpe, gradualmente. Primero fue una cena que canceló porque Hernán había pedido una reunión de orientación que se extendió más de lo previsto.

 Después un sábado que pasó revisando bibliografía en el despacho de él con la puerta entornada, porque él decía que trabajaba mejor sin el silencio absoluto. Después fueron las llamadas que llegaban a cualquier hora con observaciones sobre su tesis que no podían esperar. Sus compañeras notaron la distancia. Una de ellas, una chica llamada Isabel, le preguntó directamente si estaba bien.

 Mariana le dijo que sí, que estaba en una etapa intensa de la investigación. Isabel le creyó porque Mariana siempre había sido la más intensa de la coorte. Lo que Isabel no podía saber era que Hernán le había dicho a Mariana en una conversación que no dejó registro escrito, pero que Mariana reconstruyó de memoria en uno de los documentos de la pasta, que sus compañeras no estaban a su nivel y que el tiempo que pasaba con ellas era tiempo que le quitaba a su desarrollo como investigadora.

Mariana lo había creído. Porque cuando alguien que tiene autoridad sobre tu futuro académico te dice que vales más que tu entorno, la parte de voz que siempre quiso ser excepcional escucha antes de que la parte que debería sospechar pueda reaccionar. La pasta que la enfermera guardó en su casillero contenía, entre otras cosas, 104 mensajes de texto capturados en pantalla, 17 correos electrónicos, los registros de nueve transferencias bancarias y un documento de 42 páginas que Mariana había escrito durante tres

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